Cuando la villanía se convierte en costumbre

Jueves, 30 de octubre de 2014 por Melinda

CUANDO LA VILLANIA

 

Vivimos en una época en la que muchas situaciones parecen empujarnos al desánimo y al hartazgo; el paro nos toca de cerca (si no es a mí, es a mi primo, a mi vecino o a mi amigo); la corrupción es el pan de cada día (el empresario de esta compañía o el político de aquel color); las desigualdades son cada vez más evidentes (a unos los persiguen porque tienen que trepar a una valla si quieren huir de la miseria y recuperar un poco de dignidad; a otros los persiguen porque trepan sobre quien haga falta para salvar los millones que han robado disfrazándose de personas dignas).

Las muchas palabras vacías y biensonantes que hemos escuchado durante tanto tiempo han conseguido que nos planteemos a veces si, de verdad, esto tiene remedio.

Por un lado, los gobernantes aseguran que pondrán “todos los medios” para corregir los desmanes  de aquellos que solo se preocuparon de su propio beneficio. Por otro lado, los que arriesgan su vida y abandonan la comodidad que les tocó en suerte por ayudar desinteresadamente a los que nacieron en lugares apestados de la Tierra, son mirados con recelo a su regreso, porque parece que solo se contagia el ébola y no tanto el valor y la generosidad de la que son admirable ejemplo.

Si uno se deja llevar por lo que ve y oye, la verdad es que es difícil no abandonarse al desaliento, al “vaya un asco”.

Llegados aquí, lo fácil es generalizar: “todos los banqueros son malos”, “todos los políticos son unos mangantes”, “todos los ciudadanos de a pies son unas pobres víctimas”…

Pero si hemos de ser fieles al sentido común, sabemos que “no todos los rubios son inteligentes”, “no todos los asiáticos son economistas” y “no todos los andaluces quieren viajar”. O sea, no hay ninguna generalización verdadera al cien por cien.

Un poco de filosofía nos puede ayudar a separar la paja del grano. Confucio ya nos dijo que el bien ha de pagarse con el bien, y el mal debe ser respondido con la justicia; Ptahotep recomendaba a los funcionarios del antiguo Egipto “que su espíritu esté de acuerdo con su lengua y que sus labios sean justos”; Buda enseñaba en la India que una mano sin heridas puede tocar veneno y, por tanto, no existe el mal para aquellos que no cometen malas acciones; y el romano Epicteto (del que me declaro fan incondicional) ya apuntaló la fortaleza humana con consejos de hondo calado moral a pesar de haber vivido esclavo.

Cuando las nubes de tormenta descargan en la oscuridad de la noche, aprendamos de los que supieron capear muchos temporales. Oigamos los consejos de aquellos que encontraron la receta para vivir como seres con dignidad, válidos hoy como ayer.

No todo está perdido. Podemos conseguir un mundo mejor.

Porque, en realidad, esto no se trata de economía, salud o bienestar. Se trata de aprender a vivir.

¿Que decimos que la filosofía vale para todo?

Pues sí, es que la filosofía vale para todo.

 

Las palabras adecuadas

Martes, 14 de octubre de 2014 por Fátima

LAS PALABRAS ADECUADAS

En cierta ocasión un discípulo preguntó a Confucio qué sería lo primero que haría en el caso de que un rey le confiase el gobierno de un territorio, a lo que Confucio, sin dudarlo, respondió: “Mi primera tarea sería, sin duda, rectificar los nombres”. El discípulo, confundido, le preguntó a su maestro si estaba de broma. Confucio aclaró: “Si los nombres no son correctos, si no están a la altura de las realidades, el lenguaje no tiene objeto. Si el lenguaje no tiene objeto, la acción se vuelve imposible y, por ello, todos los asuntos humanos se desintegran y su gobierno se vuelve sin sentido e imposible. De aquí que la primera tarea de un verdadero estadista sea rectificar los nombres”.

Reconozco que esta anécdota de Confucio ha hecho que me pregunte, por mucho tiempo, lo mismo que su discípulo: ¿estaría de broma?, ¿realmente eso serviría para algo? No hace mucho me di cuenta de por qué decía eso y hasta qué punto era importante.

Hay una empresa estadounidense (no será la única seguramente) que vende sus productos bajo el eslogan “¿Cuánto sabes de ti mismo?”. Pero no vendía nada relacionado con la filosofía o la psicología, sino genotipos. Por 99 dólares y una muestra de sangre te entregaban un sobre con toda la información que eran capaces de extraer, mediante su sofisticada tecnología, de tus genes.

En la televisión, una mujer guapa y delgada demuestra que un laxante te puede hacer sentir mejor, más activa, más vital y hasta más feliz. También hay galletas, compresas, cremas faciales y mahonesas con las mismas propiedades. La vida, la alegría, la solidaridad, el entusiasmo, la superación, el valor y la identidad se venden en latas de Coca-Cola.

El sistema educativo se ampara en los libros de texto, el judicial en las leyes y las políticas de igualdad en la discriminación positiva. Sin embargo, la educación nunca se podrá enseñar con un libro de texto, sino con el ejemplo personal. Y tener más leyes no supone mayor justicia. Curiosamente el mismo Confucio desconfiaba de las leyes, porque pensaba que las leyes alejaban al hombre de la Justicia y le acercaban más a la búsqueda de la trampa. La sola idea de la discriminación habla de un valor negativo. Por mucho que se le ponga detrás la palabra “positiva”, ¿cómo va a ser posible construir la igualdad discriminando?

Realmente los nombres son importantes. Un nombre representa una idea. La idea que se identifica con ese nombre. Cuando se llama algo por el nombre que le corresponde se evoca la idea que encarna. Cuando se llama a algo por un nombre que no le corresponde, las identidades se confunden, y vamos en pos de una cosa, pero nos encontramos con otra. Frustración, desencanto, tristeza… ¿qué otra cosa se puede encontrar cuando se asocia la felicidad con una bebida, una marca de ropa o un centro comercial?

La vitalidad se asocia a unas galletas, la tranquilidad a una compañía de seguros, los bancos tratan de asociarse a valores como la confianza o la veracidad, y si pensamos en felicidad, nos vendrá a la mente que es posible destaparla en una botella de refresco de cola. Una vida de éxito es ir a la Universidad, conseguir un buen trabajo, ganar mucho dinero, casarse, tener hijos, ascender profesionalmente, comprarse un piso en la ciudad, veranear en la playa, esquiar en la sierra, tener al menos dos coches y tener asistenta en casa.

Pero eso no es así, de hecho sabemos que no es así, sabemos que la felicidad, el éxito, la tranquilidad o la justicia no son eso, pero al no corresponder la palabra con la idea, estamos un poco perdidos. Es como si vas al bote de la sal, donde pone sal, pero lo que encuentras es cacao. Y vas al bote donde pone azúcar y hay harina. Si eso no se corrige, si no se mete dentro de cada bote lo que realmente debe haber, acabaremos acostumbrándonos a encontrar harina en el bote del azúcar y cacao en el de la sal, y cuando nos pidan sal daremos cacao y harina cuando nos pidan azúcar.

De ahí la importancia de los nombres adecuados. No podemos llamar educación a la enseñanza intelectual. La enseñanza intelectual es enseñanza intelectual, no educación. Ni podemos llamar justicia a los legalismos, o amistad a los “Me gusta” de Facebook. Si empezamos a llamar a las cosas por su nombre, por su verdadero nombre, estaremos haciendo algo fundamental: ver las cosas como realmente son. Cuando vemos las cosas como son en verdad y no como nos dicen que son, entonces, y solo entonces, podemos llegar a ese punto del que hablaba Confucio: lograr la acción que nos permite hacer un mundo mejor, identificar cuáles son los asuntos humanos, los que de verdad importan al ser humano, y caminar hacia ellos. No están fuera, no se venden en el supermercado, no los regala un banco con la apertura de una nueva cuenta… Están, como siempre, dentro de nosotros mismos. Solo hay que saber llegar hasta ellos.

Infinitas respuestas

Martes, 7 de octubre de 2014 por M.Angel

infinitas-respuestas

Indiferencia

Miércoles, 24 de septiembre de 2014 por Otros

 

Publicado en

https://www.facebook.com/nuevaacropolisvigo

 

LA INDIFERENCIA

Encender una luz

Lunes, 15 de septiembre de 2014 por Melinda

ENCENDER UNA LUZ

Inteligencia al poder

Viernes, 5 de septiembre de 2014 por Melinda

INTELIGENCIA AL PODER

 

¿Os habéis fijado qué de objetos inanimados son inteligentes según nuestra peculiar forma de denominar las cosas?

Me refiero a que muchos tenemos “teléfonos inteligentes”, o sea, de esos que, si tú quieres, te dicen dónde está la pizzería más cercana solamente con pulsar un par de teclas. Tal vez el tuyo realice algunas sofisticadas funciones mediante intercambios de información con un satélite que orbita en el espacio interestelar alrededor del planeta en el que vives. Estos aparatitos llevan también un GPS para que no te pierdas nunca (aunque quieras) y una cámara de vídeo para que filmes al vecino si te apetece (que mejor no, porque está feo).

Tenemos también “edificios inteligentes”, esos que tienen ascensores en los que entras y una voz te informa del piso por el que estás pasando. Algunos, además, llevan un control automatizado (es decir, que no tenéis que estar pendientes ni tú ni el portero) de la climatización, la iluminación de las áreas comunes, la detección de incendios y, por supuesto, de cualquier ladrón despistado que entre en alguna vivienda que no es la suya.

¿Y qué me decís de las “ciudades inteligentes”? Esas que cuidan mucho las infraestructuras de agua, electricidad, telecomunicaciones y todos los aspectos que permiten una alta calidad de vida a la vez que se gestionan de forma sostenible los recursos naturales.

Vale, ya hemos visto que muchas “cosas” pueden comportarse de forma “inteligente”. Pero ¿y los humanos? ¿Dónde está la inteligencia de los humanos?

Dicen las antiguas tradiciones que lo que hace que un ser humano esté un escalón por encima del reino animal es lo que se relaciona con la mente; vamos, que ser inteligentes debería ser nuestra cualidad distintiva.

Pero ¿es la inteligencia solo eso, una mecánica sucesión de pasos programados que tienen un efecto material concreto?

No. En realidad, no.

La inteligencia, en su verdadero significado, implica discernir, elegir entre varias opciones. Significa dar un paso con cada elección que la vida nos va presentando a cada minuto, y en la medida en que vamos aprendiendo cuáles son las decisiones correctas, afianzamos o recuperamos el rumbo que hemos preferido para nuestra existencia.

Queramos o no queramos, vamos eligiendo y decidiendo continuamente, porque hasta el mantenerse inmóvil es una decisión, y todas las decisiones tienen consecuencias. Precisamente, son las consecuencias las que nos van indicando si nos hemos equivocado o no, pero tanto los aciertos como los errores van definiendo nuestros pasos siguientes.

Tenemos dos alternativas: dejar que la vida nos vaya empujando a trompicones si decidimos no ejercer nuestra capacidad de elegir, o bien tomar partido en cada momento y comprobar hacia dónde nos llevan nuestras decisiones. Eso es inteligencia. Algo que se ejercita como los músculos para que esté a tono y rinda adecuadamente.

Vivir en un mundo lleno de cosas inteligentes está muy bien, pero sería estupendo si, además, nosotros fuéramos cada vez más inteligentes, en el humano sentido del término.

Que no se diga que somos menos que un teléfono.

Entomología

Viernes, 29 de agosto de 2014 por Tachen

el-coleccionistaPese a la omnipresencia de las telecomunicaciones y de los dispositivos para ponernos en contacto con los demás, ha aumentado el aislamiento, la soledad y la falta de comunicación entre nosotros. Existen numerosos seres solitarios incapaces de comunicarse con otras personas, y que se refugian en su propio mundo idealizado y alejado de la realidad. No es un fenómeno nuevo porque siempre ha habido quienes han construido su propia caverna de Platón: incapaces de vivir la realidad, asustados y carentes del dominio de su destino, construyen su propio mundo de fantasía, en el que aspiran a tener todo bajo control.

La tecnología actual facilita la creación de estos mundos paralelos e irreales que ahora llamamos virtuales. No me refiero a los videojuegos, o a la gente que está “enganchada” al uso de las nuevas tecnologías, o a los mundos virtuales del tipo SecondLife, o a aquellos que prefieren comunicarse o “chatear” con sus amigos por medio del móvil en lugar de hablar directamente, o aquellos que solo conocen las ciudades, los monumentos o los museos a través de las fotos que encuentran en Internet, en lugar de verlos directamente.

En esta ocasión hablaré de un tipo de personajes que llamo “coleccionistas” y que disfrutan reuniendo todo tipo de objetos sin otra finalidad más que la de poseerlos, quizás contemplarlos, quizás clasificarlos, pero seguro que ni siquiera comprenderlos. Son entomólogos, o coleccionistas de mariposas, con el único propósito de conseguir nuevos ejemplares para poner en una vitrina de cristal clavados con agujas para preservar su belleza que contemplan extasiados. Suelen ser personas inteligentes, quizás maniáticas y detallistas, que buscan la perfección absoluta, que no es otra que la que vive en su mente. No les interesa interactuar con el mundo, sino tan solo contemplarlo. Me recuerdan al hombre de negocios de “El Principito”, gente muy “ocupada” en contar lo que “poseen” y “guardar bajo llave en un cajón un papel” con el número de ejemplares de su colección.

Podríamos decir que es una especie de enciclopedismo y remontarnos así a la Historia Natural de Plinio o a los estudios de Aristóteles. O a la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert. Pero el propósito de estos autores era ilustrar a las generaciones futuras, haciéndolas más dichosas recopilando los datos obtenidos mediante la investigación científica, y el coleccionismo al que me refiero tiene algo de insano y artificial.

Hay una memorable película de William Wyler, “El coleccionista”, del año 1965, que ilustra este tipo de personajes. Muestra la contraposición entre ese coleccionista de mariposas, encerrado en sí mismo, atormentado, triste y muerto por dentro, alejado del mundo, sin ninguna necesidad de contacto con los demás y que muestra indicios de psicopatía, frente a una hermosa estudiante de bellas artes, una mujer culta, inteligente y llena de vida que le recrimina por la cantidad de mariposas a las que ha privado de vida y libertad para reunir su colección, de la que ella es la última adquisición. No voy a desvelar más detalles porque recomiendo volver a verla.

En la actualidad hay gran variedad de coleccionismos, aunque algunos coleccionistas se autoengañen pensando que su afición es también una forma de inversión económica. Tuve un amigo, Antonio, en los primeros tiempos de la informática, aficionado a guardar todo tipo de vídeos, ya fueran documentales o películas, en cintas de VHS, de las que guardaba miles que no le cabían en su casa. Después se aficionó a coleccionar programas informáticos de todo tipo. Los guardaba en diskettes de 3.5” y tenía cajas y cajas llenas de esos programas que raramente utilizaba, que desconocía su funcionamiento o cómo estaban hechos.

En la primera época de Internet hubo quien se dedicó a coleccionar direcciones de sitios web interesantes. Recuerdo que se publicaban libros enormes, como guías telefónicas con enlaces de todo tipo de temas y asuntos. Todavía se puede comprar la última edición de 1998, el año en que nació Google ;-). Tengo otro amigo, Pepe, que sin realmente entender el funcionamiento de Internet, ni dedicarse a crear sitios web, le gusta tener todos estos recursos archivados. Los que aprendemos cientos de cosas en Internet, los que escribimos en la web, los que creamos sitios web con los escritos de otros, lo hacemos para que los demás lo lean, para que les resulte gratificante, también para entablar una comunicación, un diálogo. Pero estos “coleccionistas” son incapaces de hacer nada interesante con los objetos de su colección y se conforman con saber que “todo está contabilizado”.

¿Y tú, lector?, ¿guardarás esta página entre tus enlaces, la compartirás con otros o aportarás algún comentario en la parte de debajo de la misma?

 

Rock and philo

Viernes, 18 de julio de 2014 por Otros

ROCK AND PHILO

 

Publicado el 22 de octubre de 2013 en
http://acropolis.org.sv/Blogger/?p=61

La música rock goza hoy de un éxito indiscutible entre todas las generaciones, desde su aparición en los años 50 del siglo XX como género propio, a partir de las influencias de estilos como el blues, rhythm and blues, country, gospel, jazz y folk, que florecieron en las ciudades industriales americanas, como un nuevo lenguaje o una nueva forma cultural, propia de la sociedad de la posguerra. A partir de su primera manifestación bailable, el rock and roll ha ido desarrollando subgéneros particulares, con una gran variedad de ritmos e intérpretes que han desbordado todas las fronteras, hasta convertirse en un fenómeno global, con una extraordinaria capacidad para renovarse en sus manifestaciones y actualizaciones. Hoy día, los adolescentes de 14 años “descubren” y escuchan a los Beatles, los Rolling Stones, los Who…, que sus abuelos también escucharon hace 45 años, y comprueban la validez de sus mensajes en el momento presente.

Cabe hacerse la pregunta: ¿por qué la música rock no ha pasado de moda y logra reunir a generaciones?

Es verdad que nos divierte socialmente, que puede transportar nuestro espíritu y darnos algunos escalofríos. Pero el rock es también, probablemente y sobre todo, un portador de sentido: trata en general de las grandes cuestiones que interesan y preocupan a los seres humanos, como ha hecho la filosofía desde siempre.

La primera meditación de Descartes y “Where is my mind” (Dónde está mi mente, de los Pixies) tratan de la misma problemática: ¿lo real es aquello que yo veo?, ¿(es que) realmente yo soy porque pienso?

El mensaje de los pensamientos de Pascal y “Smells like teen spirit” de Nirvana (huele a joven espíritu) son también idénticos: el “ego” es odioso. El “Come toghether” de los Beatles (andemos juntos) no deja de recordarnos la idea de agruparse como primicia del contrato social de Rousseau.

Stairway to heaven” (la escalera que lleva al cielo) de los Zeppelin, está llena de escepticismo y le hace un eco al antiguo Pirrón.

Nico teen love”, de BB Brunes, evoca las adicciones al cigarrillo y al amor carnal e ilustra la idea que Tomás de Aquino hace de este desliz.

Como la filosofía, el rock nos ayuda a comprender el mundo y a vivir mejor.

¿Cuál es entonces este sonido tan filosófico del rock? Nietzsche preconizaba un pensamiento acústico: una reflexión crítica empleando el martillo. Pero podemos preferir el “mediator” filosófico para tocar las cuerdas espirituales del rock.

Cabe interrogarse en qué el rock nos ayuda a comprender mejor a la sociedad y a la naturaleza, en qué puede ayudarnos a actuar, y sobre todo, cómo su composición y sus arreglos musicales refuerzan la expresión del mensaje. Lo interesante es que no se puede catalogar el rock en una categoría cerrada, no posee límites definidos. Y sus derivados son muchos: pop, funk, punk, reggae, folk

Como la filosofía, el rock se desarrolla de forma ambivalente: individualista y transcultural, agente crítico y fuerza de proposición, soñador e iniciador de acciones, instrumento de subversión y de cohesión a la vez.

Preguntas para vivir

Jueves, 10 de julio de 2014 por Otros

PREGUNTAS PARA VIVIR

 

Publicado el 12 de junio de 2013 en
http://lapoleaurbana.blogspot.com.es/2013/06/preguntas-para-vivir.html
Javier Hernández

Desde muy pequeños hemos tenido distintas maneras de indagar sobre lo que nos rodea: el tacto, el gusto y el resto de los sentidos han sido los primeros mensajeros de nuestro entorno. Luego descubrimos la forma –humana por excelencia– de descubrir el mundo y a nosotros mismos: las preguntas. Estas nos han acompañado e impulsado a descubrir la vida. ¿Quién no se ha preguntado, alguna vez, quién hizo este mundo y para qué, si existe un destino, cuál es nuestra vocación, qué es el amor, que es la muerte?

Esta necesidad fundamental de preguntar y buscar respuestas es algo que caracteriza al ser humano desde que apareció en la faz de la Tierra. De no haber tenido esa predisposición desde la edad de las cavernas, el hombre no se hubiera atrevido a salir de su oscuro refugio preguntándose: ¿qué hay más allá? Jamás se habría arriesgado a investigar cuáles son los límites de la Tierra. Y es que cuando uno se pregunta, recién inicia la maravillosa aventura de descubrir, cambiar y avanzar.

El acto de preguntar nos saca de la inercia, del automatismo diario, nos permite escapar de la mediocridad para buscar el conocimiento que nos hace falta. Las preguntas son la expresión de esa necesidad de retos que impulsan al ser humano hacia la acción; las preguntas nos abren puertas interiores y exteriores para renovarnos y crecer permanentemente.

Seguramente hemos notado que, de entre las muchas preguntas que nos hacemos diariamente, hay unas que nos asaltan cada cierto tiempo, preguntas como: ¿Quién soy realmente? ¿Existe el destino o todo es casual? ¿En qué consiste la felicidad? ¿Cuál es el sentido de mi vida?… Todos tenemos ese tipo de preguntas porque todos somos, en alguna medida, filósofos.

Y si alguna vez tú, que lees este artículo, pensaste que este tipo de preguntas no tienen respuesta, o que atenderlas es “perder el tiempo”, detente un minuto. ¿Acaso no es útil conocer cuál es la verdadera felicidad, para no confundirla? ¿Será útil conocer qué sentido tiene la vida o es mejor vivir a ciegas, sin saber de dónde venimos, ni a dónde vamos y finalmente, morir sin saber para qué existimos? Esas, tal vez, deberían ser las preguntas más importantes de nuestra vida.

Aquellas preguntas fundamentales no son otra cosa que la natural expresión de nuestro ser interior en busca de una vida auténtica y plena.

¿Qué buscamos al dialogar? ¿Qué buscamos al leer? Acaso no buscamos un “algo”, y aquello que vamos encontrando acaso no serán hitos de un caminar y no verdades incólumes que aletargan nuestro fundamento de humanidad? Si tú también te haces estas preguntas, te invito a descubrir las respuestas que encontraron los hombres sabios y filósofos de diversas culturas y civilizaciones, pero ante todo a ejercitar lo filosófico, a hacer filosofía –no a estudiarla–, pues la filosofía, fundamentalmente, se la entiende como una vía para acercarse a los misterios de la vida, el hombre y el universo. Sirve, entonces, para conocerse mejor, entender por qué suceden las cosas, descubrir el sentido de la existencia, reflexionar antes de tomar decisiones, comprender mejor a los demás y, en suma, para potenciar en nosotros aquellos valores interiores que nos permitirán atravesar con éxito las pruebas de la vida.

Rectitud en el camino

Miércoles, 18 de junio de 2014 por Otros

 

 

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