El efecto manga: del ídolo al héroe

Hace unos días me llevaron a comer a un restaurante en Sagunto. Las paredes estaban decoradas con dibujos de manga y, distribuidas por el local, había estatuas a tamaño natural de algunos de los “héroes” de estas historias.

No le di demasiada importancia en aquel momento. Sin embargo, ya de regreso en Madrid, quizá porque aquella experiencia había despertado mi atención, comencé a fijarme en algo que hasta entonces me había pasado inadvertido: varios jóvenes llevaban tatuados en brazos y piernas aquellos mismos personajes.

Aquello me hizo pensar.

Recordé entonces una anécdota que, hace muchos años, nos contó el profesor Jorge Ángel Livraga. En su juventud había asistido a un multitudinario concierto de música en el que actuaban los Rolling Stones. No fue porque le interesara especialmente su música, según nos explicaba, sino porque quería comprender qué podía mover a tantos miles de jóvenes a reunirse alrededor de un grupo musical.

No recuerdo con certeza a qué concierto se refería, pero sí recuerdo lo esencial de la anécdota.

Había tal cantidad de gente que apenas podía verse el escenario. En un momento determinado preguntó a unos jóvenes:

—¿Dónde están los Rolling?

Y ellos, golpeándose el pecho a la altura del corazón, le respondieron:

—Los Rolling están aquí.

Siempre me impresionó aquella respuesta.

Aquellos jóvenes no estaban diciendo simplemente que les gustaba un grupo musical. Estaban expresando algo mucho más profundo: se identificaban con aquello que los Rolling Stones representaban para ellos. La música había dejado de ser algo exterior para convertirse en una emoción, un símbolo, casi una identidad.

Ídolos y héroes

Esta reflexión me lleva a distinguir dos conceptos que a menudo confundimos: el ídolo y el héroe.

Ídolos y héroes

El ídolo es alguien —real o ficticio— sobre quien proyectamos nuestra admiración. Nos fascina su imagen, su personalidad, su éxito, su fuerza, su belleza, su rebeldía o aquello que representa. Podemos querer parecernos a él, vestir como él, escuchar su música, imitar sus gestos o incluso llevar su imagen tatuada sobre nuestra piel.

El héroe representa algo diferente: al ídolo queremos parecernos; el héroe nos invita a superarnos.

El verdadero héroe no tiene por qué ser perfecto. Precisamente suele adquirir su grandeza porque encuentra dificultades, siente miedo, fracasa, sufre y, a pesar de ello, continúa adelante. Lo importante no es únicamente aquello que consigue, sino aquello en lo que llega a convertirse para conseguirlo.

Por eso el héroe contiene una enseñanza.

Heracles no sería Heracles sin sus trabajos. Ulises no sería Ulises sin su largo regreso a Ítaca. El caballero no alcanza su condición heroica por llevar una espada, sino por las pruebas que debe superar y las virtudes que necesita desarrollar durante su camino.

El ídolo puede despertar entusiasmo; el héroe puede impulsarnos a cambiar.

Aunque tampoco deberíamos establecer entre ambos una frontera demasiado rígida. Un músico, un deportista, un personaje literario o incluso una persona cercana puede comenzar siendo para nosotros un ídolo y terminar convirtiéndose en algo más profundo si descubrimos en él valores que intentamos incorporar a nuestra propia vida.

Quizá la verdadera pregunta no sea, por tanto, a quién admiran los jóvenes, sino qué encuentran en aquello que admiran.

Una sociedad también puede conocerse por sus modelos de admiración.

Si admiramos solamente la fama, desearemos ser famosos. Si admiramos únicamente la riqueza, aspiraremos principalmente a poseer. Si admiramos la fuerza entendida como dominio sobre los demás, probablemente querremos imponernos.

Pero si admiramos el valor, la lealtad, la generosidad, la capacidad de sacrificio, la perseverancia o la lucha por mejorar, entonces el modelo exterior puede despertar algo mucho más interesante: el deseo de desarrollar esas cualidades dentro de nosotros mismos.

Quizá sea ahí donde el ídolo empieza a dejar paso al héroe.

Los arquetipos de cada época

Esto me ha llevado a preguntarme: ¿qué mueve a la juventud de cada época? ¿Qué tienen en común fenómenos aparentemente tan diferentes como un grupo de rock de los años sesenta y los héroes del manga y del anime actuales?

No cabe duda del extraordinario poder de transmisión de la música. Lo ha tenido siempre. Una canción puede atravesar fronteras, despertar emociones y hacer vibrar simultáneamente a millones de personas. Pero creo que detrás de estos fenómenos existe algo todavía más antiguo y profundo: los arquetipos míticos.

Desde tiempos remotos, determinados modelos humanos han movilizado la imaginación, la voluntad y los sueños de generaciones enteras. Cambian sus nombres, sus vestimentas y los escenarios en los que viven, pero cuando observamos con atención descubrimos que muchas veces representan ideas sorprendentemente semejantes.

El héroe que abandona la seguridad de su hogar para enfrentarse a lo desconocido; el joven que debe superar pruebas para descubrir quién es; el maestro que transmite una enseñanza; el amigo fiel; el sacrificio por aquellos a quienes se ama; la lucha contra la injusticia; la caída, la derrota y la capacidad de levantarse nuevamente.

Cambian las máscaras, pero permanecen los arquetipos.

Mi conocimiento de los héroes del manga y del anime era prácticamente nulo. Por eso decidí ver algunas de sus películas e historias. Quería comprender un poco mejor aquello que entusiasma a muchos jóvenes actuales. He pasado ya de los sesenta años y, inevitablemente, una parte de su imaginario cultural me resulta lejana.

Pero ocurrió algo que no esperaba: detrás de aquellas imágenes, tan diferentes de las que acompañaron mi juventud, comencé a reconocer viejos conocidos.

Comprobé una vez más cómo la historia, sin repetirse exactamente, parece rimar consigo misma, como si los seres humanos lleváramos en nuestro interior una especie de código que nos hace responder emocionalmente ante determinados modelos universales.

Poco importa entonces que el héroe se llame Ulises, Príncipe Valiente o la princesa Mononoke. Sus mundos son diferentes, pero algo profundo puede unirlos: la aventura, el valor, la búsqueda, el sacrificio, la fidelidad a unos principios y la lucha por aquello que se considera digno de ser defendido.

Los antiguos mitos en el manga

Quizá por eso los mitos nunca desaparecen: se transforman.

Y aquí encontré algo especialmente interesante. Muchas historias de manga y anime utilizan, consciente o inconscientemente, estructuras que encontramos en mitologías antiquísimas.

El protagonista suele comenzar siendo alguien incompleto. Debe abandonar su mundo conocido, enfrentarse a dificultades, encontrar compañeros y maestros, sufrir derrotas y descubrir poco a poco fuerzas que desconocía poseer. No basta con vencer a un enemigo exterior: muchas veces la verdadera batalla consiste en vencerse a sí mismo.

¿No reconocemos aquí algo muy antiguo?

Es, con innumerables variaciones, el camino de Heracles y sus trabajos, de Ulises intentando regresar a Ítaca o de los caballeros medievales partiendo en busca de una aventura que terminará transformándolos.

En Dragon Ball, por ejemplo, encontramos al héroe que entrena constantemente y descubre que cada límite superado revela otro todavía mayor. En Naruto, un muchacho inicialmente rechazado busca llegar a dominarse, ser reconocido y encontrar su lugar entre los demás. En Demon Slayer, la aventura nace del amor hacia su hermana y conduce al protagonista a soportar pruebas, sufrimientos y sacrificios. Y en La princesa Mononoke encontramos algo quizá todavía más antiguo: el ser humano situado entre fuerzas de la naturaleza que no controla completamente y ante las cuales debe buscar un difícil equilibrio.

No pretendo decir con ello que estas historias sean iguales a los antiguos mitos. Evidentemente no lo son. Pero parecen tocar algunas de las mismas cuerdas interiores.

La importancia del maestro

Tal vez ahí resida parte del secreto de su enorme capacidad de fascinación.

Un joven puede no haber leído la Odisea, desconocer los trabajos de Heracles y no haber abierto nunca un libro sobre mitología comparada. Sin embargo, cuando contempla a un personaje que cae, se levanta, entrena, encuentra un maestro, supera una prueba y sacrifica algo de sí mismo para proteger a los demás, reconoce intuitivamente una historia que la humanidad lleva contando miles de años.

Y hay otro elemento que me parece especialmente importante: el maestro.

En muchas de estas historias el héroe no puede realizar su camino solo. Necesita a alguien que le enseñe, le exija, le muestre sus errores y, llegado el momento, le permita continuar por sí mismo. También esto pertenece a una tradición antiquísima. Aquiles tuvo a Quirón; los héroes y caballeros recibían enseñanzas y pruebas; y las escuelas filosóficas antiguas entendían que la transformación del ser humano requería aprendizaje, disciplina y ejemplo.

Incluso el entrenamiento, tan frecuente en estas historias, contiene una idea profundamente clásica y, a mi juicio, muy valiosa:

El héroe no nace terminado; se construye.

Para alcanzar aquello que desea debe esforzarse, disciplinarse, caer muchas veces y volver a comenzar.

Quizá nuestros jóvenes no estén tan alejados de los antiguos héroes como pudiera parecernos.

La juventud interior

Cada época los viste con sus propias ropas. Los antiguos los contemplaban en los relatos de los dioses y los héroes; otras generaciones los encontraron en las novelas de caballería, en los cómics, en el cine o en las grandes figuras de la música. Muchos jóvenes actuales los encuentran también en el manga, el anime o los videojuegos.

Las formas cambian porque cambian las generaciones. Pero tal vez la necesidad humana que existe detrás de ellas sea esencialmente la misma.

Cuando era niño, yo vibraba con las aventuras del Príncipe Valiente. Esperaba sus historias y soñaba con aquel mundo de caballeros, peligros, ideales y aventuras. Han pasado muchos años desde entonces, pero descubro con alegría que todavía puedo emocionarme cuando encuentro ese mismo arquetipo bajo otras formas.

Tal vez en eso consista una parte importante de la verdadera juventud: no necesariamente en tener pocos años, sino en conservar la capacidad de admirarnos, de entusiasmarnos, de descubrir un ideal y sentir que algo dentro de nosotros responde a su llamada.

Podemos envejecer exteriormente sin permitir que envejezca aquello que nos hace soñar.

El profesor Livraga hablaba de la “Afrodita de Oro”, esa juventud interior que deberíamos tratar de conservar a lo largo de la vida. No como una negación del paso del tiempo, sino como la capacidad de mantener vivo el entusiasmo, la belleza, el amor y la posibilidad de maravillarnos.

Quizá por eso, cuando veo a un joven con uno de esos héroes tatuado en el brazo, ya no veo solamente un dibujo que pertenece a una generación distinta de la mía.

Me pregunto qué representa para él: qué batalla simboliza, qué sueño despierta y qué héroe reconoce en aquella imagen.

Porque, al final, tal vez aquel joven esté diciendo, a su manera, exactamente lo mismo que aquellos muchachos del concierto cuando se golpeaban el pecho y afirmaban:

—Está aquí.

Y mientras seamos capaces de señalar nuestro corazón y sentir que todavía hay algo allí que nos entusiasma, que nos impulsa a luchar, amar, buscar y soñar, podremos saber que, más allá de los años transcurridos, seguimos profundamente vivos.

 

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