Y qué le voy a hacer…

…si yo… nací romántica perdida, hasta para los muebles.

Bueno, bueno, todo empezó por un sofá viejo. En realidad no era tan viejo, tenía… unos ocho años. Era un buen sofá, encargado a medida y hecho a mano, tapizado en rojo aframbuesado; quedaba bonito. Tenía el respaldo un corte a la altura de los riñones para resultar más cómodo, cojines de pluma, brazos anatómicos… un buen sofá.

Lo encargamos a imagen y semejanza de los que más nos gustaron, llenos de ilusión, y resultó… el sofá más incómodo del mundo. No había quien lo transportara de lo que pesaba. Ese corte a la altura de los riñones hacía que la parte de arriba del respaldo, llena de pluma, se apelmazara contra la de abajo y se te echara encima, haciendo imposible apoyar bien la espalda, se hundía según te sentabas de lo blando que resultaba… En fin.

Un día, tras mucho pensarlo, tras ocho años pensando, compramos otro sofá. Este estaba de oferta, la tela que escogimos fue la más oscura y rebajada de precio para que el destroce que los niños provocaran en él no se notase demasiado. Resultó que, a pesar de la oferta, tenía los asientos desplazables hacia delante y los respaldos reclinables. Era comodísimo hasta más no poder. La pena que nos dio quitarnos el otro de encima… y el trabajo, se nos fueron en unos días. ¡Qué frivolidad!

Pues fue así que mi sofá me enseñó algo, no sé si bueno o malo, y es que en ocasiones estás demasiado tiempo soportando lo que no te gusta, lo que no es cómodo, lo que no es agradable, y cuando te decides a cambiarlo, las cosas pueden resultar mucho más fáciles y placenteras, sin pensarlo. Se termina ese extraño esfuerzo del día a día por encontrar tu sitio en unsofá que no está hecho para ti, aunque pusiste toda tu ilusión al encargarlo.

Y te das cuenta de que las cosas pueden ser simplemente fáciles, pero tienes que decidirte a cambiar.

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Escalas

La razón transita por los senderos del llano.
La razón describe.
El corazón concibe.
La fuerza del río se forja en las alturas
y se desparrama en la llanura.
El fuego se inicia con la chispa
y se extiende a los leños.
La razón da forma a las ideas.
El corazón les da su fuerza.
La razón da forma a las alas.
El corazón le da fuerzas para volar.

La duda lleva a la certeza.
La certeza lleva a la convicción.
La convicción lleva al entusiasmo.
El entusiasmo lleva al corazón.
Y el corazón lleva a la sabiduría.
La sabiduría lleva a lo divino.
Lo divino nos lleva a nosotros.
Y nosotros llevamos al universo.

La vestimenta del filósofo

Recientemente, mientras iba por la carretera, adelanté a un ciclista perfectamente uniformado. Me llamó la atención su vestimenta especialmente preparada para protegerle de las inclemencias del tiempo y de las incomodidades de la marcha en bicicleta. Pero también su colorido y sus distintivos de pertenencia a un determinado club deportivo. Me imaginaba a este ciclista en el momento de vestirse su uniforme y su preparación mental y especial disposición para la práctica de este duro deporte. Veía cómo esta persona poco a poco dejaba su ropa de calle y se cubría con la vestimenta que le distingue como ciclista. Cierto es que como dice el refrán el hábito no hace al monje, pero no cabe duda de que cuando uno se pone la ropa para la práctica de un deporte, desde ese mismo momento uno empieza a representar un papel, a distinguirse entre los demás y a exigirse a uno mismo para estar a la altura de lo que esa ropa representa.

De igual manera, me imaginaba a los integrantes de un equipo de fútbol como los que hemos visto hace pocas semanas en esa especie de rito en el que dejan de ser personas corrientes vestidos con ropa de calle para vestirse con unos colores con los que tantos cientos de miles de seguidores se identifican. O el rito del momento en el que un torero se viste esa ropa tradicional para el acto de enfrentarse ante la muerte en un ruedo, rito que algunos realizan por última vez. O también, por qué no, me imaginaba el momento en el que tantos miles, millones de trabajadores se ponen un uniforme que les distingue e identifica con una empresa, con un proyecto, con un trabajo. De alguna manera es también un rito que marca un acto de identificación y representación de una imagen grupal, de un conjunto de hombres.

Al pensar así me pregunté: ¿y cuál es el uniforme que distingue al filósofo?, ¿cuál es la vestimenta que el filósofo se pone cuando ejerce de lo que es? No, no es la toga de griegos o romanos, ni la túnica de lino de los egipcios o el hábito de franciscanos o benedictinos en el Medievo cristiano. Incluso tampoco es ese jersey de cuello alto con que asociamos a los pensadores marxistas de los años 60.

La verdadera vestimenta del filósofo es lo que le distingue como hombre, lo que le hace ser un continuo buscador, un amante necesitado de la sabiduría. Un eterno buscador inconformista pero lleno de alegría cuando sabe que está en el buen camino. Y si no es así, con la valentía de reconocer el error y rápidamente, con alegría, volver a ponerse de nuevo en camino.

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El punto de «la verdad»

El tema de “la verdad” siempre es controvertido; por ello debo hacer un preámbulo aclaratorio antes de entrar de lleno en la reflexión, que dicho sea de paso, no es más que eso, una reflexión en voz alta, sin más pretensiones filosóficas.

Veamos: ¿existe “La Verdad”? Unos dirán que en absoluto, pues ni la ven ni la presienten, y otros afirmarán que por supuesto existe, y aun sin verla creen en ella. Pero supongamos que existe, aunque no podamos tenerla del todo y mucho menos definirla, pues no olvidemos las palabras de Lao-Tse cuando afirma que el Tao (la verdad) que puede ser explicado no es el verdadero Tao. Pero imaginemos que existe, y que todo lo que está vivo y funciona participa de ella en alguna medida, y aún más: que la evolución (o cambio) de todo cuanto existe y nuestra particular inquietud de perfeccionamiento, de ser mejores cada día, tiende hacia ella y quiere ser esa “verdad”, lo cual nos llevaría a la conclusión de que ese, y no otro, es el sentido de la vida, tratar de vivir lo más impregnado posible de la verdad sea cual sea.

Llegados a este punto, y suponiendo esto cierto, ya puedo plantear mi reflexión, pues aunque os lo presente como hipótesis creo que, en efecto, las cosas son así. La primera pregunta que me planteo es: ¿dónde está el punto de la verdad? Aquello que nos hace dar un pasito hacia ella, vivirla más de cerca, ser más luminosos de instante en instante. Sin duda alguna ese punto, o ese estado de “verdad transitoria” de la que hablo, será diferente para cada uno, pues todos somos distintos, incluidos animales y plantas, y lo que para uno es un paso hacia esa verdad, para otro puede ser un retroceso al estar más cerca de ella, pero no por ello es menos importante esa reorientación, ese cambio de rumbo, o de estado, o de comprensión, no para el que lo vive. Bajo este punto de vista, todo cuanto existe merece nuestro más sincero respeto, pues independientemente de nuestra naturaleza estamos en el mismo camino.

Muchas veces confundimos el saber (la verdad) con información aprendida en libros de autores más o menos considerados sabios, pero mientras esos conocimientos, por muy buenos que sean, no provoquen en nosotros una determinación nueva, un cambio de actitud en la vida, solo servirán para adornar nuestras cabezas. De esta forma, me atrevo a imaginar que el punto de la verdad está allí donde descubrimos (de forma individual) la brújula con la que reorientar nuestra forma de ser, allí donde somos conmovidos y empieza una vida más plena y real que, sin ser muy conscientes de ello, nos arrastra hacia esa “Verdad” indefinible y sin embargo presente y necesaria, pues entiendo que sin ella no habría vida ninguna. Creo que nunca olvidaré las palabras de Unamuno cuando afirmó que «la vida» es el criterio de «la verdad».

De vez en cuando, la vida…

¿Se puede realmente aprender a vivir, de modo que lo que quede, solo sea vivir? A veces me lo pregunto. ¿Y si solo hay una verdad? ¿Y si, a grandes rasgos, ya la conocemos, y solo queda “ser con coherencia, sinceridad y placer”?

Por aprender a vivir quiero decir intuir la relación con todo lo que existe, la capacidad amorosa global-macro de la que estamos hechos, la comprensión-compasión-no ego, que nos permite relacionarnos con los demás y con las circunstancias, sabiendo que son pasajeros, y que sus actos incómodos, si los hay, son provocados por situaciones emocionales igualmente temporales, que sus fondos son normalmente dignos y confiables y solo están enredados en un «ahora» determinado. Una verdad que nos recuerda tanto la dimensión del enorme universo que nos rodea como la de los microcosmos que nos conforman. Una que te hace tranquilo, aunque entusiasta. ¿Cómo no sentirse entusiasta formando parte de esta grandeza? Esa verdad que es solo una y la misma, que te recuerda dibujando la vida, poco a poco, como si fueses un papel en blanco cuyo boceto puedes ir perfilando, contorneando su cintura tal cual un alfarero, con un poco más de sabiduría, un poco menos de egolatría, y en consecuencia, un poco más de saber quién soy y un poco menos de no escucharme. Así se hace la vida, así se elige uno un trabajo que le va gustando, o que acepta por ser lo «suficientemente satisfactorio» (expresión que utilizan los psicólogos y que me hace mucha gracia, por cierto). Así se crían hijos, hablándoles desde lo que sabes, y sabes muuuchas cosas, así se forman alumnos, así se pasea por la calle o el campo, o el pueblo… o por ti. Así se ama, porque si no es con amor, no merece la pena ni echarse un té (o cualquier otra cosa), por amor a la vida, cuando menos, a su belleza, a sus posibilidades que son las nuestras. Así es como se escribe y se compone, así como se guiñan los ojos al amigo. Me refiero, por tanto, a que la verdad la sabemos, la verdad vivible, sin matices extremadamente científicos que me sobran, si es que no es más que una y la misma. Y entonces, aunque nos falte cultura, pasos que dar, libros que leer y tropezones varios, ¿se puede saber ya vivir y no más quedar hacerlo (así lo diría mi amigo Floro)?

Pues miren que creo que sí. Que como Serrat cantaba ese «de vez en cuando la vida nos besa en la boca», yo creo que cuando no, también sabemos qué hacer. Es como si ese día la vida tuviera diarrea, o un esguince, como yo hoy. ¿Y es que por eso la vida no es igual de bella, y es que por eso nosotros no sabemos curarla o dejar de verla la barriga hinchada? La vida es la vida y es bella de por sí, y cuando se nos brinda en cueros o toma con nosotros café, para cuando no. La vida está en nuestros ojos, en nuestro saber. Y la verdad es que yo creo, que siempre, siempre, la vida va en cueros por ahí, sólo es que nosotros creemos que hoy le duele la cabeza. Pero, ¡qué va! A ella, jamás le vendrá mal un piropo lleno de confianza que diga: tú siempre tan bonita, ¿bailamos?

Hoy vi un camino

Todos los pasos, de algún modo, abren o refuerzan caminos.

Con estos pensamientos sobre la vida como camino, extraídos del libro «Hoy vi» de Delia S. Guzmán, queremos celebrar los 3 millones de visitas de esta andadura que iniciamos hace tiempo a través del blog.

«Voy hacia el Infinito, nuevamente, por esforzado Camino vertical que ha tomado la forma de una espiral, sumando lo horizontal a lo vertical, lo humano a lo divino, lo que es a lo que debe ser».

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Pánico en la opulencia

Como matemático, me interesa tratar de explicar cómo todos los sucesos físicos pueden ser explicados por leyes matemáticas. Astronomía, física o química parecen ser el campo natural de acción de las matemáticas. Pero lo realmente interesante es utilizar métodos matemáticos para explicar los comportamientos de los seres vivos y más aún el de los seres humanos. Biología, sociología o psicología serían los campos de acción en los que posiblemente muchos de nuestros lectores dudarían de la conveniencia de emplear métodos numéricos para explicar la realidad.

Sin duda, simples métodos aritméticos, algebraicos o geométricos son insuficientes para explicar la complejidad del comportamiento humano. Pero avances en los últimos 50 años en los campos de la Inteligencia Artificial, de la llamada Teoría del Caos o de los Fractales nos ofrecen una explicación no totalmente racional de la Vida, pero sí formulable matemáticamente.

¿A qué viene esta reflexión? Pensaba recientemente cómo puede explicarse el comportamiento de las últimas dos semanas de una sociedad opulenta del primer mundo como España, en cuanto falta alguna de las cosas que asumimos que siempre están ahí. Me refiero a que la llamada «desaceleración económica» ha traído un, esperemos breve, parón en el crecimiento económico español. Y si antes nadie comentaba cómo se hacía dinero tan fácilmente comprando por 1 lo que luego se vende por 2, ahora todo el mundo se queja. A la disminución de los ingresos se suma la subida de la gasolina, de los transportes y, por tanto, de casi todos los productos que consumimos, que ya no se producen en la huerta o la granja de al lado, sino que vienen de cualquier insospechado lugar.

Y llega el miedo. Peor aún, el pánico.

Paran los transportistas y todo el mundo se vuelve loco para tratar de acumular lo que no nos hace falta. Y todos nos volvemos locos dejando que se pudran toneladas de alimentos. Y el pánico llega a los supermercados, a las estaciones de servicio. Y algunos parecen estar en guerra, por unos pocos euros, llegando a absurdos enfrentamientos, y peor aún, la muerte de algún implicado.

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El mejor de los escudos

Al hilo de una conversación mantenida por correo electrónico con un par de personas, se coló de rondón una subconversación ajena pero que me llamó la atención, y, como suele suceder, no pude resistirme a reflexionar sobre ello, aunque en realidad, de esa conversación prestada no tuviera más que unas pocas líneas, eso sí, con un significado muy claro, pues afirmaban la necesidad de llevar escudos por la vida para que a uno no le hieran, o al menos eso me pareció entender.

Así, a bote pronto, distingo varios tipos de escudos, o formas de no sufrir heridas ante el embate de los demás o de las circunstancias (seguro que hay muchos más). El más básico sería el de protegerse recubriéndose de costras psicológicas o mentales para que no nos vean, para que no encuentren la manera de herirnos; el problema es que entonces uno va por el mundo escondido en sí mismo, sin mostrarse ni abrirse a los demás, sin ser él mismo, corriendo el peligro de que esa actitud se enquiste para siempre y al final uno ya no se reconozca ni a sí mismo, pues un actor que siempre interpreta el mismo papel acaba por creerse el personaje; véase, si no, cómo acabó el Tarzán más popular de todos los tarzanes; me refiero, claro está, a Johnny Weismuller.

Otro tipo de escudo diferente, bastante más saludable que el anterior y del cual se hablaba en esa conversación prestada, es la comprensión que nos lleva a la tolerancia, pero a una tolerancia no resignada a soportar una situación, sino una tolerancia que entiende al otro, que comprende en lo básico la naturaleza del ser humano y sabe no darle demasiada importancia a lo que no la tiene. De esa manera no nos sentiremos aludidos ante insultos, críticas o injurias de alguien que se encuentre temporalmente enajenado (o eso creamos), pues comprendemos la situación por la que pasa y haremos oídos sordos. El peligro que le veo es que esto lo podríamos utilizar siempre que no nos interese oír las críticas de los demás, con lo cual nos podemos estar perdiendo una oportunidad de aprender, de conocernos mejor a nosotros mismos a través del espejo que son todos aquellos que nos rodean.

Pero lo que entiendo como el mejor de los escudos es la ausencia de carne donde hacer sangre, de amor propio que humillar, de ego enardecido que tirar por los suelos. Me explico: si sabemos que no somos perfectos y nos reconocemos en nuestras carencias y virtudes, si no nos hacemos fantasías sobre lo que somos y dejamos de ser, sino que nos aceptamos como somos, y siendo lo que somos (pues no podemos en realidad ser otra cosa), si comenzamos entonces a vivir con sinceridad y coherencia… ¡no hay nada que pueda hacernos daño!, o muy pocas cosas, o durante poco tiempo. Pues siempre volveremos a la sinceridad de lo que somos, y desde allí veremos muy claro, y en ese espacio estamos desnudos, somos libres, no hay donde herir, lo que digan no encuentra eco, ni escudos, pasa de largo sin encontrar materia donde hacer mella.

Ese es a mi entender el mejor de los escudos.

La sociedad está enferma

El panorama del mundo actual está repleto de contrastes. Grandes conquistas humanas, sociales y tecnológicas se mezclan con las crecientes guerras, desequilibrios sociales, luchas fratricidas y deshumanización de las sociedades.

El impulso creciente aumenta en la dirección del fanatismo, el desinterés y la deshumanización…

…Gran parte de la sociedad está enferma

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