Filosofando

Viernes, 17 de mayo de 2013 por Melinda

FILOSOFANDO

A veces, resulta extraño hacerse preguntas un poco trascendentes (qué es la vida, para qué estoy aquí, qué puedo mejorar, etc.), porque algo en el ambiente (en la oficina, en el comedor de tu casa o en el supermercado), tiende a empujar las conversaciones hacia lo superficial y rutinario, a pesar de ser preguntas que todos reconocemos como propias. Sí, es cierto que no parece adecuado entrar en la tienda y preguntar al dependiente: “¿no es curioso que hoy puede ser el último día de nuestra vida y todavía no lo sabemos?”. Pero sin llegar a estos extremos, sí deberíamos reservar unos minutos de cada día, al menos, para preguntarnos sobre el destino de nuestro viaje y los encargos que tenemos que cumplir antes de llegar.

Por esto me gusta tanto releer la historia de Juan Salvador Gaviota, el rebelde volador que quiso hacer lo que su voz interior le pedía, aun a costa de sufrir la incomprensión y el desprecio de aquellos que más quería. Su experiencia le acarreó dificultades y sinsabores que los demás no conocían. Pero también, la gloria de la conquista de sus metas, la satisfacción del descubrimiento de sus poderes internos, la convicción de que había elegido el camino correcto.

La mayoría de las gaviotas no aprendían nada más que las normas elementales de vuelo, lo justo para ir y volver entre la playa y la comida. Pero Juan Salvador Gaviota amaba volar más que nada en el mundo y dedicó todo su esfuerzo a aprender nuevas técnicas. Quiso compartir sus descubrimientos en el arte del vuelo con la bandada, pero fue expulsado de la sociedad de las gaviotas.

–Juan Salvador Gaviota. Hemos nacido para comer y vivir el mayor tiempo posible. Eres un irresponsable al querer convencer a otras gaviotas.

Juan Gaviota pasó el resto de sus días solo, pero voló mucho más allá de los Lejanos Acantilados. Su único pesar no era su soledad, sino que las otras gaviotas se negasen a creer en la gloria que les esperaba al volar, que se negasen a abrir sus ojos y a ver; pero nunca se arrepintió del precio que había pagado

Richard Bach

 ¿Alguien quiere convertirse en Juan Salvador Filósofo?

Lo esencial es invisible a los ojos

Lunes, 1 de abril de 2013 por Melinda

LO ESENCIAL ES INVISIBLE

 

Qué razón tenía el principito de Saint-Exupery, aquel principito que nunca olvidaba una pregunta hasta haber obtenido una respuesta. Verdaderamente, era un filósofo.

Su sencillez le permitía observar el mundo con una mirada limpia y humana en el más alto sentido de la palabra. Hacía preguntas al aviador que lo encontró con la desenvoltura con que solo un niño puede plantear las cosas: “¿esto qué es?”, “¿por qué haces esto?”, “¿para qué?”.

Fue así como llegó a la conclusión de que los adultos eran un poco raros: encontró a uno que le explicó que se dedicaba a contar estrellas del firmamento para tomar posesión de ellas y que no fueran de ningún otro. Era un hombre de negocios y no estaba para perder tiempo (vamos, lo mismo que hacen algunos jugando con los números de las cuentas bancarias: un botón aquí, el minuto exacto para invertir allá, lo vendo multiplicado por dos siete segundos después y ya tengo más que tú).

También se topó en su viaje interplanetario con un borracho, que explicó al principito que bebía para mantener su estado de embriaguez, aunque confesaba no recordar para que quería estar borracho (síntoma de que el despiste vital no es exclusivo de nuestro tiempo, ni de nuestro planeta al parecer).

Del rey aprendió el principito que si quieres que te obedezcan de buen grado, debes ordenar lo que corresponde en el momento justo. Era mucho más práctico ordenar al Sol que saliera a la hora del amanecer que desesperarse o enfadarse si no aparecía a cualquier otra hora (podríamos preguntarnos por comparación cuántas veces nos desesperamos por cosas que no dependen de nosotros. O peor, cuántas veces preferimos no tomar decisiones en lo que sí nos incumbe).

Pero de quien más aprendió el principito fue del zorro, que le enseñó que crear lazos con otro ser (de amor, de amistad, de veneración) era lo que le convertía en único entre todos los demás. Le pidió que le domesticara, para ser un zorro especial a los ojos del pequeño príncipe y que el principito fuera único a sus ojos. Y en su amistad, le reveló su secreto: lo esencial es invisible a los ojos.

De este modo, el principito, que procedía de un pequeño asteroide perdido en la inmensidad del espacio, se dio cuenta de que él también estaba domesticado por su pequeña rosa, a la que había tenido que abandonar cuando partió. Supo en su añoranza que hubiera sido mejor juzgarla por sus actos y no por sus palabras porque ahora echaba en falta el color y el perfume que la rosa le ofrecía generosamente aunque a veces pareciera un poco vanidosa.

Y así, el principito, en un mundo donde algunos enumeraban sus posesiones para sentirse poderosos y otros intentaban ahogar en alcohol sus incertidumbres, él había comprendido uno de los misterios más profundos de la vida: lo esencial es invisible a los ojos. Y lo esencial es observar la vida con los ojos descontaminados de un niño y buscar respuestas a las preguntas simples y profundas, creando lazos de amor con los demás seres, sean aviadores, rosas o zorros.

Platón todavía funciona…

Viernes, 15 de febrero de 2013 por Melinda

PLATON FUNCIONA–Sí, se están muriendo de hambre pero no lo saben y tampoco quieren oírlo.

–No lo entiendo. ¿Por qué siguen aguantándolo?

–Echa un vistazo aquí debajo –le dijo Willie levantando una de las puntas del mantel para mostrarle todos los tobillos atados con cadenas a lo largo de la mesa.

Parecía algo increíble. –¿Están encadenados a la mesa? Entonces, ¿por qué parecen tan felices?

–No ven ni las cadenas ni las llaves que pueden liberarlos. Además, están convencidos de que les están sirviendo unas comidas muy sabrosas como recompensa por los magníficos servicios prestados a la comunidad de duendes (Marcia Grad, La princesa que creía en los cuentos de hadas, Ed. Obelisco, 1998).

He aquí una versión moderna del mito de la caverna de Platón, aquel en el que unos hombres encadenados de nacimiento frente a una pared contemplan el desfile de sombras proyectadas, que toman por realidad al no conocer otra cosa.

La vida pasa por delante de nosotros y nos entretiene con sus constantes juegos de luces y sombras, que se proyectan frente a nosotros. A veces, la acción es tan trepidante que parece que no nos queda tiempo para otra cosa que atender a los continuos ires y venires de las formas cambiantes siempre en movimiento (novedades en el trabajo, el último escándalo político, la reciente cuestión familiar). Se nos olvida que podríamos intervenir más en el guión en lugar de quedarnos mirando solamente.

Hay momentos en los que una engorrosa pregunta sobre el argumento de la proyección nos aguijonea: ¿por qué?, ¿para qué? Rápidamente, una nueva forma en las sombras de la pared capta nuestro interés hasta el próximo momento de inquietud, en que retumba la incontestada pregunta: ¿qué es la vida?, ¿qué vine a hacer yo aquí?

Los encadenados de nuestro cuento, al igual que los de Platón, no ven las cadenas que los atan, y también en ambos casos están ciegos a las llaves que tienen a su alcance para deshacerse de sus ataduras. Y aquí lo que importa son las llaves.

Platón sabía muy bien dónde buscar las respuestas. Tanto lo sabía que nos legó un sistema para preguntarnos por cuestiones fundamentales y poder encontrar la tranquilidad de ánimo que da el descubrir las propias respuestas. Si sería sabio Platón, que todavía hoy, cerca de 2500 años después, podemos utilizar su método, tan extensa y continuamente practicado en sus diálogos, y descubrir su utilidad.

La llave está en la filosofía. No solo libera de cadenas, sino que abre puertas a mundos de luces insospechadas que pueden teñir de un color diferente nuestras vidas. Un color más limpio, más noble, más sano, más profundo. El color que da el saber qué sentido tiene nuestra vida.

La vida también palpita en la sombra

Viernes, 11 de enero de 2013 por Melinda

higuera

¿Qué tienen en común el estrangulador de Boston y la higuera estranguladora? El apellido, evidentemente, pero también su forma de actuar. Por supuesto, la higuera con más estilo, ya que actúa delante de nuestros ojos y no nos damos cuenta. Y, además, no deja huellas. Hay plantas que tienen costumbres tan poco recomendables como las de los humanos.

En los bosques tropicales, los árboles tienen hojas todo el año y la competencia por la luz hace que se forme un tupido techo vegetal en la cima, que apenas deja pasar la claridad hasta el suelo. Quien quiera luz ha de ir a buscarla. Aunque las posibilidades de una higuera parezcan escasas, la muy cuca puede llegar arriba como semilla a través de un ave que la haya ingerido y la deposite en un punto favorable de un tronco en el que se haya acumulado suficiente materia orgánica.

En ese caso, puede germinar y comenzar a crecer muy lentamente. Poco a poco, desarrolla un grupo de raíces que van abrazando a su anfitrión, y otro grupo de raíces, aparentemente inofensivas, que van descolgándose sigilosamente y sin prisa en el aire hasta que, con el tiempo, llegan al suelo. Entonces la planta, ya bien alimentada, acelera su desarrollo, y las raíces que envuelven el tronco principal engordan y forman un enrejado. La suerte de su casero está echada.

Pasan los años y las raíces que abrazan todo el tronco engordan más y más, asfixiando a su víctima y robándole todo el alimento. Finalmente, el árbol anfitrión muere y su tronco se pudre y desaparece, pero la higuera no se cae. Sus raíces ya han formado un cilindro hueco donde antes hubo un tronco vivo, capaz de mantenerse en pie por sí mismo. Como en las buenas historias de crímenes, el asesino se ha deshecho de su víctima sin dejar rastro.

¿No ha sucedido porque no lo hemos visto? ¿Es que no es verdad simplemente porque no nos hemos dado cuenta de la situación? El hecho es que la vida sigue desarrollándose como tiene por costumbre aunque no estemos atendiendo. Como dijo Galileo para contentar a sus acusadores: “Vale, de acuerdo, la Tierra no se mueve”. Y la Tierra siguió moviéndose.

Moraleja: mejor prestar atención y ver qué sucede, que cerrar los ojos y no entender cómo y por qué sucede. Tan natural como la vida misma.

Banco solitario que observas…

Miércoles, 14 de noviembre de 2012 por Melinda

BANCO SOLITARIO QUE OBSERVAS

Banco solitario, que observas desde tu puesto cómo la vida pasa…

Centinela de matices, que desvelas el secreto de los otoños rojizos y de los verdes veranos…

Reposo del fatigado, que te halla en su camino mientras ansía cobijo de su diario ajetreo…

Encuentro de enamorados, a los que oyes jurarse las más bellas intenciones para erigir su mañana…

Refugio de los ancianos, que reconocen tu obsequio de una quietud merecida y de un sostén a sus años…

Espectador silencioso, confidente reservado de secretos al oído, acompañante apacible de proyectos solitarios…

Tantas auroras, tantos ocasos, tantas vueltas, tantos cambios… Un privilegio es el tuyo: poder contemplar el curso de tantos sueños y angustias, de tantas nubes y claros.

Con firme apoyo en la tierra, siempre encaras el paisaje haciendo que el que a ti llega descubra lo ilimitado mientras le ofreces amparo en un alto de su ruta. Un poco de tu silencio, un mucho de tu horizonte, y la brisa que te envuelve retorna al que peregrina al derrotero olvidado.

Impasible en las tormentas, resistente a vendavales, eres testigo del eco que rumorea entre ramas, eres guardián de ilusiones que reviven en tu abrazo.

La ventisca intenta agitarte, aunque solo consigue pulir tu superficie con sus continuos zarandeos.

El hielo quiere acristalarte, pero tú aprovechas la luz de su transparencia y vislumbras el infinito.

La nieve trata de ocultarte, pero el rocío te hace brillar cada amanecer.

Ni la bruma, ni los vientos, ni la lluvia, ni el estío son capaces de ahuyentarte de tu función de vigía.

Cuando la noche llega en su turno, permaneces expectante; sabes su ley y su sino, y te encuentras preparado para dar la bienvenida al calor del nuevo sol.

Siempre hay un banco entre la hojarasca de otoño. Siempre hay un banco esperando al caminante. Momentos y susurros desfilan ante este observador excepcional. Y el banco seguirá ahí… aprendiendo y desvelando los acertijos del tiempo.

Cuánto ganaríamos los humanos si aprendiéramos la mitad de lo que nos puede enseñar un banco cuando nos acercamos a él en busca de paz y sosiego…

Las ventajas del trabajo en equipo

Martes, 11 de septiembre de 2012 por Melinda

TRABAJO EN EQUIPO

Esta es una historia que sucedió muy lejos, en la Antártida, un sitio muy peculiar, porque hay tanto hielo, que cubre cordilleras montañosas tan altas como los Alpes, aunque solo las cumbres sobresalen.

Allí vivía una colonia de grandes pingüinos, los emperadores. Había unos 25.000 en aquella barriada, que se conocían de haber recorrido los mismos caminos durante más de un invierno, aunque cada uno era cada uno, y eran muy celosos de su pequeño espacio y de su familia. Se solían hacer compañía transitando la ruta hacia la comida y organizando la crianza de las nuevas generaciones. La Antártida es un lugar en el que tienes que darte prisa para criar a tus hijos si quieres que sobrevivan, y además tiene que ser en verano para que no se congelen antes de nacer. Por eso hay que tener todo muy bien sincronizado con el paso de las estaciones si quieres llegar a poder contar historias como esta.

Cada mamá puso su huevo en el momento convenido, y encargó al papá la difícil misión de mantenerlo calentito durante cuatro meses para que naciera el pingüinitín. Ellas habían hecho su parte y no se iban de vacaciones, sino que tenían que recorrer 180 km de hielo para llegar al mar, alimentarse, engordar y recoger alimento que tenían que traer a sus crías recién nacidas cuatro meses después una vez recorridos los 180 km de vuelta.

La papeleta del padre tampoco era moco de pavo. Le tocaba el turno de guardia de noche (y es que en la Antártida no se hace de día cada día, sino que se hace de día cada varios meses) a una temperatura exterior de 70 grados bajo cero (¡brrr, qué frío!). Así que, con la luz apagada y mucho empeño, los papás acogieron a su huevo en una bolsa que los mantenía 80 grados por encima de la temperatura externa.

Una vez, vino una gran crisis, una terrible tormenta; el tiempo empeoró, las temperaturas bajaron tanto que aunque eran veinticinco mil en la colonia y sus cuerpos se pegaban unos con otros, eso no mejoraba las condiciones climáticas. Nadie, ni siquiera el mayor de los pingüinos (y estos medían un metro de altura y pesaban más de 30 kg), puede aguantar a pie firme vientos de 150 km/h a esas temperaturas.

Al principio, se asustaron, porque parecía que no iban a salir de aquella. Pero luego, algo en la colonia comenzó a moverse. En realidad, empezaron a moverse todos los pingüinos, eso sí, con orden y sin que nadie se escaqueara.

De la gran masa de pingüinos, que parecía una gran mancha negra jaspeada de motas blancas de nieve, los de la fila exterior comenzaron a caminar hacia adelante. Hacia adelante, sí, pero sin perder contacto con la fila inmediatamente interior. Y así, una vez terminada la vuelta al círculo, se introducían en la 2.ª fila con un movimiento espiralado, y al terminar, en la 3.ª, y así iban caminando hasta llegar al centro del grupo, donde se estaba calentito y no se notaba el viento. Sin parar de caminar, y una vez repuestas las fuerzas, volvían a salir con el movimiento espiral hacia afuera hasta llegar al exterior y volver de nuevo a estar en primera línea, en el sitio más expuesto, en el trabajo más difícil.

Sin rendirse ni dejar su trabajo para que lo hicieran otros, cada uno seguía el mismo recorrido. Esto tenía su mérito porque a los pingüinos no les hace mucha gracia tropezarse con el de al lado. Pero esto era una situación de crisis, y exigía medidas especiales. Así, poco a poco, siempre caminando hacia adelante y siempre participando en la labor de supervivencia, la crisis pasó, la tormenta amainó. Y a pesar de haber sido una situación difícil como pocas había habido, todos los pingüinos sobrevivieron, eso sí, un poco más fatigados y casi muertos de hambre (llevaban cuatro meses sin probar bocado), pero con la enorme satisfacción de la experiencia que habían adquirido y del deber cumplido. Una vez pasado lo peor, llegaron las mamás con la comida para los bebés, que acababan de romper los huevos, y los papás se fueron pitando al mar a tomar algo, que ya les tocaba. Todos los miembros de la familia volvieron a estar juntos de nuevo poco tiempo después. De ahora en adelante, no habría crisis que los arredrara porque habían aprendido a sobrevivir.

Y desde entonces, cada vez que una crisis sacude su pequeño mundo, todo el conjunto se pone en marcha, y mirando en la misma dirección comienzan a aportar su cuota de esfuerzo y sacrificio para conseguir el bienestar de todo el conjunto.

Pero bueno, esto sucedió en la Antártida. No tiene por qué tener algo que ver con nosotros, claro.

La solución a nuestras inquietudes

Jueves, 2 de agosto de 2012 por Melinda

INQUIETUDES

Aquellos que están llenos de vanidad con la codicia penetran en una corriente que les atrapa como la tela que la araña ha tejido de sí misma. Por esta razón, el sabio corta con todo ello y se aleja abandonando toda tribulación  (Dhammapada)

Hay días en que uno se levanta y si no tiene bien puestas las orejeras puede ocurrir que caiga fulminado por el torrente de noticias envueltas en crisis.

Más o menos, casi todos nos hemos dado cuenta de que el origen de muchos desajustes actuales que afectan a nuestras circunstancias materiales cotidianas está en males anteriores, y que esos males tienen mucho que ver con la falta de valores éticos.

Caramba, qué coincidencia.

Los que creemos en la filosofía siempre hemos pensado que son los valores éticos los que conforman nuestra identidad como seres humanos y en su cultivo está la raíz de las soluciones que se manifestarán, igual que su ausencia fue la raíz de los problemas que afloran ahora a la superficie. Puede la filosofía, también, servir para encontrar una buena brújula para navegar en las procelosas aguas de la vida.

Esto, que suena tan rimbombante, no es ni más ni menos que lo que todo ser humano ansía interiormente por naturaleza, porque todos necesitamos saber para qué hemos venido a la vida, y si no queremos declararlo así, por lo menos nos gustaría tener un pequeño manual práctico de cómo ir capeando aquellas situaciones que nos provocan inquietud, esa inquietud que no es material, y que nos demanda insistentemente una meta que nos impulse hacia adelante y nos anime a no dejarnos aplastar por las olas cotidianas que ofuscan nuestra visión del horizonte.

Hemos conocido tiempos llenos de palabras. El mundo ya ha visto a dónde nos conducen. Es el tiempo de pasar a las acciones, pero no a las que son fruto del miedo, la inquietud, la desesperanza o el resentimiento. Es tiempo de reflexionar por un momento qué es lo verdaderamente importante, y sobre todo, qué es lo que depende de nosotros mismos, algo en lo que insistieron tanto los estoicos. Tal vez podamos evitar el sentido trágico de nuestro momento e interpretar nuestro papel lo mejor posible, tal como nos sugirió el gran Epicteto.

Lo pasado ya pasó. Hemos de aprender a diferenciar las situaciones que no dependen de nosotros de aquellas otras en las que sí podemos ser protagonistas activos. Todo ello redundará en una mejor vida para todos. Tal vez no seamos más ricos, o no tengamos tantas comodidades materiales, pero sabremos qué camino hemos de tomar ante las adversidades. Curiosamente, en la filosofía de los textos clásicos hay recetas que todavía no han caducado. ¿Qué tal si las echamos un vistazo?

Mejor que mil disertaciones, mejor que un mero revoltijo de palabras sin significado, es una frase sensata, al escuchar la cual uno se calma  (Dhammapada)

 

La vida pasa…

Viernes, 8 de junio de 2012 por Melinda

PASA LA VIDA

“Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo” (Momo, Michael Ende).

La vida pasa…

Pasan los días, los meses, los años: “Caramba, ya es Navidad”; “Huy, mira Pepito, ya es mayor de edad”; “Sí, ya soy abuelo”…

El reloj de arena deja caer su oro implacablemente, sin pausa, sin excusas, sin interrupciones. Y lo que cayó ya no volverá más…

“(…) Ellos [los hombres grises] se habían hecho sus planes con el tiempo de los hombres. Eran planes trazados muy cuidadosamente y con gran previsión. Lo más importante era que nadie prestara atención a sus actividades” (Momo, Michael Ende).

“Uf, llego a casa molida; lo único que me apetece es ver un rato los chismorreos de la tele. Ya sé que no es lo más edificante, pero por lo menos me distrae”; “Me voy este fin de semana al spa para desconectar de tanta tensión”; “No me cuentes las cosas que van mal en el mundo, que bastante tengo con lo mío”…

“(…) sesenta por sesenta son tres mil seiscientos. De modo que una hora tiene tres mil seiscientos segundos. Un día tiene veinticuatro horas, es decir, tres mil seiscientos por veinticuatro, lo que da ochenta y seis mil cuatrocientos segundos por día. Un año tiene, como sabe todo el mundo, trescientos sesenta y cinco días. Lo que nos da treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos por año. O trescientos quince millones trescientos sesenta mil segundos en diez años. ¿En cuanto estima usted la duración de su vida? (…) 2.207.520.000 segundos. –Esta es, pues, señor Fusi, la fortuna de que dispone” (Momo, Michael Ende).

¿Cuánta arena queda por caer? Nadie lo sabe. El mecanismo del reloj lleva incluido un resorte de seguridad que esconde lo que contiene todavía.

“Sí, sí, eso que cuentas es muy interesante; pienso dedicarme plenamente a ello cuando me jubile”, “En cuanto el niño crezca, aprenderé eso que encuentro tan útil y que me satisface tanto”, “Cuando mejoren las cosas en la empresa, podré dedicarme a lo que siempre he querido hacer en la vida”…

Cuando caiga el último grano de arena, ¿qué nos llevaremos? ¿Qué quedará escrito? ¿Lo que no nos dio tiempo a aprender? ¿Lo que siempre soñamos y no tuvimos tiempo de hacer realidad? ¿Las preguntas que no resolvimos porque no nos detuvimos a formularlas?

No. Quedará el recuerdo de la mano que ofrecimos, y las huellas de nuestros pasos en el camino que elegimos.

Los hombres grises que se alimentan del tiempo perdido no tienen poder contra la filosofía, que permite enfocar la vida de manera práctica, porque hay una pregunta que late en todo ser humano y es preciso atender: ¿para qué he venido a la vida?

Chismografía

Lunes, 2 de abril de 2012 por Melinda

chismografia

¿Pensábamos que lo de chismorrear era una enfermedad propia de nuestro tiempo? ¿Que era un invento de las teles? (Bueno, hay que reconocer que fomentan mucho este asunto, para qué nos vamos a engañar). Pero ya Francisco Rodríguez Marín, a caballo entre el siglo XIX y el XX, escribió este soneto al que tituló

CHISMOGRAFÍA

Dícenme que decís, ex reina mía,

que os dicen que yo he dicho aquel secreto.

Y yo digo que os digo en un soneto

que es decir por decir tal tontería.

 

¡Que tal cosa digáis!… ¡Quién lo diría!

¡Digo! ¿Iba yo a decir?… Digo y prometo

que digan lo que digan, yo respeto

lo que decís que os dije el otro día.

 

No digo que no digan (y me aflige)

lo que decís que dicen, pues barrunto

que dicen que hay quien dice por capricho.

 

Mas decid vos que digo que no dije

lo que dicen que dije de este asunto:

ni dije, ni diré. ¡Lo dicho, dicho!

 

Más allá de la broma, como amantes de la filosofía, hemos de preferir la verdad a las medidas verdades, a las opiniones gratuitas, a creernos a pies juntillas lo que repite la mayoría sin contrastarlo con nuestro propio criterio.

Ya nos avisó Platón de que entre la verdad y la ignorancia hay un largo camino de opiniones. Pero sería bueno que, por lo menos como meta, aspiremos a no enredarnos en las opiniones vacías y pretendamos rescatar una gota de verdad antes que alimentar los dimes y diretes  de los demás y los que ponemos nosotros mismos en circulación.

Como dijo Marco Aurelio: “Si eso no es bueno, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas; tú eres quien debes juzgarlo”.

Apreciar lo que tenemos

Jueves, 8 de marzo de 2012 por Melinda

APRECIAR

 

A veces, dedicamos tanto tiempo a echar la cuenta de lo que no tenemos y de lo mal que se nos ponen las cosas en el quehacer de todos los días (mi trabajo peligra, la crisis me amenaza, Pepito –o Pepita– no me quiere), que se nos olvida apreciar todo lo bueno que cae en nuestro camino, y la existencia se convierte en un campo de batalla donde a veces nos peleamos con el enemigo equivocado, mientras el tiempo avanza inexorablemente en el reloj de arena que la vida dejó en nuestra mesilla de noche cuando llegamos.

Como filósofos, sabemos que la vida está ofreciéndonos continuas lecciones, a veces con situaciones que juzgamos positivas, a veces con aparentes injusticias que el destino nos envía sin que en nuestra opinión nos hayamos merecido tal prueba.

Puede ser que solo sea cuestión de poner un poco de atención, porque parece que no es mal de nuestro tiempo, sino que acompaña a la naturaleza humana desde siempre. Ya Cervantes (que paseó por Castilla allá por el siglo XVI nada menos) lo caló en esta letrilla:

Busco en la muerte la vida,

salud en la enfermedad,

en la prisión libertad,

en lo cerrado salida

y en el traidor lealtad.

Pero mi suerte,

de quien jamás espero algún bien

con el cielo ha estatuido

que pues lo imposible pido

lo posible aún no me den.

Tal vez podríamos hacer algo distinto a lo que nos lleva el movimiento natural de nuestro mundo cotidiano: disfrutemos de las cosas buenas que nos pasan, apreciemos lo que sí tenemos y aprendamos de lo que consideramos reveses, y la vida, seguramente, adquirirá un nuevo color más luminoso. Puede, incluso, que encontremos sentido hasta a aquello que nos golpea, y que entendamos cuál era la lección que debíamos aprender. Vaya por Cervantes.

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