
El pájaro no canta porque está alegre, sino que está alegre porque canta.
(William James)
En esta ocasión traigo una de las canciones en español más famosas por su letra inspiradora. Es una de esas canciones que escuchamos para darnos ánimos, para ver la vida de una forma más optimista.
Su autor es Diego Torres, cantante que nació en 1971 en Buenos Aires, Argentina. De familia de artistas, pues su madre fue una famosa actriz y cantante de los años 50 y 60, Diego comenzó desde muy joven en el mundo musical. Pero la consagración le vino en 2001 con el álbum “Un mundo diferente”, en el que iba incluida esta canción.
Según cuenta en su web, las canciones de este álbum “calan hondo, abren un crédito esperanzador de que no todo es pálido y chato, y ratifican una vez más la importancia de la música para salir del ahogo de la realidad”. Y es que el disco llegó en uno de los momentos más duros de Argentina de la historia reciente.
La canción “Color esperanza” fue elegida espontáneamente en todas las escuelas argentinas como mensaje esperanzador para la familia y como segundo himno en todas las fiestas patrias. También fue elegido el 11 de septiembre como mensaje de paz y esperanza en las radios de toda América.
A continuación la letra completa de la canción: Continue reading
Se fueron todos. De repente, todo se quedó vacío y la otrora gran explanada me pareció ahora enorme y desolada. Solo un polvo fino y un amarillo quemado bajo el sol del mediodía. Y en aquella soledad inmensa sólo estaba yo, pequeño y temeroso, asustado, insignificante. Todos se habían retirado. Estaban a salvo. No era su lucha, no era su asunto. Sentía sus risas, sus miradas irónicas, su pequeño desprecio recubierto de superioridad. ¡Pobre! No sabe que este mundo es así. ¿Qué pensará, que pájaros tendrá en su cabeza? ¿Adónde querrá ir, si no hay dónde ir? Alguien le habrá metido vanas ideas en su alma cándida. En el fondo es un inocente, qué vamos a decir…, es un pobre hombre. Pero le queremos, porque en el fondo es bueno. Solo que esta vida le viene ancha.
Los fantasmas aparecieron. Algunos cabalgando enormes monturas. Otros de negro, con vestiduras horrendas. Caras horribles, manos huesudas, portando pequeños espejos en los que mi figura aparecía diminuta, triste y abatida, ridícula, deforme. Unos reían, otros me hablaban parodiando mis palabras, haciéndolas estúpidas, pretenciosas y vacías.
Yo estaba solo y pequeño frente a ellos, como el pequeño David frente a los filisteos. Mi ejército no estaba. No tenía ejército. Sabía imposible la lucha. Y yo estaba solo, como el nacido, como el loco, como el náufrago, como el indigente. Y un enorme terror se apoderó de mí.
Pensé muchas cosas. Pero ninguna era ya posible. No había sitio ya para mí. En un momento de claridad, entendí. Aquella era mi guerra. Y no importaba a nadie. Solo era mi trance, mi precipicio, mi naufragio. Mis enemigos eran sólo míos y los fantasmas vivían en mi casa, sólo en mi casa.
Se cuenta que cuando al gran alquimista Salomón Trimosín, nacido en 1490, se le preguntó cuánto pensaba vivir, contestó que hasta el día del Juicio Final.
Unos años más tarde, concretamente el sábado, 7 de mayo de 2005, en una entrevista publicada por el periódico El Mundo, el biólogo de la Universidad de Cambridge, especialista en envejecimiento, Aubrey de Grey, afirmó lo siguiente: Me apuesto lo que usted quiera a que ya ha nacido una niña que va a vivir indefinidamente.
Ciertamente, buscar la fuente de la eterna juventud ya no es una quimera de los antiguos alquimistas medievales, sino que se ha convertido en una realidad, en un objetivo de la ciencia. Encontrar las llaves de nuestro reloj biológico parece que está al alcance de la mano: la química, la biotecnología, la robótica, la informática, etc., todas las ramas del saber aportan su granito de arena para conseguir ese viejo sueño; vivir muchos, muchísimos años hasta llegar a ser eternos, es el gran objetivo.
¿Y… después qué?
Esa preciosa peli siempre me ha resultado intrigante. Habla de muchas más cosas de las que parece, como ocurre con casi todo en la vida.
A mí «la nada», esa que se come el mundo, imparable, me resuena al miedo, un miedo que paraliza, que poco a poco va haciendo que desaparezcas en todo lo que eres, despacio e incesante. Bien porque te acomodas a lo que parece que es suficiente en la vida, bien porque no te atreves a hacer eso que deseas, bien porque simplemente dejas de creer en ti. A partir de ahí todo lo que sabías de ti mismo irá desapareciendo, convirtiéndose en confuso, en inseguro, en irreal.
Y el único modo de salvarlo es el valor. En este caso, como en el cuento, tú mismo has de ser el protagonista, aquel que crea en Fantasía, aquel que crea en ti. A partir de ahí, desde ese momento, cuanto más luches, cuanto más imagines, cuanto más creas, más grande serás.
Pero, si en lugar de centrarlo en nosotros lo pasamos al mundo en general, micro, macro, todo él, entonces la nada puede ser igualmente la falta de fe, de valores, generalizada, de un mundo que de puro material está desapareciendo. Y la salvación solo vendría porque creamos en lo bello, seamos capaces de sentirlo, de lucharlo…, y cada vez ese mundo posible será más y más grande.
Hablar del amor a la verdad es hablar de una de las inclinaciones naturales que más nos definen como seres humanos, tan natural como el impulso de orientación que hace crecer a las plantas hacia la luz.
Todo ser humano ama naturalmente la verdad. Nadie quiere caminar por la vida a ciegas sin distinguir ni reconocer lo verdadero de lo falso o cuando menos lo que nos hace bien de lo que nos daña.
Una de sus expresiones más elementales es la necesidad de autenticidad, el rechazo de lo falso, de lo que a veces con medias verdades tiene como intención el engaño. Sinceridad, autenticidad, fidelidad a la verdad son valores sobre los que se alzan pilares sólidos en la construcción de la sociedad y de uno mismo.
En un nivel más profundo se manifiesta como la necesidad de caminar por la vida con sentido y con coherencia. De alguna manera es cierto que despertamos a un segundo nacimiento interno cuando surge en nosotros la necesidad de sentido.
El amor a la verdad lleva consigo el deseo de saber y aprender. Es amor al conocimiento como proyección de la natural curiosidad del niño y de su no menos natural capacidad de asombro, que busca comprender el mundo, indagarlo, experimentarlo, a la vez que se descubre a sí mismo. Este impulso es natural reflejo de la necesidad de autonomía que trata de llevarnos a nuestra propia realización humana en libertad, dotándonos de discernimiento y criterio. Es el despertar de la razón que como guía interna trata de permitirnos vivir con profundidad y sentido, alejándose de la simple sumisión ciega a unas fuerzas, ya se entiendan «naturales» o «sobrenaturales».
Sorprendentemente, todos vivimos inmersos en el ruido. ¿Es que nos gusta? ¿O es que lo necesitamos?
Seguramente es lo segundo. El ruido es muy eficaz para impedirnos escuchar. Escucharnos. Por eso nunca escuchamos lo importante. Por eso nunca escuchamos lo que en verdad nos importa. Porque nuestro hablante es silencioso, y más que hablar, susurra. Y no se puede escuchar un susurro en medio del ruido.
Y porque tememos el silencio buscamos el ruido. De un motor, de un televisor, de una multitud, de un partido de fútbol, de una fiesta, de una reunión, de una radio, de lo que haga falta… con tal de esquivar la inseguridad del silencio.
Y, poco a poco, el hablante se cansa, y ya no dice nada. ¿Para qué? No estamos dispuestos a escucharle, no nos interesa lo que nos dice, nos incomoda, puede plantearnos cosas difíciles, puede pedirnos explicaciones, puede acuciarnos a tomar senderos complicados y escarpados… en fin, puede poner en peligro nuestra “comodidad”.
Muchos tuvimos la oportunidad de ver la película “Una mente maravillosa», y creo que todos nos quedamos con la misma pregunta: ¿por qué y cómo estas mentes maravillosas fracasaron ante el dilema que nos plantea el poeta dramaturgo irlandés Yeats: la inteligencia humana debe escoger entre dos aspiraciones excluyentes, la perfección de la vida o de la obra?
John Nash es el matemático sobre el que está basada la película, interpretado por Russell Crowe. Una mente maravillosa es el caso más famoso, pero no el único. Hubo otros casos no tan conocidos pero igualmente extraordinarios, de los que exponemos a continuación, aunque sea brevemente, algunas notas biográficas.
Von Neumann
De pequeño ya asombraba a todos por su memoria; dicen que leía una columna de la guía telefónica varias veces y era capaz de responder a las preguntas que le hiciesen de nombres, domicilios o teléfonos. A partir de ahí todo fueron genialidades en matemática, física, programación, etc. De niño, von Neumann demostró tener una memoria increíble. Poundstone, en ‘El dilema del prisionero” escribe:
El reciente reconocimiento de Hipatia, una de las más grandes filósofas de la historia, me ha traído el recuerdo de nuestra querida María Zambrano, sin duda la más grande filósofa española. Porque también estuvo a punto, por un exceso de celo fanático de sus adversarios, de perder la vida. Pero afortunadamente su afán de vivir le hizo evitar el peligro y así alcanzar su época de madurez durante el exilio lejos de España.
Si filosofía es amor al conocimiento, ¿por qué siempre hemos interpretado que ese conocimiento ha de ser racional, fruto de nuestra mente lógica? Zambrano es un vivo ejemplo de esa otra filosofía, como amor al conocimiento, más que a la razón. Aunque ya he escrito en otras ocasiones sobre la personalidad de María Zambrano, sobre su pensamiento, ahora quería escribir más con el sentimiento que con la razón. Primero transcribiré algo de lo que María Zambrano escribió la razón, hablando de Séneca (“El pensamiento vivo de Séneca”, Madrid-1963). En una próxima ocasión escribiré sobre filosofía, sentimiento y razón.
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