Filosofando

Viernes, 17 de mayo de 2013 por Melinda

FILOSOFANDO

A veces, resulta extraño hacerse preguntas un poco trascendentes (qué es la vida, para qué estoy aquí, qué puedo mejorar, etc.), porque algo en el ambiente (en la oficina, en el comedor de tu casa o en el supermercado), tiende a empujar las conversaciones hacia lo superficial y rutinario, a pesar de ser preguntas que todos reconocemos como propias. Sí, es cierto que no parece adecuado entrar en la tienda y preguntar al dependiente: “¿no es curioso que hoy puede ser el último día de nuestra vida y todavía no lo sabemos?”. Pero sin llegar a estos extremos, sí deberíamos reservar unos minutos de cada día, al menos, para preguntarnos sobre el destino de nuestro viaje y los encargos que tenemos que cumplir antes de llegar.

Por esto me gusta tanto releer la historia de Juan Salvador Gaviota, el rebelde volador que quiso hacer lo que su voz interior le pedía, aun a costa de sufrir la incomprensión y el desprecio de aquellos que más quería. Su experiencia le acarreó dificultades y sinsabores que los demás no conocían. Pero también, la gloria de la conquista de sus metas, la satisfacción del descubrimiento de sus poderes internos, la convicción de que había elegido el camino correcto.

La mayoría de las gaviotas no aprendían nada más que las normas elementales de vuelo, lo justo para ir y volver entre la playa y la comida. Pero Juan Salvador Gaviota amaba volar más que nada en el mundo y dedicó todo su esfuerzo a aprender nuevas técnicas. Quiso compartir sus descubrimientos en el arte del vuelo con la bandada, pero fue expulsado de la sociedad de las gaviotas.

–Juan Salvador Gaviota. Hemos nacido para comer y vivir el mayor tiempo posible. Eres un irresponsable al querer convencer a otras gaviotas.

Juan Gaviota pasó el resto de sus días solo, pero voló mucho más allá de los Lejanos Acantilados. Su único pesar no era su soledad, sino que las otras gaviotas se negasen a creer en la gloria que les esperaba al volar, que se negasen a abrir sus ojos y a ver; pero nunca se arrepintió del precio que había pagado

Richard Bach

 ¿Alguien quiere convertirse en Juan Salvador Filósofo?

Antídoto contra el fanatismo

Martes, 7 de mayo de 2013 por M.Dolores

ANTIDOTO FANATISMO

A lo largo de la historia, los grandes enemigos de la Humanidad parecen reencarnarse en cada época, vestidos con distintos ropajes, hablando diferentes lenguas, pero siempre semejantes en sus devastadoras acciones.

Uno de ellos es el fanatismo, especie de enfermedad mental colectiva, que arrastra en torbellinos fatales a grupos humanos y les conduce a las más vergonzosas y criminales acciones. Las páginas más tristes de la Historia son las que recogen los hechos marcados por los fanatismos, en todos los tiempos, en todos los pueblos, pues ninguno se libra de haber padecido esta desgracia en algún momento, como si fuera una nube cargada de negros presagios que va recorriendo los lugares y los tiempos, descargando aquí y allá su tormenta envenenada.

Las obras de los fanáticos son siempre destructoras, apenas si proporcionan felicidad o serenidad, sino todo lo contrario, lo suyo es la coacción, la fuerza, la amenaza, el miedo, la vejación, la muerte.

Los seguidores de esa corriente nefasta pueden reclutarse en ámbitos también variables: pueden encontrarse en grupos políticos, religiosos, pero también aparecen en otros ámbitos, como los profesionales o los académicos. No toleran a nadie que se atreva a pensar de manera diferente, o que tenga otra visión del mundo, otras creencias, otra manera de ver la vida, pues se creen en posesión de la verdad más absoluta y los demás son unos equivocados que no merecen más que la destrucción y el aniquilamiento.

Si miramos, en cambio, a los que han profesado la filosofía a lo largo de la historia, no encontraremos fanáticos entre sus filas, más que en la biografía de alguna excepción que confirma la regla. Por el contrario, las más bellas palabras que engrandecen a la naturaleza humana han sido las que encontraron los filósofos de todos los tiempos, de todas las tendencias. Recordemos el Discurso sobre la dignidad del hombre, de Pico de la Mirándola, o la oración de Voltaire en su Tratado sobre la tolerancia, o las preciosas palabras de Ibn Al Arabi sobre la religión del amor.

Este es un argumento más a favor de la conveniencia de promover la filosofía, verdadero crisol de la libertad de pensamiento y la reflexión.

Educación

Sábado, 27 de abril de 2013 por M.Angel

educacion

Aprovecha tu tiempo

Martes, 16 de abril de 2013 por Otros

APROVECHA TU TIEMPO

Publicado el 19 de octubre de 2011 en

 http://www.filosofiaparalavida.org/2011_10_aprovecha-tu-tiempo.html

 por Enrique Fernández

 “Time is money” (Benjamin Franklin)

 El correcto manejo del tiempo está íntimamente relacionado con nuestra salud financiera. A primera vista podría parecer que el tiempo y el dinero no guardan relación. Pero si profundizas un poco, su relación se hace evidente.

 Piénsalo un poco.

 Cada persona es bendecida con la misma cantidad de tiempo –168 horas por semana–. Bill Gates tiene 168 horas por semana. Yo tengo 168 horas por semana. Tú tienes 168 horas por semana. Cada uno de nosotros duerme durante algunas de esas horas, dejándonos quizás con 120 horas despiertos durante cualquier semana.

 De esas 120 horas en que estamos despiertos, muchos de nosotros vendemos la mayoría de esas horas a alguien más a cambio de dinero. Vamos al trabajo, trabajamos un rato, vamos a casa, y, a menudo, algo del trabajo viene a casa con nosotros. Agrega a esto las horas que quemamos pensando acerca del trabajo y el tiempo de que disponemos para nosotros mismos disminuye aún más.

 (…)

 Otra táctica importante es encontrar formas de gastar tu tiempo libre que te ayuden de forma simultánea a crecer como ser humano y a proporcionarte alegrías. Leer literatura que expanda tu mente es un buen ejemplo. Ir a trotar es otro ejemplo. Casi cualquier actividad social cae en este grupo; también aprender cómo interactuar con más gente es invaluable. Este tipo de actividades repercuten positivamente en el resto de tu día, ellas aumentan tu energía en el trabajo, mejoran tu agudeza mental y elevan el nivel de tu habilidad para interactuar con otras personas y relacionarte. Colocar un poco de esfuerzo para encontrar formas agradables de gastar tu tiempo libre de modo que también te ayuden a crecer como ser humano te recompensa una y otra vez.

 Artículo original: “Stop waisting time”, por Trent Hamm. Traducción: Enrique Fernández

 

La curva de Laffer en una servilleta

Lunes, 8 de abril de 2013 por Rafa

CURVA DE LAFFER

A pesar de que la televisión, la radio y los periódicos estén llenos de noticias económicas, resulta muy difícil escribir algo sobre economía sin caer en el pantano oscuro y pegajoso de lo que hoy entendemos por “política”. Sin embargo, tanto la política como la economía son ciencias. Y en ellas podemos encontrar verdades en el mismo nivel que las podemos encontrar en química, medicina, astronomía o geometría.

Es verdad que la economía parece una ciencia menos exacta, más estadística. Pero en este mundo es muy difícil encontrar algo exacto. Si las cosas fuesen mecánicamente exactas, no existirían la libertad, las equivocaciones, la responsabilidad ni la evolución. Y el mundo sería un lugar lleno de repeticiones exactas, triste, en el que todos estaríamos perdiendo el tiempo: muchísimo tiempo; en realidad, todo el tiempo.

Afortunadamente, las cosas no son así de tristemente exactas. Y como ya hice notar en mi anterior post, en algunos conceptos económicos y políticos hay verdades universales que están, o deberían estar, más allá de toda discusión ideológica.

Solía decir Benjamín Franklin que “En este mundo solo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos”. Y sobre impuestos es de lo que estaban hablando el economista Arthur Laffer y el jefe de Gabinete del entonces presidente Gerald Ford durante una comida en un restaurante de Washington, en 1974. Laffer explicaba que cuando los impuestos son cero, los ingresos fiscales son cero, y que si la tasa impositiva fuese del 100%, los ingresos fiscales también serían de cero.

Lo que Laffer defendía no era una subida de impuestos, ni tampoco una bajada. Lo importante, según Laffer, es encontrar el punto óptimo entre esos dos extremos. En ese punto es, según Laffer, en el que se puede recaudar más, para su posterior distribución en forma de bienes y servicios para la comunicad, sin ahogar la iniciativa privada.

Para ilustrar esta idea, según cuenta el periodista Jude Wanninski, de The Wall Street Journal, Laffer utilizó una servilleta en la que dibujó su famosa curva. Hoy, la famosa servilleta está expuesta en una vitrina de la Bookings Institution de Washington.

Ya lo dijo Sidharta Gautama: si las cuerdas del sitar están flojas no suenan bien, pero si están demasiado tensas se rompen.

Lo esencial es invisible a los ojos

Lunes, 1 de abril de 2013 por Melinda

LO ESENCIAL ES INVISIBLE

 

Qué razón tenía el principito de Saint-Exupery, aquel principito que nunca olvidaba una pregunta hasta haber obtenido una respuesta. Verdaderamente, era un filósofo.

Su sencillez le permitía observar el mundo con una mirada limpia y humana en el más alto sentido de la palabra. Hacía preguntas al aviador que lo encontró con la desenvoltura con que solo un niño puede plantear las cosas: “¿esto qué es?”, “¿por qué haces esto?”, “¿para qué?”.

Fue así como llegó a la conclusión de que los adultos eran un poco raros: encontró a uno que le explicó que se dedicaba a contar estrellas del firmamento para tomar posesión de ellas y que no fueran de ningún otro. Era un hombre de negocios y no estaba para perder tiempo (vamos, lo mismo que hacen algunos jugando con los números de las cuentas bancarias: un botón aquí, el minuto exacto para invertir allá, lo vendo multiplicado por dos siete segundos después y ya tengo más que tú).

También se topó en su viaje interplanetario con un borracho, que explicó al principito que bebía para mantener su estado de embriaguez, aunque confesaba no recordar para que quería estar borracho (síntoma de que el despiste vital no es exclusivo de nuestro tiempo, ni de nuestro planeta al parecer).

Del rey aprendió el principito que si quieres que te obedezcan de buen grado, debes ordenar lo que corresponde en el momento justo. Era mucho más práctico ordenar al Sol que saliera a la hora del amanecer que desesperarse o enfadarse si no aparecía a cualquier otra hora (podríamos preguntarnos por comparación cuántas veces nos desesperamos por cosas que no dependen de nosotros. O peor, cuántas veces preferimos no tomar decisiones en lo que sí nos incumbe).

Pero de quien más aprendió el principito fue del zorro, que le enseñó que crear lazos con otro ser (de amor, de amistad, de veneración) era lo que le convertía en único entre todos los demás. Le pidió que le domesticara, para ser un zorro especial a los ojos del pequeño príncipe y que el principito fuera único a sus ojos. Y en su amistad, le reveló su secreto: lo esencial es invisible a los ojos.

De este modo, el principito, que procedía de un pequeño asteroide perdido en la inmensidad del espacio, se dio cuenta de que él también estaba domesticado por su pequeña rosa, a la que había tenido que abandonar cuando partió. Supo en su añoranza que hubiera sido mejor juzgarla por sus actos y no por sus palabras porque ahora echaba en falta el color y el perfume que la rosa le ofrecía generosamente aunque a veces pareciera un poco vanidosa.

Y así, el principito, en un mundo donde algunos enumeraban sus posesiones para sentirse poderosos y otros intentaban ahogar en alcohol sus incertidumbres, él había comprendido uno de los misterios más profundos de la vida: lo esencial es invisible a los ojos. Y lo esencial es observar la vida con los ojos descontaminados de un niño y buscar respuestas a las preguntas simples y profundas, creando lazos de amor con los demás seres, sean aviadores, rosas o zorros.

Hablar mal de los demás

Lunes, 25 de marzo de 2013 por Otros

HABLAR MAL DE LOS DEMAS

Publicado el 25 de septiembre de 2011 en

http://www.filosofiaparalavida.org/2011_09_hablar-mal-de-los-demas.html

por Carlos Chiari

Si por encanto del hechizo de algún mago del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería todos quedáramos mudos al intentar hablar mal de alguien, quizás la mitad del planeta quedaría en silencio, o al menos esa es la impresión que tengo al escuchar la cantidad de conversaciones que giran en torno a criticar a alguien o a quejarse de alguien.

Uno podría excusarse diciendo que todo el mundo lo hace; o que en realidad, la gente de la que uno habla mal merece eso y más.

No estoy de acuerdo. La vida me ha dado dos estupendos ejemplos de personas reales a quienes nunca he escuchado hablar mal de los demás: mi padre y mi maestra de filosofía.

En el caso de mi padre, ni aun en las peores circunstancias –cuando genuinamente se había sentido agraviado por otros– ha caído en este vicio. Supongo que se lo debe a su noble corazón y a mi abuela, a quien tampoco nunca escuché decir siquiera una mala palabra. En el caso de mi maestra, quien también sufrió injusticias terribles y ataques, tampoco le he escuchado sino palabras cargadas de bondad, de belleza, de elegancia y sabiduría… Quizás, además de una buena crianza, se deba a que genuinamente procura vivir las enseñanzas de los grandes sabios.

O sea, sí es posible que uno se abstenga de hablar mal de los demás.

En todas las tradiciones, hablar mal de los demás es visto como un vicio del cual hay que cuidarse: no solo hace un daño terrible a los demás, sino a nosotros mismos, y hace que el mundo sea un peor lugar para vivir.

Un precepto budista dice: “No condenes a ningún hombre en su ausencia; y cuando te veas forzado a censurarlo, hazlo frente a su cara, pero suavemente y con palabras llenas de caridad y compasión. Ya que el corazón humano es como la planta Kusûli, que abre su cáliz al suave rocío de la mañana y lo cierra ante un fuerte aguacero”.

(…)

Quizás, si todos nos esforzamos en practicar el silencio prudente cuando se trate de criticar a los demás, el mundo empiece a ser un mejor lugar para vivir.

Por mi parte, procuraré colocarle conciencia al desarrollo de esta virtud, y si llego a encontrar a algún estudiante de Hogwarts intentaré convencerle de que nos regale a todos este hechizo.

Transmitir el conocimiento

Domingo, 17 de marzo de 2013 por M.Dolores

TRANSMISION DEL CONOCIMIENTO

Se suele recurrir a la imagen de la Sociedad del Conocimiento para definir la tendencia de los países desarrollados. Más allá de las escenas que nos ofrecen diariamente los medios de comunicación y de la posible distorsión de la realidad que puedan proporcionarnos, es cierto que la sofisticada especialización que han alcanzado las diferentes ramas del saber produce una ingente cantidad de hallazgos.

Hallazgos que, si fuesen convenientemente divulgados, mejorarían sin duda las condiciones de vida de millones de personas y en algunos casos ayudarían a explicar fenómenos que parecerían sujetos al ámbito de lo enigmático. Sin embargo, tales resultados apenas si rebasan los límites de las publicaciones especializadas y solo alcanzan a las comunidades de intereses de los científicos y en el mejor de los casos, de quienes financian las investigaciones. Y frente a ese aislamiento, aumentan cada vez más las supersticiones y prosperan adivinos, echadores de cartas y mancias de pacotilla, que tanto desprestigian la búsqueda del conocimiento tras las apariencias y las preguntas audaces.

Se hace necesario cubrir ese abismo que parece infranqueable entre el saber y sus destinatarios, que son los seres humanos, mediante una labor paciente y meticulosa de divulgación y de transmisión. Es indispensable ese esfuerzo, si no queremos que la ignorancia acabe por embrutecernos, si queremos que la edad media que tanto se detecta en síntomas sociales, no vuelva a sumirnos en la oscuridad de los miedos y el analfabetismo.

No cabe duda de que Internet está cumpliendo ese deber divulgador, dando facilidades a los investigadores y nuestro boletín pretende aportar su granito de arena difundiendo las noticias que nos resultan interesantes para mejor interpretar el mundo y la vida. Nuestra asociación viene trabajando en ese sentido en todo el mundo desde hace casi medio siglo: que la filosofía como amor al conocimiento llegue a todos, que todos podamos llegar a ser filósofos.

Valor, fortaleza y buen carácter

Viernes, 8 de marzo de 2013 por Otros

VALOR, FORTALEZA Y BUEN CARACTER

Publicado el 23 de octubre de 2011 en

http://www.filosofiaparalavida.org/2011_10_valor-fortaleza-y-buen-caracter.html

por Hernando Chiari

¿Qué es el carácter, cómo se desarrolla?

El carácter se define como una marca, como una señal. En conjunto, son las características de algo, de un ser. Por ejemplo, como dice el dicho, si camina como pato, tiene plumas como pato y grazna como pato, tiene carácter, características, de pato y seguramente es un pato.

Según nuestro humor, nuestra forma de enfrentar los placeres o los problemas y demás señas, se dirá que tenemos un buen carácter o un mal carácter, es decir, tenemos buenas características o malas.

Y esa evidencia exterior no es sino el reflejo de aquello que somos. ¿Soy un ser agradable? ¿De tanto en tanto más bien parezco un viejito gruñón? ¿Puedo o no puedo controlar el afán de placeres y autogratificación? Nuestros actos, nuestras palabras, nuestros gestos, evidencian qué somos y nuestro carácter.

Para desarrollar un buen carácter, los griegos nos enseñaron dos virtudes fundamentales: el valor y la fortaleza.

El uso del valor y de la fortaleza permitían al griego antiguo, y todavía a nosotros en pleno siglo XXI, alcanzar un estado de paz interior, una nobleza y una plenitud del ser, que llamaron respectivamente Àταραξια, Ευδαιμονια yαρετη´ (ataraxia, eudaimonia y arete).

¿Qué es el valor?

Los griegos llamaron valor al “ανδρεια” –andreia– y según el filósofo griego Platón es una especie de conservación de la opinión formada por la educación, conforme a la ley, de las cosas que se deben temer y las cosas que no se deben temer.

La andreia le daba sus características propias al hombre, al que llamaron Ανδρος andros–. ¿Sería acaso que un “andros” sin “andreia” no podía ser tal? Pareciera que semejante criterio adoptaron los romanos al relacionar al hombre –en latín, viri– con sus características o “virtudes” –en latín, virtus–.

Pero como los filósofos son buscadores de la verdad, la idea es encontrar un criterio de qué temer y qué no temer, que no obedezca a la opinión de cada cual, sino que sea un criterio cierto. ¿Cómo lograrlo? La solución planteada es que el criterio debe basarse en las leyes de la Naturaleza, las cuales nadie puede inventar; si acaso, descubrir.

Los humanos, según enseñaban antiguamente, somos una realidad espiritual –llamada Nous–, que es el Yo, y poseemos unos vehículos llamados Psyké y Soma: la psiquis y el cuerpo.

En este teatro de la vida, el Yo es el actor y la psiquis con el cuerpo son la máscara, llamada personae, que adquirimos al nacer y que dejamos al morir.

Sabiéndonos el Yo y no su máscara, lo primero que debemos temer es perdernos a nosotros mismos: ser esclavos de los vaivenes de la psiquis o de los apetitos del cuerpo, y con ello, tener miedo de las consecuencias de nuestros pensamientos y sentimientos, y de los actos que nacen de ellos.

Esto se desarrolla con fortaleza.

¿Qué es la fortaleza?

La fortaleza, dice el filósofo estoico Epicteto, es el resultado de un entrenamiento o de una vivencia puesta en práctica. Consiste también en una recta opinión, conforme a la naturaleza, de saber qué debe mandar y qué debe obedecer, y es sinónimo de templanza. Lograr vivir esto de forma plena requiere práctica.

¿Debo mandar yo o mis pensamientos? ¿Debo hacer todo lo que mis emociones quieren? Cada vez que el cuerpo me reclame, ¿debo hacerle caso? Evidentemente, no: nos debemos controlar.

El ejercicio de este control es lo que va fortaleciendo ese músculo espiritual llamado voluntad y nos va facilitando a su vez dicho control. Es como un gimnasta que practica y cada vez logra más, gracias a ello.

Una recomendación para desarrollar la templanza es usar la voluntad junto con la razón y la inteligencia, reconociendo qué es lo que nos pasa, y qué no pasa: lo que nos pasa, pasa, se va; lo que no pasa, lo que queda luego enredado o satisfecho de los resultados, ese es el Yo. Proyectar en el tiempo qué va a pasar si le doy el gusto a mis apetitos o a mis emociones y pensamientos, también nos permite “vernos” en el futuro y decidir si queremos ser o vivir “eso”.

Cuando el Yo se impone, puede controlar los frutos de sus actos y el desarrollo de su vida y decir que es dueño de su vida. Entonces aparecerán características interiores propias del Nous: algo de belleza, de bondad, de armonía y veracidad, señales claras de que hemos desarrollado un buen carácter.

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Viernes, 1 de marzo de 2013 por M.Angel

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