La curva de Laffer en una servilleta

Lunes, 8 de abril de 2013 por Rafa

CURVA DE LAFFER

A pesar de que la televisión, la radio y los periódicos estén llenos de noticias económicas, resulta muy difícil escribir algo sobre economía sin caer en el pantano oscuro y pegajoso de lo que hoy entendemos por “política”. Sin embargo, tanto la política como la economía son ciencias. Y en ellas podemos encontrar verdades en el mismo nivel que las podemos encontrar en química, medicina, astronomía o geometría.

Es verdad que la economía parece una ciencia menos exacta, más estadística. Pero en este mundo es muy difícil encontrar algo exacto. Si las cosas fuesen mecánicamente exactas, no existirían la libertad, las equivocaciones, la responsabilidad ni la evolución. Y el mundo sería un lugar lleno de repeticiones exactas, triste, en el que todos estaríamos perdiendo el tiempo: muchísimo tiempo; en realidad, todo el tiempo.

Afortunadamente, las cosas no son así de tristemente exactas. Y como ya hice notar en mi anterior post, en algunos conceptos económicos y políticos hay verdades universales que están, o deberían estar, más allá de toda discusión ideológica.

Solía decir Benjamín Franklin que “En este mundo solo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos”. Y sobre impuestos es de lo que estaban hablando el economista Arthur Laffer y el jefe de Gabinete del entonces presidente Gerald Ford durante una comida en un restaurante de Washington, en 1974. Laffer explicaba que cuando los impuestos son cero, los ingresos fiscales son cero, y que si la tasa impositiva fuese del 100%, los ingresos fiscales también serían de cero.

Lo que Laffer defendía no era una subida de impuestos, ni tampoco una bajada. Lo importante, según Laffer, es encontrar el punto óptimo entre esos dos extremos. En ese punto es, según Laffer, en el que se puede recaudar más, para su posterior distribución en forma de bienes y servicios para la comunicad, sin ahogar la iniciativa privada.

Para ilustrar esta idea, según cuenta el periodista Jude Wanninski, de The Wall Street Journal, Laffer utilizó una servilleta en la que dibujó su famosa curva. Hoy, la famosa servilleta está expuesta en una vitrina de la Bookings Institution de Washington.

Ya lo dijo Sidharta Gautama: si las cuerdas del sitar están flojas no suenan bien, pero si están demasiado tensas se rompen.

Qué hace felices a los humanos

Viernes, 22 de febrero de 2013 por Rafa

QUE HACE FELICES A LOS HUMANOS

 

El proyecto, ahora conocido como The Grant Study, nació con la ayuda financiera de William T. Grant, dueño de los almacenes de todo a 25 centavos. El proyecto tenía por objetivo responder a la pregunta ¿qué hace felices a los humanos? Las investigaciones comenzaron a finales de la década de 1930, en la Universidad de Harvard. De entre los candidatos, dos fueron rechazados por problemas de salud, según dijeron: Norman Mailer, que llegó a ser un escritor de novelas de éxito, y Leonard Bernstein, que se convirtió en uno de los mejores directores de orquesta del mundo. El resto, un grupo de 268 jóvenes, entre los que se encontraban John F. Kennedy, Norman Mailer y Ben Bradlee.

Todos eran jóvenes, inteligentes, guapos, de familia con dinero y una buena educación; lo tenían todo para ser felices…pero ¿lo fueron? Y si de verdad consiguieron la felicidad, ¿qué contribuyó a su felicidad? Responder a estas preguntas fue el objetivo de The Grant Study.

Para conocer los resultados, tuvimos que esperar 72 años, el estudio más largo en ciencia social. Durante los primeros 20 años, la fundación de William T. Grant continuó con su contribución financiera. No sabemos el motivo de tan larga contribución; quizás la respuesta que esperaba encontrar Mr. Grant era que lo que hace felices a los humanos es comprar en almacenes de todo a 25 centavos.

De entre los 268 jóvenes, ahora conocidos como “Los Chicos Grant”, hubo muchas historias de éxitos. Cuatro de ellos llegaron al Senado de los Estados Unidos, uno a gobernador, Ben Bradlee a editor de The Washington Post, y uno, John F. Kennedy, a presidente. Aunque el estudio sobre Kennedy estará clasificado como secreto hasta el año 2040.

También hubo algunos fracasos: el número 47 murió completamente borracho. Sin embargo, el trabajo no consistía en averiguar las claves del éxito, sino las claves de la felicidad. El método de trabajo empleado fue hacer preguntas clave a través de cuestionarios y de entrevistas. “Los entrevistaba –según cuenta Vaillant en su libro Triumphs of Experience–; algunos venían a verme, pero a la mayoría los visitaba yo. Fui a Hawai, Canadá, Londres, Nueva Zelanda… Las preguntas incluían casi todos los aspectos de la vida: matrimonios, divorcios, salud, alcohol, deportes, negocios, religión, hijos… y se descubrieron cosas muy interesantes. La conclusión final del trabajo se publicó en la revista The Atlantic en junio de 2009.

Uno esperaría que después de tan largo y profundo estudio la respuesta fuera también larga; pero no fue así. Porque el resultado final mostraba que para ser feliz hacen falta 7 ingredientes:

1. Capacidad de adaptación a las circunstancias de la vida.

2. Un buen nivel educativo.

3. Una buena relación de pareja.

4. No fumar.

5. No abusar del alcohol.

6. Hacer algo de ejercicio.

7. No tener sobrepeso.

El filosofo Séneca, que no estudió en Harvard ni pudo contar con la ayuda financiera de William T. Grant (en esa época no había almacenes de todo a 25 centavos), ni tampoco estudió a los demás sino a sí mismo, escribió: “La felicidad de la vida consiste en un alma libre, elevada, intrépida, constante e inaccesible al miedo y a la codicia, para quien el único bien es la virtud, el único mal la vileza y lo demás un montón de cosas sin valor, que no quitan ni añaden nada a la felicidad de la vida…”

Y mientras la felicidad llega, me conformaré, como decía Marilyn Monroe, con ser muy alegre.

Antes de morir me gustaría…

Viernes, 18 de enero de 2013 por Rafa

ANTES DE MORIR

La muerte de una persona muy querida para Candy Chang, una artista local de Nueva Orleans, la llevó a reflexionar sobre la muerte y sobre la vida. Pensó, según cuenta la propia Chang, en lo fácil que nos resulta quedar atrapados por los pequeños problemas, en lo breve que es la vida y en cómo olvidamos lo que realmente importa. Estas reflexiones la llevaron a la pregunta que está en el corazón de este proyecto: ¿qué le gustaría hacer antes de morir?

Se dijo que: antes de morir quiero cantar para millones, ver a mi hija graduada, comer todos los dulces y sushi del mundo, construir una escuela, abandonar todas las inseguridades, ser completamente yo mismo…

Pero Candy Chang no estaba satisfecha con solo conocer sus propias respuestas, sus propios deseos: “quería  saber lo que era importante para la gente de mi barrio. Así que, con la ayuda de viejos y nuevos amigos, pinté el lado de una casa abandonada en mi barrio de Nueva Orleans con pintura de pizarra y estampada con la frase “Before I die I want to…” (Antes de morir me gustaría…) para que cualquiera pueda recoger un pedazo de tiza, reflexionar sobre su vida y compartir sus aspiraciones personales en un espacio público. Todo fue un experimento y no sabía qué esperar. Al día siguiente, el muro estaba lleno de respuestas, que fueron y siguió creciendo”.

El proyecto creció y creció; primero pasó de un barrio a otro, más tarde de una ciudad a otra y, de pronto, saltó a otros países, Kazakstán, México, Italia, Australia, Portugal, Argentina… Uno de los últimos  países en incorporarse a este proyecto ha sido España, en la ciudad de Córdoba, que nació por iniciativa de un grupo de educadores sociales de Andalucía. Este enorme impacto social, que comenzó con una pregunta, un poco de pintura y unas tizas, ha llamado la atención de todos los medios. La revista The Atlantic lo ha catalogado como uno de los proyectos más creativos  que se ha llevado a cabo por una comunidad.

Es un proyecto importante porque nos une; no importa la ciudad, el país ni el idioma, el efecto que produce la pregunta “Before I die I want to…” es mágico: nos hace a todos filósofos. Nos hace examinar nuestra vida, clarificar lo que es importante y cómo la muerte es siempre un recordatorio de que debemos aprovechar la vida.

Coste de oportunidad

Viernes, 28 de diciembre de 2012 por Rafa

 

COSTE DE OPORTUNIDAD copia

Una mañana sales de casa con solo 2 euros en el bolsillo con los que puedes tomar un café o comprar un periódico. Si te decides por el periódico, estarás medio dormido pero bien informado; si te decides por el café, despierto pero no informado. Este es un pequeño ejemplo del concepto económico del coste de oportunidad: cuando adquieres algo, pierdes la oportunidad de tener algo. El coste es lo que pagamos más aquello a lo que renunciamos. Esta idea fue mencionada por primera vez por el economista Friedrich von Wieser en su Theorie der gesellschaftlichen Wirtschaft (Teoría de la economía social), publicada en el año 1914.

La idea del coste de oportunidad no es un concepto económico, ni fue un descubrimiento de Friedrich von Wieser, sino que más bien fue el redescubrimiento de que toda elección en nuestra vida, económica o no, tiene un coste de oportunidad. En su forma más amplia, es el valor de la mejor opción no realizada. Imagínate que, después de pensarlo un poco, te decides por el café y con ello pierdes la oportunidad de ver que en el periódico de ese día había una oferta de trabajo muy buena para ti, con un salario de unos 80.000 euros anuales. El resultado es que el café te ha costado 1,30 + 80.000 + la oportunidad de encontrarte con la chica de tus sueños + el mejor viaje de bodas +… El resultado es que ese día, sin saberlo, por suerte para tu salud mental, te has tomado el café más caro de tu vida. Claro que también puede ocurrir lo contrario, y gracias al café te has librado de un trabajo terrible, un matrimonio lleno de problemas y unos hijos que no te dejarán ni un minuto de tranquilidad, y por lo tanto, te has tomado el mejor café de tu vida. Nunca se sabe; tú decides.

La lección filosófica del problema del coste de oportunidad es mejor que la versión económica, y dice que de cualquier problema de elección siempre se gana algo porque siempre se aprende algo. Así que la próxima vez que tengas que decidirte por café o periódico acuérdate de la famosa frase de Bruce Lee: “En el centro de las dificultades estriba la oportunidad”. Y busca una cafetería con periódicos gratis para clientes.

Enredos que abarcan la ciencia y lo oculto

Miércoles, 7 de noviembre de 2012 por Rafa

ENREDOS

 

El enredo

El matemático Douglas Hofstadter, en su interesante libro Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, en el que trata de explicar su convencimiento de que la conciencia, el alma, es una ilusión creada por el cerebro, ha incluido un apartado titulado Enredos que abarcan la ciencia y lo oculto. El enredo de la ciencia con la pseudociencia no es nuevo. Ya en esa época, la ciencia de identificar a los animales por sus huellas o la ciencia y la tecnología para fabricar útiles líticos estaban enredadas con la pseudociencia de los charlatanes que creían poder curar una infección con humo. Desde entonces hasta ahora distinguir uno de otro ha sido una dura tarea. Tarea que es parte muy importante de la propia ciencia y de la filosofía.

Desenredando el enredo

En ese apartado, Hofstadter escribe: “la pseudociencia; esta se dedica a cuestionar gran parte de los procedimientos habituales y las creencias de la ciencia ortodoxa, y pone en discusión, por tanto, la objetividad científica”. No sé, pero me parece que el Sr. Hofstadter, en vez de definir la pseudociencia, ha hecho lo contrario. La ciencia debe cuestionar los procedimientos habituales, porque cada época ha tenido sus “procedimientos habituales”, y gracias a que alguien se atrevió a cuestionar los “procedimiento habituales” ahora tenemos mejores procedimientos.

La ciencia debe cuestionar las creencias ortodoxas. Claro que sí. Ortodoxo significa: conforme con la doctrina tradicional en cualquier rama del saber. Si la ciencia tuviese que ser “ortodoxa”, no existiría la investigación y, ahora, seguiríamos pensando, muy ortodoxamente, que la Tierra es plana. Y por ultimo, “la objetividad científica” no existe. Existe la objetividad o la subjetividad de los científicos. De modo que cada investigador ve lo que quiere o lo que puede; pero no hay tal cosa como una “objetividad científica” en abstracto. Si existiera algo como “la objetividad científica” sería como una especie de “oráculo” al que todos podríamos interrogar y obtener siempre la verdad o la mentira sobre cualquier enunciado. Cierto que existen procedimientos mejores o peores que ayudan; pero la objetividad, ver con claridad las leyes ocultas de la Naturaleza, es una conquista no del método sino de las personas. He puesto en cursiva “leyes ocultas de la Naturaleza” porque las fuerzas de la Naturaleza no se ven: nadie ha visto nunca ni la fuerza de gravedad ni el magnetismo. Así que lo que se enreda no es la ciencia y lo oculto, sino las personas, algunas personas.

Ya decía Alfred North Whitehead: “Los mayores progresos de la civilización se experimentan inicialmente como sus peores amenazas”. Esto no se debe tomar como que toda amenaza se convertirá en progreso. Pero sí puede ser tomado en el sentido, demostrado en la historia, de que toda nueva verdad, al principio resulta una amenaza, especialmente para los ortodoxos que utilizan los métodos tradicionales y no les gusta dialogar sobre sus creencias. No trato de defender el todo vale; pero sí que un poco de rebeldía contra las “verdades establecidas” ha sido uno de los caminos más fructíferos en la ciencia. Parece que al Sr. Hofstadter le ha pasado lo mismo que cuenta Platón que le pasó a Tales de Mileto:

“Como, oh Teodoro, se dice que una aguda y graciosa esclava tracia se burló de Tales, porque, mientras observaba las estrellas y miraba hacia arriba se cayó en un pozo; ávido por observar las cosas del cielo, le pasaban desapercibidas las que estaban detrás de él y delante de sus pies”.

Por fin, Escher

Martes, 25 de septiembre de 2012 por Rafa

escher_belvedereEl informático Gershon Elber y su equipo del laboratorio del Institute of Technology Technion, en Israel, han diseñado un programa capaz de hacer realidad el sueño de millones de admiradores: pasar la arquitectura imposible de Escher de las dos dimensiones, 2D, a 3D, gracias a un nuevo programa informático.

Una vez, el pintor alemán Maurits Cornelis Escher, declaró: “Mis ideas están basadas en mi asombro y admiración por las leyes contenidas en el mundo que nos rodea. Quien se maravilla de algo, toma conciencia de algo maravilloso”. Y ahora, gracias al trabajo del informático Gershon Elber, podemos maravillarnos y tomar más conciencia del trabajo de este gran artista. A él siempre le obsesionó el conflicto entre lo que era capaz de imaginar en tres dimensiones y la forma de plasmarlo en el plano, de solo dos dimensiones, sin que por ello perdiera la fuerza ni perspectivas del mundo real.

Para superar estos problemas, Escher creó unas técnicas que consiguen una serie de ilusiones ópticas muy logradas. Sin embargo, para el que vea por primera vez alguna de sus obras, es complicado imaginar sus peces, aves, escaleras que suben y bajan al mismo piso, torres, círculos, triángulos… en tres dimensiones, es casi imposible. Y eso es precisamente lo que se propuso Gershon Elber y su equipo: sacar del mundo de dos dimisiones las litografías y dibujos, y traerlos a nuestro mundo de tres dimensiones. Para ello crearon un software capaz de convertir las ilusiones ópticas de los dibujos de Escher en órdenes precisas para que una impresora haga una copia de la obra en tres dimensiones. Con la gran ventaja de que la copia en 3D mantiene las ilusiones ópticas diseñadas originalmente por Escher. Este logro del software de Elber se publicó en la revista Advances in Architectural Geometry.

Con motivo de este logro, el Technion (Israel Institute of Technology) ha publicado el vídeo que podemos ver abajo con todo el proceso de fabricación. En él podemos ver, paso a paso, cómo el profesor Elber envía los datos a una impresora 3D. Tras una espera de 27 horas de impresión, el milagro: una versión de la litografía de Escher, conocida como “Belvedere” en tres dimensiones. Que podemos coger, girar y tocar. Y tal como declaró el propio Escher:”Quien se maravilla de algo, toma conciencia de algo maravilloso”.

Plantas muy “humanas”

Jueves, 9 de agosto de 2012 por Rafa

PLANTAS HUMANAS

En su último libro, titulado “Qué sabe una planta”, Daniel Chamovitz, doctor en Biología y director del Centro de Biociencias de la Universidad de Tel Aviv, nos revela que las plantas pueden sentir el entorno, tomar decisiones inteligentes y comunicarse unas con otras a través de un sorprendente lenguaje químico.

La genética de las plantas no es tan diferente de la del ser humano. En una entrevista publicada en Scientific American, Daniel Chamovitz explicaba: estos (descubrimientos) me han llevado a darme cuenta de que la diferencia genética entre las plantas y los animales no es tan significativa como yo ingenuamente había creído una vez. Así que, mientras todavía no estaba investigando este campo, ya comencé a cuestionarme los paralelismos entre las plantas y la biología humana.

Y añadía: las plantas tuvieron que desarrollar mecanismos sensoriales muy sensibles y complejos que les permiten sobrevivir en ambientes cambiantes (…). Ellas necesitan ver dónde está su comida; necesitan sentir el clima y ser capaces de oler los peligros. Y tienen que ser capaces de integrar toda esta información de forma dinámica y cambiante. El hecho de que no vemos a las plantas moverse no significa que su mundo interior no sea rico y dinámico. Y a enseñarnos eso dedica Chamovitz su último libro, “Qué sabe una planta”, a mostrarnos ese mundo interior rico y dinámico de estos seres vivos.

Cada capítulo está dedicado a explorar las similitudes entre los sentidos humanos y los de las plantas. Así, vemos que el primer capítulo, titulado “Lo que ve una planta”, comienza de una forma provocativa con esta afirmación: “Piensa sobre esto: las plantas pueden verte”. En este capítulo se explica cómo las plantas pueden distinguir entre los diferentes tipos de colores. También encontramos páginas dedicadas a explorar las similitudes entre el resto de los sentidos  humanos. El autor afirma que las plantas pueden sentir y diferenciar los distintos aromas o que también tienen sentido del tacto, porque saben cuándo son acariciadas o agredidas.

Acacias que “ganan” a antílopes

De la misma manera que los telescopios ampliaron nuestra visión del universo, las investigaciones de este tipo nos permiten abrir la concepción que tenemos de la mente, de los sentidos y de la conciencia. En este sentido, el trabajo de Daniel Chamovitz no es el único. Hay muchas personas en diferentes países, y desde diferentes campos, que llevan años investigado ese mundo interior dinámico y rico de las plantas.

Stefano Mancuso es una de ellas. Ingeniero agrónomo y doctorado en Biofísica, desde su laboratorio situado cerca de Florencia (Italia) estudia, junto con un grupo de colaboradores, lo que hasta hace muy poco tiempo era una pregunta más del mundo de la alquimia que de la ciencia moderna: ¿tienen las plantas alguna especie de sistema nervioso capaz de transmitir información, y un cerebro capaz de procesar esa información y dar respuesta inteligente a los problemas? Sabemos que las plantas son capaces de sentir el entorno. De hecho, según Mancuso, sienten más que algunos animales. “Cada ápice de la raíz puede detectar simultánea y continuamente, por lo menos, 15 parámetros químicos y físicos. Es algo que los animales no pueden hacer”, señaló.

Sabemos que esa información viaja desde los ápices hasta las últimas hojas. Esto lo comprobó el profesor Stanislaw Karpinski, quien afirmó, en una reunión de la Society for Experimental Biology’s en Praga (República Checa), que cuando se ilumina una sola hoja, toda la planta recibe esa información. Lo cual confirma que esa información es transportada en forma de señal electroquímica por células que actúan como una especie de sistema nervioso.

Pero eso no es todo lo que una planta puede hacer. El profesor Mancuso explicaba en una entrevista al periódico “La Vanguardia”: cuando una planta es atacada por un patógeno, inmediatamente produce moléculas volátiles que pueden viajar kilómetros, y que avisan a todas las demás para que preparen sus defensas. Lo que significa que  las plantas pueden comunicarse entre ellas de una forma muy eficaz.

Uno de los mejores ejemplos, añadía el biofísico, fue el ocurrido en Botsuana. “Hace diez años, en Botsuana introdujeron en un gran parque 200.000 antílopes, que comenzaron a comerse las acacias con intensidad. Tras pocas semanas, muchos murieron y al cabo de seis meses murieron más de 10.000, y no advertían por qué. Hoy sabemos que fueron las plantas”.

Si analizamos esta noticia cuidadosamente, nos daremos cuenta de que fue una respuesta muy compleja. Según estos datos, las acacias sintieron el peligro y respondieron a este produciendo unas moléculas con la información codificada que emitieron al entorno. Las otras plantas tuvieron que detectar esas moléculas e interpretar correctamente el mensaje para construir una defensa adecuada contra ese peligro. La estrategia defensiva se basó en modificar su propio organismo, concentrando gran cantidad de tanino. En torno a este comportamiento hay varias preguntas; una de ella es: ¿cómo sabían las plantas que el tanino es tóxico para losantílopes? Y la otra cuestión es que actuaron de esta manera para defenderse de los antílopes y, por lo tanto, con intencionalidad. Y la intencionalidad es, según la psicología, uno de los atributos de la conciencia. Esto nos lleva de vuelta a la pregunta central del libro de Daniel Chamovitz: ¿tienen conciencia las plantas?

PLANTAS HUMANAS 2

Cierta inteligencia animal

Y, aunque hoy día nos parezca sorprendente, esta misma pregunta se planteó hace siglos sobre las mujeres o sobre otras etnias. Con el tiempo, se llegó a admitir lo obvio y, un poco más tarde, nos preguntamos lo mismo sobre los animales. Se observó que algunos, como los  primates, son capaces de utilizar herramientas, tienen un lenguaje y pueden comunicarse entre ellos. Además emplean estrategias de defensa y de búsqueda de alimentos y se organizan para cuidar y enseñar a sus crías. Y, después de estos trabajos de investigación, se llegó a la conclusión de que, efectivamente, los animales, algunos más que otros, tienen un cierto tipo de inteligencia.

En el mundo de los insectos encontramos cosas sorprendentes. Las arañas, por ejemplo, son un caso excepcional en el campo de la ingeniería y de la química. Un grupo de científicos de la Universidad Técnica de Múnich (Alemania) ha descubierto que la tela de araña es cinco veces más tensa y fuerte que el acero y tres veces más que las mejores fibras sintéticas. Otros insectos, las hormigas y las abejas, además de ser capaces de construir grandes dispositivos arquitectónicos como son las colmenas, con pasillos, sistemas de ventilación, control de temperatura y humedad, además tienen lo que ahora llamamos habilidades sociales, es decir, saben llevarse bien.

Pero ¿qué hay de las plantas, tienen conciencia? La respuesta del propio Mancuso en una entrevista, realizada por Eduard Punset, nos puede ayudar a encontrar la respuesta adecuada.

“Si ahora analizamos el organismo en su conjunto, yo diría que la diferencia entre las plantas y los animales no es una diferencia cualitativa sino meramente cuantitativa: lo único que cambia es la cantidad. Si hablamos de inteligencia, la cantidad de inteligencia es baja en las plantas, pero sí que existe. Si hablamos de velocidad, de tipo de movimiento, también existe en las plantas, aunque a una escala distinta”.

Será la conciencia, al igual que el movimiento, la inteligencia o la memoria, una cuestión de cantidad y de calidad. El premio nobel de física, Erwin Schrödinger, mantiene que la conciencia, al igual que la atención, es de ese tipo de cosas que se da en grados. Así, en su libro “Mente y materia” afirma que “existen grados intermedios entre lo puramente consciente y lo totalmente inconsciente”. Para ello, observemos nuestro nivel de conciencia. A veces somos conscientes de que tenemos rodillas, corazón o pulmones pero, la mayor parte del tiempo, somos completamente inconscientes de su existencia. Incluso cosas tan vitales como respirar, caminar, e incluso, conducir, comer o hablar por teléfono lo podemos hacer con poca, mucha conciencia o de forma totalmente inconsciente. Por tanto, entre estos dos extremos, lo puramente consciente y lo totalmente inconsciente, existen una infinita graduación.

Necesaria reflexión

El siguiente paso ahora es un misterio. Tampoco, en su momento, sabíamos a dónde nos iba a llevar aceptar que la Tierra no era plana, o que el Sol era el centro de nuestro sistema, por no hablar de la teoría cuántica o la de relatividad. Como decía el matemático francés Henri Poincaré, “dudar de todo o creerlo todo son dos opciones igualmente cómodas, pues tanto una como otra nos eximen de reflexionar”. Y la ciencia debe investigar, hacer experimentos, recopilar datos y, sobre todo, reflexionar.

Sabemos que no solo la conciencia se da en grados, sino que la inteligencia, la creatividad y la voluntad, también. No hace falta recordar que hay personas más creativas, más inteligentes y con más voluntad que otras. Incluso sabemos que nuestro nivel de creatividad, de inteligencia y de voluntad fluctúan a lo largo de nuestra vida, e incluso fluctúan a lo largo del día: algunas personas son más creativas por las mañanas que por las tardes y, durante nuestra vida ocurre lo mismo, hay etapas en las que somos más creativos que otras.

Con nuestra atención ocurre lo mismo. Y esa es la razón por la cual, las clases en institutos y universidades no deben durar más de 50 minutos. Lo cierto es que, si trasladáramos el movimiento de nuestras cualidades mentales a una gráfica, se parecería mucho a la que describen los sismógrafos durante una erupción volcánica. Así que, en esto, sí podemos llegar a una conclusión general: sabemos que todos los atributos de la mente se dan, en los seres humanos, en grados. La pregunta interesante es: ¿se dará en el resto de la Naturaleza de la misma forma?

Paul Krugman y los experimentos de Solomon Asch

Jueves, 28 de junio de 2012 por Rafa

PAUL KRUGMAN

Solomon Asch (1907-1996) fue un psicólogo estadounidense que trabajó en el campo de la psicología social. Asch se hizo famoso gracias a una serie de experimentos, realizados alrededor de 1950, y que ahora son conocidos como “Los experimentos de conformidad de Asch”. El conformismo puede definirse como “un cambio de conducta u opinión de una persona, resultado de una presión real o imaginada por parte de una o varias personas”.

Los experimentos de conformidad de Asch nacieron con un objetivo muy simple: estudiar las condiciones, los motivos y la resistencia de los individuos a las presiones del medio cuando estas son, ciertamente, contrarias a sus propias convicciones e, incluso, contrarias a la realidad de lo que ven.

El experimento es muy sencillo y fácil de realizar. Se reúne a un  grupo de personas, normalmente jóvenes estudiantes, en el cual, todos los participantes excepto uno son cómplices del experimentador. Se les dice que van a ser sometidos a una “prueba de visión”. Pero en realidad, el experimento consiste  en ver cómo el estudiante restante (el único que no es cómplice) reacciona frente al comportamiento del grupo. Se reúnen y se procede a enseñar una serie de tarjetas con varias rayas de diferentes tamaños: unas más largas que otras. Y se les pregunta cosas como: ¿cuál de la rayas es la más larga?

Al principio todos están de acuerdo y responden la verdad de lo que ven. Pero los cómplices, habrán sido preparados para dar respuestas unánimes e incorrectas en los tests. Los resultados muestran que, en estas circunstancias, un 37% de las personas se conforma con el punto de vista mayoritario. Incluso en los casos en los que las respuestas son contrarias a la realidad. O sea, una de cada tres personas se conforman con la opinión de la mayoría incluso sabiendo, sin dudas, que es un opinión equivocada.  Por eso también, este comportamiento se ha llamado “conformismo irracional” o “no lógico”.

Algunos economistas y sociólogos están investigando, digámoslo así, el posible efecto “Asch” en la economía: los mercados de valores, fugas de capitales, venta de inmuebles… O directamente, utilizar el efecto “Asch” para convertir en realidad lo que no es más que un deseo o una endeble hipótesis.

Estos parecen ser, en algunos casos, las suposiciones, deseos e hipótesis del economista Paul Krugman. El señor Krugman se licenció en Economía en la Universidad de Yale en 1974. Trabaja en la famosa Universidad de Princeton, y desde 1999, es columnista  y bloguero del periódico New York Times. Gracias a sus trabajos de investigación, en 2008 se le concedió el Premio Nobel de Economía. Según Washington Monthly, Krugman es el más importante columnista político en Estados Unidos… Desde esa privilegiada posición, Krugman hizo varias predicciones. Entre las más polémicas: la salida de Grecia del euro y la de un “corralito” para los depósitos en los bancos españoles.

Teniendo en cuenta los últimos experimentos en el campo de la psicología social, que muestran que el cambio de conducta u opinión de las personas (conformismo no lógico) es más fácil cuando los grupos o personas influyentes son “expertos”, los economistas empiezan a preguntarse: ¿cuánto de realidad y cuánto de efecto “Asch” hay en el comportamiento de los mercados y de las personas? Y en concreto, en el caso del profesor Krugman, muchos se preguntan: ¿cuánto hay de ciencia económica en sus previsiones y cuánto hay de efecto “Asch”? Todo esto es muy interesante, porque podríamos estar ante un “experimento de conformidad de Asch” a escala planetaria.

Las matemáticas y el mercado laboral español

Sábado, 28 de abril de 2012 por Rafa

LAS MATEMATICAS

Las matemáticas confirman el caos del mercado laboral español

Hiperión es un satélite con forma de patata que orbita alrededor de Saturno. Visto así, es posible que usted crea que su historia laboral no tiene nada en común con Hiperión. Pero se equivoca. Porque una de las características de este Hiperión es que la rotación sobre su propio eje es caótica. Y eso es lo que precisamente ha encontrado la profesora Elena Olmedo Fernández en el mercado laboral español: caos.

Este descubrimiento se ha publicado en la importante revista “Chaos, Solitons & Fractals”. El trabajo se pudo realizar gracias a los datos sobre el desempleo facilitados por el INEM a lo largo de 36 años, entre 1965 y 2001. Con esos datos se ha calculado el denominado “máximo exponente de Lyapunov”. Los exponentes de Liapunov, como ahora se les conoce, son un conjunto de números que se emplean para detectar la presencia del caos en los sistemas dinámicos. Y lo que han revelado es lo que cualquier parado sabe: que el mercado laboral español es caótico.

Un sistema dinámico es caótico cuando es muy difícil predecir su comportamiento, su evolución en el tiempo. En palabras de la propia Elena Olmedo, un sistema es caótico cuando su comportamiento es “altamente complejo e impredecible a largo plazo”. Esto no significa que sea imposible de predecir. “Porque –continúa la profesora Olmedo– a corto plazo, se puede predecir, aunque para ello hay que utilizar modelos no lineales que capten la complejidad del comportamiento observado”. Traducido: no cuente con que su empleo le dure tanto como su hipoteca.

¿Somos capaces de reconocer lo bello?

Martes, 20 de marzo de 2012 por Rafa

APRECIAR LO BELLO

¿Somos capaces de percibir lo bello? ¿Somos capaces de reconocer el talento? ¿Nos pararíamos a disfrutarlo? Estas son algunas de las preguntas recogidas en una especie de experimento acerca de percepciones y prioridades hecho por el periódico de Washington Post. El experimento no es reciente, data del año 2007, pero la cuestión es actual. A primera vista, las preguntas parecen inocentes, casi infantiles; al fin y al cabo, todos creemos que somos capaces de reconocer lo bello; pero ¿los somos?

Para contestar a estas preguntas, el Washington Post preparó un concierto de violín en la céntrica estación de L’Enfant Plaza, en la capital de Estado Unidos, Washington. Se trataba de averiguar cuántas personas perciben la música; cuántas reconocen esa música como bella; cuántas se pararán para escucharla y cuántas darán un donativo.

Sería interesante, antes de continuar leyendo, que cada lector se hiciera la pregunta: ¿qué ocurrirá? Veamos lo que el director de orquesta Leonard Slatkin contestó a esa misma pregunta: “Creo que quizás 35 ó 40 reconocerán la calidad. Unos 75 ó 100 se pararán para escuchar la música unos minutos. Y entre todos donarán unos 150 dólares”.

Veamos qué ocurrió.Estación de L’Enfant Plaza, 7:51 de la mañana de un frío 12 de enero de la ciudad de Washington. Un joven llamado Bell, vestido con pantalones vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra entra en la estación, desenfunda su violín y comienza a tocar.

Y esto fue lo que  ocurrió. Pasaron tres minutos y 63 personas hasta que alguien percibiera la música por primera vez. A los 43 minutos habían pasado ante él 1.070 personas. Solo 27 personas le dieron dinero, la mayoría sin pararse ni un segundo. En total, recogió de la funda del violín 32 dólares y 17 céntimos. Muy lejos de los 150 dólares previstos por Leonard Slatkin. Y mucho más lejos de los 100 dólares de media, y por asiento, que solo unos días antes habían pagado por escucharle tocar en el Boston Symphony Hall, que, ese día, registró un lleno completo.

Porque el joven Bell, que tocaba en la estación de metro con camiseta y gorra, no era otro que el virtuoso y famoso violinista Joshua Bell. El mismo que interpretó la parte solista de la maravillosa película “El violín rojo”. Película que recibió un Óscar a la mejor banda sonora. El mismo que, una fría mañana de enero, interpretó, en la estación de metro, una partitura de Johann Sebastian Bach, seguida del Ave María, de Schubert…Y los interpretó, nada más y nada menos, que con un Stradivarius de 1713 valorado en más de 8 millones de dólares. Y todo por 32 dólares y 17 céntimos.

http://www.youtube.com/watch?v=myq8upzJDJc

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