El arte y la belleza (I)

El arte supone un mundo apasionante, con infinidad de matices, sugerente y a la vez profundo, pero, por su propia naturaleza, difícil para ser abordado desde un punto de vista racional y lógico.

¿Qué decirle a quien contempla extasiado una obra de Cánova o se eleva con las notas de una flauta en el desierto, o a quien pasea al atardecer ante las columnas de Karnak o se sumerge entre los versos de Rubén Darío…?

No, evidentemente el lenguaje del arte nos habla en “otro idioma” y nuestro intento de estructurarlo en un análisis únicamente racional nos dará tan solo fragmentos de un cadáver.

Sin embargo, el arte es un elemento profundamente unido a nuestra naturaleza humana; a través del arte damos, y a través del arte recibimos, y aunque se precisa despertar un cierto “sentido interno” para poder ver y escuchar a través del arte el escondido secreto al que nos lleva, el profundizar en torno a su esencia y la de la belleza, el ahondar en la naturaleza humana a modo de reflexión filosófica nos podrá poner en sintonía, abrir oportunidades de comprensión y percepción de esos “sentidos internos” o “sentidos del alma”.

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Dos hogares y un corazón «partío»

Solemos pensar, o eso me parece, que aquellos que vienen a nuestro país en busca de un mejor futuro, son personas que rompen sus lazos con su anterior vida en el país que los vio nacer, o al menos, que lo hacen en una gran medida, pero nada más lejos de la verdad.

Olvidamos que sus raíces suelen ser profundas, muy fuertes, y es lo natural; por lo tanto, son gente que inevitablemente tiene el corazón “partío” (permítaseme adjetivar de esta guisa). Un trozo lo tienen en su tierra natal, y sigue vivo en los recuerdos, en la complicidad con los paisanos que también están aquí, en las llamadas internacionales desde esos locutorios que crecen como setas, en las horas que pasan “chateando” con los que allí quedaron, en los objetos típicos traídos a escondidas, ya sean masticables, bebibles espiritosos o cualquier cosa cargada de amor patrio.

Su otra mitad, que a veces es un tercio, permanece aquí, en España, en esta variopinta piel de toro no bien avenida del todo (y disculpen por la rima fácil), con su nueva casa, o pisito, o cuarto, o cuartucho… También el nuevo barrio alimenta esa parte de corazón, y el trabajo que encuentran, y las amistades que hacen con nosotros, los de aquí.

Así pues, estamos ante personas con dos hogares, y todo lo que eso significa de nostalgia, esperanza, recuerdos, miradas vidriosas… Y puede ser que, por la puerta de ese músculo enternecido, absorbido por una de tantas sístoles, te veas invitado a su mundo, a su casa, a tomar algo propio de su país. Y si eso sucede, no nos extrañemos de que en medio de tan exótico ágape, te muestren un enorme calendario con la foto de una hermosa ciudad costera, y te señalen con orgullo y alegría el lugar donde viven… ¡al otro lado del Atlántico!

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Francisco de Asís

Francisco de Asís amaba la Naturaleza. Algunos le tacharían de bobo, porque se cuenta que hablaba con los pajarillos del bosque, con las plantas y con el agua de los arroyos, de la que decía era humilde, pura, sencilla y clara, quizá los rasgos más anhelados y más raros de encontrar en un ser humano, y por lo tanto, siempre digna de imitar por el hombre.

En su tiempo no se hablaba de ecología, ni estaba tan bien visto como hoy ser ecologista, pero sin duda lo era. Y lo era, seguramente, porque amaba a Dios, a la Naturaleza y a sí mismo, llevando su vida como el agua, con sencillez, pureza y humildad.

¿Qué necesitamos para respetar, cuidar y valorar a cualquier persona, animal o cosa, para amar a la Naturaleza toda? Creo que basta con amarla.

He leído que los indios americanos amaban la tierra en que vivían. Cuando algún necio americano advenedizo y prepotente les propuso comprarle sus tierras, el jefe indio quedó perplejo, y casi se le cayó la pipa de la boca. ¿Comprar la tierra? ¿Es que acaso son mías las tierras? ¿Cómo se puede vender algo que solo es de los dioses? ¿Esta tierra puedo yo venderla, si ha sido estercolada con los huesos de nuestros antepasados, es vida para los animales, casa de las hierbas, espacios del sol y la luna, de los vientos y las estrellas?

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Pico della Mirandola y la dignidad humana

Giovanni Pico, nacido en Mirandola, cerca de Ferrara en 1463, fue uno de los filósofos más importantes del Renacimiento europeo y lo que hoy llamaríamos un niño prodigio. A los catorce años, mientras estudiaba en la Universidad de Bolonia publicó su primer libro. Luego, con objeto de leer los más importantes libros del conocimiento tradicional (Biblia, Corán, Cábala, Platón, etc.), aprendió, además de latín, griego, árabe, hebreo y caldeo. Su formación filosófica se completó con retórica y lógica matemáticas.

Su obra clave, escrita a los veinticuatro años, fueron las “Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae”, también conocidas como “Las 900 tesis”, o proposiciones recogidas de las más diferentes fuentes culturales, tanto de filósofos y teólogos latinos como árabes, hebreos, caldeos, pitagóricos, platónicos, aristotélicos, e incluso esotéricos, como Hermes Trimegisto.

Tras ser perseguido, condenado por herejía y absuelto se retiró a Florencia, donde murió joven, a los treinta y un años, en circunstancias misteriosas, cuando entraba Carlos VIII de Francia reivindicando su derecho a la corona de Nápoles.

Pico es uno de los más importantes defensores del sincretismo y del estudio comparativo de distintas tradiciones culturales. Se propuso llegar a un acuerdo entre las distintas religiones para llegar a una “paz filosófica”.

Las mencionadas 900 tesis iban precedidas de una introducción, conocida como “Discurso sobre la dignidad del hombre”, en donde se defiende el derecho a la discrepancia, el respeto a las creencias de los demás y el ideal de enriquecimiento de la vida a partir de los diferentes puntos de vista.

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Clases de apoyo

Acabo de comenzar a impartir unas clases de apoyo a un grupo de chavales de 17 años, para que puedan pasar un examen que les da acceso a FP. Entre ellos abunda el fracaso escolar y la desgana por el sistema educativo en general. Es posible que cuando a uno le hablan del “grupo de alumnos que no va a pasar la E.S.O.”, asocie esta frase con el hecho de que tengan pocos conocimientos o poca capacidad.

Ninguna de ambas cosas es cierta en este caso, son chicos inteligentes, mucho más avispados que la media, que tiran para adelante… con lo que les motiva y solo con ello. Tienen los conocimientos adquiridos de modo mecánico, aunque eso no les libra de cometer errores que delatan su falta de concentración y su atención dispersa.

Lo que veo en ellos, lo que me enseñan, es que un fracaso escolar, oficialmente reconocido, no es un fracaso personal. Las condiciones de base son las adecuadas, estos chavales y muchos como ellos podrían estar entre los primeros de la clase. El punto está en descubrir qué les ha puesto en el último lugar. Incluso si no tuviesen tanta capacidad intelectual también podrían estar entre los primeros de su grupo o de su propia vida.

Cada caso tendrá un motivo para haberse “salido del carro generalmente aceptado”. Aunque por supuesto aún están a tiempo de subirse a muchos otros carros. Lo que importa no es cómo se comienza sino a dónde se llega, dice un amigo mío, claro ejemplo de chaval aparentemente sin futuro que hoy por hoy, ya adulto, gana un pastón realizando una profesión en la que es muy reconocido y admirado.

Por tanto, lo que realmente condiciona la existencia o no, y el resultado de nuestros esfuerzos es la actitud que tengamos ante las cosas. Todos valemos tanto como los demás; lo que distingue a unos y otros es su gana de hacer algo, su propio compromiso personal, en definitiva su motivación. En ella tiene mucho que ver lo que nuestras personas de referencia piensan de nosotros. No podemos olvidar el “efecto Pigmalión”, según el cual, nos vamos a comportar según notemos que nos tratan –con usted sí me siento una señorita–, decía Audrey Hepburn en My fair lady, haciendo claro eco de esta realidad. Podemos influir en que una persona crea en sí misma, siendo nosotros los que creemos en él, comprobando su valía y transmitiéndosela en el modo de tratarla y de confiar en sus capacidades y sus actos.

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Banda sonora

Por fin es viernes, he terminado algunos trabajos, otros tendrán que esperar, y mientras suena Norah Jones de fondo vienen a mi memoria algunas ideas que, no hace mucho, revoloteaban sobre mi cabeza, o sobre donde quiera que esté el centro de mi consciencia, pues uno ya no está muy seguro de nada. Dicen que cuando a un japonés se le pregunta con qué piensa se señala el estómago (quizá por eso se coman a los delfines). Y por otra parte, han descubierto que la zona del corazón tiene entramados neuronales parecidos a los del cerebro, por no hablar de la actividad que se percibe en esa parte que tantas cosas inspira. En fin, que las ideas, cansadas de esperar, me han tomado al asalto y aquí estoy, siendo su embajador, su altavoz, su vida encarnada, y tal y tal… ¡pero qué pesado estoy hoy!

El tema son las bandas sonoras que escuchamos en las películas, elemento imprescindible que nos mete en situación, en cualquier situación; nos pone románticos antes del beso y durante también; y nos acojona sin motivo aparente como a títeres que permiten manipular sus emociones. Nada sería el cine sin las bandas sonoras; haced la prueba, qué vacío tan grande, qué soledad, qué nadidad más insoportable, ¿verdad? Y yo me pregunto, como siempre hago cuando no entiendo algo o no me cuadran las cosas: si en la vida real no hay banda sonora, ¿por qué es tan importante en el cine? ¿Qué representa la música?

Y digo todo esto porque yo también quiero una banda sonora, deseo despertarme con Mozart, trabajar con Freddie Mercury, hacer el amor con el Bolero de Ravel y dormirme con una nana, por ejemplo. Pero todo ello sin tener colgado de mis orejas un auricular enchufado a un emepetrés, no, no, que surja del espacio al igual que en el cine.

Veamos, veamos qué puede ser eso de la música en el cine… Quizá esté sustituyendo algo que tenemos las personas cuando contamos una historia, pues cuando alguien me cuenta su vida (y lo hace con cierta gracia) no echo de menos nada. ¿Será la calidez de la voz, la presencia real del otro, su mirada? Es posible, a fin de cuentas la música surge de los movimientos interiores del músico, sus emociones, sus ideas, sus miedos y bravatas, etc., en definitiva, de todo su mundo interior, algo que está en todos nosotros y que no podemos evitar mostrar al expresarnos. Creo que eso es lo que no tiene el cine, y lo que la música trata de sustituir.

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Va por ellas

No quiero tardar más en dedicarle un texto a la mujer. Acaba de ser el día de la mujer trabajadora, y ya estoy retrasándome en recordar lo que vale la fémina. Aunque, como dice un amigo mío, no estaría de más que alguien dedicara unas líneas a resaltar lo que valen ellos, que con esto de las reivindicaciones por la igualdad se han quedado un poco de lado. Todo tendrá su momento.

Ahora lo que toca es recordar cómo son «ellas». Siempre me han recordado, no sé si por lo que les tocó ir contracorriente, a la gente de raza negra en Norteamérica. Son dos grupos sociales que respeto hasta lo más alto, como a otros que no vienen al caso. Todo aquel que ha conseguido lo que tiene luchando por sus creencias contra viento y marea nos tienen de su lado inevitablemente, ¿verdad?

Ellas son bonitas sin excepción, fíjate bien, pocas hay a las que no encuentres un encanto especial; o son seductoras o son encantadoras, o son simpáticas o son tiernas o inteligentes y espabiladas o soportan lo que no deben…

Nos sacan de nuestro tedio con un par de guiños, un buen guiso o una reprimenda merecida, según el rato. Si las ponemos a gobernar, su feudo o su país, suelen dejarnos claro que deberíamos darles alguna oportunidad más. Lo normal es que sean más bondadosas, más comprensivas y más justas. Lo normal, digo. No necesitan pavonearse ante el anfiteatro, es más su motor no ver sufrir a sus semejantes.

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Liberación, hogar y cuentos

Escuché ayer en la radio la entrevista que le hicieron a una escritora que había escrito un libro de recopilación de cuentos infantiles. Ella recordaba con agrado los cuentos que le contaban tanto su madre como su abuela cuando era pequeña. La locutora resaltaba la dificultad en nuestros tiempos para seguir esas bellas costumbres. Y pienso yo que no solo son bellas, sino educativas, de comunicación, de afecto, de comprensión: en suma, de transmisión entre generaciones de todo lo humano, de toda la enseñanza de la vida. De un valor inimaginable y actualmente no comprendido, no solo para el nieto o el hijo, sino también para la abuela y la madre.

Y pensaba yo qué había ocurrido para que hoy no se den esos momentos de calor y comunicación entre generaciones. Esos momentos de paz, de recogimiento, de verdadero calor de hogar, de verdadera comunicación entre padres e hijos y entre abuelos y nietos. Y pensé que eso (y otras cosas) solo pueden darse en el momento apropiado y en el ambiente apropiado.

Escuché una vez que las hadas y los elfos solo pueden manifestarse ante nosotros en condiciones muy especiales de sosiego, de paz, de pureza: en suma, penetrando en el hogar de la naturaleza. También os conté una vez cómo solo escuchamos a los ángeles en momentos en que nuestro interior está en un silencio y una paz profundos.

Y concluí que hoy no puede haber cuentos porque no hay hogares. Y enlazando con esta idea recordé cómo mi aspiración más profunda, que no me ha abandonado todavía, ha sido, y es, encontrar ese hogar perdido. Quizá ello me llevó a la melancolía que siempre me produjo cantar la cancioncilla del caballo blanco, así como a la añoranza de vivir algún día en una pequeña aldea donde todos los vecinos son de la familia y todos sus hogares, tus hogares.

Y creo que no hay hogares porque no hay mujeres cuidando de su fuego. Las mujeres han dimitido. O más bien, las han hecho dimitir de sus bellas tareas.

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