El semáforo

El semáforo estaba en rojo para los peatones y en verde para los pensamientos. Ana sonreía despistada mientras observaba la forma de las nubes con desdén. En ese momento, el miedo a no saber cuál era el siguiente paso le impedía recordar de dónde provenía el aroma sabroso que le pringaba el orgullo.

Acompasó al resto de personas que comenzaron a andar en su misma dirección, sin saber exactamente a dónde iba, excepto que solo sería hacia delante.

Algunas frases iban escurriéndose despistadas en su cabeza. Eran ideas leídas en libros que habían anidado en el mundo de los sueños durante años, convencidas de que era el único lugar en el que subsistirían.

El cartel de la estación de autobuses apareció ante sus ojos. Buscó el correcto, dejó caer la bolsa en el maletero y se relajó en el asiento más confortable del mundo, con vistas al futuro.

¿Qué había cambiado para que por primera vez estuviese despierta en aquella estación? La costumbre de buscar las respuestas fuera le hizo mirar por la ventana y se topó con su propio reflejo. Tenue, eso sí, pero suyo. Esta vez la sonrisa surgió de su magma y como un volcán que conoce su momento, la risa, las lágrimas y la comprensión estallaron a la vez.

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Más blogs de filosofía

En esta ocasión voy a mencionar otro nuevo blog de filosofía, que cuando escribí el artículo anterior aún no conocía.

 

  • Profesor Patricio Lepe Carrión
  • En este caso, tenemos otro encomiable esfuerzo de un profesor de filosofía para hacer de la filosofía no solo una búsqueda personal del conocimiento, sino también un diálogo, una búsqueda en común, junto a sus jóvenes alumnos. Estoy seguro de que si Sócrates volviera a nacer en nuestro tiempo tendría un blog… o que Platón escribiría blogs en lugar de diálogos.

Los que hemos empezado a escribir un blog, nos damos cuenta de lo difícil que es mantenerlo, escribir casi diariamente, aportar nuevos temas, nuevas ideas para los lectores. Y sobre todo, tener esa imagen de algo vivo, que se transforma diariamente a medida que su autor o autores, con la colaboración de los comentaristas, van descubriendo nuevas facetas de la vida diaria.

¿Justifica el fin los medios?

Espero que la cantidad de veces que eso es así, que algunas habrá, sean muy, pero que muy inferiores a las que, para nada, eso es plausible. Decía Gandhi que “El fin está en los medios, como el árbol en la semilla”. Por muy buenas que sean las causas que se defiendan, debe haber una coherencia entre el medio de llegar y la finalidad que se persigue; en caso contrario, se incurre en una contradicción interna difícil de sostener y que hace sospechosa cualquier finalidad, y a su vez la finalidad estaría apoyada sobre pies de barro, pues si aquello que se defiende se desprecia en sus medios, ¿qué extraños motivos animan a tal fin?

Confieso que esta idea me la ha sugerido el manual de diseño de campañas ecológicas de Greenpeace, donde, entre otras muchas cosas, habla de no usar la violencia (yo incluyo en ella el insulto y la difamación), respetando a todo el mundo, sean aliados, neutrales o adversarios. En este caso no se puede usar la violencia cuando se defiende que, entre todos, no violentemos la naturaleza degradándola. Si piden respeto por algo, no pueden hacerlo sin, a su vez, ser ellos respetuosos.

Un grupo como Greenpeace y todos aquellos que tienen como motor el amor, sea a la naturaleza, a los castillos, a viajar, a los animales, al conocimiento o a Dios, no pueden permitirse otra actitud, entre ellos y con los que les rodean, que la de la más sincera fraternidad. En caso contrario, pienso que deberíamos, muy seriamente, sospechar de sus verdaderas intenciones.

Lo más importante de tu vida

Durante muchas tardes, conversamos en aquella misma mesa que tan bien nos conocía, y en ocasiones pensé que hasta los cafés eran los mismos. Quedábamos los miércoles a las cinco, como los toreros, para charlotear, comentar y dibujar paisajes del puzle de la vida.

Enfrascadas en una de esas deliciosas batallas dialécticas en las que ambas ganábamos, al menos en conocimiento y entretenimiento, me dijo un frase que me dejó sin respuesta:

«Aún no te has dado cuenta de que lo más importante de tu vida, eres tú».

Me quedé pensando un rato. Había tantas cosas que se me ocurrían más importantes que yo o, cuando menos, igual de importantes: mis hijos, todos las personas en general me parecen igual de importantes, o actuar con un sentido generoso o al menos no dañino era también algo importante para mí… Me sonaba muy egoísta aquella frase.

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¿Adónde van los niños?

En estos días ha fallecido un niño de una compañera. Es una tragedia grande, sobre todo para una familia con un solo hijo.

Se supone que deberían sobrevivirnos los que son más jóvenes que nosotros.

En realidad, esto pasa cada día en otros países y por centenares, incluso por causas mucho más tristes, como el hambre. Dicen algunos que antes era algo normal, que los hijos se te morían y tú aprendías a aceptarlo como parte de la vida. Sin embargo, me cuesta un poco creer que algo así se llegue a aceptar. Una cosa es que no te quede más remedio que seguir andando, otra que comprendas lo que ha ocurrido, pero estoy segura de que ya no eres la misma persona.

¿Adónde van los niños? ¿Por qué vienen para irse tan pronto?

Los orientales nos dicen que vivimos para aprender, y yo añado y para enseñar. Según ellos, el niño que murió hace unos días, o todos los que se van cada día, tendrían algo que mostrarnos a los que estamos a su lado.

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Al sur de la Toscana

Normalmente, estamos acostumbrados a que a una causa le suceda un efecto: yo empujo una mesa y la mesa se mueve. Por eso me llamó la atención una frase que sale en la película “Al sur de la Toscana”, donde se invierten los términos, es decir, que un efecto puede también invocar a la causa, como si causa y efecto no tuvieran que ir siempre en ese mismo orden. También recuerdo que algo así leí en el libro “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus”, donde se recomienda a los hombres poco dados a sentir cariño que hagan un regalo, porque el acto (efecto) de regalar y ser generosos hará que sientan el cariño que les faltaba y que hubiera motivado el regalo.

La escena de la película dice algo así: en cierta ocasión, construyeron en Suiza las vías de un tren para traspasar las montañas, aun sabiendo que en ese momento no existía ningún tren capaz de recorrerlas, pero pasados unos años la tecnología fue capaz de crear uno. También esto me recuerda a esa otra frase: “cuando el discípulo está preparado aparece el maestro”. ¿No es lo lógico que primero esté el maestro y luego aparezcan los discípulos? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

Incluso se me ocurre pensar que el éxito de las psicomagias de Jodorowsky van este sentido: modifiquemos el efecto de las cosas y cambiaremos la causa que un su día nos llevó a una situación no deseable.

En fin, hoy prefiero no sacar conclusiones, ahí dejo esa reflexión en voz alta.

Voltaire, «el ateo»

De nombre François-Marie Arouet, este filósofo francés de la Ilustración es conocido como Voltaire (1694-1778).

Lo hemos calificado de forma llamativa como el «filósofo ateo», pues fue injustamente encarcelado debido a su crítica a la Iglesia de aquella época. Deberíamos llamar a Voltaire «deísta», pues intenta basar la creencia en Dios a través de la razón, en lugar de por medio de la revelación, la fe o la tradición, como hacen la religiones. Voltaire no creía en la intervención divina en los asuntos humanos: la labor del hombre es tomar su destino en sus manos y mejorar su condición mediante la ciencia y la técnica, y embellecer su vida gracias a las artes.

Uno de los mejores libros que nos legó fue el «Tratado sobre la tolerancia», del que extraemos en su capítulo XXIII esta bellísima Oración a Dios:

Ya no es, por lo tanto, a los hombres a los que me dirijo; es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedir­te algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean cau­santes de nuestras calamidades. Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vesti­dos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridícu­las, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos lla­mados hombres no sean señales de odio y persecución; que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra; que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de cier­to metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza y que los demás los miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que enorgullecerse.

¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son herma­nos! ¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad, que nos ha concedido ese instante.

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Hablemos del amor

A decir de Rainer Maria Rilke, este es el tema más difícil. Por eso aconsejaba en su “Cartas a un joven poeta” que mejor no tocarlo hasta alcanzar “cierta madurez”. Y en realidad, no voy a decir nada nuevo que no haya dicho él en alguno de sus poemas o escritos. Y es complicado, porque en el hombre convergen fuerzas de distinta índole, ideas preconcebidas heredadas de la cultura que complican una libre visión de lo que es el amor y todo lo que conlleva. Sin embargo, trataré de decir algo en el corto espacio de un blog; por algo es mi tema favorito y hace tiempo que leo y reflexiono sobre ello.

Más allá de la tetosterona que condiciona al hombre especialmente cuando es joven, y más allá también de la inseguridad en la mujer, que también la condiciona, nos encontramos con un fenómeno maravilloso llamado amor. En realidad, está ligado al concepto de filosofía, pues etimológicamente significa amor a la sabiduría. Y en mi opinión, por ahí andan los tiros aunque nos cueste creerlo; nos enamoramos de la sabiduría que encontramos en el otro, a veces bajo la forma de un cuerpo o unos ojos bonitos, otras en la actitud generosa, tierna o valiente que muestra, y otras en las ideas que expresa y defiende. Para los griegos Belleza, Justicia y Sabiduría eran una misma cosa.

Los problemas vendrían a la hora de vivir el amor, pues sin darnos cuenta mezclamos algo maravilloso que casi no es de este mundo, con las necesidades, prejuicios y limitaciones propias de la existencia. Creemos que poseyendo a una persona con esas cualidades hacemos nuestras sus bellezas, sin darnos cuenta de que eso es una ilusión. Nadie puede poseer a nadie, de ahí la sensación de vacío que muchas veces nos queda. El enamorado que sabe todo esto ama las cualidades de la persona amada, y la ayuda a que las desarrolle, y compartiendo con ella las suyas propias, ambos crecen. Y como el mismo Rilke decía, llegará un día en que podremos amar la Belleza sin necesidad de intermediarios. Pero mientras llega ese día… bendito sea el amor que nos hace tan grandes, bendito sea.

Dónde vive el amor

Llega a las dos de la mañana de una boda llena de encanto que ha durado doce horas, en la que los novios se querían con una sinceridad que se palpaba en sus miradas.

Cuando por fin aparca en su plaza de garaje, se fuma un cigarro escuchando música en el coche, el último de hoy. Siente que la vida merece la pena, que el mundo es un huerto y él un montón de semillas. Sonríe y se guiña un ojo en el retrovisor.

Una vez puesto el pijama, ya en casa, se tumba un rato junto a su hijo, al que mira comprendiendo cosas que no sería capaz de explicar con palabras.

Se sienta un rato en el ordenador y encuentra una foto de una persona que un día le abrió el corazón, se lo llenó de vida y soltó el abrazo que los unía para no volver. «Porque el amor, cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren», entona, expresamente para él, la canción de Sabina que suena en el mp3.

Decide acunarse entre las sábanas, consciente de que todas las pequeñas cosas vividas en un solo día pueden ser simplemente momentos que suceden sin más, o también, si las miramos de cerca, expresiones de amor que se dan la mano, una a la otra.

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Siete de julio…

Me ha tocado en suerte tener que escribir el «sietedejulio…» al que en España siempre se le añade la coletilla de «…sanfermín».

Y efectivamente, esta mañana pude ver por televisión el primero de los encierros de San Fermín que se celebran en Pamplona. Desde hace muchos años tengo esa costumbre, y a pesar de los casi mil kilómetros que me separan de Navarra, durante esta semana una parte de mi corazón vibra y tiembla con los mozos que corren delante de esos toros de 600 kilos que avanzan a 40 ó 50 km/h.

Que conste que no estoy hablando de corridas de toros, que sé que sacan de sus casillas a nuestro Cyrano, sino de esta osadía de correr sin más, de correr unos centímetros por delante de la muerte disfrazada de negro y con unas afiladas astas de más de veinte centímetros.

Ciertamente los sanfermines se han convertido en un espectáculo y se han «uniformado» con el resto de las fiestas que hay a lo largo de la península: tengo la teoría de que la misma gente que vemos completamente borracha y fuera de control en los sanferminies de Pamplona, son los que empezaron en los carnavales de Cádiz, fueron a las fallas de Valencia, a la feria de abril o a cualquier otra de las numerosas fiestas multitudinarias en las que ya se ha perdido el sentido original que las creó y que se han transformado en un momento para esconderse en un numeroso grupo para divertirse molestando a los demás. A esto le unimos el afán por llamar la atención, por ser «original» haciendo la tontería más grande: extravangancia por doquier.

Pero de todas las fiestas anteriores, tan solo los sanfermines siguen teniendo la muerte rondando tan cerca. Eso es quizá lo que hace que haya gente que llegue desde Estados Unidos o Australia, para una carrera de apenas diez segundos delante de un toro de lidia.

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