La vestimenta del filósofo

Recientemente, mientras iba por la carretera, adelanté a un ciclista perfectamente uniformado. Me llamó la atención su vestimenta especialmente preparada para protegerle de las inclemencias del tiempo y de las incomodidades de la marcha en bicicleta. Pero también su colorido y sus distintivos de pertenencia a un determinado club deportivo. Me imaginaba a este ciclista en el momento de vestirse su uniforme y su preparación mental y especial disposición para la práctica de este duro deporte. Veía cómo esta persona poco a poco dejaba su ropa de calle y se cubría con la vestimenta que le distingue como ciclista. Cierto es que como dice el refrán el hábito no hace al monje, pero no cabe duda de que cuando uno se pone la ropa para la práctica de un deporte, desde ese mismo momento uno empieza a representar un papel, a distinguirse entre los demás y a exigirse a uno mismo para estar a la altura de lo que esa ropa representa.

De igual manera, me imaginaba a los integrantes de un equipo de fútbol como los que hemos visto hace pocas semanas en esa especie de rito en el que dejan de ser personas corrientes vestidos con ropa de calle para vestirse con unos colores con los que tantos cientos de miles de seguidores se identifican. O el rito del momento en el que un torero se viste esa ropa tradicional para el acto de enfrentarse ante la muerte en un ruedo, rito que algunos realizan por última vez. O también, por qué no, me imaginaba el momento en el que tantos miles, millones de trabajadores se ponen un uniforme que les distingue e identifica con una empresa, con un proyecto, con un trabajo. De alguna manera es también un rito que marca un acto de identificación y representación de una imagen grupal, de un conjunto de hombres.

Al pensar así me pregunté: ¿y cuál es el uniforme que distingue al filósofo?, ¿cuál es la vestimenta que el filósofo se pone cuando ejerce de lo que es? No, no es la toga de griegos o romanos, ni la túnica de lino de los egipcios o el hábito de franciscanos o benedictinos en el Medievo cristiano. Incluso tampoco es ese jersey de cuello alto con que asociamos a los pensadores marxistas de los años 60.

La verdadera vestimenta del filósofo es lo que le distingue como hombre, lo que le hace ser un continuo buscador, un amante necesitado de la sabiduría. Un eterno buscador inconformista pero lleno de alegría cuando sabe que está en el buen camino. Y si no es así, con la valentía de reconocer el error y rápidamente, con alegría, volver a ponerse de nuevo en camino.

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Pánico en la opulencia

Como matemático, me interesa tratar de explicar cómo todos los sucesos físicos pueden ser explicados por leyes matemáticas. Astronomía, física o química parecen ser el campo natural de acción de las matemáticas. Pero lo realmente interesante es utilizar métodos matemáticos para explicar los comportamientos de los seres vivos y más aún el de los seres humanos. Biología, sociología o psicología serían los campos de acción en los que posiblemente muchos de nuestros lectores dudarían de la conveniencia de emplear métodos numéricos para explicar la realidad.

Sin duda, simples métodos aritméticos, algebraicos o geométricos son insuficientes para explicar la complejidad del comportamiento humano. Pero avances en los últimos 50 años en los campos de la Inteligencia Artificial, de la llamada Teoría del Caos o de los Fractales nos ofrecen una explicación no totalmente racional de la Vida, pero sí formulable matemáticamente.

¿A qué viene esta reflexión? Pensaba recientemente cómo puede explicarse el comportamiento de las últimas dos semanas de una sociedad opulenta del primer mundo como España, en cuanto falta alguna de las cosas que asumimos que siempre están ahí. Me refiero a que la llamada «desaceleración económica» ha traído un, esperemos breve, parón en el crecimiento económico español. Y si antes nadie comentaba cómo se hacía dinero tan fácilmente comprando por 1 lo que luego se vende por 2, ahora todo el mundo se queja. A la disminución de los ingresos se suma la subida de la gasolina, de los transportes y, por tanto, de casi todos los productos que consumimos, que ya no se producen en la huerta o la granja de al lado, sino que vienen de cualquier insospechado lugar.

Y llega el miedo. Peor aún, el pánico.

Paran los transportistas y todo el mundo se vuelve loco para tratar de acumular lo que no nos hace falta. Y todos nos volvemos locos dejando que se pudran toneladas de alimentos. Y el pánico llega a los supermercados, a las estaciones de servicio. Y algunos parecen estar en guerra, por unos pocos euros, llegando a absurdos enfrentamientos, y peor aún, la muerte de algún implicado.

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Muerte en las alturas

Reconozco que siempre me han atraído tanto las montañas como el espíritu de superación de los montañeros. Esa pasión por escalar una montaña, tan solo «porque está ahí». ¡Qué mejor imagen de esa búsqueda de trascender, de ir más allá, de seguir una aspiración natural en el hombre!

En estos días estamos de luto porque uno de los más grandes montañeros españoles, Iñaki Ochoa de Olza, se ha dejado la vida en el Annapurna, uno de los ocho miles más bellos y difíciles del mundo. ¡Qué pena que no ha podido cumplir sus palabras antes de partir!: «Volver para volver, para seguir viviendo como lo intentamos, con libertad y alegría». Iñaki era un montañero muy especial, con un estilo de escalada de superación, pero que también sabía hasta dónde poder llegar y si era necesario, darse la vuelta.

En una entrevista reciente, Juan Oyarzábal, otro de los mitos del alpinismo español, nos dejaba estas palabras:

–Admiro todo lo que has hecho, pero quería preguntarte qué os mueve, a la hora de hacer proezas como las que tú has realizado, de subir a picos tan altos donde la climatología es tan adversa. ¿Realmente vale la pena arriesgar tanto la vida?

–No se trata de arriesgar la vida, sino de disfrutar de tu convencimiento de que eres capaz de superarte para subir una montaña de 8000 metros. Sin duda, subir una montaña no merece perder ni tan siquiera el más mínimo ápice de una uña.

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No hay gente mala sino ignorante

Confieso que tengo grabada esta enseñanza de Platón desde que la aprendí. Frente al lío que se hacen muchas religiones con la idea de maldad y de cómo un Dios bueno puede permitir que exista el mal, la filosofía de Platón, la filosofía de la reminiscencia, enseña que hemos nacido buenos, pero que solo por el olvido, por la ignorancia, podemos llegar a obrar mal.

Frente a las doctrinas dualistas de origen medio-oriental, con un dios bueno y un dios malo (diablo, satán, demonio), la filosofía dice que el mal es simplemente la ausencia de bien. Y esa ausencia, como he dicho antes, es por simple ignorancia, pues si todos conociéramos las leyes de la Naturaleza, siempre obraríamos a favor (haciendo el bien) en lugar de ir en contra (haciendo el mal), que con el tiempo se nos volverá en malos resultados (karma).

Me imagino que los lectores de este blog ya saben que me estoy refiriendo a ese ser depravado que ha mantenido, en un pueblo austriaco, durante veinte años encerrada a su propia hija, mientras esta daba a luz hasta a siete hijos fruto de esta desigual unión. ¿Es olvido de las leyes de la Naturaleza lo de este ser vil? (No quiero escribir la palabra hombre para referirme a él). ¿O es pura maldad, como dicen mis compañeros de trabajo, amigos o familia? ¿Está enfermo? ¿O era consciente del crimen que cometía y que ha seguido cometiendo veinte largos años?

Parece difícil seguir manteniendo nuestros principios filosóficos con casos como este. Pero precisamente es ahora cuando más se deben poner de relevancia. No dejarnos llevar por la pasión y pensar más en soluciones, en educación y en aplicar la justicia. Cyrano, espero que no me digas que este es un caso más del «pensamiento Alicia».

Pico della Mirandola y la dignidad humana

Giovanni Pico, nacido en Mirandola, cerca de Ferrara en 1463, fue uno de los filósofos más importantes del Renacimiento europeo y lo que hoy llamaríamos un niño prodigio. A los catorce años, mientras estudiaba en la Universidad de Bolonia publicó su primer libro. Luego, con objeto de leer los más importantes libros del conocimiento tradicional (Biblia, Corán, Cábala, Platón, etc.), aprendió, además de latín, griego, árabe, hebreo y caldeo. Su formación filosófica se completó con retórica y lógica matemáticas.

Su obra clave, escrita a los veinticuatro años, fueron las “Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae”, también conocidas como “Las 900 tesis”, o proposiciones recogidas de las más diferentes fuentes culturales, tanto de filósofos y teólogos latinos como árabes, hebreos, caldeos, pitagóricos, platónicos, aristotélicos, e incluso esotéricos, como Hermes Trimegisto.

Tras ser perseguido, condenado por herejía y absuelto se retiró a Florencia, donde murió joven, a los treinta y un años, en circunstancias misteriosas, cuando entraba Carlos VIII de Francia reivindicando su derecho a la corona de Nápoles.

Pico es uno de los más importantes defensores del sincretismo y del estudio comparativo de distintas tradiciones culturales. Se propuso llegar a un acuerdo entre las distintas religiones para llegar a una “paz filosófica”.

Las mencionadas 900 tesis iban precedidas de una introducción, conocida como “Discurso sobre la dignidad del hombre”, en donde se defiende el derecho a la discrepancia, el respeto a las creencias de los demás y el ideal de enriquecimiento de la vida a partir de los diferentes puntos de vista.

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Cal que neixin flors a cada instant

Recientemente oí a unos amigos cantando esta vieja canción, que me recordaba aquellos momentos entre el fin del franquismo y el comienzo de la transición. Me trajo muy buenos recuerdos en los que tanta gente joven recuperaba una esperanza por hacer nuevas cosas, por emplear una libertad que nunca habíamos disfrutado. Y por ese motivo quería traerla a esta sección.

Esta es una canción de esperanza, pero también de lucha, de voluntad férrea por conseguir aquello que se quiere con todas nuestras fuerzas.

Me llamaron la atención unas declaraciones de su autor, Lluis Llach, en las que decía que esta canción le había creado un pequeño trauma, hasta el punto de que había acabado cogiéndole manía. El motivo es que, mientras otras canciones suyas eran cantadas por su sentido reivindicativo en fábricas o manifestaciones, esta la había escuchado cantar en las iglesias, y escuchar esta canción interpretada por coros de monjas le producía «psicosis»…

Pienso que este hecho no debe ser interpretado como algo negativo, sino que demuestra la universalidad y trascendencia de su mensaje. Mensaje, que en palabras de L. Llach es «que la ilusión no se apague y que nos mantengamos siempre atentos a la belleza».

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Un largo periodo de fiestas

Dicen que los españoles tenemos fama de disfrutar de muchos días festivos, aunque cuando luego te pones a contar, en otros países con fama de trabajadores como Francia o Alemania tienen más días de vacaciones que nosotros. Pero creo que el mes que va del 6 de diciembre al 6 de enero no lo supera nadie:

6 y 8 de diciembre. Es el entrenamiento para las vacaciones de Navidad, y para muchos el último viaje del año, aprovechando el puente del día 7 entre la festividad de la Inmaculada y el aniversario de la Constitución, y que seguro que antes o después hay un fin de semana para convertir el puente en acueducto, con cinco o seis días de vacaciones.

Del 15 al 20 de diciembre. Los niños celebran el fin de las clases y en las empresas se organizan las comidas o cenas con los compañeros, en las que felicitas la Navidad a todos los que has estado criticando el resto del año.

21 de diciembre. Ahora ya muy pocos lo celebran, pero antiguamente, los romanos por ejemplo, celebraban el día del solsticio de invierno, la noche más corta del año, o también llamada del Sol Invicto.

22 de diciembre. No, tampoco está marcada en rojo en el calendario, pero es el día del sorteo de la lotería en el que millones de españoles depositan sus esperanzas. El primer premio es casi obsceno (3 millones de euros), pero como todo el mundo juega pequeñas participaciones de muchos números, cuando te toca suele ser una cantidad suficiente para alegrarte y no agobiarte.

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Descubrir y recordar

Gracias a los pequeños reproductores de MP3, la música nos acompaña con más facilidad que nunca. El aparato que tengo es un IPOD con capacidad para almacenar muchos cientos de horas de duración. Eso me da la posibilidad de poder cargarlo con más música de la que nunca imaginé, así como poder escucharla en cualquier parte, por ejemplo en el coche, donde paso varias horas al día. Ahora estoy escuchando tanto la música que siempre me gustó como otra que nunca antes había oído. De ahí vino mi reflexión: la vida es una mezcla entre descubrir y recordar.

Con el IPOD estoy descubriendo música de cantautores italianos como Fabrizio de André, desaparecido hace ocho años, o música clásica, como las sonatas para piano de Josef Haydn y las innumerables óperas de Georg F. Händel. Son nuevos sonidos, nuevas melodías que a partir de ahora me acompañarán y formarán parte de mis recuerdos. La próxima vez que escuche esta música ya no tendré esa sensación de descubrir algo nuevo, sino el recuerdo del momento en que lo escuché por primera vez. Así me ha ocurrido volviendo a escuchar el “Dido y Eneas” de H. Purcell, que me trae a la memoria aquel LP de vinilo que compré de adolescente y que escuchaba una y otra vez en un viejo tocadiscos. Ahora escucho repetidamente “L’oceano di silenzio” de F. Battiato o “Le rondini” de Lucio Dalla, canciones con casi veinte años de antigüedad y que para nuestros lectores pueden ser también un descubrimiento o un recuerdo.

Para un niño el mundo es todo descubrimiento: nuevas experiencias, nuevas sensaciones…, ¡tanto por conocer! A medida que aprende, acumula recuerdos que le facilitan la toma de contacto para una próxima vez. Añoramos esa inocencia del niño, que no tiene ideas prejuzgadas acerca de nada.

El anciano está lleno de recuerdos y a veces piensa que ya no tiene nada que aprender. También deseamos su dorada experiencia del que ve llegar los acontecimientos con la serenidad de su veteranía.

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La alfombra más bella del mundo

Estábamos de viaje por un apartado lugar del interior de Turquía, en un pequeño pueblo adonde pocos turistas occidentales llegan, aunque sí había gente venida de otros lugares del país, por la presencia de aguas termales. Decidimos dar un paseo nocturno, para disfrutar de una noche veraniega con la reposada vida callejera sin ruidos, sin automóviles. Los hombres, sentados en las terrazas de los bares, tomaban té, mientras las mujeres comían pipas de girasol sentadas en un banco o paseaban viendo los puestos callejeros, principalmente de ropa. Cuando parábamos a mirar un puesto, el dependiente se acercaba amablemente, nos decía el precio, y se lo agradecíamos con una sonrisa, siguiendo nuestro caminar, sin ser “perseguidos” tratando de vendernos la mercancía o de regatear su precio.

Al final de nuestro paseo, pasada la medianoche, encontramos a Alí, mientras mirábamos una maleta de imitación de una conocida marca americana. Después de una corta conversación, aceptamos entrar a su local. La tienda estaba fuera de horario: él miró varias veces a ambos lados de la calle, abrió rápidamente el cierre y cuando entramos, volvió a bajarlo para que no se viera nuestra presencia desde fuera. Así accedimos al sancta santorum de las alfombras turcas.

Después de ver una docena de alfombras, pregunté si tenía alguna de color azul. Entonces apareció la alfombra más hermosa que nunca vi. Era una pequeña alfombra de oración que en uno de sus extremos marcaba la dirección a la Meca, si la orientábamos correctamente. Su color azulado variaba si se miraba en uno u otro sentido. Entonces Alí nos contó la historia de esta alfombra.

Apenas hablaba inglés, y en español sólo sabía decir “gracias”. Se defendía en alemán, mezclado con el turco, y en estos idiomas de los que apenas conozco dos docenas de palabras transcurrió nuestra singular conversación. Su familia había emigrado desde el interior del país hasta los alrededores de esta zona turística, donde habían comenzado un pequeño negocio que regentaba su padre. Su madre había tejido, día tras día, esta alfombra durante dos años, pasando unas pocas horas diarias en el telar donde se había dejado la vista, no por esforzarla en los pequeños detalles, sino por la belleza deslumbrante de la misma. La alfombra tenía una alta densidad de hilo y no se apreciaba ningún nudo por uno u otro lado. El tacto era extraordinariamente suave, y rozándola con la yema de mis dedos podía sentir los menudos y endurecidos dedos de la madre de Alí, mientras movía arriba y abajo el telar, un hilo tras otro, durante dos años. “Sagen einen Preis”, dijo Alí. “Diese Karpet keine Wollen”. Arriesgué a decirle: “fünfzig Euro”. Su sonrisa mostró cierta resignación, al perder el tiempo hablando con un occidental que no sabía distinguir entre el trabajo realizado de forma automática, impersonal, repetido en la perfecta imperfección de una máquina y el realizado por su madre ya casi ciega. En un papel escribió 1850; euros, no liras turcas.

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Pirrón, el escéptico

Pirrón tampoco ha sido uno de los filósofos más «populares» de la historia. Pero el escepticismo, la doctrina que él propugnó, ha observado un reciente auge, sobre todo en aquellos que empiezan criticando cualquier «saber» no científico y terminan por no aceptar nada que no pueda ser comprobado por la ciencia que ellos defienden. De esto ya hemos hablado en otra ocasión con dispar suerte.

Curiosamente, el escepticismo que propugnó Pirrón no es el que ahora se toma por tal…, pero primero vamos a ver quién fue este personaje.

Pirrón (360-270 a.C.) nació en Elis, al sur de la península del Peloponeso, al igual que el célebre sofista Hippias, contemporáneo de Sócrates, a quien Platón dedicó dos de sus diálogos y que se jactaba de saber de todo y de proporcionar a sus alumnos herramientas dialécticas para ganar cualquier discusión. Curiosamente, Pirrón tomaría una actitud radicalmente distinta.

Acompañó a Alejandro el Grande en sus conquistas en Oriente. Se dice que estudió con los gimnosofistas en la India y los magos en Persia. A su regreso adoptó una vida de soledad, viviendo en la pobreza, siendo honrado por sus conciudadanos de Elis, e incluso por los atenienses, que le concedieron la ciudadanía.

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