1. No comparto el símil de una multitud de semillas al nacer. Nacemos e iniciamos nuestro aprendizaje, tanto de signos como de movimientos y de palabras. Son las palabras las que nos trasmiten el contenido de los vocablos. Cuando hablamos del humanismo, nos referimos a Europa, a la cultura greco-latina y cristiana, como centro de la humanidad, como portadora de los valores occidentales, y cuando nos hablan del padre de familia ahí se encierra toda la cultura griega y romana de desigualdad, que se ha mantenido hasta la primera guerra mundial, y consistía en que el padre de familia era el Emperador en su casa. Los griegos creían que las mujeres tenían la sangre fría, por eso debían taparse completamente y sólo salían dos noches al año a la terraza exterior. Los romanos mantenían a las mujeres recluidas en sus casas y esta fue la postura que adoptó la iglesia católica. Así filósofos como Hegel, en 1830, siguen defendiendo la inferioridad de las mujeres, y al morir una intelectual manifestó que se creía que había sido engendrada por el diablo. Pero erraba, porque el Molleus Maleficorum, el tratado de la inquisición, manifestaba que el diablo sólo transportaba el semen, pero no eyaculaba él, sino que utilizaba a los varones para que lo introdujeran. En Francia se suprimió el Derecho Canónico, pero en 1808 se creó el Código Napoleónico, que era igual de retrógrado que el Derecho Canónico.Y en España, con la salvedad de la República, hemos estado atados hasta el año 1979. Así podemos comprobar cómo las encuestas de los centros escolares manifiestan nuestro atraso en la igualdad. Pero no son semillas que crezcan en nuestro interior. Sólo crecen nuestros conceptos, porque los humanos vivimos en la casa del lenguaje. Y somos seres humanos porque tenemos lenguaje.

    1. Indudablente el la educación, y en ella el lenguaje, juegan un papel muy importante. Pero dentro del marco cultural en que vivimos se hace evidente que no somos una tabla rasa. Si así fuera todos seriamos un producto igual de la endoculturación. No es así, cada cual posee una identidad propia que, de no ser sepultada por la endoculturación, aflora en numerosos casos. Esa identidad muestra tendencias, valores y debilidades, y una voluntad (cuando está viva) como impulso de realización de nuestro ser. Yo soy de la idea de que la vida, más allá de sus ciclos biológicos de nacimiento, desarrollo y muerte, expresa detras de cada individuo el desarrollo de una consciencia que crece a través de esos ciclos, de esas experiencias, y lo hace en el esfuerzo de desplegar todo su potencial. A eso llamo hacer crecer las semillas, a poner en juego nuestros valores internos como parte del despertar de nuestra conciencia, de nuestro ser inmortal.

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