Un largo periodo de fiestas

Dicen que los españoles tenemos fama de disfrutar de muchos días festivos, aunque cuando luego te pones a contar, en otros países con fama de trabajadores como Francia o Alemania tienen más días de vacaciones que nosotros. Pero creo que el mes que va del 6 de diciembre al 6 de enero no lo supera nadie:

6 y 8 de diciembre. Es el entrenamiento para las vacaciones de Navidad, y para muchos el último viaje del año, aprovechando el puente del día 7 entre la festividad de la Inmaculada y el aniversario de la Constitución, y que seguro que antes o después hay un fin de semana para convertir el puente en acueducto, con cinco o seis días de vacaciones.

Del 15 al 20 de diciembre. Los niños celebran el fin de las clases y en las empresas se organizan las comidas o cenas con los compañeros, en las que felicitas la Navidad a todos los que has estado criticando el resto del año.

21 de diciembre. Ahora ya muy pocos lo celebran, pero antiguamente, los romanos por ejemplo, celebraban el día del solsticio de invierno, la noche más corta del año, o también llamada del Sol Invicto.

22 de diciembre. No, tampoco está marcada en rojo en el calendario, pero es el día del sorteo de la lotería en el que millones de españoles depositan sus esperanzas. El primer premio es casi obsceno (3 millones de euros), pero como todo el mundo juega pequeñas participaciones de muchos números, cuando te toca suele ser una cantidad suficiente para alegrarte y no agobiarte.

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El que llegó en verano

Hoy os quiero ofrecer un homenaje a un perro, escrito por la pluma de un paisano. Y quiero dedicarlo a otro paisano, a Canelo, el perro que esperó, durante doce años, en la puerta del hospital de Cádiz, a que algún día saliera su dueño, al que acompañaba siempre a la diálisis. Un día, Canelo murió. Y seguramente se encontró con su dueño, entre las nubes blancas del cielo.

Está sobre las hojas del otoño.
En el viento nocturno que las barre.
En medio de la helada solitaria.
En el radiante polvo del rocío.
En el ligustro verde de la cerca.
En las fresas silvestres escondidas.
Bajo el escudo abierto de las dalias.
Sobre la estrella del jazmín caído.
En la sangre jovial de las anémonas.
En las ardientes rosas derramadas.
Al pie de las coronas del granado.
En los brazos azules de los cedros.
En el negro perfil de los cipreses.
En el tiemblo de plata de los álamos.
Bajo la pleamar de los aromos.
En el aliento de los azahares.
En el áureo pezón de los limones
fijo en la luna de la primavera.
Entre los duros cardos del verano.
Bajo las repentinas tormentas del verano.
En las quemadas noches del verano.
En la sed del verano.
Porque llegó en verano.

No conocía el bosque.
Tampoco el bosque a él lo conocía.
Si, te tenemos miedo.
Nos inspira temor tu súbita presencia.
¿De dónde vienes y por qué a esta casa?
Mirabas serio y nada respondías.
Se sentó en el portal como un mendigo.
Después de varias noches:
puedes pasar. Pareces,
a pesar de tu rostro severo,
un buen muchacho.
Aquí tienes tu hogar. Un plato lleno
habrá para ti siempre en esta mesa.
Pero tú sonreíste de pronto y te marchaste,
bajo las casuarinas, con los niños.
De tanto en tanto desaparecías,
y eran largas las noches esperándote.

¿En dónde estabas? Nunca lo dijiste,
ni contaste el porqué de tus heridas:
aquella oreja casi desgarrada
o el navajazo aquel entre las ingles.
Pero eras fuerte, duro y obstinado.
Era la juventud lo que en ti ardía.
Te daba igual dormir sobre una estera
que en el lívido barro del camino.
Meses enteros te quedabas solo.
La soledad, en vez de ensombrecerte,
te llenó de una alegre valentía.
Todo el bosque te quiso. Enamoradas,
no dormían sin ti por todo el bosque,
rubio y veloz galán siempre encendido.

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¿Por qué no nos conformamos con ser?

¿Por qué buscamos respuestas, contamos lo que llevamos dentro, aprendemos a aprender y le buscamos sentido a la vida? ¿Por qué tenemos esa necesidad de transmitir, ya sea escribiendo, soñando con dar clases sobre lo realmente importante en la vida, o participando en terapias que ayudan al caído? ¿Por qué contamos y leemos en internet para encontrarnos con más gente que busca?

Al que vive no le basta vivir, al que muere no le basta morir, al que crece no le basta crecer, al que enseña, al que escribe, al que investiga, no le basta con ser. ¿Por qué?

Me contaron que por la angustia de la falta de respuesta, la angustia de vivir sin un sentido claro, como Unamuno. Me contaron que porque vamos hacia algo mucho mayor y que paso a paso, ampliando consciencia, conseguimos un mundo «global», «universal», “holístico», mejor, pero este no nos basta.

Me contaron que queremos rebasar el límite de nuestro propio físico caduco y el tiempo que nos prestan, entregando a otros lo que sabemos, bien en clases, escritos o gestos hacia los demás. Será el ego, será querer que a otros les sirva nuestro esfuerzo, quedar ahí de algún modo; no lo sé, pero ¿por qué ese afán?

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Las botas de Van Gogh

Esta historia se la debemos a Paul Gauguin, que compartió una habitación con Vincent en Arles allá por 1888. Nos cuenta que en el estudio había un par de botas claveteadas llenas de barro de las que hizo una notable pintura. Intrigado por la razón para guardar semejante pingajo, se atrevió a preguntárselo un día. Entonces Vincent le contó la historia de ese par de zapatos.

“Mi padre era pastor, con lo cual estudié teología. Una mañana, sin decir nada a nadie, marché a Bélgica, siendo muy joven, dispuesto a predicar el Evangelio en las fábricas, pero no como me enseñaron sino como yo lo entendía, pues creo que Jesús ama a los pobres. Esas botas soportaron muy bien el viaje”.

Pero hay más. Según cuenta Gauguin (que lo tacha de loco), mientras Vincent predicaba a los mineros de Borinage, hubo una explosión de grisú, cuya víctima, dado el grado de quemaduras y mutilación que tenía, fue desahuciado por el médico, que llegó a decir que solo un milagro podría salvarlo. Vincent se entregó a su cuidado con toda su alma, permaneció con él durante cuarenta días, atendiéndole con tanto cuidado que le salvó la vida.

Las cicatrices del rostro de ese hombre, resucitado por el milagro del cuidado, se le aparecieron a Vincent como las cicatrices de una corona de espinas, por lo que tuvo la visión de la corona de espinas del Cristo resucitado. Este era el auténtico motivo por el que todavía no se había desprendido del par de botas (cual reliquia) que llevaba cuando tuvo esa visión. Las botas en las que Vincent hizo resucitar a Jesús, el Jesús que mora en lo más profundo de cada uno.

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Descubrir y recordar

Gracias a los pequeños reproductores de MP3, la música nos acompaña con más facilidad que nunca. El aparato que tengo es un IPOD con capacidad para almacenar muchos cientos de horas de duración. Eso me da la posibilidad de poder cargarlo con más música de la que nunca imaginé, así como poder escucharla en cualquier parte, por ejemplo en el coche, donde paso varias horas al día. Ahora estoy escuchando tanto la música que siempre me gustó como otra que nunca antes había oído. De ahí vino mi reflexión: la vida es una mezcla entre descubrir y recordar.

Con el IPOD estoy descubriendo música de cantautores italianos como Fabrizio de André, desaparecido hace ocho años, o música clásica, como las sonatas para piano de Josef Haydn y las innumerables óperas de Georg F. Händel. Son nuevos sonidos, nuevas melodías que a partir de ahora me acompañarán y formarán parte de mis recuerdos. La próxima vez que escuche esta música ya no tendré esa sensación de descubrir algo nuevo, sino el recuerdo del momento en que lo escuché por primera vez. Así me ha ocurrido volviendo a escuchar el “Dido y Eneas” de H. Purcell, que me trae a la memoria aquel LP de vinilo que compré de adolescente y que escuchaba una y otra vez en un viejo tocadiscos. Ahora escucho repetidamente “L’oceano di silenzio” de F. Battiato o “Le rondini” de Lucio Dalla, canciones con casi veinte años de antigüedad y que para nuestros lectores pueden ser también un descubrimiento o un recuerdo.

Para un niño el mundo es todo descubrimiento: nuevas experiencias, nuevas sensaciones…, ¡tanto por conocer! A medida que aprende, acumula recuerdos que le facilitan la toma de contacto para una próxima vez. Añoramos esa inocencia del niño, que no tiene ideas prejuzgadas acerca de nada.

El anciano está lleno de recuerdos y a veces piensa que ya no tiene nada que aprender. También deseamos su dorada experiencia del que ve llegar los acontecimientos con la serenidad de su veteranía.

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Reloj de sol

Leí un libro de un buen amigo, compañero incansable en la búsqueda de explicaciones acerca del hombre y del universo.

Cuando comencé a leerlo, me topé con el título de su primer capítulo, que era: “Un relojero en busca de su gnomon”.

Me quedé aturdido. Tanto, que renuncié a mi avidez por seguir leyendo y le di vueltas y vueltas al título. Un relojero en busca de su gnomon… un relojero en busca de su gnomon…

Todos hemos visto alguna vez un reloj de sol. A mí, particularmente, siempre me interesaron. Me parecía fascinante que un palito en una pared (el gnomon) nos pudiera decir la hora. Y no solo un día concreto del año, que sería fácil, sino todos y cada uno. ¿Cómo era posible?

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Rueda de ratón

Jamás creí, cuando Tachen me propuso colaborar en este blog, que finalmente fuese el motor para que mire a las pequeñas cosas de cada día, con unas gafas de hipermetropía que sacan conclusiones y deducen los porqués… Al menos, en la medida de lo que a todos nos es posible, de nuestras luchas cotidianas, idas y venidas.

Ahora acabo de terminar, espero que con éxito, ese proyecto que me tenía entre leyes. Y resulta que sigo como si estuviera en él. Corriendo, con muchas cosas que hacer. Durante una época pasada esa fue mi forma de vivir, y aún hoy lo es, a temporadas. Recuerdo que le puse nombre a eso de estar siempre estresado, de no tener tiempo ni para dar un paseo, de ir agenda en mano, saltando de cosa importante a cosa importante (casi todas, urgencias creadas por nosotros mismos, porque el mundo no se suele caer… por nada). Lo llamé «rueda de ratón». Es que me recordaban tales carreras a uno de esos hámsteres que están metidos en una ruedecita en su jaula y no paran de correr en ella, como si tuviesen una prisa enorme por llegar… a ninguna parte. Y es que en esa rueda no se desplaza uno a sitio alguno. ¿Lo sabrá el hámster?

Entonces, cuando me di cuenta, paré de golpe y me bajé de la rueda. Es impresionante cómo lo que tienes a tu lado puede volverse visible cuando tú comienzas a mirarlo. Cómo lo que parecía aburrido, resulta que sólo es sereno, cómo el mundo y la gente son un encanto y nosotros, a días, ni nos enteramos… Es que tenemos muchas cosas importantes que hacer.

Bueno, por fin hoy, he sido consciente de que llevaba un mes, esta vez por necesidad (uy, qué trampa me acabo de poner), en esa rueda y acabo de bajarme. El mundo no corre; lleva millones de años yendo exactamente al mismo ritmo natural, viéndonos pasar… Somos nosotros los que lo vivimos demasiado deprisa. No sé detrás de qué corremos… eso, lo dejamos para otro día.

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El pensamiento Alicia

No estoy seguro de si la primera vez que lo leí u oí, fue en boca del filósofo español Gustavo Bueno, pero fuera como fuese me llamó la atención por lo acertado de la elección, haciendo una clara y simpática referencia al cuento de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas”. Y digo acertado porque al llamarlo así consigue que la idea esté presente en mi deambular por la vida, pudiendo fácilmente detectarlo tanto en mí como en los demás.

Pero no debemos confundir optimismo, actitud que confía en las posibilidades de un futuro mejor, pero comprendiendo y asumiendo los problemas reales, o como dice la RAE “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”, no confundirlo, decía, con “El pensamiento Alicia”, que consiste, entre otras cosas, en creer que todo está bien, que todo es maravilloso o lo será, sin duda alguna, dando la espalda a la realidad presente y palpable con toda su gama de dificultades y barreras.

Lo cierto es que una mentalidad de ese tipo, tan triunfalista, tiende a repetir las mismas acciones una y otra vez, una y otra vez, introduciendo cambios mínimos a lo largo del tiempo. Lo cual es muy lógico, ¡como todo está bien…! ¿Para qué cambiar nada? Por lo tanto, todo sigue igual, es decir, los mismos problemas de siempre ante la pertinaz ceguera triunfalista acostumbrada, sin darnos cuenta de que para obtener resultados diferentes hay que hacer cosas diferentes. Si durante años hemos tenido una determinada actitud con pobres resultados, lo suyo sería replantearse esa actitud, pues algo falla, y no podemos culpar a la vida por no ajustarse a nuestros deseos. ¿No será más bien que estos no se ajustan a la vida?

Instalarse en el pensamiento de Alicia tiene ese peligro, que nos separa del pulso real de nuestro tiempo, y nos condena a repetir continuamente, sin apenas variación, los mismos actos con los mismos resultados. Como si lo importante fuera ser fiel a una creencia de cómo son las cosas, y no tanto a la verdad que está ahí para quien quiera verla. Y seguramente habrá muy buena voluntad en los seguidores de ese pensamiento, del que todos podemos ser víctimas, pero hemos de abrir los ojos: las cosas son como son, y para que lleguen a ser como las soñamos no podemos perder de vista la realidad del ahora, verdadera fragua de cualquier cambio.