Estaba Dios sentado en el borde del mundo, pensando…: ¿qué puedo hacer con mi vida…?
Miraba hacia delante y lo veía todo confuso. Comprendía cómo funcionaba el mundo: las cosas nacen y mueren, pasan a formar parte de otras mayores, con más sentido. Él era parte de todo aquello también, porque la parte es al todo y el todo a la parte, y por eso se comprenden en su esencia.
Él era el todo y entendía a cada parte, lo cual no quería decir que creyese que siempre habían obrado bien las partes, no. Las partes hacían las cosas bien y mal, pero él las comprendía todas.
Y desde allí, desde esa comprensión, se planteaba si la vida tenía sentido… Es decir, una vez que ya entiendes, ¿para qué mover un dedo? Pero entonces, si no haces nada en tu vida ni con tu vida, ¿para qué estár aquí de un modo tan presente y consciente, y sobre todo, tannnn largo?
Dios estaba inseguro. Comprendía la esencia fundamental de la existencia, pero ¿para qué sirve cada momento una vez que lo comprendes todo? –se decía.
Allí sentado, pensando todo esto, comenzó a darse cuenta de que desde hacía rato estaba oyendo, sin escucharla, la música de las estrellas. Era genial, fantástica, y su esencia, común a todas, se puso a bailar.
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