
Hace unos días me llevaron a comer a un restaurante en Sagunto. Las paredes estaban decoradas con dibujos de manga y, distribuidas por el local, había estatuas a tamaño natural de algunos de los “héroes” de estas historias.
No le di demasiada importancia en aquel momento. Sin embargo, ya de regreso en Madrid, quizá porque aquella experiencia había despertado mi atención, comencé a fijarme en algo que hasta entonces me había pasado inadvertido: varios jóvenes llevaban tatuados en brazos y piernas aquellos mismos personajes.
Aquello me hizo pensar.
Recordé entonces una anécdota que, hace muchos años, nos contó el profesor Jorge Ángel Livraga. En su juventud había asistido a un multitudinario concierto de música en el que actuaban los Rolling Stones. No fue porque le interesara especialmente su música, según nos explicaba, sino porque quería comprender qué podía mover a tantos miles de jóvenes a reunirse alrededor de un grupo musical.
No recuerdo con certeza a qué concierto se refería, pero sí recuerdo lo esencial de la anécdota.















