El poder de la mente

Dedicado a Enrike, por su comentario a Héroes de hoy.

En términos generales somos inteligentes, no todo lo que nuestro cerebro da de sí pero… nos definimos como seres que se distinguen de otros por cómo utilizan las neuronas y la mielina que las cubre y que acelera la sinapsis.

Esta cuestión de la inteligencia nos lleva a varios caminos acabados en interrogante, algunos de ellos más cerca de respuesta que otros. Por ejemplo, ¿es mejor ser terriblemente inteligente o simplemente normal? Tener una herramienta que se comunica con nosotros a través del pensamiento y que sea tremendamente poderosa nos tendría todo el día como locos. ¿Realmente podríamos soportar una mente que no cese de hablar?

Se podría dar el caso de que la mente nos venciese, es decir, que acabásemos siendo un sujeto de su fuerza. No hablo de que posea vida propia, aunque sí potencia. Imaginemos que nosotros marcamos un camino, una duda, algo que nos intriga, y ella, en lugar de mostrarnos las posibles respuestas, sigue y sigue trabajando, hasta llegar a pensamientos insospechados, incluso peligrosos para nosotros mismos. ¿Qué es peligroso para nosotros mismos? El aislamiento, el resultar personas «raras» a los demás, el pensamiento circundante que no nos deja avanzar en nuestra sana cotidianidad, el imaginar involuntariamente consecuencias o «más allás» a las situaciones que nos ocurren…

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En un lugar de La Mancha…

Recuerdo que tenía once o doce años cuando mi profesor de lenguaje nos decía, a los brutos de su clase, que el Quijote es un libro para leerlo tres veces: la primera, te diviertes con los desvaríos del caballero; la segunda ya no te divierte tanto pero te hace sonreír; y la tercera es para directamente ponerse a llorar… En aquella época que sólo conocía el Quijote por las láminas de Duré, y vía Peter O Toole, no podía entender aquellas palabras dichas con tanto cariño. Afortunadamente no nos obligó a leerlo, pues casi todos mis amigos a los que sí se les obligó a hacerlo aborrecen la obra. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que me decidí a leerlo como quien emprende un largo viaje sin saber muy bien hacia dónde. Creo que desde entonces me gusta la frase esa que dice “Hay que perderse para encontrarse”, y así me perdí entre las páginas de ese, para mí entonces, enoooooorme libro.

Creo que el Quijote representa la coherencia elevada a la enésima potencia, si le gustan los libros de caballería, si su corazón late con fuerza ante el amor de los caballeros hacia sus damas, si su alma se llena de felicidad viendo cómo esos personajes fantásticos de novela defienden la justicia por encima de todo… ¿Por qué no habría de ser él uno de ellos? Si a decir de Unamuno: solo es verdad lo que nos da vida y lo que nos la quita es mentira ¿Por qué hemos de creer que don Alonso Quijano vive en un error, en una mentira fruto de su imaginación? Él vive y actúa como piensa y cree. ¿Hay mayor coherencia?

Pero hay un momento de la obra que me llama poderosamente la atención, y es ese mágico instante en que algo le cruje por dentro y se decide a vestir la armadura, montar en su rocín y, saludando el amanecer, desafiar La Mancha. Así lo vio nuestra poetisa Concha Espina:

“La noche fue siempre el reino de las almas profundas y vigilantes, la cumbre de la más alta meditación, el blando reclinatorio de las plegarias, el espejo más puro de lo sobrenatural… En estas horas de soledad y de misterio se nutren las almas escogidas de singulares revelaciones, de altos pensamientos que sobrepujan lo humano y traen como un sabor a lo divino, en estas horas tienden los ángeles su escala entre el cielo y la tierra, se abre la puerta de los sueños, dice el amor sus «escuchos» y buscan los héroes el camino de la inmortalidad. Así Don Quijote, pálido y ansioso, de cara a las estrellas, con los ojos mojados en lágrimas, siente brotar de su pecho mil voces íntimas que le empujan fuera de sí mismo, a través de la noche, por encima de las lindes prosaicas en que yace. Una plenitud espiritual, una oscura impaciencia, un ímpetu desbordado y generoso le tiemblan, como alas finas y valientes, en las raíces del corazón…”.

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Cambiar

Nos pasamos gran parte de nuestra vida esperando que los demás cambien, pidiéndoles que cambien, exigiéndoles que cambien. Y, por supuesto, nos rebela e indigna que sigan siendo los mismos, los mismos en su carácter, los mismos en sus manías, los mismos en sus reacciones, los mismos en sus errores. Evidentemente, desde nuestro punto de vista.

Un amigo mío siempre decía, y creo que sigue diciendo, la siguiente sentencia:

“La vida funciona como un reloj”.

Y en esta sentencia se encierra algo muy trascendente: nuestra mecanicidad, nuestro automatismo. Sabemos de antemano cómo reaccionará un amigo ante un estímulo, ante una situación. No hay, casi, posibilidad de error. Siempre hace lo mismo en esos casos, el mundo funciona como un reloj. Pero se nos olvida un detalle: nosotros también.

Y lo que agudiza el asunto es que nos cuesta plantearnos si podríamos reaccionar de manera distinta a la habitual, ya que, si lo hiciéramos, emplearíamos nuestra voluntad en cambiar.

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Apresar el tiempo

Este fin de semana asistí a un evento al que acudieron numerosos grandes veleros, representantes de diversos países de Europa y América, que participaban en una regata. Como yo, hubo al menos otras doscientas mil personas al día.

Lo que me llamó la atención fue la multiplicación de cámaras fotográficas que casi uno de cada dos asistentes portaban y su anhelo de «fotografiarlo todo». Y que conste que desde que conocí la primera cámara digital colgué la vieja automática que me había acompañado, sin mucha suerte, a tantos viajes. Porque la comodidad de hacer una foto y ver en el momento el resultado, o poder guardar en un ordenador o en un CD/DVD cientos, miles de fotos, sin necesidad de pesados álbumes, o no tener que pagar los revelados en papel, hacen que cualquier fotográfo principiante se decante por la cámara digital. De hecho, creo que apenas se fabrican ya cámaras de las «antiguas» (están a precio de saldo las de segunda mano), ni es fácil encontrar carretes, y el papel fotográfico se usa muchísimo menos, solo para quien tiene una buena impresora a color.

Pero mi comentario «filosófico» de hoy es acerca de ese ansia de fotografiarlo todo, de guardar imágenes de todos los barcos, de todo lo que aconteció, de lo que vimos, de cada uno de los rincones. ¿Es esto un reflejo de querer asir el tiempo que se nos va de las manos, porque no sabemos vivirlo? Fotografiar es querer detener el espacio en un tiempo determinado y fijo. Es querer guardar el momento, para luego volver a rememorarlo en otro momento, en otro lugar. Pero si el mundo es, como decía Heráclito, un eterno cambio, ¿por qué ese deseo irrefrenable de querer detener algo que en el instante siguiente dejó de ser lo que era?

La única respuesta que se me ocurre es que todo responde a una falta de seguridad: falta de seguridad en lo que somos ahora, en lo que tenemos ahora, en lo vemos ahora, porque el irremisible tiempo todo lo transforma. Inconscientemente todos estos «fotógrafos digitales» quieren guardar un recuerdo de algo que ya no es…

A mi muerte…

Hace tiempo participé en un foro de literatura dejando algunas palabras sobre Hölderlin (el poeta alemán), y como el tema me gustó, dejé mi correo como firma. De eso hará casi un año. Pues bien, hoy me ha escrito alguien que leyó mi texto. Me pregunta dónde puede encontrar el libro Hiperión de este mismo autor; yo le remití a www.librodot.com pero al parecer no tienen a Hölderlin en su base de datos. Le contesté que si no lo encuentra me lo diga e intentaré ayudarlo, todo sea por divulgar la poesía, algo que en mi opinión Occidente tanto necesita.

El caso es que me fui directo a mi biblioteca personal, busqué entre los libros de Hölderlin, cogí su Hiperión, lo abrí al azar y allí estaban, aquellos párrafos que en su día subrayé, y las tres palabras que escribí en el margen para que no quedara lugar a dudas: “A mi muerte”. Es decir, deseo que algunas palabras de este malogrado poeta coronen mi tumba o mi urna, para que así aquellos que lo lean se marchen con una sonrisa en los labios.

Extraigo algunas de aquellas frases para los lectores de este blog:

¡Oh, acoged de nuevo en la familia de los dioses a los hombres que eternamente buscan, a los prófugos! ¡Acogedlos en la patria de la naturaleza, de la que han huido!

Los que solo sirven a la necesidad y desprecian el genio, los que no te respetan, ¡vida simple de la naturaleza!, son quienes deben temer a la muerte.

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Tus propias trampas

Un texto muy chulo de una damita con sentimiento profundo y pseudónimo Fenix, venía a decir hace unos días que hoy no tenemos grandes epopeyas sino pequeñas historias. Es posible que la lectura de sus palabras nos despertase un mensaje y por ello, últimamente, los blogueros hablamos de héroes cotidianos.

Y, sin embargo, aunque las batallas no sean de sangre, siempre hay un motivo por el que luchar. Uno de los que más me convence es la dignidad del ser humano, la de cada uno, que se pone en juego continuamente sin darnos cuenta.

Suena exagerado, mas pongamos en el microscopio un rato de nuestro día vulgar. Se nos dan oportunidades sencillas de responder de un modo u otro, sin cesar: la viudilla de ochenta años nos va a contar otra vez sobre la guerra, un móvil ha quedado olvidado junto a nosotros, es más sencillo copiar textos que crearlos, he acabado la cerveza y el camarero anda despistado… Lo que ocurre es que, si somos mínimamente cívicos, ni nos lo planteamos, o sí, y podríamos exagerarlo aún más, para lo malo y para lo bueno.

Lo duro es cuando lo que se te pone de cara es algo nuevo, algo inesperado, algo que jamás te has planteado, algo que de veras deseas hacer, aunque no te suene muy «digno», pero jovar, siempre hay un buen motivo para fallar, yo me lo merezco, por ejemplo, no va a ser tantas veces, si nadie se va a dar cuenta y… yo en el fondo no soy así.

Pues bien, mi parecer, y el de algún sabio escritor que sin duda me inspiró esto es: sí, sí eres así. Tus conductas te dan o te quitan dignidad, te ganas o te pierdes a ti mismo en cada pequeña respuesta que das a la vida. Y no se trata de andar de puritanos; más bien, de ser sinceros con nosotros mismos.

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Héroes de hoy

Decían los griegos que entre los dioses inmortales y los hombres mortales había un punto medio, un eslabón, un puente entre los unos y los otros, y que estos eran los llamados héroes, hombres mortales que sin embargo se comportaban y pensaban como si fueran dioses. Por ejemplo, el bombero que se lanza al fragor del fuego sin temor a la muerte o a pesar de sus miedos, es un héroe porque siendo mortal actúa como si no lo fuera poniendo en riesgo su vida. Los voluntarios que ayudan de forma generosa en miles de sitios también son héroes; ellos cuidan de los demás tal y como hacen los dioses con los hombres. El artista inspirado que logra crear algo bello estaría emparentado con Apolo y con Dionisio, también podría decirse que son héroes.

Y así, siguiendo este símil mitológico, podríamos ir viendo las cualidades de los dioses y descubrir que cuando estas las vive un hombre, estamos ante todo un héroe. Recomiendo los libros “Las diosas de cada mujer” y “Los dioses de cada hombre” de J. Shinoda Bolen; podría ayudarnos a saber qué tipo de héroe llevamos dentro.

Pero hay otro tipo de héroe que pasa más desapercibido, el que a semejanza de Prometeo roba el fuego de los dioses y lo lleva a los hombres, a pesar de saber que será castigado a sufrir de por vida. Son aquellos que con sus enseñanzas nos abren la mente a nuevas ideas, aquellos que nos muestran con sus libros las profundidades del alma, los secretos de la vida. Pero no me refiero a algunos eruditos que desde su vanidad nos apabullan con sus citas sin tocarnos “la fibra”, sino a esos otros capaces de olvidar todo lo que saben para redescubrirlo con sencillez junto a nosotros, adaptando con arte todo su saber a nuestro pequeño saber, haciéndolo algo vivo, cercano y vibrante.

A esos héroes del fuego dedico hoy este blog.

¿Hasta dónde llega el alma?

No estoy segura, según el día, de si tendrán alma los animales. Cuando jugaba con Elsa y con Lola, mis perrillas, me sentía tan compenetrada con ellas, las entendía tan bien…

Algunos compañeros de esta «escuela» dicen que lo que tienen son sentimientos, pero que pensar no piensan. No sé yo qué decir a eso, la verdad, porque en ocasiones la única que tenía una buena idea en una tarde gris era la perra.

Pero sí, posiblemente se refieran a que no se paran a dilucidar sobre el funcionamiento de los motores o sobre si el universo se creó por casualidad o existe una explicación lógica para que tantas casualidades se den al unísono.

Aunque eso no quita, digo yo, para que mis chicas, que ya no están conmigo, tengan un almita, aunque no sea igualita que la mía. Si en realidad, todo lo que existe está unido por una fuerza creadora, si de verdad, todos somos de una misma pasta con distintas formas, entonces Elsa y Lola están aquí, están en mi, siguen ahí, en cierto modo, y a eso yo le voy a llamar tener almita.

Y, vamos a ser valientes, ¿por qué no va a ser así? Si con algunas personas, como mis hijos, mi marido, mi mejor amigo, y a veces hasta mi perro me siento sola, y si otras veces me siento una con la música que escucho, una con el sol que siento en la piel, una con la Tierra que se mueve y me mueve… seamos valientes, por qué no voy a ser una contigo, con todos vosotros, con todos los hombres.

Este blog…

Llevamos ya algo más de dos meses en marcha con el proyecto de este blog y mirando hacia atrás, a pesar de la juventud de la «criatura», he extraído varias conclusiones que quiero compartir con los lectores:

– Pensé que en algún sitio habíamos dejado los principios que guiarían nuestro blog, o al menos los que queríamos proponer, pero no ha sido así. Quizá lo haya compartido sólo con los «bloggeros» pero no con el resto de lectores. Tendré que poner la típica página del «acerca de…»

– Me pareció evidente que los visitantes del blog de un «filósofo cotidiano» entenderían que esta web no es para la discusión profunda y teórica, sino para compartir experiencias de cómo vivir la filosofía en el día a día de la gente normal y corriente del siglo XXI (nacidos en el XX), como los que esto escribimos. En algunos casos me ha parecido asistir a discusiones del siglo XIX, o a las de los años 60-70.

– No creía que hubiera gente con tantas ganas de enfrascarse en largas discusiones que no conducen más que a la discrepancia de pareceres. En algunas ocasiones hemos aprendido a ser más rigurosos y no basarnos en sentimientos o gustos para argumentar racionalmente. En otras, hemos comprobado cómo la falta de educación y de estilo puede echar por tierra cualquier argumentación.

– Próximamente tendremos algún nuevo escritor que se sumará al grupo ya existente. También está en proyecto poner una breve introducción de cada uno de los que escribimos, para que nos conozcan más (y critiquen menos ) los lectores.

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Les hemos fallado

Cuando en una sociedad las cosas no van bien, los primeros en caer, en perder su rumbo, en vivir al margen del “american style way of life”, en huir de sí mismos buscando la autodestrucción, que es como un lento suicidio pero sin el como, son los más débiles, los menos favorecidos por la educación y la economía, cumpliéndose así esa vieja frase que dice: “la cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones”.

Hace unos días, atravesando una zona de naranjos en Valencia, llamada el hipermercado de la droga, me sorprendió ver el ir y venir de gran cantidad de chicas y chicos jóvenes. Al verlos de cerca, sus rostros envejecidos golpearon con fuerza mi conciencia, y con ello el corazón. Me sentí impotente.

Pero lo que, finalmente, me movió a escribir este blog de hoy fue el encuentro de anoche con uno de ellos. Eran las cuatro de la mañana, mi amigo “el esponja” y yo hacía tiempo que no charlábamos y nos pusimos al día, tras varias horas de conversación, cervezas y risas. Ya nos despedíamos cuando un hombre joven se nos acercó para preguntarnos algo, y acabó contándonos todas sus penas y el tipo de alcohol con que las ahogaba. No es cuestión de entrar en detalles, pero sí me di cuenta de una cosa: si esa persona hubiera conocido la constancia, la paciencia, la fe en sí mismo y un poco de psicología, su vida sería muy distinta.

Pero la sociedad no ha sabido darles esas herramientas, y todos somos la sociedad, por eso me repito a mí mismo: “les hemos fallado”.