La alfombra más bella del mundo

Estábamos de viaje por un apartado lugar del interior de Turquía, en un pequeño pueblo adonde pocos turistas occidentales llegan, aunque sí había gente venida de otros lugares del país, por la presencia de aguas termales. Decidimos dar un paseo nocturno, para disfrutar de una noche veraniega con la reposada vida callejera sin ruidos, sin automóviles. Los hombres, sentados en las terrazas de los bares, tomaban té, mientras las mujeres comían pipas de girasol sentadas en un banco o paseaban viendo los puestos callejeros, principalmente de ropa. Cuando parábamos a mirar un puesto, el dependiente se acercaba amablemente, nos decía el precio, y se lo agradecíamos con una sonrisa, siguiendo nuestro caminar, sin ser “perseguidos” tratando de vendernos la mercancía o de regatear su precio.

Al final de nuestro paseo, pasada la medianoche, encontramos a Alí, mientras mirábamos una maleta de imitación de una conocida marca americana. Después de una corta conversación, aceptamos entrar a su local. La tienda estaba fuera de horario: él miró varias veces a ambos lados de la calle, abrió rápidamente el cierre y cuando entramos, volvió a bajarlo para que no se viera nuestra presencia desde fuera. Así accedimos al sancta santorum de las alfombras turcas.

Después de ver una docena de alfombras, pregunté si tenía alguna de color azul. Entonces apareció la alfombra más hermosa que nunca vi. Era una pequeña alfombra de oración que en uno de sus extremos marcaba la dirección a la Meca, si la orientábamos correctamente. Su color azulado variaba si se miraba en uno u otro sentido. Entonces Alí nos contó la historia de esta alfombra.

Apenas hablaba inglés, y en español sólo sabía decir “gracias”. Se defendía en alemán, mezclado con el turco, y en estos idiomas de los que apenas conozco dos docenas de palabras transcurrió nuestra singular conversación. Su familia había emigrado desde el interior del país hasta los alrededores de esta zona turística, donde habían comenzado un pequeño negocio que regentaba su padre. Su madre había tejido, día tras día, esta alfombra durante dos años, pasando unas pocas horas diarias en el telar donde se había dejado la vista, no por esforzarla en los pequeños detalles, sino por la belleza deslumbrante de la misma. La alfombra tenía una alta densidad de hilo y no se apreciaba ningún nudo por uno u otro lado. El tacto era extraordinariamente suave, y rozándola con la yema de mis dedos podía sentir los menudos y endurecidos dedos de la madre de Alí, mientras movía arriba y abajo el telar, un hilo tras otro, durante dos años. “Sagen einen Preis”, dijo Alí. “Diese Karpet keine Wollen”. Arriesgué a decirle: “fünfzig Euro”. Su sonrisa mostró cierta resignación, al perder el tiempo hablando con un occidental que no sabía distinguir entre el trabajo realizado de forma automática, impersonal, repetido en la perfecta imperfección de una máquina y el realizado por su madre ya casi ciega. En un papel escribió 1850; euros, no liras turcas.

Continue reading

Palabras

Estaba hablando hace unos días con un amigo, maestro toda su vida de las hermosas lenguas de nuestros antepasados inmediatos, el latín y el griego. Tan versado es en ellas que me contó una vez que, paseando con su familia por el puerto, se toparon con un barco polaco de pasajeros que a todos llamó la atención por su belleza y que enseguida quisieron visitar si ello fuera posible.

No hubo manera de entenderse con nadie, ya que nadie sabía una palabra de español. Pero, casualmente, pasó por allí el cura de la tripulación, y a mi amigo se le encendió la bombilla. Lo llamó (en latín) y le explicó su deseo.

Por supuesto, visitaron el barco, siendo el sacerdote su singular guía, y mi amigo su intérprete para su familia.

Como decía, hablábamos sobre diccionarios, de latín y griego, y los más queridos por mí, los diccionarios etimológicos. Le contaba que para mí era fascinante, y casi siempre imprescindible, acudir a mi diccionario etimológico en desesperada ayuda para descifrar el contenido primigenio de las palabras. Nunca encontré mejor manera de penetrar el alma de las palabras que conocer su nacimiento. Los romanos, los griegos, los árabes; ellos fueron los que dieron alma a las palabras que hoy usamos.

Yo le decía que, para mí, la palabra es el cuerpo o el envoltorio de un concepto, de la esencia que guarda, de su alma. El asentía con la cabeza y vi que sus ojos brillaban, porque ama las lenguas clásicas.

Continue reading

Esfuerzo consciente

Ando últimamente metida entre textos legales, y no precisamente porque tenga problemas con la justicia, sino porque he de estudiar varios de ellos para la resolución de un examen, concerniente al trabajo que desempeño.

Son temas tediosos, al menos mirados desde lejos, de esos a los que no querrías dedicar ni un minuto de tu poco tiempo libre. Suenan a ruido de motor viejo cuando los pronuncias, a grillado y a ahogo: Ley Reguladora de Hacienda, Ley de Presupuestos Generales, Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas…, en fin, horrible. La peor de todas, la más temida y farragosa, la mala de esta peli, cuyo guión se desarrolla entre papeles subrayados y resobados, es la llamada «Ley de Contratos de las Administraciones Públicas». Vestida de negro y violeta, vaga por los despachos sin pena ni gloria, salvo necesidad imperiosa.

Pues resulta ser que, después de varios días estudiándola a fondo, despacio, repasándola, buscando sus recovecos, haciendo casos que prueban si la has comprendido, me sorprende, como en tantas otras cosas, que «donde miras, crece», como decía mi apreciada Caridad.

Me lo estoy pasando pipa cada vez que descubro algo nuevo de la terrible Ley de Contratos, la cual según leo, comprendo, y según comprendo conozco y de ahí, deduzco y llego a conclusiones claras. Tanto se disfruta hasta lo más inmundo porque en todo hay belleza y algo que aprender. Ya hasta espero un nuevo caso para adentrarme en «la temida» y saborearla, y es que, entre ella y yo, hoy ya nos entendemos con sonrisas y guiños de talentos escondidos, ya que ella ha resultado ser una verdadera sabia.

Continue reading

Idealista, relativista y escéptico

Todo eso es posible ser sin por ello caer en contradicciones. Sé que desde que Tales de Mileto habló del Arché, la filosofía evolucionó hacia posturas contrapuestas que no solo animaron el panorama de la Grecia antigua entre platónicos y sofistas, sino que llega hasta nuestros días, es un debate antiguo y sin resolver que nos hace tomar posiciones que desembocan en acaloradas discusiones, pues determinan, muchas veces, el sentido que para unos y otros tiene la vida. Permitidme, pues, poner mi particular opinión sobre el tema, aunque ya se ha tocado anteriormente en este blog.

Los idealistas u objetivistas son aquellos que creen que existe una única realidad, la misma para todos más allá de la particular percepción que cada uno tenga; esa es la base de la ciencia, aunque en lo moral parezca que no es aplicable.

Los relativistas son los que piensan que no existe una única realidad, y que por tanto todas sirven, todas son reales y justificables.

Los escépticos por su parte piensan que no existe ninguna realidad, y que si existiera (parafraseando a Gorgias) el hombre no podría apresarla, y si la apresara sería imposible comunicarla… lo cual me recuerda el famoso dicho de Lao-Tse cuando dice en el Tao-Te-King aquello de “El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao”, una frase escéptica para con la capacidad de expresión que tienen las palabras, pues la palabra nunca es la cosa que expresa, y necesita de la común experiencia entre los interlocutores: si hablo de amor, solo podrán entenderlo los que amaron, y aun así, esta tomará unas connotaciones u otras según que el amor vivido fuera posesivo o generoso.

Conclusión: todos tienen su punto de verdad, o me lo parece, pues creo que existe una realidad “metafísica” que es la misma para todos, como ya explicó Platón (por encima de las formas que adopta un caballo esta la idea de la especie); pero la percepción que cada uno tiene en función de su experiencia, cultura e intereses es distinta y, sin embargo, respetable, pues para el que piensa así es real (la base de la democracia); y por último, la idea escéptica de que no existe la verdad de nada (conclusión a la que llega el relativista) es cierta en el plano de la vida perceptible donde todo fluye, todo es cambiante, y para mí, eso se asemeja a una actitud de respeto y hasta de humildad ante una posible realidad que escapa a la razón.

Continue reading

Pirrón, el escéptico

Pirrón tampoco ha sido uno de los filósofos más «populares» de la historia. Pero el escepticismo, la doctrina que él propugnó, ha observado un reciente auge, sobre todo en aquellos que empiezan criticando cualquier «saber» no científico y terminan por no aceptar nada que no pueda ser comprobado por la ciencia que ellos defienden. De esto ya hemos hablado en otra ocasión con dispar suerte.

Curiosamente, el escepticismo que propugnó Pirrón no es el que ahora se toma por tal…, pero primero vamos a ver quién fue este personaje.

Pirrón (360-270 a.C.) nació en Elis, al sur de la península del Peloponeso, al igual que el célebre sofista Hippias, contemporáneo de Sócrates, a quien Platón dedicó dos de sus diálogos y que se jactaba de saber de todo y de proporcionar a sus alumnos herramientas dialécticas para ganar cualquier discusión. Curiosamente, Pirrón tomaría una actitud radicalmente distinta.

Acompañó a Alejandro el Grande en sus conquistas en Oriente. Se dice que estudió con los gimnosofistas en la India y los magos en Persia. A su regreso adoptó una vida de soledad, viviendo en la pobreza, siendo honrado por sus conciudadanos de Elis, e incluso por los atenienses, que le concedieron la ciudadanía.

Continue reading

Voces

“El que sabe escuchar música sabe escuchar todas las voces”

Esta mañana, volviendo de sacar a Turca, me encontré en la puerta con mi vecino, el profesor de violín. Nos paramos un rato, y después de hablar un poco de todo, le saqué el tema de la música, que siempre me interesa, y del que no es fácil encontrar alguien con quien hablar.

Me habló de la orquesta de Granada, en la que estuvo, y de la viola, su instrumento. Me comentaba que en la orquesta, la viola era de los instrumentos un poco postergados, o ignorados por la gente en general, porque no lleva la voz cantante, ni estremece con la fuerza del bajo, ni es tan brillante como el piano o cualquier otro instrumento solista. Forma parte de la armonía que sostiene la voz que habla, de los tonos que dan los matices al tema que se expone. Le comenté que, estando yo en una coral, notaba que ocurría algo parecido con la voz de las contraltos, que en realidad equivale en la orquesta a las violas.

Y es cierto, pensé: cuando se escucha cantar a una coral, es difícil escuchar a las contraltos.

Cuando nos despedíamos, me dijo: «Bueno, el que escucha música sabe escuchar todas las voces».

Subí a casa y esa noche le di más vueltas al asunto.

Continue reading

De la misma madera

La cuestión es que, a veces, no comprendo a las personas. Las considero injustas, me llegan a caer mal o noto que no empatizan del todo conmigo. Afortunadamente, esto solo ocurre con un porcentaje escaso de aquellas que conozco y, sin embargo, son las que más me duelen. Ya sé que no puede uno llevarse bien con todo el mundo, pero…

He pasado horas enteras analizando las conductas sociales desde dentro y fuera de los grupos (y las mías propias en estos contextos), como si fuesen una madeja anudada que sabes se puede desentramar. Si uno llega a conocer y comprender las relaciones humanas, conseguirá hacer estupendos jerseys con ellas, confortables, entrañables.

Mis mayores dudas eran, por ejemplo, ¿por qué alguien que te es empático de repente deja de serlo? ¿Es posible que vuelva a serlo? ¿Cómo puedes aproximarte a personas que parecen muy importantes o muy solas?

Todos los comportamientos tienen un motivo. Ese es el quid del tema: llegar a descubrir la verdadera razón de los momentos indeseados entre las personas, ya que, normalmente, ocurre algo más de lo que se menciona (no demasiado rebuscado, solo un poco más interno, que cuesta tanto localizar como contar). Pero, ya es algo saber que siempre hay un porqué. Eso nos da la posibilidad de solucionarlo o eliminar esa causa, en caso de que lo deseemos.

Aproximadamente, todos reaccionamos de modo muy similar ante los estímulos que afectan a las relaciones personales. Los dos factores fundamentales que las desarrollan son: creer que estás tratando con una “buena persona” (alguien que no te hará daño, potencialmente al menos) y notar que importas a aquel con quien te relacionas. No mantendrías una amistad con alguien a quien importas pero es un mal bicho, ni con un santo al que no le importas un carajo.

Continue reading

Mi viejo amigo, Sarcasmo

Tengo un viejo amigo con el que, como con todos los viejos amigos, he pasado muchas horas juntos, muchas alegrías e infinitas decepciones, interminables conversaciones y monólogos. Pocas veces solemos estar de acuerdo, de ahí las broncas que hemos tenido y tendremos; él me dice lo equivocados que están todos, que soy a veces demasiado pusilánime y no me hago valer, y claro, por ahí él va y suelta, por mi boca, alguna de sus frases sarcásticas que dejan a todos helados, a todos menos a mí, que se me suben los colores. Entonces lo miro enfadado y le pregunto: ¿y qué has conseguido con eso? ¿Sentirte más listo que nadie? ¡Pues fíjate que ha sido al precio de humillarles inútilmente! Él se da cuenta de su egoísmo, no sin cierta resistencia (tiene su orgullo) y acaba por darme la razón.

Pero él es como es, y como dice la genial canción de Serrat “Cada loco con su tema”. Por ello me visita de vez en cuando y siempre logra meter baza, no puede evitarlo, aunque últimamente ha mejorado mucho sus modales y sus intervenciones suelen ser divertidas y moderadas. Y cuando preveo que se va a ir de la lengua por algo que le hace enfadar, le pido que antes me lo diga al oído; yo le escucho con paciencia, pues suele tener sus buenas razones. Entonces sopeso rápidamente el efecto que pueden causar sus palabras y la utilidad de las mismas antes de “traducirlas”, aunque puedo equivocarme, claro.

Esta interacción entre mi amigo Sarcasmo y yo ha dado muchas, divertidas, y muy buenas veladas de conversación sobre los más variados temas, lo cual me ha granjeado cierta fama de polémico. No digo que no, y seguramente el título de mi sección “filosofía contracorriente” es también fruto de esta rica interacción.

Gracias, amigo mío, tu agudeza espolea mi imaginación y descubre las incoherencias, pero ya sabes lo que siempre te digo… ¡No te pases!