Gobernarse a uno mismo para gobernar la sociedad

¿Qué clase de personas queremos que gobiernen? Quizá el problema de la política no pueda resolverse únicamente mediante mejores leyes, instituciones o sistemas de control. Todos ellos son necesarios, pero quienes utilizan las instituciones siguen siendo seres humanos.

En Platón encontramos ya una estrecha relación entre la calidad de la comunidad política y la formación humana de quienes la componen, especialmente de quienes ejercen responsabilidades. Por eso la verdadera pregunta política podría ser anterior a todas las demás: ¿qué formación humana debería tener una persona antes de recibir poder sobre los demás?

Pedimos conocimientos económicos, jurídicos, administrativos o estratégicos a nuestros gobernantes. Pero ¿qué importancia concedemos a su dominio de sí mismos, su sentido de la justicia, su capacidad para resistirse a la ambición, su honestidad o su vocación de servicio? Tal vez necesitemos recuperar una idea clásica hoy bastante olvidada: antes de aprender a gobernar a los demás, el ser humano debería aprender a gobernarse a sí mismo. Quien no sabe dominar sus propios intereses, temores, ambiciones y pasiones difícilmente utilizará el poder únicamente para servir al bien común.

Recuerdo haber escuchado al profesor Jorge Ángel Livraga expresar una idea que, aunque no puedo reproducir literalmente, venía a decir que no es tan importante la forma de gobierno como la calidad moral de las personas encargadas de dirigirlo. Es una reflexión que merece atención. Podemos diseñar excelentes instituciones, establecer leyes y crear mecanismos de control, pero ningún sistema político puede sustituir completamente la rectitud de quienes lo hacen funcionar. Las buenas leyes pueden limitar los abusos de las malas personas, pero son las buenas personas las que pueden dar verdadero sentido a las buenas leyes.

¿Y si la crisis política fuera también una crisis del ser humano?

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Política y ética: entre el ideal y la realidad

Política y ética

Los idealistas han impulsado muchas de las grandes transformaciones de la humanidad. Allí donde alguien imaginó una sociedad más justa, una mayor libertad, la abolición de una injusticia o una forma más digna de convivencia, hubo primero un ideal que todavía no existía en la realidad.

Los llamados realistas, por el contrario, suelen inclinarse por soluciones que consideran más prácticas y posibles. Nos recuerdan algo necesario: no basta con desear el bien; hay que conocer las circunstancias, prever las consecuencias y comprender las fuerzas que actúan en la sociedad.

El problema comienza cuando el realismo deja de significar comprender la realidad y pasa a significar aceptarla tal como es. Y se vuelve todavía más peligroso cuando, en nombre de la eficacia, la seguridad o el interés del Estado, se considera que los principios éticos pueden dejarse de lado. Surgen entonces algunas preguntas fundamentales: ¿es posible que la política sea verdaderamente ética o, tarde o temprano, la ética acaba cediendo ante los intereses políticos? ¿Puede un político mantenerse fiel a sus principios y, al mismo tiempo, sobrevivir en la lucha por el poder?

Política y ética

El realismo político

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El mito y el logos: más allá de una evolución lineal

Cuando era joven, leí La República de Platón y me encontré con una frase que me sorprendió enormemente: «Sócrates, ¿qué mentiras nos vas a contar hoy?». ¿Cómo era posible? ¿¡Sócrates contando mentiras!?

Intrigado, consulté otra traducción y allí encontré una versión muy diferente: «Sócrates, ¿qué mitos nos vas a contar hoy?». Entonces comprendí que la confusión estaba en la traducción, que no había respetado plenamente el sentido del pasaje. La palabra griega mythos puede traducirse de distintas maneras —relato, cuento, mito e incluso, en determinados contextos, mentira—, pero reducirla simplemente a «mentira» desvirtúa profundamente su significado.

Este tipo de errores nos lleva, a mi modo de entender, a conceptos equivocados, como el de que el mito precede al logos.

La idea de que el pensamiento racional (logos) nace del mito (mythos), como un hijo que sucede a su padre, simplifica una tensión que siempre fue mucho más compleja y bidireccional. El logos no suplantó al mito; más bien convivieron, se nutrieron mutuamente y operaron como dos lenguajes distintos para explicar la misma realidad.

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Cincuenta años de desarrollo personal: la elección de construir

Cuando miro hacia atrás y contemplo más de cincuenta años dedicados al desarrollo personal, no puedo sino sentir una profunda gratitud. Durante este tiempo he tenido el privilegio de encontrar en las enseñanzas de Nueva Acrópolis una magnífica escuela de vida. Muchas de sus ideas, ejercicios y métodos me proporcionaron herramientas valiosísimas para comprenderme mejor, corregir defectos y fortalecer aquello que había de mejor en mí.

Sin embargo, con el paso de los años también he aprendido una lección importante: las enseñanzas, por sí solas, no transforman a nadie. Son herramientas y, como toda herramienta, su eficacia depende de la voluntad y del uso que cada persona decida hacer de ellas.

Con el paso de los años he comprendido que el verdadero motor del desarrollo personal no son los conocimientos que adquirimos, sino las decisiones que tomamos cada día. Todos recibimos oportunidades para crecer: una enseñanza, un buen ejemplo, una dificultad, una crítica o incluso un fracaso. Pero cada uno es libre de decidir qué hace con ellas. Podemos convertirlas en peldaños para elevar nuestro carácter o en excusas para permanecer donde estamos.

La vida nos ofrece constantemente posibilidades de mejorar, pero nadie puede recorrer ese camino por nosotros. Ningún maestro, ningún libro ni ninguna escuela filosófica puede sustituir la decisión íntima de cambiar. Esa responsabilidad pertenece exclusivamente a cada ser humano.

A veces contemplar cómo algunas personas desperdician las oportunidades que han recibido puede producir desaliento. Sin embargo, cuando uno reflexiona serenamente comprende que también esa es una enseñanza. Nos recuerda que el desarrollo personal nunca depende únicamente de las circunstancias externas, sino de la actitud interior con la que las afrontamos.

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El tronco y la barca

 

«Lo que diferencia un tronco flotante de una barca hecha con la misma madera es que esta última tiene remos y puede bogar contra corriente» (Sri Ram).

Podemos elegir: contentarnos con excusarnos ante cualquier esfuerzo diciendo «yo soy así», o decidir sacar provecho de la vida caminando hacia nuestros ideales de ser mejores y de mejorar un poco el mundo. O por lo menos de no contribuir a que siga igual.

La evolución es un camino que va siempre hacia arriba y hacia adelante. Cada uno puede dar un pequeño paso en esa dirección. Siendo troncos flotantes, las corrientes de la vida nos zarandean y nos golpean, y ante las circunstancias adversas y los dolores que nos sorprenden, nos preguntamos: ¿por qué ahora?, ¿por qué a mí?

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Heráclito: no te puedes bañar en el mismo río dos veces

 

No es ninguna orden, es una verdad como un templo.

No, no te puedes bañar dos veces en el mismo río. La corriente no se detiene, y su movimiento hace que el agua que contemplabas ayer, hoy ya esté lejos, río abajo. El río de hoy parece el mismo pero no es igual. Es cambiante y ha cambiado.

El río, la vida, discurre por el mismo cauce, pero esconde pequeños secretos en su caudal. Aprovechar el río de hoy es dar un paso para enfrentar la aventura de vivir en su verdadero sentido, priorizando lo profundo sobre lo superficial. Y nuestra vida, siempre la misma y siempre distinta, nos ofrece cada día la posibilidad de aprender algo sobre nosotros mismos y, como consecuencia, sobre cómo funciona el existir.

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