
Los idealistas han impulsado muchas de las grandes transformaciones de la humanidad. Allí donde alguien imaginó una sociedad más justa, una mayor libertad, la abolición de una injusticia o una forma más digna de convivencia, hubo primero un ideal que todavía no existía en la realidad.
Los llamados realistas, por el contrario, suelen inclinarse por soluciones que consideran más prácticas y posibles. Nos recuerdan algo necesario: no basta con desear el bien; hay que conocer las circunstancias, prever las consecuencias y comprender las fuerzas que actúan en la sociedad.
El problema comienza cuando el realismo deja de significar comprender la realidad y pasa a significar aceptarla tal como es. Y se vuelve todavía más peligroso cuando, en nombre de la eficacia, la seguridad o el interés del Estado, se considera que los principios éticos pueden dejarse de lado. Surgen entonces algunas preguntas fundamentales: ¿es posible que la política sea verdaderamente ética o, tarde o temprano, la ética acaba cediendo ante los intereses políticos? ¿Puede un político mantenerse fiel a sus principios y, al mismo tiempo, sobrevivir en la lucha por el poder?

















