El fin del mundo

Alguien me ha comentado que mis últimos blogs no son tan “contracorriente”, trataré de esmerarme en lo sucesivo.

El otro día me llamaba una amiga diciéndome que estaba un poco asustada. Al preguntarle la razón, se mostró un poco reacia a hablarme sinceramente. Finalmente me contó que una mujer, la cual le inspira confianza, con supuestas dotes de vidente le dijo que estaba muy próximo el fin del mundo; luego, me preguntó qué pensábamos nosotros sobre esos temas, como si en Nueva Acrópolis tuviéramos una respuesta “oficial”, y ciertamente se han dado charlas y escrito muchos artículos sobre el milenarismo, y ese espíritu catastrofista temeroso del fin de los tiempos, pero no, no tenemos, que yo sepa, una respuesta concreta aunque, los socios, seguramente coincidiremos en muchos puntos.

Sobre el tema de si la vidente es vidente o deja de serlo, no entraré; sólo espero que si existen los mundos invisibles no sea únicamente Saint-Exupery el que pueda captarlos.

Pero sobre el fin del mundo sí me atrevo a decir algo: A mi amiga le contesté, más o menos, que no creo en el fin del mundo, no de esa manera catastrofista, por más que saquemos a relucir lo del Diluvio universal. Lo que sí creo es en el fin de un mundo, de una forma de ver la vida, de un estilo de vivir, de ese mundo empeñado en cargarse el planeta explotando sus recursos, de ese mundo que no duda en esclavizar a niños para darse la gran vida, o hacer de la guerra una industria. En el fin de ese mundo sí creo, y me parece que en el fondo todos creemos.

Basta con que cambiemos nuestro punto de vista, con que tengamos un estilo de vida respetuoso con el planeta, con que los valores que nos inspiren nos lleven hacia “otro” puerto, y ya estaremos en el fin del mundo… o en el comienzo de uno nuevo.

Fútbol y sexo

Ay, qué rápido habéis abierto este blog, ¿eh? Pues ahí va…

Con permiso de mis muy estimados compis Tachen y Cyrano, yo también voy a no hablar de fútbol, sin dejar de hacerlo.

Me resulta realmente curioso que llevemos dos meses de blog y sea la primera vez que uno os seguís al otro y haya ocurrido precisamente con este tema. Y yo me pregunto, ¿seguro que los hombres no tienen un canal especial para el fútbol? Es que hay algo que les une a través de esto, como a nosotras los peliculones con beso al final.

¿Realmente los hombres y las mujeres tenemos características tan definitorias de cada sexo? Muchos se empeñan en decir que es así y, para qué mentir, algunas de ellas me resultan evidentes. Pero ¿por qué yo me empeño en sentirnos iguales?

Posiblemente, la respuesta esté en el nivel de profundidad, como el mar (por cierto, solo yo faltaba por hablar del mar).

Sí, resulta que según vas profundizando en capas de agua, se dejan de apreciar colores, se van perdiendo de uno en uno siguiendo el orden del arco iris, hasta que lo único que se percibe es un negro absoluto, porque ya ni la luz es capaz de llegar a tales profundidades.

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La alegría y las nacionalidades

Con el permiso de Cyrano, quiero escribir hoy «contracorriente». Y como él ha escrito de fútbol, a pesar de decir por dos veces que no lo quería hacer, yo voy a escribir de la alegría de los distintos aficionados.

El tema surgió a raíz de la conversación con un amigo que había reservado con demasiada antelación vuelo y estancia en Alemania para ver el España-Brasil… para el caso en que España hubiera ganado a Francia y que no ocurrió. No aplazó el viaje, ni él ni otros 500 ó 1000 españoles. Y así me contó el comportamiento de los distintos aficionados.

Los brasileños organizaron antes del partido casi un desfile de carnaval con «garotas», tambores, silbatos, etc. Sin embargo, desaparecieron tras la derrota: ¡qué hubiera sido de la alegría canarinha si hubieran ganado!

Los franceses se limitaron a pasearse tras la victoria cantando monódicamente «Allez le bleu».

Pero los 500 españoles fueron la alegría de la noche coreando «campeones, campeones» (?) o alabando a otras estrellas deportivas españolas como Fernando Alonso o Rafa Nadal.

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Entre la euforia y el desánimo

No quisiera hablar de fútbol y de hecho no lo voy a hacer; la derrota de España ante Francia es solo un ejemplo entre esos dos extremos: la euforia y el desánimo. Y aunque hay un camino del medio (que diría el Buda), lo cierto es que estos estados de ánimo se suelen alternar sin solución de continuidad. España se encontraba en la euforia y le tocaba bajar de su desconcertante sueño; Francia, en cambio, venía del desánimo y eso le hizo reconcentrarse para alcanzar su mejor estado de forma, su mejor juego, pero si se descuida y se instala en la euforia, Portugal le dará un buen repaso. Y conste que no estoy hablando de fútbol, simplemente es el mejor ejemplo que, hoy por hoy, puedo encontrar para reflexionar sobre esta alternancia.

¿Y qué viene tras el desánimo? Pues antes de volver a caer (o subir) en la euforia nuevamente, lo que suele suceder es que uno hace un sano ejercicio de autocrítica, y trata de ver qué es aquello en lo que ha fallado. La tendencia emocional es a verlo todo negro, pero esta actitud no puede durar mucho. El propio orgullo y la autoestima nos sacan de este pozo de desaliento, y salimos renovados, con la seguridad que da saber cuál fue nuestro error, y la firme convicción de no volver a caer en él.

Entre estos dos estados de ánimo, y por encima de ellos, está la humildad, la que sabe reconocerse en su justa medida, sin vanidades, conociéndose a sí mismo, sin caer en victimismos inútiles, ni creerse que uno es como Dios sólo porque le hayan salido bien tres cosas seguidas. Hay en la humildad, en la sencillez, una fuerza muy grande. Eso me recuerda una frase que leí hace tiempo sobre la ceremonia del té: “detrás de la sencilla elegancia se esconde un gran poder”. Ese estado “ideal” de humildad no tiene nada que ver con la debilidad o la cobardía, sino con la serenidad.

La propia palabra pronunciada en voz alta inspira esa virtud: s e r e n i d a d.

Sacramentos personales

Andaban tiempos de la escuela de magisterio, de vocaciones por formar pero muy enraizadas en el corazón.

Un señor tan mal tratado por la genética que hacía parar la respiración al cruzarte con él en la escalera, bajito, de extremidades asimétricas, manos retorcidas y habla entrecortada era, mira por dónde, mi profesor favorito. Ese extraño personaje, saltando su insignificante físico, mostraba una mirada en ojos azules, llena de sabiduría y dolor superado, intensa por lo pasado, más que por lo esperado. Don Antonio enseñaba teología, haciéndonos volver la vista hacia nosotros mismos, sin remedio, por unos motivos u otros.

Él nos mostró que todas las religiones tienen un mismo mensaje, que todos los hombres tienen un fondo bondadoso, lo utilicen o no, el sentido de la reflexión, la trascendencia de nuestros actos y otras generosidades similares, de sabio bueno, siempre oculto tras un cuerpo más que gris.

De todas sus enseñanzas, fueron los «sacramentos personales» los que más a fuego se marcaron en mí.

Contaba D. Antonio que aquellos símbolos que cada uno de nosotros transforma en sagrados por lo que significan para él, ya sean momentos, objetos, palabras, canciones, y que nos evocan no ya un recuerdo sino todo un aprendizaje, el cual recordamos al verlo, son absolutos sacramentos para cada uno de nosotros.

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Diógenes, todo un personaje

Me refiero a Diógenes nacido en Sínope, ciudad actualmente en Turquía, bajo el Mar Negro. Es uno de los ejemplos más conocidos de lo que representa un filósofo apartado del poder e independiente y, por qué no decirlo también, de la fama de «raritos» que tienen los filósofos. Diógenes ha pasado a la historia como uno de los iniciadores de la escuela cínica, tras Antístenes. El término cínico en griego también significa «perro» y era el comentario despectivo que hacían de Diógenes sus detractores y que él llevaba a gala.

Y, efectivamente, la doctrina cínica se relaciona con lo «canino»:

  • la indiferencia en la manera de vivir
  • la impudicia a la hora de hablar o actuar en público
  • las cualidades de buen guardián para preservar los principios de su filosofía
  • la facultad de saber distinguir perfectamente los amigos de los enemigos

Para Ferrater Mora, sin embargo, la cínica «fue la filosofía de la inseguridad total».

Para otros comentaristas, Diógenes se caracteriza por el extremismo en todos los aspectos de su vida y de su pensamiento. Se manifestaba como un hombre apartado de todas las normas sociales y políticas, anárquico.

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Un poco más de aire

Hablando el pasado sábado con una amiga, me contaba, muy entusiasmada, que tenía un sobrinito, el cual la imitaba cuando hacía alguna posición de ballet (ella es bailarina) o se ponía a bailar con mucha gracia en cuanto escuchaba música. Yo sonreí (también me gusta el baile) y le dije de corrido: “Pues nada llévalo a una academia de baile, que le impongan disciplina, que lo conviertan en un niño prodigio de la danza, que se haga famoso y viaje por toda España cosechando éxitos, que se convierta en un divo engreído y genial, y que cuando ya sea mayor, el día menos pensado, te confiese lo mucho que te odia por haberle robado la infancia”.

Mi amiga confesó entonces que, efectivamente, conoce a alguien a quien le ha pasado eso mismo. No me extraña. Muchas veces los padres vuelcan sus propios sueños en los hijos, sin darles a estos la oportunidad de mostrar sus aptitudes naturales. Se parte de la idea de que al nacer venimos “vacíos” y sí, eso es cierto en gran medida, pero hay otra gran parte de nosotros que parece venir al mundo con algo (lo cual explicaría el fenómeno de los niños prodigio), de ahí la idea de la escuela de Platón sobre la educación y su mayéutica, donde se trata de que el discípulo llegue por sí mismo a educir, a sacar lo que lleva dentro, lo que ya sabe a través del diálogo.

Por eso pienso que todos necesitamos la oportunidad de educir aquello que late dormido dentro nuestro, sin una imposición rígida venida de fuera. Necesitamos un poco más de aire, especialmente en los primeros años de nuestra vida.

Ser o no ser

El filósofo intrigado que puede que estés empezando a ser si aún persistes en preguntarte por la vida, en buscar pistas siguiendo esos nuevos lenguajes que ya empiezas a escuchar y puede que a comprender, como tu propio silencio o el gran sonido de lo que es mucho mayor que nosotros: la Naturaleza, el universo o el mundo atómico, por ejemplo… el filósofo que empieza a ser consciente de que lo es, ya que ahora sabe lo que es la filosofía y que está en la mano, y puede que en la obligación, de todos nosotros con nosotros mismos… ese filósofo incipiente tiene más pasos por dar.

Se nos educa en el trabajo de la mente, en llenarla y complementarla, actualizarla y utilizarla. Sin embargo, muy pocas veces se hace eso mismo con nuestra personalidad (expresión de lo que somos) y aún menos con esa otra parte de nosotros que casi cuesta nombrar dado el efecto que causa en una sociedad bien tildada de superficial. Más allá de cuerpo, trabajo, personas y apegos está lo que en realidad somos, lo más troncal y perenne de nosotros mismos: nuestro interior, nuestro ser más profundo y real.

Como dice Fernando Savater, no podemos ser libres a la hora de decidir algo que no conocemos. No podemos elegir hablar inglés si no sabemos inglés, no podemos elegir nadar si no sabemos nadar. Del mismo modo, no podemos ser quien somos, si no sabemos quién somos, si posiblemente ni si quiera somos conscientes de que podemos ser nosotros mismos, ese que soñamos con ojos abiertos, ese que intuimos y hasta podemos oler y dibujar, si nos paramos a ello.

Pues bien, ya que no nos lo ponen tan a la mano como los logaritmos o la formulación, habremos de buscarlo nosotros. Paso a paso, con montes y llanos, satisfacciones y esperas, podremos llegar a ser aquel que en realidad somos. Pero eso es otra historia y será contada en otro momento.

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Cuando la tierra tiembla

Sigo leyendo la crónica de nuestros compañeros «filósofos cotidianos» que están ayudando a reconstruir la vida en un país lejano, para que quienes allí viven recobren la esperanza, la ilusión por vivir.

He pensado mucho sobre esta situación. ¿Qué es lo que hace que un rincón de nuestro globo reciba en pocas semanas un terremoto mortal, la violenta erupción de un volcán y por si fuera poco también unas inundaciones con terribles consecuencias?

La Teoría Gaia nos dice que nuestro planeta está vivo, y como todo organismo vivo no permanece impasible ante la nociva influencia humana, que en su afán por expandirse y dominar el mundo cambia la Naturaleza a su antojo y a menudo con consecuencias nocivas.

¿Cómo ven los niños esta situación? ¿Qué piensan cuando la tierra tiembla? A los mayores nos desconcierta ver que todo aquello que pensamos tener se tambalea e incluso se desmorona. No nos acordamos de cuando fuimos niños y de cómo nos gustaba jugar con bloques de construcciones. Tan pronto levantábamos como destruíamos alegremente casas y murallas, sin más complicaciones. Así vemos los bloques en este dibujo de una niña indonesia, como si fueran parte de un juego. Del Juego de Maya que construye y destruye nuestros sueños cuando estos son solo las posesiones materiales. La filosofía es lo que nos permite no perder también nuestros sueños del alma…

Aprendiendo a mirar

Ella no dejaba de hablar. Contaba cosas normales, temas íntimos de amores y pérdidas. No era eso lo que hacía que mi corazón la mirase sorprendido. Ni siquiera las buenas enseñanzas que había sido capaz de aprender por sí sola sobre todos estos sinuosos andares, no siempre dominables, me estaban reteniendo voluntariamente a su lado.

Era ese algo más que está detrás de algunas personas y que puedes captar si les observas sin atención. No es una contradicción, la atención inmediata se sostiene sola, pero la concentración, la curiosidad por conocer, el husmeo por llegar al fondo se empeña en centrarse, si el pariente interlocutor lo merece, en ese algo que desprende y nos cautiva: ¿el encanto?, el alma vieja que diría aquel.

Es un mensaje que trasmiten con reflexiones que hacen sin pensar, en miradas que saben llegar, en elecciones sobre temas de conversación, libros, momentos de intervención… todos estos cercanos que nos acompañan, en el mayor sentido de la palabra, que nos alimentan y nos hacen sonreír de alivio y solidaridad con su «rareza», que miran la vida con dulzura, con afecto, como si fuera una hermana que reconocen y aprecian.

Esta gente especial, con alitas, cómplices del azúcar, me traen a la cabeza un consejo inconsciente:

«Si algo no te gusta y no puedes cambiarlo, míralo de otro modo».