Filosofando

Viernes, 17 de mayo de 2013 por Melinda

FILOSOFANDO

A veces, resulta extraño hacerse preguntas un poco trascendentes (qué es la vida, para qué estoy aquí, qué puedo mejorar, etc.), porque algo en el ambiente (en la oficina, en el comedor de tu casa o en el supermercado), tiende a empujar las conversaciones hacia lo superficial y rutinario, a pesar de ser preguntas que todos reconocemos como propias. Sí, es cierto que no parece adecuado entrar en la tienda y preguntar al dependiente: “¿no es curioso que hoy puede ser el último día de nuestra vida y todavía no lo sabemos?”. Pero sin llegar a estos extremos, sí deberíamos reservar unos minutos de cada día, al menos, para preguntarnos sobre el destino de nuestro viaje y los encargos que tenemos que cumplir antes de llegar.

Por esto me gusta tanto releer la historia de Juan Salvador Gaviota, el rebelde volador que quiso hacer lo que su voz interior le pedía, aun a costa de sufrir la incomprensión y el desprecio de aquellos que más quería. Su experiencia le acarreó dificultades y sinsabores que los demás no conocían. Pero también, la gloria de la conquista de sus metas, la satisfacción del descubrimiento de sus poderes internos, la convicción de que había elegido el camino correcto.

La mayoría de las gaviotas no aprendían nada más que las normas elementales de vuelo, lo justo para ir y volver entre la playa y la comida. Pero Juan Salvador Gaviota amaba volar más que nada en el mundo y dedicó todo su esfuerzo a aprender nuevas técnicas. Quiso compartir sus descubrimientos en el arte del vuelo con la bandada, pero fue expulsado de la sociedad de las gaviotas.

–Juan Salvador Gaviota. Hemos nacido para comer y vivir el mayor tiempo posible. Eres un irresponsable al querer convencer a otras gaviotas.

Juan Gaviota pasó el resto de sus días solo, pero voló mucho más allá de los Lejanos Acantilados. Su único pesar no era su soledad, sino que las otras gaviotas se negasen a creer en la gloria que les esperaba al volar, que se negasen a abrir sus ojos y a ver; pero nunca se arrepintió del precio que había pagado

Richard Bach

 ¿Alguien quiere convertirse en Juan Salvador Filósofo?

Valor, fortaleza y buen carácter

Viernes, 8 de marzo de 2013 por Otros

VALOR, FORTALEZA Y BUEN CARACTER

Publicado el 23 de octubre de 2011 en

http://www.filosofiaparalavida.org/2011_10_valor-fortaleza-y-buen-caracter.html

por Hernando Chiari

¿Qué es el carácter, cómo se desarrolla?

El carácter se define como una marca, como una señal. En conjunto, son las características de algo, de un ser. Por ejemplo, como dice el dicho, si camina como pato, tiene plumas como pato y grazna como pato, tiene carácter, características, de pato y seguramente es un pato.

Según nuestro humor, nuestra forma de enfrentar los placeres o los problemas y demás señas, se dirá que tenemos un buen carácter o un mal carácter, es decir, tenemos buenas características o malas.

Y esa evidencia exterior no es sino el reflejo de aquello que somos. ¿Soy un ser agradable? ¿De tanto en tanto más bien parezco un viejito gruñón? ¿Puedo o no puedo controlar el afán de placeres y autogratificación? Nuestros actos, nuestras palabras, nuestros gestos, evidencian qué somos y nuestro carácter.

Para desarrollar un buen carácter, los griegos nos enseñaron dos virtudes fundamentales: el valor y la fortaleza.

El uso del valor y de la fortaleza permitían al griego antiguo, y todavía a nosotros en pleno siglo XXI, alcanzar un estado de paz interior, una nobleza y una plenitud del ser, que llamaron respectivamente Àταραξια, Ευδαιμονια yαρετη´ (ataraxia, eudaimonia y arete).

¿Qué es el valor?

Los griegos llamaron valor al “ανδρεια” –andreia– y según el filósofo griego Platón es una especie de conservación de la opinión formada por la educación, conforme a la ley, de las cosas que se deben temer y las cosas que no se deben temer.

La andreia le daba sus características propias al hombre, al que llamaron Ανδρος andros–. ¿Sería acaso que un “andros” sin “andreia” no podía ser tal? Pareciera que semejante criterio adoptaron los romanos al relacionar al hombre –en latín, viri– con sus características o “virtudes” –en latín, virtus–.

Pero como los filósofos son buscadores de la verdad, la idea es encontrar un criterio de qué temer y qué no temer, que no obedezca a la opinión de cada cual, sino que sea un criterio cierto. ¿Cómo lograrlo? La solución planteada es que el criterio debe basarse en las leyes de la Naturaleza, las cuales nadie puede inventar; si acaso, descubrir.

Los humanos, según enseñaban antiguamente, somos una realidad espiritual –llamada Nous–, que es el Yo, y poseemos unos vehículos llamados Psyké y Soma: la psiquis y el cuerpo.

En este teatro de la vida, el Yo es el actor y la psiquis con el cuerpo son la máscara, llamada personae, que adquirimos al nacer y que dejamos al morir.

Sabiéndonos el Yo y no su máscara, lo primero que debemos temer es perdernos a nosotros mismos: ser esclavos de los vaivenes de la psiquis o de los apetitos del cuerpo, y con ello, tener miedo de las consecuencias de nuestros pensamientos y sentimientos, y de los actos que nacen de ellos.

Esto se desarrolla con fortaleza.

¿Qué es la fortaleza?

La fortaleza, dice el filósofo estoico Epicteto, es el resultado de un entrenamiento o de una vivencia puesta en práctica. Consiste también en una recta opinión, conforme a la naturaleza, de saber qué debe mandar y qué debe obedecer, y es sinónimo de templanza. Lograr vivir esto de forma plena requiere práctica.

¿Debo mandar yo o mis pensamientos? ¿Debo hacer todo lo que mis emociones quieren? Cada vez que el cuerpo me reclame, ¿debo hacerle caso? Evidentemente, no: nos debemos controlar.

El ejercicio de este control es lo que va fortaleciendo ese músculo espiritual llamado voluntad y nos va facilitando a su vez dicho control. Es como un gimnasta que practica y cada vez logra más, gracias a ello.

Una recomendación para desarrollar la templanza es usar la voluntad junto con la razón y la inteligencia, reconociendo qué es lo que nos pasa, y qué no pasa: lo que nos pasa, pasa, se va; lo que no pasa, lo que queda luego enredado o satisfecho de los resultados, ese es el Yo. Proyectar en el tiempo qué va a pasar si le doy el gusto a mis apetitos o a mis emociones y pensamientos, también nos permite “vernos” en el futuro y decidir si queremos ser o vivir “eso”.

Cuando el Yo se impone, puede controlar los frutos de sus actos y el desarrollo de su vida y decir que es dueño de su vida. Entonces aparecerán características interiores propias del Nous: algo de belleza, de bondad, de armonía y veracidad, señales claras de que hemos desarrollado un buen carácter.

Antes de morir me gustaría…

Viernes, 18 de enero de 2013 por Rafa

ANTES DE MORIR

La muerte de una persona muy querida para Candy Chang, una artista local de Nueva Orleans, la llevó a reflexionar sobre la muerte y sobre la vida. Pensó, según cuenta la propia Chang, en lo fácil que nos resulta quedar atrapados por los pequeños problemas, en lo breve que es la vida y en cómo olvidamos lo que realmente importa. Estas reflexiones la llevaron a la pregunta que está en el corazón de este proyecto: ¿qué le gustaría hacer antes de morir?

Se dijo que: antes de morir quiero cantar para millones, ver a mi hija graduada, comer todos los dulces y sushi del mundo, construir una escuela, abandonar todas las inseguridades, ser completamente yo mismo…

Pero Candy Chang no estaba satisfecha con solo conocer sus propias respuestas, sus propios deseos: “quería  saber lo que era importante para la gente de mi barrio. Así que, con la ayuda de viejos y nuevos amigos, pinté el lado de una casa abandonada en mi barrio de Nueva Orleans con pintura de pizarra y estampada con la frase “Before I die I want to…” (Antes de morir me gustaría…) para que cualquiera pueda recoger un pedazo de tiza, reflexionar sobre su vida y compartir sus aspiraciones personales en un espacio público. Todo fue un experimento y no sabía qué esperar. Al día siguiente, el muro estaba lleno de respuestas, que fueron y siguió creciendo”.

El proyecto creció y creció; primero pasó de un barrio a otro, más tarde de una ciudad a otra y, de pronto, saltó a otros países, Kazakstán, México, Italia, Australia, Portugal, Argentina… Uno de los últimos  países en incorporarse a este proyecto ha sido España, en la ciudad de Córdoba, que nació por iniciativa de un grupo de educadores sociales de Andalucía. Este enorme impacto social, que comenzó con una pregunta, un poco de pintura y unas tizas, ha llamado la atención de todos los medios. La revista The Atlantic lo ha catalogado como uno de los proyectos más creativos  que se ha llevado a cabo por una comunidad.

Es un proyecto importante porque nos une; no importa la ciudad, el país ni el idioma, el efecto que produce la pregunta “Before I die I want to…” es mágico: nos hace a todos filósofos. Nos hace examinar nuestra vida, clarificar lo que es importante y cómo la muerte es siempre un recordatorio de que debemos aprovechar la vida.

Coste de oportunidad

Viernes, 28 de diciembre de 2012 por Rafa

 

COSTE DE OPORTUNIDAD copia

Una mañana sales de casa con solo 2 euros en el bolsillo con los que puedes tomar un café o comprar un periódico. Si te decides por el periódico, estarás medio dormido pero bien informado; si te decides por el café, despierto pero no informado. Este es un pequeño ejemplo del concepto económico del coste de oportunidad: cuando adquieres algo, pierdes la oportunidad de tener algo. El coste es lo que pagamos más aquello a lo que renunciamos. Esta idea fue mencionada por primera vez por el economista Friedrich von Wieser en su Theorie der gesellschaftlichen Wirtschaft (Teoría de la economía social), publicada en el año 1914.

La idea del coste de oportunidad no es un concepto económico, ni fue un descubrimiento de Friedrich von Wieser, sino que más bien fue el redescubrimiento de que toda elección en nuestra vida, económica o no, tiene un coste de oportunidad. En su forma más amplia, es el valor de la mejor opción no realizada. Imagínate que, después de pensarlo un poco, te decides por el café y con ello pierdes la oportunidad de ver que en el periódico de ese día había una oferta de trabajo muy buena para ti, con un salario de unos 80.000 euros anuales. El resultado es que el café te ha costado 1,30 + 80.000 + la oportunidad de encontrarte con la chica de tus sueños + el mejor viaje de bodas +… El resultado es que ese día, sin saberlo, por suerte para tu salud mental, te has tomado el café más caro de tu vida. Claro que también puede ocurrir lo contrario, y gracias al café te has librado de un trabajo terrible, un matrimonio lleno de problemas y unos hijos que no te dejarán ni un minuto de tranquilidad, y por lo tanto, te has tomado el mejor café de tu vida. Nunca se sabe; tú decides.

La lección filosófica del problema del coste de oportunidad es mejor que la versión económica, y dice que de cualquier problema de elección siempre se gana algo porque siempre se aprende algo. Así que la próxima vez que tengas que decidirte por café o periódico acuérdate de la famosa frase de Bruce Lee: “En el centro de las dificultades estriba la oportunidad”. Y busca una cafetería con periódicos gratis para clientes.

No sabemos gestionar nuestra vida

Miércoles, 28 de noviembre de 2012 por Tachen

NO SABEMOS GESTIONAR

Ocurre que el modo de vida actual nos está acostumbrando a ser dependientes de los acontecimientos externos. Cuando las cosas nos van mal, pensamos que necesitamos la ayuda de otra persona para poder resolver nuestros conflictos, para gestionar nuestra vida.

Es un fenómeno moderno que comenzó con la aparición de esos superhéroes de los cómics y las películas de la mitad del siglo XX. Cuando ya todo parece abocado al desastre, al caos, o simplemente al dominio de “las fuerzas del mal” y nadie es capaz de solucionar la situación, sólo cabe que aparezca un supermán, o cualquier otro héroe con fantásticos poderes que pueda restaurar el orden inicial.

Es curioso el papel de los simples humanos en estas “fábulas”, pues apenas hacen ningún esfuerzo y se mantienen pasivos, esperando que ese ser humano con fantásticos poderes intervenga.

La pasividad de la sociedad se fomentó durante toda la segunda mitad del siglo pasado con la popularización de la televisión. Ya ni siquiera nos preocupamos por nuestro ocio, sino que esperamos pacientemente “lo que pongan” en la emisión. La aparición de más cadenas no nos ha hecho más libres, pues al final, y como curiosamente su nombre indica, esto no son más que nuevas “cadenas” a nuestra aparente libertad.

Pensábamos que Internet iba a transformar la sociedad, porque entonces tendríamos el poder suficiente de elección: elegir nuestro ocio, elegir lo que queremos ver, acceder a más opciones que nunca anteriormente. Y sin embargo, esto tampoco ha sido así. El maravilloso invento de Internet, la capacidad de comunicarse con seres humanos de cualquier lugar del planeta y la posibilidad de acceder a cualquier texto, música o vídeo actual o del pasado no ha reforzado nuestra independencia. La mayoría de la gente utiliza este poder tan solo para copiar a los demás, para evitar esforzarse y simplemente repetir lo que cualquier otro ha escrito en Internet antes que nosotros. Nuestros jóvenes ya no memorizan porque todo está almacenado en Internet y no investigan porque simplemente utilizan lo que leen en Google sin esfuerzo.

Teniendo en cuenta que el 99% de la gente es pasiva en Internet y se limita a leer lo que otros escriben, y que de ese 1% la gran mayoría es una copia de lo que otros han escrito, al final nos damos cuenta de que realmente la actitud en Internet es esperar a que otro haya escrito ya sobre lo que queremos saber, sin poner nada de nuestra parte.

La pasividad de la sociedad está siendo reforzada más aún por la televisión. Se ha instaurado una sensación de que la solución a nuestros problemas tiene que venir de fuera. ¿Por qué digo esto? Por la cantidad de programas de televisión que se han popularizado en los que los “concursantes” son incapaces de gestionar sus valores, su vida, y confían en que alguien de fuera, un “supermán” les ayude a salir adelante. Sin querer ser exhaustivo, este fenómeno empezó con los concursos de aspirantes a estrellas de la canción que necesitaban para triunfar la aparición de un “triunfador” anterior para que les orientara su carrera. Se intentó, sin éxito, exportar esta “operación triunfo” a otros campos de la interpretación artística como el teatro, el mimo e incluso el circo. Después aparecieron programas para que los padres, incapaces de educar a sus hijos, acudieran a una pacientísima “superniñera” o a un musculoso y enérgico individuo para disciplinar a los díscolos y malcriados adolescentes. Al mismo tiempo, y no vamos a ser malpensados sobre qué programa se creó antes, aparecieron varios programas para educar a nuestras mascotas que sufrían los mismos problemas que los jóvenes de nuestro siglo: falta de confianza y de reafirmación, y exceso de comportamiento violento y agresivo con otros de su especie.

Después se pasó a lo personal: el problema ya no está en los que dependen de nosotros, sino en nosotros mismos. Así aparecieron programas en los que personas poco afortunadas estéticamente (según el criterio actual) conseguían cambiar su imagen (su “look” que se dice ahora) para que, incluso por medio de operaciones de cirugía, lograran esa autoestima que no tienen. O también otros programas en los que un grupo de “expertos” logran que los protagonistas pierdan buena parte de los kilos que les sobra y que por sí solos serían incapaces de conseguir, o la aparición de estilosos sujetos enseñando a los protagonistas a vestir bien, a arreglarse bien, a tener “buen estilo”.

También he visto programas en los que se trata de arreglar la casa de los descuidados dueños para que tenga otra apariencia más “chic”. Y lo último, de momento, son los programas en los que un chef se encara con dueños, cocineros y camareros de desastrosos restaurantes y con la ayuda de un gran equipo les limpia y redecora el local, además de crear nuevos platos para el restaurante. Parece que si no fuera por la ayuda de un “supermán” nunca seríamos capaces de lograr por nosotros mismos lo que queremos conseguir.

Este fenómeno, más allá de que en realidad lo que vemos tiene un alto grado de ficción, puede ser perjudicial para todos si se instaura ese sentimiento de desamparo y de incapacidad de conseguir nada por nosotros mismos. Si los jóvenes piensan que al final todo se arregla si viene alguien desde fuera a decirnos cómo hacer las cosas, nunca se esforzarán.

Como filósofo me preocupa este hecho, que perdamos la capacidad de ser “arquitectos de nuestro destino”. A raíz de esta frase, y para terminar, quisiera recordar el comienzo del poema “En paz” de Amado Nervo:

 

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,

fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

 

No esperemos, por tanto, que venga un supermán a resolver nuestra vida: aprendamos de ella, sembremos rosas y recogeremos rosas. ¿Alguien dijo karma?

 

¿En qué fuente de información podemos confiar?

Miércoles, 21 de noviembre de 2012 por Otros

FUENTE DE INFORMACION

Publicado el 15 de octubre de 2011 en http://acropolis.org.sv/blogs/?p=160

Nosce te ipsum (Inscripción en el templo de Apolo en Delfos).

Estas palabras en latín se traducen: “Conócete a ti mismo”. A menudo somos bombardeados por grandes cantidades de información, los datos son lanzados a diestro y siniestro, y los que desean informarse e investigar están en la encrucijada de elegir una fuente confiable. En épocas anteriores la falta de información era la perfecta justificación para el desconocimiento de las cosas; ahora el péndulo de la historia se balancea al otro extremo, el exceso de información deja a gran parte de la humanidad inmóvil ya que hace desconfiar de las fuentes de la misma. Recordemos: nada en exceso, la perfecta armonía se logra solo por el camino del equilibrio.

Sin duda alguna, querido lector, tú ya sabes estas cosas. Creería que ya hay un exceso al respecto, es decir, que ya se ha comentado tanto de esta situación de “sobreinformación” que se esté trillando el tema. Es el propósito de estas breves líneas compartir contigo el descubrimiento de una fuente infalible, que no es ningún sitio web en particular, ni mucho menos un manual o un libro mágico. Esta fuente a la que me refiero nos acompaña desde el momento en que nacemos y es por derecho nuestra verdadera esencia. Muchos a través de los años le han llamado corazón, intuición, alma, y otros tantos nombres que hacen referencia a un misterioso ser interior o la voz de nuestra conciencia como es mejor conocida popularmente. Este ser es el que reconoce inmediatamente la verdad cuando la escucha; ¿no te ha pasado que de repente captas algo y lo entiendes a la perfección de alguna forma inexplicable, que algo en tu interior te dice que es verdad y te llena de certidumbre, alegría y paz?, pues de eso es lo que se trata al escuchar a nuestro ser interior.

Hay una práctica muy sencilla que el Sr. Tolle, en su libro El poder del ahora, comparte para que paulatinamente vayamos accediendo a esta fuente voluntariamente, y consiste en preguntarse a menudo para nuestro interior: ¿qué estoy pensando en este preciso momento? En este estado de alerta, se trata de observar nuestra propia mente, a la manera en que un gato espera atento la salida del ratón de su guarida, es estar pendiente del próximo pensamiento que nos visite; te darás cuenta que pasará un buen rato para que llegue el pensamiento. Si eres curioso ya te estarás preguntando: ¿y quién es el que observa la mente? Eso no te lo podré contestar yo; solo en este estado de presencia podrás encontrar tus propias definiciones. Esta práctica sirve para dejar de pensar; el problema esencial de nuestra era para lograr la creatividad y la frescura mental, según este autor, es que la humanidad ha olvidado dejar de pensar, y si lograra balancear el pensamiento con el no pensamiento, accedería al manantial de creatividad ilimitada. Una encuesta realizada a los científicos más eminentes en el siglo pasado para descubrir sus métodos de trabajo, incluido Einstein, reveló que sus grandes descubrimientos los alcanzaron en un momento de quietud interior.

Es por eso por lo que puedes confiar en tu interior, tú eres una fuente fidedigna y tú puedes decidir cuál es la correcta. En Nueva Acrópolis compartimos herramientas para que encuentres tus propias respuestas. Es por eso que si deseas emprender este conocimiento de ti mismo, tus pensamientos, emociones y cuerpo, aquí podrás encontrar a otros como tú que estamos buscando y, sobre todo, encontrando respuestas.

Banco solitario que observas…

Miércoles, 14 de noviembre de 2012 por Melinda

BANCO SOLITARIO QUE OBSERVAS

Banco solitario, que observas desde tu puesto cómo la vida pasa…

Centinela de matices, que desvelas el secreto de los otoños rojizos y de los verdes veranos…

Reposo del fatigado, que te halla en su camino mientras ansía cobijo de su diario ajetreo…

Encuentro de enamorados, a los que oyes jurarse las más bellas intenciones para erigir su mañana…

Refugio de los ancianos, que reconocen tu obsequio de una quietud merecida y de un sostén a sus años…

Espectador silencioso, confidente reservado de secretos al oído, acompañante apacible de proyectos solitarios…

Tantas auroras, tantos ocasos, tantas vueltas, tantos cambios… Un privilegio es el tuyo: poder contemplar el curso de tantos sueños y angustias, de tantas nubes y claros.

Con firme apoyo en la tierra, siempre encaras el paisaje haciendo que el que a ti llega descubra lo ilimitado mientras le ofreces amparo en un alto de su ruta. Un poco de tu silencio, un mucho de tu horizonte, y la brisa que te envuelve retorna al que peregrina al derrotero olvidado.

Impasible en las tormentas, resistente a vendavales, eres testigo del eco que rumorea entre ramas, eres guardián de ilusiones que reviven en tu abrazo.

La ventisca intenta agitarte, aunque solo consigue pulir tu superficie con sus continuos zarandeos.

El hielo quiere acristalarte, pero tú aprovechas la luz de su transparencia y vislumbras el infinito.

La nieve trata de ocultarte, pero el rocío te hace brillar cada amanecer.

Ni la bruma, ni los vientos, ni la lluvia, ni el estío son capaces de ahuyentarte de tu función de vigía.

Cuando la noche llega en su turno, permaneces expectante; sabes su ley y su sino, y te encuentras preparado para dar la bienvenida al calor del nuevo sol.

Siempre hay un banco entre la hojarasca de otoño. Siempre hay un banco esperando al caminante. Momentos y susurros desfilan ante este observador excepcional. Y el banco seguirá ahí… aprendiendo y desvelando los acertijos del tiempo.

Cuánto ganaríamos los humanos si aprendiéramos la mitad de lo que nos puede enseñar un banco cuando nos acercamos a él en busca de paz y sosiego…

Invitación a la filosofía

Martes, 30 de octubre de 2012 por M.Dolores

INVITACION A LA FILOSOFIA

 

Una buena parte de la actividad de nuestra Asociación se dedica a cumplir la indicación socrática de que hay que animar al ejercicio de la filosofía, recomendando en todo momento su práctica. Tal indicación fue seguida con diligencia a lo largo de los siglos, como bien nos enseña Pierre Hadot en su muy recomendable obra titulada “Ejercicios espirituales y filosofía antigua”, que ha editado recientemente en España Siruela.

Lejos del quehacer teorético y abstracto que solemos asignarle, los “inventores” de la filosofía nos legaron una disciplina con notables efectos positivos, a la hora de encarar los desafíos que nos plantea la vida cotidiana. De ahí su esfuerzo en transmitir los conceptos esenciales para dar sentido a nuestra existencia y la invitación constante hacia su práctica.

A pesar de la pérdida de tantos textos clásicos, podemos leer muy bellas exhortaciones o alabanzas de la filosofía, que ponen de manifiesto la conveniencia de su ejercicio. Muchas fueron recogidas con devoción por los neoplatónicos del Renacimiento. Como estas palabras que debemos a Marsilio Ficino: “Sobre todas las cosas, la filosofía arranca de la miseria a los mortales, y les concede felicidad”.

Pues ella discrimina lo bueno de lo malo y nos muestra cómo evitar el mal para que no nos hiera, o cómo sobrellevarlo con fortaleza de modo que nos hiera menos. Además nos enseña cómo hallar más fácilmente la bondad, y cómo usar rectamente los dones que nos ha concedido la naturaleza o la fortuna o que hemos adquirido por medio del trabajo, para que puedan ser beneficiosos”.

Busquemos por nosotros mismos tales beneficios en la filosofía, que siempre están orientados a dotarnos de mayor libertad interior y mayor lucidez para encarar los desafíos de la existencia.

¿Te gusta el carnaval?

Jueves, 16 de febrero de 2012 por Rafa

CARNAVAL

Febrero nos ha traído una ola de frío, y en algunas ciudades, también nos trae el carnaval. Y eso fue lo que me recordó Juan, un conocido mío, cuando hace unos días me preguntó:

–¿Qué, te gustan las chirigotas de este año?

–Pues, la verdad es que no escucho muchas chirigotas.

–Bueno –continuó animado–, ¿de qué te vas a disfrazar este año?

–De nada; más bien intentaré, como otros años, huir de la ciudad durante el carnaval.

–Entonces –insistió–, parece que no te gusta mucho el carnaval.

A esta última pregunta, mi respuesta fue un sonoro y corto ¡NO!

De vuelta a casa, que para mí es un paseo en bicicleta, reflexioné sobre la pregunta de Juan. Y me dije: “pero, chico, qué te pasa, ¿por qué no te gusta el carnaval? Los amigos se reúnen, comparten una copa o dos, cantan, se disfrazan, bailan y todo es alegría”. “Bueno –pensé–, esas cosas, de vez en cuando sí que me gustan. Entonces, ¿por qué contestaste con un no?”

Bueno, querido Juan, lo siento. Si me volvieras a preguntar otra vez, cosa que dudo, te contestaría que el carnaval sí me gusta. Que, en realidad, lo que no me gusta es la mentalidad carnavalesca. Ese tipo de mentalidad que se ha extendido por todos los rincones. Esa mentalidad cuya triste máscara es una falta de seriedad, interés y responsabilidad en todo lo que hacemos: se da entre banqueros, políticos, fontaneros, albañiles, jueces, peluqueros, entre pilotos y militares. Esa es la mentalidad que hace que muchas personas vivan en un permanente carnaval. Creo, estimado Juan, que hay un tiempo para cada cosa. Hay un tiempo para leer, para pasear, un tiempo para trabajar y ser ordenados y puntuales, un tiempo para reflexionar sobre las cosas importantes y un tiempo, cómo no, para divertirse, bailar y beber. Lo que no puede ser es que una cosa nos ocupe todo el tiempo.

Hasta pronto Juan, y que disfrutes del carnaval.

El otro día, en el parque…

Miércoles, 18 de enero de 2012 por Melinda

PARQUE

¡Ah! ¡Qué gusto ver jugar a los revoltosos pequeñuelos en los parques infantiles! Tan alegres, tan confiados, tan espontáneos, tan ricos ellos, tan… “angelitos”.

¿Espontáneos? Claro, es la ferocidad de la tierna infancia, la aventura imaginaria que prima sobre la cruda realidad mía de que me estoy mojando los pies porque llueve.

Cerca de mí, combaten los piratas del Caribe.

No me preocupa el enano, que no tendrá más de seis años. Es un niño normal, como todos, sin conciencia del peligro o de su fuerza, como corresponde a su edad. Y completamente inocente.

Me preocupa el padre. Hasta qué punto se nos ralentizan las neuronas. Y lo que me preocupa también es que es un padre normal. O eso parece.

El niño es el capitán del buque pirata. Y como buen pirata que lucha por sus dominios, arremete contra sus enemigos con un terrible y peligroso cuchillo.

El cuchillo del pequeño capitán es un grueso palo de madera, lo justo para que lo pueda abarcar con su mano diminuta. El padre, aburrido de tanta algarabía, se ha entretenido durante un buen rato afilándolo como si fuera un lapicero gigante y se lo acaba de entregar. El resultado: una obra de arte; ya quisiera yo que algunos cuchillos de mi cocina fueran tan eficaces como ese palo.

Después de una pequeña persecución, se abalanza sobre un niño más pequeño, y levanta enérgico su puñal blandiéndolo como lo ha visto hacer en las pantallas: con el gesto de rabia del malo de la película y al grito de “te mataré”. Me interpongo entre el niño pequeño y el brazo ejecutor y recomiendo a la víctima que se aleje de “ese” niño, consciente de que el padre está observando la escena sin mover un dedo.

En ese momento, el padre reacciona ante el vacío que se ha creado alrededor de su pequeño pirata y, con el gesto del que se acaba de despertar de la siesta, intenta con buenas palabras recuperar de su hijo el peligroso regalo. No le resulta fácil. Pero ahora hay una amenaza menos en el parque y los adultos que vigilan se relajan nuevamente.

Reflexiono sobre lo ocurrido, y pienso que la vida es como mi parque, lleno de momentos decisivos y de momentos intrascendentes, y todos duran lo mismo: un suspiro. En un suspiro puedes tomar una buena o una mala decisión. O puedes no tomarla, lo que igualmente traerá sus consecuencias. Y pienso en lo importante que es no dormirse, aunque solo sea un momento… En la vida, quiero decir…

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