Tecnología: ¿a favor o en contra?

Martes, 16 de diciembre de 2014 por Fátima

TECNOLOGIAEsta es la pregunta que mucha gente se hace. ¿Hay que estar a favor o en contra de la tecnología? Parece que necesariamente la respuesta tuviera que ser “sí” o “no”. Pero no es así. La respuesta es “depende”.

Una de las principales razones a favor del uso de la tecnología es el ahorro de trabajo, tiempo y dinero. La tecnología permite que realicemos mucho más rápido y mejor muchas tareas hasta ahora tediosas. Algunas directamente las realizan las máquinas. El ser humano solo interviene en el proceso de analizar los datos procesados por los ordenadores, y pronto eso tampoco será necesario.

En los últimos años, los avances tecnológicos han permitido desarrollar nuevas técnicas de diagnóstico; asistencia robótica para operaciones delicadas; conversaciones en tiempo real desde puntos remotos del planeta; la puesta en común, gracias a la digitalización y la creación de repositorios, de bibliotecas completas, estudios académicos, investigaciones, tesis… Podemos mirar al espacio desde un ordenador en nuestras casas, y aunque eso no suple la íntima comunión de elevar los ojos al cielo y mirar las estrellas (siempre que estés muy lejos de la ciudad), sí que ayuda a muchos aficionados pedir tiempo de los telescopios profesionales para ver allá donde los ojos no alcanzan.

La tecnología ayuda a que millones de personas en todo el mundo puedan acceder a todo tipo de documentos y archivos, en lo que se ha dado en llamar la “democratización” del conocimiento. Algo que tendría que ayudar a diluir las cada vez más marcadas líneas que separan a los ricos de los pobres, siempre que los pobres también puedan acceder a Internet.

Igual que hablamos de las ventajas del mundo tecnológico podríamos listar los problemas que genera… pero entonces nos tendríamos que dar cuenta de algo. Los beneficios de la tecnología corresponden al abanico amplio de sus posibilidades. Sus perjuicios provienen del mal uso o mal entendimiento que se hace de ella.

Un ejemplo. Un beneficio que permite la tecnología es poder guardar infinidad de contactos en la memoria del teléfono para acceder a ellos fácilmente. El perjuicio es que la tendencia humana a aplicar la ley del mínimo esfuerzo ha ocasionado una “desmemorización” de la sociedad. Efectivamente, no es que los móviles nos hagan más olvidadizos, es que al hacerlo el teléfono por nosotros, hemos pensado: “¡qué bien, un esfuerzo menos!”, y hemos abandonado el ejercicio de nuestra memoria, perdiendo parte de nuestras capacidades.

Con la escritura pasa otro tanto de lo mismo. Estudios recientes demuestran que la escritura manual ayuda a fijar en la memoria los conceptos escritos mejor que la escritura con teclado. ¿Quiere eso decir que debemos abandonar las ventajas del ordenador? No. Pero sí que debemos hacer el pequeño esfuerzo de no sustituir totalmente el boli por las teclas, y reservar una parte de nuestra escritura solo al ejercicio de la mano.

El hombre también está enseñando a las máquinas a tomar decisiones. Uno de los mayores miedos del ser humano es el de cometer errores. El factor humano como principal origen de los fallos en los protocolos de seguridad ha llevado a muchas empresas y Gobiernos a abandonar en manos de las máquinas la total gestión de los procesos. Algo que denota la incapacidad para entender el sentido real del trabajo y las acciones que realizamos. Otorgar a las máquinas el don de decidir puede que evite los errores humanos, pero también evitará que se desarrolle algo mucho más valioso, aquello que ha hecho posible que las máquinas, y tantas otras cosas, existan hoy: la experiencia.

El amor

Martes, 9 de diciembre de 2014 por Melinda

EL AMOR

Johann Pachelbel: Canon en re mayor

Sábado, 22 de noviembre de 2014 por Otros

PACHELBEL

 

Publicado el 8 de diciembre de 2011  en

http://www.filosofiaparalavida.org/2011_12_johann-pachelbel-canon-en-re-mayor.html

Ariel Flores

El Canon en re mayor, de Johann Pachelbel, es sin lugar a dudas una de las piezas más conocidas del periodo barroco. Pachelbel fue alemán, nacido en 1653, compositor de música de cámara, con varias sonatas y fugas, muchas de las cuales se extraviaron.

En realidad, no existe recuento histórico fiable sobre exactamente cuándo y por qué fue compuesta esta pieza, pero la versión más popular es que fue compuesta por Pachelbel para la boda de Johann Chiristoph Bach, quien era el hermano mayor de Johann Sebastian Bach.

Los cánones eran muy populares en las reuniones sociales del siglo XV, y quizá también por eso hoy día son tan populares en las ceremonias de boda.

Un canon es una pieza musical que utiliza la técnica de contrapunto imitativo, así como la fuga, donde se utiliza el contrapunto. Los estilos contrapunto son aquellos en donde dos o más líneas se entremezclan en una misma pieza. La diferencia entre una fuga y un canon reside en que, en la fuga, una línea musical es completamente explayada (o casi explayada) antes que inicie la próxima línea. En el canon, por el contrario, la dinámina del contrapunto imitativo se utiliza cuando ambas líneas emplean el mismo tono, tiempo y ritmo; así, usualmente, una línea inicia; luego, la segunda se une al mismo ritmo y tono, formando una especie de ronda sin fin. Estos tipos de cánones en ronda son normalmente llamados cánones perpetuos.

El Canon en re mayor de Pachelbel es música de cámara para tres violines, cello, mandora y clavicordio, y con esta simple alineación instrumental, Pachelbel logró una melodía tan sutil y simple que, paradójicamente, ha logrado perdurar por más de trescientos años.

Enseñar con el ejemplo

Domingo, 9 de noviembre de 2014 por Melinda

ENSEÑAR CON EL EJEMPLO

Cuando la villanía se convierte en costumbre

Jueves, 30 de octubre de 2014 por Melinda

CUANDO LA VILLANIA

 

Vivimos en una época en la que muchas situaciones parecen empujarnos al desánimo y al hartazgo; el paro nos toca de cerca (si no es a mí, es a mi primo, a mi vecino o a mi amigo); la corrupción es el pan de cada día (el empresario de esta compañía o el político de aquel color); las desigualdades son cada vez más evidentes (a unos los persiguen porque tienen que trepar a una valla si quieren huir de la miseria y recuperar un poco de dignidad; a otros los persiguen porque trepan sobre quien haga falta para salvar los millones que han robado disfrazándose de personas dignas).

Las muchas palabras vacías y biensonantes que hemos escuchado durante tanto tiempo han conseguido que nos planteemos a veces si, de verdad, esto tiene remedio.

Por un lado, los gobernantes aseguran que pondrán “todos los medios” para corregir los desmanes  de aquellos que solo se preocuparon de su propio beneficio. Por otro lado, los que arriesgan su vida y abandonan la comodidad que les tocó en suerte por ayudar desinteresadamente a los que nacieron en lugares apestados de la Tierra, son mirados con recelo a su regreso, porque parece que solo se contagia el ébola y no tanto el valor y la generosidad de la que son admirable ejemplo.

Si uno se deja llevar por lo que ve y oye, la verdad es que es difícil no abandonarse al desaliento, al “vaya un asco”.

Llegados aquí, lo fácil es generalizar: “todos los banqueros son malos”, “todos los políticos son unos mangantes”, “todos los ciudadanos de a pie son unas pobres víctimas”…

Pero si hemos de ser fieles al sentido común, sabemos que “no todos los rubios son inteligentes”, “no todos los asiáticos son economistas” y “no todos los andaluces quieren viajar”. O sea, no hay ninguna generalización verdadera al cien por cien.

Un poco de filosofía nos puede ayudar a separar la paja del grano. Confucio ya nos dijo que el bien ha de pagarse con el bien, y el mal debe ser respondido con la justicia; Ptahotep recomendaba a los funcionarios del antiguo Egipto “que su espíritu esté de acuerdo con su lengua y que sus labios sean justos”; Buda enseñaba en la India que una mano sin heridas puede tocar veneno y, por tanto, no existe el mal para aquellos que no cometen malas acciones; y el romano Epicteto (del que me declaro fan incondicional) ya apuntaló la fortaleza humana con consejos de hondo calado moral a pesar de haber vivido esclavo.

Cuando las nubes de tormenta descargan en la oscuridad de la noche, aprendamos de los que supieron capear muchos temporales. Oigamos los consejos de aquellos que encontraron la receta para vivir como seres con dignidad, válidos hoy como ayer.

No todo está perdido. Podemos conseguir un mundo mejor.

Porque, en realidad, esto no se trata de economía, salud o bienestar. Se trata de aprender a vivir.

¿Que decimos que la filosofía vale para todo?

Pues sí, es que la filosofía vale para todo.

 

Las palabras adecuadas

Martes, 14 de octubre de 2014 por Fátima

LAS PALABRAS ADECUADAS

En cierta ocasión un discípulo preguntó a Confucio qué sería lo primero que haría en el caso de que un rey le confiase el gobierno de un territorio, a lo que Confucio, sin dudarlo, respondió: “Mi primera tarea sería, sin duda, rectificar los nombres”. El discípulo, confundido, le preguntó a su maestro si estaba de broma. Confucio aclaró: “Si los nombres no son correctos, si no están a la altura de las realidades, el lenguaje no tiene objeto. Si el lenguaje no tiene objeto, la acción se vuelve imposible y, por ello, todos los asuntos humanos se desintegran y su gobierno se vuelve sin sentido e imposible. De aquí que la primera tarea de un verdadero estadista sea rectificar los nombres”.

Reconozco que esta anécdota de Confucio ha hecho que me pregunte, por mucho tiempo, lo mismo que su discípulo: ¿estaría de broma?, ¿realmente eso serviría para algo? No hace mucho me di cuenta de por qué decía eso y hasta qué punto era importante.

Hay una empresa estadounidense (no será la única seguramente) que vende sus productos bajo el eslogan “¿Cuánto sabes de ti mismo?”. Pero no vendía nada relacionado con la filosofía o la psicología, sino genotipos. Por 99 dólares y una muestra de sangre te entregaban un sobre con toda la información que eran capaces de extraer, mediante su sofisticada tecnología, de tus genes.

En la televisión, una mujer guapa y delgada demuestra que un laxante te puede hacer sentir mejor, más activa, más vital y hasta más feliz. También hay galletas, compresas, cremas faciales y mahonesas con las mismas propiedades. La vida, la alegría, la solidaridad, el entusiasmo, la superación, el valor y la identidad se venden en latas de Coca-Cola.

El sistema educativo se ampara en los libros de texto, el judicial en las leyes y las políticas de igualdad en la discriminación positiva. Sin embargo, la educación nunca se podrá enseñar con un libro de texto, sino con el ejemplo personal. Y tener más leyes no supone mayor justicia. Curiosamente el mismo Confucio desconfiaba de las leyes, porque pensaba que las leyes alejaban al hombre de la Justicia y le acercaban más a la búsqueda de la trampa. La sola idea de la discriminación habla de un valor negativo. Por mucho que se le ponga detrás la palabra “positiva”, ¿cómo va a ser posible construir la igualdad discriminando?

Realmente los nombres son importantes. Un nombre representa una idea. La idea que se identifica con ese nombre. Cuando se llama algo por el nombre que le corresponde se evoca la idea que encarna. Cuando se llama a algo por un nombre que no le corresponde, las identidades se confunden, y vamos en pos de una cosa, pero nos encontramos con otra. Frustración, desencanto, tristeza… ¿qué otra cosa se puede encontrar cuando se asocia la felicidad con una bebida, una marca de ropa o un centro comercial?

La vitalidad se asocia a unas galletas, la tranquilidad a una compañía de seguros, los bancos tratan de asociarse a valores como la confianza o la veracidad, y si pensamos en felicidad, nos vendrá a la mente que es posible destaparla en una botella de refresco de cola. Una vida de éxito es ir a la Universidad, conseguir un buen trabajo, ganar mucho dinero, casarse, tener hijos, ascender profesionalmente, comprarse un piso en la ciudad, veranear en la playa, esquiar en la sierra, tener al menos dos coches y tener asistenta en casa.

Pero eso no es así, de hecho sabemos que no es así, sabemos que la felicidad, el éxito, la tranquilidad o la justicia no son eso, pero al no corresponder la palabra con la idea, estamos un poco perdidos. Es como si vas al bote de la sal, donde pone sal, pero lo que encuentras es cacao. Y vas al bote donde pone azúcar y hay harina. Si eso no se corrige, si no se mete dentro de cada bote lo que realmente debe haber, acabaremos acostumbrándonos a encontrar harina en el bote del azúcar y cacao en el de la sal, y cuando nos pidan sal daremos cacao y harina cuando nos pidan azúcar.

De ahí la importancia de los nombres adecuados. No podemos llamar educación a la enseñanza intelectual. La enseñanza intelectual es enseñanza intelectual, no educación. Ni podemos llamar justicia a los legalismos, o amistad a los “Me gusta” de Facebook. Si empezamos a llamar a las cosas por su nombre, por su verdadero nombre, estaremos haciendo algo fundamental: ver las cosas como realmente son. Cuando vemos las cosas como son en verdad y no como nos dicen que son, entonces, y solo entonces, podemos llegar a ese punto del que hablaba Confucio: lograr la acción que nos permite hacer un mundo mejor, identificar cuáles son los asuntos humanos, los que de verdad importan al ser humano, y caminar hacia ellos. No están fuera, no se venden en el supermercado, no los regala un banco con la apertura de una nueva cuenta… Están, como siempre, dentro de nosotros mismos. Solo hay que saber llegar hasta ellos.

Infinitas respuestas

Martes, 7 de octubre de 2014 por M.Angel

infinitas-respuestas

Indiferencia

Miércoles, 24 de septiembre de 2014 por Otros

 

Publicado en

https://www.facebook.com/nuevaacropolisvigo

 

LA INDIFERENCIA

Encender una luz

Lunes, 15 de septiembre de 2014 por Melinda

ENCENDER UNA LUZ

Inteligencia al poder

Viernes, 5 de septiembre de 2014 por Melinda

INTELIGENCIA AL PODER

 

¿Os habéis fijado qué de objetos inanimados son inteligentes según nuestra peculiar forma de denominar las cosas?

Me refiero a que muchos tenemos “teléfonos inteligentes”, o sea, de esos que, si tú quieres, te dicen dónde está la pizzería más cercana solamente con pulsar un par de teclas. Tal vez el tuyo realice algunas sofisticadas funciones mediante intercambios de información con un satélite que orbita en el espacio interestelar alrededor del planeta en el que vives. Estos aparatitos llevan también un GPS para que no te pierdas nunca (aunque quieras) y una cámara de vídeo para que filmes al vecino si te apetece (que mejor no, porque está feo).

Tenemos también “edificios inteligentes”, esos que tienen ascensores en los que entras y una voz te informa del piso por el que estás pasando. Algunos, además, llevan un control automatizado (es decir, que no tenéis que estar pendientes ni tú ni el portero) de la climatización, la iluminación de las áreas comunes, la detección de incendios y, por supuesto, de cualquier ladrón despistado que entre en alguna vivienda que no es la suya.

¿Y qué me decís de las “ciudades inteligentes”? Esas que cuidan mucho las infraestructuras de agua, electricidad, telecomunicaciones y todos los aspectos que permiten una alta calidad de vida a la vez que se gestionan de forma sostenible los recursos naturales.

Vale, ya hemos visto que muchas “cosas” pueden comportarse de forma “inteligente”. Pero ¿y los humanos? ¿Dónde está la inteligencia de los humanos?

Dicen las antiguas tradiciones que lo que hace que un ser humano esté un escalón por encima del reino animal es lo que se relaciona con la mente; vamos, que ser inteligentes debería ser nuestra cualidad distintiva.

Pero ¿es la inteligencia solo eso, una mecánica sucesión de pasos programados que tienen un efecto material concreto?

No. En realidad, no.

La inteligencia, en su verdadero significado, implica discernir, elegir entre varias opciones. Significa dar un paso con cada elección que la vida nos va presentando a cada minuto, y en la medida en que vamos aprendiendo cuáles son las decisiones correctas, afianzamos o recuperamos el rumbo que hemos preferido para nuestra existencia.

Queramos o no queramos, vamos eligiendo y decidiendo continuamente, porque hasta el mantenerse inmóvil es una decisión, y todas las decisiones tienen consecuencias. Precisamente, son las consecuencias las que nos van indicando si nos hemos equivocado o no, pero tanto los aciertos como los errores van definiendo nuestros pasos siguientes.

Tenemos dos alternativas: dejar que la vida nos vaya empujando a trompicones si decidimos no ejercer nuestra capacidad de elegir, o bien tomar partido en cada momento y comprobar hacia dónde nos llevan nuestras decisiones. Eso es inteligencia. Algo que se ejercita como los músculos para que esté a tono y rinda adecuadamente.

Vivir en un mundo lleno de cosas inteligentes está muy bien, pero sería estupendo si, además, nosotros fuéramos cada vez más inteligentes, en el humano sentido del término.

Que no se diga que somos menos que un teléfono.

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