
Cuando era joven, leí La República de Platón y me encontré con una frase que me sorprendió enormemente: «Sócrates, ¿qué mentiras nos vas a contar hoy?». ¿Cómo era posible? ¿¡Sócrates contando mentiras!?
Intrigado, consulté otra traducción y allí encontré una versión muy diferente: «Sócrates, ¿qué mitos nos vas a contar hoy?». Entonces comprendí que la confusión estaba en la traducción, que no había respetado plenamente el sentido del pasaje. La palabra griega mythos puede traducirse de distintas maneras —relato, cuento, mito e incluso, en determinados contextos, mentira—, pero reducirla simplemente a «mentira» desvirtúa profundamente su significado.
Este tipo de errores nos lleva, a mi modo de entender, a conceptos equivocados, como el de que el mito precede al logos.
La idea de que el pensamiento racional (logos) nace del mito (mythos), como un hijo que sucede a su padre, simplifica una tensión que siempre fue mucho más compleja y bidireccional. El logos no suplantó al mito; más bien convivieron, se nutrieron mutuamente y operaron como dos lenguajes distintos para explicar la misma realidad.

















