De lo vulgar y de lo excelso

Un hombre es lo que come.

Muchas veces me he preguntado cuál era “el secreto”, o la “fórmula”, o “la receta” que poseían, y que poseen, los grandes hombres, ya sea en las artes, en las ciencias o en cualquier otra actividad noble del ser humano.

Hace unos días me vino a la mente la frase que he colocado al principio, porque creo que ahí está la clave. Un hombre es lo que come. Si come basura se convertirá en un basurero. Si come vulgaridades se convertirá en un ser vulgar, y si come alimentos excelsos se convertirá en excelso.

En mi opinión esto es así porque el cuerpo interior del hombre va creciendo con los alimentos que consume. Y de tales mimbres… ya se sabe. Una casa construida con ladrillos de mala calidad podrá ser bonita, pero… pronto perderá su belleza e incluso su estabilidad. Se ajará como algo efímero muy pronto.

En el plano material lo entendemos y lo aceptamos muy fácilmente. Todo el mundo lo sabe y lo puede ver día a día. Pero… ¿y en otros planos?

Llegamos quizá hasta lo vital, la salud. Entendemos que quien se cuida adecuadamente goza de buena salud. Aunque en nuestra cultura pretendamos estar sanos sin hacer lo necesario para estarlo, y aun haciendo justamente lo contrario que demanda nuestro sentido común en este asunto. El resultado es que un gran porcentaje de los enfermos de algo lo son por tratar inadecuadamente, si no salvajemente, su cuerpo y su vitalidad.

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Bendita locura

Nunca he tenido claro, nunca entiendo,
quién es realmente el loco, y quién el cuerdo.

Aquí bajo mi manta escribo versos,
me cobijo del sueño de los vivos,
uno que pide valor por los codos,
uno que pienso pero poco más.

Y es que en el fondo, aunque loca, soy cuerda,
y es que soy perezosa y embustera,
con mi corazón que habla bien clarito,
pero al que yo no escucho suficiente.

Nunca he tenido claro, nunca entiendo,
quién es realmente el loco, y quién el cuerdo.

Veo gente golpeada por airosa,
escucho historias ciertas aunque injustas,
abusones que abuchean al valiente,
al sabio, al creativo, al reluciente.

Hablo con amigos alma con alma,
gente a quien les llueve sobre mojado,
guerreros desterrados, olvidados,
ignorados por sentir lo suficiente.

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Muerte en las alturas

Reconozco que siempre me han atraído tanto las montañas como el espíritu de superación de los montañeros. Esa pasión por escalar una montaña, tan solo «porque está ahí». ¡Qué mejor imagen de esa búsqueda de trascender, de ir más allá, de seguir una aspiración natural en el hombre!

En estos días estamos de luto porque uno de los más grandes montañeros españoles, Iñaki Ochoa de Olza, se ha dejado la vida en el Annapurna, uno de los ocho miles más bellos y difíciles del mundo. ¡Qué pena que no ha podido cumplir sus palabras antes de partir!: «Volver para volver, para seguir viviendo como lo intentamos, con libertad y alegría». Iñaki era un montañero muy especial, con un estilo de escalada de superación, pero que también sabía hasta dónde poder llegar y si era necesario, darse la vuelta.

En una entrevista reciente, Juan Oyarzábal, otro de los mitos del alpinismo español, nos dejaba estas palabras:

–Admiro todo lo que has hecho, pero quería preguntarte qué os mueve, a la hora de hacer proezas como las que tú has realizado, de subir a picos tan altos donde la climatología es tan adversa. ¿Realmente vale la pena arriesgar tanto la vida?

–No se trata de arriesgar la vida, sino de disfrutar de tu convencimiento de que eres capaz de superarte para subir una montaña de 8000 metros. Sin duda, subir una montaña no merece perder ni tan siquiera el más mínimo ápice de una uña.

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Crisis es vida

Al igual que sucede con el dolor o la muerte, los hombres tendemos a huir de todo lo que suene a crisis, pues le atribuimos significados nada agradables. Así, crisis suele ser sinónimo de “mal trago”, depresión, actitud violenta, aislamiento, apatía, etc. Y por lo tanto preferimos no sufrirla, ni que nadie de nuestro entorno caiga en una. Y ante una posibilidad de cambio incierto, pues eso son las crisis, exclamamos aquello de “¡Virgencita, que me quede como estoy!”.

Sin entrar en detalles, más propio de psicólogos, creo adivinar dos fuentes de crisis (seguro que hay muchas más) sobre las que voy a reflexionar:

1- Crisis por saturación. Nos sucede cuando asimilamos muchas enseñanzas o informaciones en un período corto de tiempo, con lo cual no hemos podido hacerlas nuestras y esgrimirlas con soltura; al contrario, nos hundimos en una gran falta de autoestima al sentirnos tan inútiles e impotentes, e incluso creemos saber menos que antes. Pero pasado un espacio de tiempo prudencial, toda esa enseñanza pasa a formar parte de nosotros engrosando nuestro saber, la crisis ha sido superada.

2- Crisis por decepción. Hay varios tipos de decepción, Platón en el Fedón incluso le pone nombre a una cuando habla de la “misología” (palabra que no existe); se refiere al odio a los argumentos cuando uno ve que todos pueden ser contraargumentados y por ello ninguno es de fiar (cuando están mal planteados, claro). Y por otra parte, está la decepción que una persona puede causar en nosotros, algo que cuando se sufre con muchas personas nos puede llevar a la misantropía, el odio al hombre, dejar de creer en el ser humano. Pero creo que esto podemos subsanarlo, en gran medida, a poco que aceptemos a cada uno como es, y no esperando demasiado de nadie, pues eso es en definitiva lo que causa la decepción.

En ambos casos de crisis hay una pérdida de rumbo en la vida, de claridad, de fuerza para seguir adelante, una inseguridad molesta que rechazamos con fuerza y que nos cuesta asumir, pero… ¡cuántas enseñanzas nos aporta! Y es que quizá la vida consiste precisamente en eso, en ir creciendo de mutación en mutación, y en aceptar, como diría Edgar Morin (creador del “pensamiento complejo”) que “navegamos en un mar de incertidumbre, entre islas de certezas”.

El arte y la belleza (II)

“Necesitaríamos cambiar los fundamentos del arte: regresar al hombre al concepto de lo Bello, de lo Bueno y de lo Justo, como diría Platón. Necesitamos que el hombre deje de tener esas posturas sofisticadas, completamente exteriores y asépticas, para sentir realmente el arte: el arte debe sentirse con lágrimas en los ojos, con el corazón compungido, con las manos apretadas. El arte no es simplemente una especie de especulación teorética o mental” (J. Á. Livraga)

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No hay gente mala sino ignorante

Confieso que tengo grabada esta enseñanza de Platón desde que la aprendí. Frente al lío que se hacen muchas religiones con la idea de maldad y de cómo un Dios bueno puede permitir que exista el mal, la filosofía de Platón, la filosofía de la reminiscencia, enseña que hemos nacido buenos, pero que solo por el olvido, por la ignorancia, podemos llegar a obrar mal.

Frente a las doctrinas dualistas de origen medio-oriental, con un dios bueno y un dios malo (diablo, satán, demonio), la filosofía dice que el mal es simplemente la ausencia de bien. Y esa ausencia, como he dicho antes, es por simple ignorancia, pues si todos conociéramos las leyes de la Naturaleza, siempre obraríamos a favor (haciendo el bien) en lugar de ir en contra (haciendo el mal), que con el tiempo se nos volverá en malos resultados (karma).

Me imagino que los lectores de este blog ya saben que me estoy refiriendo a ese ser depravado que ha mantenido, en un pueblo austriaco, durante veinte años encerrada a su propia hija, mientras esta daba a luz hasta a siete hijos fruto de esta desigual unión. ¿Es olvido de las leyes de la Naturaleza lo de este ser vil? (No quiero escribir la palabra hombre para referirme a él). ¿O es pura maldad, como dicen mis compañeros de trabajo, amigos o familia? ¿Está enfermo? ¿O era consciente del crimen que cometía y que ha seguido cometiendo veinte largos años?

Parece difícil seguir manteniendo nuestros principios filosóficos con casos como este. Pero precisamente es ahora cuando más se deben poner de relevancia. No dejarnos llevar por la pasión y pensar más en soluciones, en educación y en aplicar la justicia. Cyrano, espero que no me digas que este es un caso más del «pensamiento Alicia».

Amigos míos

Descubro que, poco a poco, uno se va haciendo amigo de sus cosas. No es exactamente apego; más bien, es que vas encontrando lo que te gusta, lo que eres, lo que se te aproxima en la vida y lo eliges; te quedas con ello. Son casi amigos tuyos.

Me refiero a cosas como la lectura, la música, la escritura, la pedagogía, la reflexión, la imaginación… en mi caso concreto. Estos nombres serán sustituibles por otros en cada persona.

Estas pequeñas cosas, en realidad son fundamentales y van conformando nuestro día a día. Con ellas pasamos grandes momentos. Reconozco que me sería muy difícil si alguien me dijera: «ya no puedes volver a leer, nunca más». ¡Disfruto tanto con ello…!

Eso mismo me ocurre con algunas personas. Te identificas con ellas, se aproximan a tu modo de entender el mundo, no son amigos y punto, sino que son como los libros, puedes ir a ellos, elegir el momento y estar seguro de que van a darte una mirada, palabra o abrazo adecuado, siempre placenteros; entrañables, sinceros. Existen grandes disciplinas que nos resultan fundamentales. Existen grandes personas que nos resultan igualmente imprescindibles.

Y, sin embargo, te pueden contar que se van a un lugar lejano a iniciar una nueva vida con tan buena carga que sabes que no volverás a verlos. E incluso aunque mirando atrás te digan que te quieren, según se marchan, tu vacío es similar al de quien le impiden volver a leer… o a pintar o a escuchar música. Algunos seres son completas disciplinas en sí mismos… personas de alma limpia y sabia, a las que te va a costar no poder acudir a reflejarte.

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Amor a solas

Hay días que uno no tiene mucho que decir, quizás porque está sintiendo lo suficiente.

Hoy he recordado que se puede amar sin ser amado, o sin saber si serás amado o si lo harán en la misma medida.

¿Acaso es eso una barrera para que fluya la fuerza de todas las fuerzas, la que nos crea, nos mantiene, nos hace dar y sigue ahí más allá de nosotros, en todo lo que hayamos hecho… por amor?

Hoy he tenido que comprobar el precio de la libertad ajena, el que nos cuesta dejar marchar. Y nada es lo bastante caro si la felicidad del otro es la moneda de cambio.

Hoy he recordado que el amor es valiente, porque si no, no es amor. Y el valor no consiste sólo en hacer, sino también en dejar ser.