La voz del viento

En esa hora en que la ciudad descansa, durante la magra siesta, me encanta pasear. Apenas alguna persona se cruza conmigo y, mientras mi perrita olisquea feliz, yo escucho el viento.

El viento presta su voz a los árboles que susurran, crujen y aúllan como agitadas cascadas comenzando su concierto. Cada árbol tiene su propia voz. Y hasta la gentil margarita inclina su cabeza en Dios sabe qué nota musical, pues el oído humano no es capaz de percibirla.

El trinar de los pájaros es otro instrumento que se une al concierto. Arrullando o gorjeando cruzan los cielos o pían desde sus nidos.

De repente, un ruidoso coche rompe la armonía al pasar por el camino, y me lamento de que los hombres no seamos capaces de formar parte de la orquesta… ¿o sí? Ahora presto más atención y empiezo a escuchar el lejano rumor de la carretera, un sonido bajo y constante. Algún ladrido ocasional rasga el aire y el cascabeleo de una risa infantil acompaña el estridente alboroto de una casa cercana, y me llega en alas del viento.

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Diálogos con la dignidad

¿Conoces la historia de «Yo»? Yo era un hombre preocupado por su propia dignidad, pues nadie parecía valorarlo en lo que él suponía merecer. Por más que intentaba atesorar aquello que le parecía que le haría digno, por más que tuviese riquezas o tratara de vestir con bellas ropas para adornarse, por más que se alzara sobre plataformas para destacar, sentía en lo más profundo de sí que no había alcanzado la tan buscada dignidad.

Desesperado, se preguntaba: «¿Dónde te escondes, Dignidad? ¿Acaso en las condecoraciones que adornan nuestro pecho? ¿En las riquezas? ¿En los honores? ¿En la admiración que provocamos?».

Y la Dignidad, que siempre está a la escucha, contestó: «Me escondo en el alma de las cosas, de los hombres, del universo».

Yo la oyó, pero no fue capaz de verla, y tampoco la entendió demasiado bien, así que siguió preguntando: «Si, como dices, estás en todas las cosas, si todo puede alcanzar la dignidad, ¿por qué, entonces, es tan difícil ser digno?».

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La verdad luminosa

 

Imagina dos habitaciones cerradas. Una iluminada y otra a oscuras. La habitación sombría está rodeada de luz, la habitación iluminada de oscuridad.

¿Qué ocurrirá si abrimos la habitación iluminada? Rápidamente comprobaremos que la luz se derrama hacia afuera alumbrando la oscuridad.

Y ahora abramos con la imaginación la habitación oscura. ¿Qué ocurre? ¿Acaso la oscuridad sale, se transmite? No, es la luz la que penetrará en la habitación iluminándola.

La luz es más poderosa que la oscuridad y aun en este mundo material es capaz de vencer a las tinieblas.

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Esto es una sombra

A pocos metros de aquí hay un escaparate. Desde que frecuento esta zona de la ciudad siempre ha estado vacío, siendo tan solo un espacio tras un cristal.

Pero cierto día me sorprendió ver en la blanca pared del fondo una frase: “Esto es una sombra”. Pronto comprendí que efectivamente era una sombra, la sombra de unas palabras que alguien había escrito en color plateado sobre el cristal y que apenas se percibían.

Cada día al pasar por el escaparate buscaba la frase, esto es una sombra, y algo tan sencillo, que no sé si escribió un bromista o un filósofo, me sumía en profundas reflexiones. Y me llevaba a querer advertir a quienes se cruzaban en mi camino: “esto que veis de mí también es una sombra e igualmente yo soy solo el reflejo de unas letras de plata”.

Y así seguía siempre cavilando: ¿quién las escribió?, ¿por qué lo hizo?

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