
Los «santos» de la moral idealista no hacen milagros: realizan grandes obras, conciben supremas bellezas, investigan profundas verdades.
(José Ingenieros)

Hace unos días, mientras hacía unas compras, vi en la calle a lo lejos un grupo de gente y escuché música. Eran cuatro jóvenes que entre todos no llegarían al siglo. Rubios, de ojos claros y el alma en los ojos y en la frente. Serían centroeuropeos o rusos. Seguramente vendrían a dar un concierto por la zona, como integrantes de alguna orquesta y pensaron en sacar algún dinero haciendo su concierto particular en la calle. Eran un violín, dos acordeones y un contrabajo.
Nos paramos a escuchar. Era música clásica, alegre por lo general, a veces emotivamente lenta, temas conocidos universalmente casi todos. Siempre se agradece escuchar cosas bellas, que alegran el alma y mueven el corazón. No pude evitar mi crítica y vi que a pesar de la alegría y el espíritu que ponían en lo que hacían, colaban gatos. Pero eso no era lo importante, lo deseché al punto. Lo importante es que la calle estaba llena de hermosas melodías, antiguas pero siempre nuevas… y también llena de gente.
Gente que escuchaba embelesada, gente de todas las edades, niños, jóvenes, adultos, ancianos. Hasta hubo una viejecilla que se lanzó a bailar un tango que interpretaron. La gente aplaudía con gusto al terminar cada pieza, y el canastito se llenaba continuamente. Todos echamos algo. Todos teníamos agradecimiento en el corazón.
Me senté en un banco. Y pensé. Pensé, o mejor, como siempre, vinieron a mi mente cosas. Y solo os quiero citar la que me produjo un golpe interior.
Una captación negativa de la evidencia que nos rodea me acompaña todos los días, me amarga, me hace sentir en un desierto. ¿No hay nadie que tenga la cabeza en su sitio? ¿No queda nada auténtico, nada real, nada sin mezcla, sencillo y humano? ¿Qué será de mí, qué será de mi hijo? Suelo pensar.
Que no, que no es una reflexión triste, ni melancólica ni habla de desesperanza (al contrario) el título de este blog. La esperanza es como un confiar inconsciente (a veces no), como una paciencia o “ensayo de eternidad” que diría cierto sabio. Pero no es esa la esperanza a la que me refiero, sino a la de “esperar” algo concreto, a hacer las cosas con la intención de obtener un resultado, o a relacionarte con alguien de determinada manera con la intención de obtener algo a cambio. Cuando digo “sin esperanza” me estoy refiriendo a un hacer sin pensar o estar pendiente del fruto de esa acción. Sería lo que en la India llaman “recta acción”, un entregarse a las acciones por otras causas que no son el fruto de la acción, algo que no es fácil de entender para nuestro normal estilo de vida con mentalidad mercantilista.
El temor al que me refiero no es el sano miedo, o prudencia, que evita que nos pongamos en peligro de la forma más absurda, ni el que nos aleja, afortunadamente, de la temeridad. Me refiero al temor que nos limita, que nos lleva a querer controlar todo lo que nos rodea para que nada cambie, llegando incluso a crear a nuestro alrededor una “vida falsa”, un lugar cercado donde no entra el “aire” de la vida, lo imprevisto, la sorpresa, y por lo tanto, nos perdemos la riqueza de las experiencias nuevas.
Pongamos un ejemplo: si tengo un amigo que cuando sales con él no baja de las cinco cervezas y temes las consecuencias o que te arrastre a imitarle, puedes llegar a decirle que podemos quedar, pero que si pasa de tres cervezas te vas. El temor nos hace limitarlo, pero entonces no dejamos que ese amigo sea como es, te pierdes su autenticidad (es un ejemplo, no pretendo hacer un alegato a la bebida). Si esa persona te puede dar algo o ayudar de alguna forma, entonces le miramos con ese interés en la cabeza y en el corazón, con lo cual “envenenamos” nuestra propia forma de ser, y ese tiempo nos será robado por esa actitud egoísta.
De ahí esa sencilla formula que tantas alegrías me ha dado cuando la he conseguido aplicar, la de moverse por la vida “sin temor… ni esperanza”.
Conocí Internet a finales de 1993 y empecé a desarrollar proyectos en UNIX en 1994. Eran tiempos en los que utilizábamos el navegador Mosaic y que el protocolo Gopher era más popular que HTTP. No son muchos años, pero sí algunos más que la mayor parte de los usuarios que llegaron a Internet ya en el siglo XXI.
Desde entonces siempre he trabajado en proyectos relacionados con Internet y pocas veces me he tomado algún descanso: en algún momento estaba conectado más de 12 horas al día, lo que me valió el calificativo de uno de nuestros bloggeros de «un hombre a un ordenador pegado». Hace cuatro años propuse a otro actual bloggero escribir un blog en la web de Nueva Acrópolis: entonces me dijo, «¿y eso para qué sirve?». Y lo mismo ocurrió con la sindicación RSS. Ahora todo esto lo utilizamos habitualmente.
Recientemente he estado 12 días sin acceso a Internet. No ha sido un retiro planificado, ni una cura de adicción internauta o contra el tecnoestrés. Simplemente he pasado unos días en la Naturaleza, entre montañas, en pueblos de pocos cientos de habitantes y no me apeteció ir a una ciudad grande con puntos de acceso de pago. A la vuelta tenía algo más de 1000 mensajes sin leer. Pero no fue nada grave.
Los ordenadores, Internet, los elementos técnicos en general, son solo medios, no fines: la filosofía está más cerca de los fines del hombre, de la búsqueda de la felicidad, de la búsqueda del sentido de nuestra existencia. Y por eso nos servimos de cualquier medio para conseguirlo, los más modernos y los más tradicionales.
Hay vida sin Internet…, pero ¿hay vida sin filosofía?
Hace tiempo que quiero escribir sobre este hecho que siglo tras siglo, que día tras día se repite en el ser humano como si fuera una fase más de su desarrollo. Nacen, crecen, se reproducen, luchan y mueren.
En el hombre hay una fuerza natural que le aviva en la batalla, el sentimiento del guerrero forma parte del ser humano. Notamos que sabemos luchar, que nos unimos con nosotros mismos al hacerlo, como ya nos contaba Homero. La batalla dignifica si tienes un gran motivo para emprenderla y tus armas son nobles. Y sin embargo, ¿tiene hoy sentido la guerra?
En los días del Occidente de hoy, días de paseo por la sombra, ¿qué hace enfrentarse al hombre incesantemente, banalmente? Supongo que si hallamos el motivo en circunstancias de laboratorio, como estas, podremos extrapolarlo a las mayores guerras, incluso buscar su antídoto.
¿Qué es lo que se pone en juego cuando llegamos al estado de querer pelear? ¿Qué creemos perder? ¿Por qué luchamos realmente con un hermano?
Tengo la idea de que todos nosotros tenemos “nuestro centro”, un lugar desde el cual somos el mejor que podemos ser en ese momento, un centro que, sin embargo, puede ser fácilmente alterado si nos dejamos desplazar de él por las miles de vicisitudes de nuestra vida, ya sea por demasiada lectura o trabajo, desavenencias con familiares o amigos, un asunto en el que te hayas implicado en exceso, un gasto imprevisto que nos trastoca la economía, en fin, ¡puede ser por tantas cosas! Sobre esto del centro, nuestros amigos del Instituto de Artes Marciales Bodhidharma nos podrían hablar largo y tendido. Y digo esto porque yo mismo me he visto durante unos días desplazado de mi centro, y aún no estoy seguro de haberlo recuperado del todo. Me he dado cuenta porque, a la hora de escribir, sólo se me ocurrían ideas relacionadas con aquello que me ha tenido algo desubicado (tampoco hay que exagerar) y porque me han pasado algunas cosas que son como indicios de que algo en mí estaba desajustado. Quizás os cueste creerlo, pero esto es algo que llevo tiempo observando.
Si habéis visto la película “Grupo Salvaje”, recordaréis que al principio, mientras pasan los titulares, aparecen en pantalla unos niños que, dentro de un círculo de fuego (si no recuerdo mal), enfrentan a un escorpión con una tarántula, con lo cual te muestran una miniescena de violencia. Esos fotogramas están sabiamente rodados (más allá de que la película tiene escenas muy fuertes), pues le da al espectador una muestra de lo que minutos más tarde sucederá en el pueblo, y no sigo para no chafar la trama a quien no la haya visto y tenga intención de hacerlo.
En mi caso, ayer caí enfermo por algo que me sentó mal, y yo no suelo ponerme malo (mala hierba nunca muere), y hoy casi se me lleva un coche por delante cuando conducía mi moto, y soy bastante prudente, os lo aseguro. Todo eso me ha hecho darme cuenta de que había perdido mi centro, el eje desde el que las cosas me suelen salir bien. Ahora toca recuperarlo. Ser consciente de ello ya es un paso, reflexionar sobre ello es otro, espero que escribirlo en el blog sea el paso definitivo, ya veremos…
Os deseo a todos un buen y centrado fin de semana.
Paseaba distraídamente por una calle soleada, y mis ojos tropezaron con la esquina descuidada y seca de un pequeño jardín. Unas yucas viejas sobrevivían estoicamente en una tierra yerma y desabrida. Pero ¡oh, milagro!, en sus pináculos lucían los grandes penachos blancos de flores que hacen de corona de su verde arquitectura.
Amo las plantas, y algo se movió en mis aires y en mis pasos. ¡Dando flores en su situación! Me resultaba sorprendente.
Me vino a la memoria mi amigo Carreño, el campero, aquel día que le pregunté por qué mis tomateras solo daban hojas y hojas, pero no me regalaba flores amarillas ni las veía parir las verdes bolitas.
Tras mucho preguntarme sobre cómo las trataba, emitió su veredicto, para mí inapelable: las regaba mucho, mucho más de lo que debiera. Por eso no daban flores ni frutos. Tienes que hacerlas penar –me dijo-, solo así te darán frutos. Solo así sus raíces la fijarán a la tierra y será fuerte. Como tú las tratas saben que nada les falta y se dedican a vivir confortablemente, no se esfuerzan en nada.
En varios blogs me ha parecido entender que se habla de la humildad haciéndolo sinónimo de debilidad, y no digo que en algunos casos sea así, pero no lo es en el sentido en que os lo quiero presentar hoy. Entiendo que la humildad es una actitud que se conquista tras una, nada fácil, lucha interior. ¿Lucha? ¿Con quién? ¿Para qué?, os preguntaréis, y esa es la cuestión, la terrible, vieja y difícil de comprender cuestión. Y para entenderlo no es suficiente con estudiar filosofía, leer el Bhagavad-Gita, venerar a los estoicos o conocer las tríadas de los nodos egipcios, aunque sin duda ayuda. Aquello contra lo que luchamos en nuestro interior puede saber todas estas cosas y hacernos creer que “todo está bien”, puede decirnos “yo sé” y demostrárnoslo en un alarde de ingenio y erudición, y sin embargo, la humildad seguirá sin besar nuestra frente, y si lo hace será algo fingido, algo que, justamente, hemos estudiado y sabemos que es propio del sabio, pero lo desmentiremos con los actos en la primera ocasión en que nos veamos en “peligro”.
El libro de Jung “Recuerdos, sueños y pensamientos”, que escribió al final de sus días, recoge muy bien la idea de esta otra humildad en sus últimas páginas, que es grande porque vence al sabelotodo que llevamos dentro y nos permite asomarnos a… otra cosa. Dice así:
“Existe una antigua vieja hermosa leyenda de un rabí ante el que acudió un discípulo y le preguntó: «Antiguamente hubo hombres que vieron a Dios: ¿por qué hoy no los hay?» El rabí respondió: «Porque hoy nadie puede humillarse tanto». Hay que humillarse algo para sacar agua del torrente”.
Humillarse en el sentido de ser el humilde vencedor de don poderoso ego. Y en ese sentido apunta la conocida frase: “Conócete a ti mismo”, y también las técnicas de meditación, ese esfuerzo por calmar los pensamientos, por hacer el humilde y creativo silencio.
Recuerdo haber oído en el programa “Negro sobre blanco”, de Sánchez Dragó, una enseñanza zen: cuando el discípulo trepa al palo de la bandera y no puede seguir subiendo, ¿qué debe hacer? La respuesta del maestro es clara: hay que dar un paso en el vacío. En el valor de dar ese paso en el vacío está la grandeza de la humildad, en un reconocimiento íntimo de que a pesar de todo lo que sabemos, poder decir aquello de “Sólo se que no sé nada”. Es como si ese reconocer nuestro límite nos permitiera conectar con… lo infinito.
Este es otro de los malditos de la historia de la filosofía. Aunque de él apenas se conservan unos escasos fragmentos, de tipo aforístico, es uno de los filósofos-guía de la historia del pensamiento en Occidente. Heráclito no tenía “fama de diplomático” y fueron objeto de algunas de sus críticas los archifamosos Homero y Hesíodo por corruptores de la religión.
Aunque su filosofía no es tan distinta de la que propugnó Parménides, y tras él Platón, los comentadores los han hecho aparecer como contrapuestos. Esto se debe a que si bien para Parménides el ser siempre es, para Heráclito todo fluye (panta rhei). Otro de sus aforismos, que habitualmente formulamos como que no nos podemos bañar dos veces en el mismo río dice en realidad: “en los mismos ríos nos bañamos y no nos bañamos en los mismos; y parecidamente somos”. No es de extrañar que para Aristóteles, en quien se basó toda la ciencia desde la Edad Media hasta nuestra época, la filosofía de Heráclito era absurda, pues “nadie puede creer que una misma cosa es y no es al mismo tiempo”.
Pero en nuestra época, muchos, hasta los físicos, han acabado dándole la razón. Si el “todo fluye” coincide con las ideas de las filosofías orientales, la indeterminación de la materia y la física probabilística coinciden con Heisenberg y los “quantos” de Planck.
Por mi parte, es ahora cuando empiezo a entenderlo…