Resucitando

Me repite desde hace tiempo un compañero del blog que algunos de sus escritos para este espacio han surgido de conversaciones espontáneas, que no ligeras, habidas entre nosotros. Me ha costado creerlo. Será por esa tendencia tomasina que me acompaña de necesitar meter el dedo en la llaga para tener la fe.

Y mira por dónde, me empieza a ocurrir que ideas sueltas de las charletas mantenidas con otros se quedan en mi cabeza, dando vueltas cual satélites que emiten ondas entre intuitivas e informativas. Vamos a ver si hoy, como hace mi amigo, conseguimos que lo hablado entre dos sirva a unos cuantos. Ojalá, ojalá. Siempre es la intención abrir un poco el ojo de la consciencia en cada uno de nosotros. Cuando observamos con más claridad lo que posa en nuestro fondo, consecuentemente, valoramos, comprendemos, incluso manejamos mejor lo que nos toca vivir; lo que somos.

El tema de conversación en cuestión era un mal trago largo que a un buen hombre le ha tocado vivir. Largo no como un tren, sino como un par de años de mala digestión. De esas que no te esperas, en las que comes miel y duele hiel. De esas en las que tus esquemas culturales, profesionales, personales se quiebran cual hielo al golpe punzante, haciéndote saber que aquello en lo que creías no era tal o no era tan sólido. O, simplemente, que a veces las cosas se tuercen demasiado y hoy te ha tocado a ti comprobarlo en un órdago que se ha marcado la vida con el que te ha vencido más que ganado, pues derrotado es exactamente como te quedas.

Me contaba el susodicho que aún espera llegar a encontrar para qué le ha de servir todo esto, todo lo pasado sin justicia ni sentido aparente. Cuenta con la ventaja de haberle cogido el truco a esta linda-perra que vivimos y espera la lección que trae consigo cada batalla.

Claro que todo sirve para algo, él ya ha llegado a hacer muchas cosas a partir de aquello en beneficio de otros. Quizás sea que esperamos que la utilidad de lo ocurrido vaya destinada a metas luminosas y enormes, algo que haga merecer la pena tanto dolor. Cabe la posibilidad de que la mayor verdad que se encuentra tras avatares similares es uno mismo, desnudito, casi solo, sin aquello cultural que te soporta, ese gran trabajo y buen nombre, esa sensación de persona que lo está haciendo bien, aquello o aquel en lo que creías a pies juntillas, en fin, a cada cual lo suyo. Pero cuando todo se cae, aún quedas tú. Y ahí está tu papel, tu trabajo que hacer. Admitirte, comprender por qué ocurren las cosas, qué mueve a las personas, qué pasa y qué queda, qué es importante y qué solo aparente; mirar y mirarte con justicia, con franqueza. Cuanto más te atrevas a reconocerte como eres, a darte lo que quieres, a pisar con la fuerza de lo que sabes es cierto, más tranquilo te sentirás, más sentido cobrará todo. En el momento en que sientas que aquel duro golpe, y a pesar de todo, mereció la pena, habrás aprendido lo suficiente, comprendido y crecido lo suficiente. Eso es para lo que ha de servir, lo más importante que te puede enseñar. Tu forma de mirar será otra contigo, aquello queda atrás, queda pequeño, es solo un paso más, lo que sobrevive fortalecido, grande y luminoso eres tú. Tú.

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