¿Conócete a ti mismo?

–Mira, chico, no vengas con frases griegas a esta hora de la mañana; ¡pues claro que me conozco! Esas cosas sólo te las preguntas tú, que eres un excéntrico. Yo sé quién soy, cómo me llamo y dónde vivo, y además sé perfectamente cómo soy. Te recuerdo que me conozco desde que nací, y soy una buena persona: generosa, justa, puntual, seria en el trabajo, así que no me vengas con tonterías.

–Hombre, Antonio, no te pongas así, te lo pregunto porque fíjate lo que ha ocurrido hace unos días en Alabama: Amy Bishop, profesora de biología, especialista en neurología, graduada en la Universidad de Harvard. Durante varios años, Bishop llevó una vida tranquila y, al igual que tú, pensaba que se conocía bien: buena profesora, puntual, agradable y justa con los alumnos. Sus compañeros la tenían en gran estima, una persona agradable con la que se podía tomar una taza de café y charlar tranquilamente sobre jardinería y cosas así.

Durante años las cosas fueron muy bien, hasta esa mañana en la que se le había informado de que no le iban a renovar su contrato. Unas horas después de recibir esa mala noticia, la agradable y puntual profesora Bishop irrumpió en una sala en la que se estaba celebrando una reunión y abrió fuego indiscriminadamente contra todos los presentes. Como resultado, tres de sus compañeros de trabajo, el director del Departamento de Ciencias Biológicas, G.K. Podila, y dos de sus adjuntos, María Ragland Davis y Adriel Johnson, muertos.

Así que no digas que esa recomendación “Conócete a ti mismo” es una tontería griega. Es algo muy importante. ¿Acaso te crees justo porque devolviste una cartera que te encontraste con 20 €?, ¿crees que eres puntual en el trabajo o quizás te crees una persona con buen corazón porque dejaste tu asiento a esa viejecita en el autobús? No, Antonio, nosotros no nos conocemos, solo lo parece, y lo seguirá pareciendo mientras las cosas vayan razonablemente bien. Pero a veces el caminar por la vida nos pone en situaciones en las que nuestras máscaras van cayendo una tras otra como las capas de una cebolla.

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El nuevo iPredict

Será debido a una formación científica y cierta inclinación materialista por lo que nunca me convencieron los métodos adivinatorios tan penosamente populares. Quizá sea culpa de nuestro sistema educativo, que no enseña “a pensar”, o a que se prefieren las “recetas fáciles” y repetir lo que todos han hecho antes, para no ser los únicos en equivocarnos. Todo periódico tiene una columna diaria de astrología que nos dice qué va a ser de nuestro futuro, pero apenas unos pocos tienen siquiera una columna semanal de astronomía que nos enseñe a entender lo que ocurre en los cielos.

Tampoco estoy con los neoescépticos que en ocasiones me parecen más dogmáticos y extremistas que aquellos a los que critican. Tengo una mente abierta y creo que todo en el universo está relacionado. Por lo tanto, me parece factible que se pueda detectar una relación entre el carácter de una persona y su grafía al escribir o la forma de su cara. Incluso, estadísticamente podría establecerse que los nacidos en un momento del año son de una cierta manera. No porque los astros influyan en las personas, sino porque todo el universo está interconectado.

Esta misma idea está detrás de un nuevo “gadget” tecnológico en el que investiga la empresa Apple, que destacó con los lanzamientos de iPod e iPhone y que recientemente ha anunciado el iPad. Este nuevo aparato será conocido como iPredict, y será mostrado a principios del 2011, combinando en un mismo elemento el análisis de la música escuchada en el iPhone, los libros leídos con el iPad o los contactos que tenemos en el iPhone para que con unos complejos algoritmos nos muestre qué nos va a pasar en el plazo de un día o de una semana.

Me ha parecido una excelente idea, porque estoy convencido de que de mí se podrían saber muchos detalles si alguien analizara qué música tengo guardada en mi iPod, cuántas veces y en qué momentos la escucho, cuándo repito una canción o cuándo no dejo que llegue al final. Y claro, sabiendo cómo soy y cómo me encuentro ahora, es posible saber qué me va a pasar mañana que de mí dependa, o qué planes y proyectos tengo ahora. Mi iPredict averiguará fácilmente cuándo estoy enamorado y cuándo he discutido con mi pareja. Sabrá cómo me va económicamente o si en el trabajo tengo estrés. Detectará si estoy enfermo o si reboso alegría. Y todo de una manera mucho más fidedigna, personalizada e instantánea que el típico horóscopo que aparece en los periódicos.

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Querida Ana

Bueno, en mi opinión, lo que expones tiene sus verdades, sus medias verdades y sus mentiras.

Vamos a ver: en primer lugar, nuestro cerebro tiene millones y millones de neuronas, lo que pasa es que usamos tres o cuatro. Las conexiones entre neuronas, que son las que generan cosas nuevas, son siempre las habituales, y de esta manera siempre  solemos reaccionar de la misma manera a los estímulos. Esto es automatismo, principal  enemigo de la conciencia y de la libertad.

Si fuéramos poco a poco usándolas todas y encontrando nuevas conexiones entre ellas aparte de las habituales y conocidas,  nuestro cerebro aumentaría su rendimiento. Para decirlo de otra forma, el cerebro puede trabajar al 1% de su capacidad, y no nos pasaría nada anormal, ya que, de hecho, la gente vulgar es lo que usa normalmente. Pero, con el desarrollo de nuevos retos y nuevas experiencias, si el ser humano busca nuevas vías continuamente, aumenta su capacidad y su potencia, o más bien, no es que aumente, sino que lo usamos más. Es lo mismo que disponer de un fórmula uno e ir por la carretera a 50 km/ hora. Por supuesto, el motor del fórmula 1 puede ir a 300 km/ hora y va tan pancho, pero necesita un buen conductor para ello, un conductor que se atreva a darle potencia, y que necesite dársela o quiera dársela, y además, que sepa controlar esa potencia.

De hecho, me parece que la enfermedad del alzheimer, de la que, lógicamente, no se conocen las causas, y quizá nunca se conocerán, no es una enfermedad del cerebro, sino su atrofia por falta de uso. Si siempre llevas al fórmula uno en segunda, a 50 km/hora, al final te lo cargarás, porque no se construyó para eso. Prueba a no mover nunca el brazo derecho y verás como el día que quieras moverlo no te obedecerá. Y si cuando lo usabas eras capaz de hacer bolillos, ya no podrás hacerlo por falta de habilidad.

Así como hay ignorantes o idiotas que nunca usan el cerebro, o que lo usan solo para una exclusiva función, en la que son «expertos», y son inútiles para todo lo demás, hay también personas que tratan constantemente de encontrar mejores soluciones a los retos, con los que siempre están buscando vías nuevas ante situaciones conocidas. Estos nunca tendrán alzheimer. Ya sabes que Mozart estaba agonizando, pero hasta el último aliento dictaba su última obra, su misa de réquiem. Y Beethoven lo mismo. En la cama, postrado, inválido, agotado, enfermo, y con enormes dolores, estaba escribiendo uno de sus últimos geniales cuartetos.

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El sol perezoso

Había una vez un sol al que le costaba muuuucho levantarse por las mañanas. Empezaba a amanecer casi sin ganas, muy despacio y, algunos días, hasta se volvía a acostar, dejando totalmente despistados a los habitantes del borde del mundo. Luego, al rato, volvía a sacar una pierna gaseosa de luz brillante y decidía, finalmente, levantarse del todo y dar una vuelta alrededor del mundo de la tierra, de todo el mundo de la tierra, para que fuese de día en cada uno de sus puntos y todo pudiese funcionar.

El sol sabía que si él no salía tendría muchas quejas en forma de súplicas, rezos, maldiciones y todas esas cosas que lanzaban las personas de todos los puebles cuando no todo iba justo como querían. Era consciente de que si algún día se quedaba en la cama, como muchas veces le apetecía, nada funcionaría. Todo dependía de él, en realidad, absolutamente todo. Muchos días eso era lo que le hacía seguir adelante, aunque a veces, estando él solo con sus pensamientos, se daba cuenta de que ser tan importante le cansaba un poco.

Un día el sol se puso malito. No estaba seguro de si le dolía la cabeza o el alma, pero tenía muy alta la temperatura. Intentó un par de veces amanecer, pero al final le venció la desidia y se quedó todo el día en la cama. No quería ni imaginar lo que ocurriría. Algo horrible, seguro, pero él, aun así, no quería salir.

Sin darse cuenta se quedó dormido porque, en realidad, estaba muy cansado de llevar una vida tan rutinaria y, aunque llena de responsabilidades, poco elegida, y a las horas despertó. Su primera idea era bonita, todavía con un pie en el sueño, pero pronto recordó que hoy no había hecho lo que debía y le entró una intranquilidad terrible.

Abrió un ojo y no pudo ni creerse lo que vio: en algunos lugares de la tierra ¡¡¡era de día!!!

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Igualdad

Recuerdo a un compañero de trabajo que, a propósito de una conversación sobre música, en la que yo calificaba a Beethoven como un genio, me decía:

–Bueno, sí, es cierto, Beethoven sabía mucho de música, pero también es cierto que yo no sé nada de música, pero sí sé mucho de banca.

Recuerdo que no seguí la conversación. ¡Igualaba su genio al de Beethoven!

Yo creo, y la practico en mi vida diaria, a mi nivel, claro, en la igualdad. En la igualdad de posibilidades de las almas humanas. Y creo que no es menos un genio porque sea blanco ni negro ni amarillo, ni porque sea semita, gitano, europeo o americano, o australiano. Ni porque sea heterosexual u homosexual. Ni porque sea cristiano, musulmán, budista o animista. Ni porque sea monárquico, republicano, anarquista, ni lo que quiera ser. Ni porque sea guapo, feo, alto, bajo, hombre, mujer, joven, anciano, pobre, rico, noble o plebeyo.

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Demasiado viejo para…

Querida Eva:

Son ya varias las veces que te he invitado, dado que te conozco y sé que te gustará, a asistir a un curso, corto pero interesante, sobre filosofía. A pesar de que solo son unos pocos meses durante los cuales podrás echar un vistazo a la filosofía y cultura de varios países, durante diferentes periodos históricos, estoy seguro de que te ayudará a entender a otras personas y a ti misma.

Pero siempre te has excusado diciendo que no tienes tiempo, o incluso últimamente, dices que ya eres demasiado mayor para estas cosas. Te recuerdo que con la misma excusa nunca has realizado ninguno de tus sueños desde que te conocí con poco más de veinte años. Has dejado pasar muchas oportunidades para realizar algunos de tus sueños como: aprender a pintar, aprender inglés para poder viajar, que tanto te gusta, aprender cocina china, y, no puedo dejar de mencionar, tu gran ilusión por navegar a vela.

De mi mano sólo quiero decirte que la falta de tiempo no es un motivo para dejar de hacer algo, sino lo contrario, cuanto menos tiempo nos quede más rápidamente debemos lanzarnos a nuestras pequeñas o grandes ilusiones y sueños.

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Hoy es primavera

¿No lo notáis?, ¿no lo veis?, incluso aquellos a los que la nieve les topa el sombrero, ¿no lo sentís?

El sol no brilla en el cielo sino en todo lo demás, lucen los rostros, lucen los charcos que hoy son azules, las nubes trasladan los sueños de un mundo a otro. Los edifícios no son límite hoy, son camino. Las personas no piensan en lo mismo, toman decisiones, cumplen deseos.

Tus amigos son amigos de sí mismos, tus padres son padres de sí mismos, tus hermanos son tus amigos, tus amigos son tus hermanos, tu mirada es penetrable, todos dejan que pasemos a su hogar más íntimo; sin temor.

«Te amo» es el saludo de todos los pueblos, un saludo universal que todos conocen; «sigo aquí», la despedida de cada persona que se aleja, sólo por circunstancias. ¿Acaso puede alguien dejar de estar cerca de lo suyo?

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¿Cree Vd. que vivimos en el mejor de los mundos posibles?

Esta fue la pregunta con la que terminé uno de mis posts, y la verdad es que no contestaron muchas personas. Pero, yo por mi cuenta, he hecho esta misma pregunta a cuantos amigos y conocidos he tenido a mano. Casi todos han contestado que no, que no vivimos en el mejor de los mundos posibles. Esta respuesta no me extraña, y entiendo que la mayoría de las personas no estén de acuerdo con la afirmación del filósofo Gottfried Leibniz de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Tienen un buen argumento a su favor: ¿cómo justificar la presencia del mal, de las dificultades, de los problemas, del dolor?

Un vaso que se cae, un accidente de coche, la sequía que arruina una cosecha, una enfermedad inesperada, despidos masivos, lluvias torrenciales, sequías interminables, empresas en ruina, terremotos, tsunamis, guerras, etc. Las dificultades y el dolor nos rodean, están en todas partes.

La respuesta a la pregunta ¿cómo justificar el mal y las dificultades? la podéis encontrar en la portada del libro de Darwin: “El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida” LUCHA POR LA VIDA. Sin lucha, sin dificultades, no habría evolución.

El dolor se ha mostrado como la mejor ventaja competitiva que tenemos. Es un aviso de que algo va mal y tenemos que corregirlo; el dolor ayuda a reorientar nuestros movimientos y a esta continua reorientación, cambios y adaptación es a lo que llamamos evolución.

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