Nuestro hilo de Ariadna

La leyenda griega cuenta cómo el héroe Teseo entra en el laberinto para enfrentarse al Minotauro, y luego sale de esos interminables pasillos gracias al ovillo de hilo que le entregó Ariadna. Así veo yo muchas veces la vida, como un enorme laberinto por el que nos movemos sin saber muy bien por qué ni hacia dónde. Sin embargo, creo que todos tenemos nuestro hilo de Ariadna, esa pequeña fuente de certidumbres que vamos siguiendo y con la que nos vamos formando, creciendo y moviéndonos dignamente en este universo de encrucijadas y caminos. Pero he podido constatar que cada hilo es diferente, que no se pueden compartir del todo salvo con almas muy afines.

Cuántas veces una frase, que a mí me ha transportado al séptimo cielo de la Sapiencia, ha perdido todo su mágico sentido al intentar leérsela a alguien; o al prestar un libro y luego preguntar qué tal te fue con él, leemos en su mirada que tampoco ha sido para tanto. Eso sucede, sencillamente, porque el proceso interior que cada uno tiene es diferente, el trecho de pensamientos, sentimientos y tomas de conciencia andado no es el mismo. Si bien todos buscaríamos «la misma salida», cada uno lo hace desde un punto concreto del laberinto.

Pero… ¿dónde está el hilo de Ariadna? Esa es “la pregunta del millón”, y una de las posibles respuesta no es, ni mucho menos, mía. La he podido oír en varias clases de filosofía y leer en varios libros antiguos y modernos. El hilo surgiría de una fuerte necesidad por saber, de ese llamado “dolor de la vida”, de lo que mi querido Don Unamuno llama «El sentimiento trágico de la vida», que si bien es durillo de leer, me atrevo a sintetizar en esencia: cuando uno toma conciencia del misterio de la existencia y no lo entiende, pero por pura sinceridad y coherencia interior necesita respuestas hasta el dolor, entonces uno encuentra su dorado y maravilloso hilo de Ariadna.

Ahí duele… ahí duele.

Kant, el «viajero interior»

Es conocida la anécdota de que Kant nunca salió de su ciudad natal. Lo cual, sin embargo, no fue óbice para que, a través de la lectura, pudiera “conocer” el mundo hasta el punto de describirlo tan bien como cualquier nativo. En una ocasión describió con tanta exactitud la arquitectura del puente de Westminster que un oyente inglés le preguntó cuándo había estado en Londres, y si había hecho estudios especiales de arquitectura. Sus lecturas predilectas eran, aparte de obras de ciencias naturales o medicina, las descripciones de viajes. Sus libros estaban atiborrados de notas y correcciones, a las cuales acomodaba sus lecciones.

Quizá la razón de que viajara poco fuera su complexión enfermiza. También se dice de él que tenía una débil voz y pequeña estatura, ojos azules y rubios cabellos. La regularidad y la sencillez de su vida sostuvieron aquel organismo enfermizo: se levantaba a las cinco de la mañana, daba sus lecciones de siete a nueve o de ocho a diez, y hasta la una hacía sus trabajos más serios. Gustaba pasar entretenido dos o tres horas de sobremesa. Después daba su paseo diario, con tal puntualidad que servía a los vecinos para poner en hora sus relojes. A última hora se dedicaba a la meditación y a lecturas amenas. A las diez se acostaba. Le molestaban las interrupciones de esta distribución del tiempo, aunque fueran inevitables.

Sin embargo, tenía una fuerte voluntad: los últimos decenios de su vida estuvieron dedicados a su creación filosófica. También su memoria era sumamente vasta. Aun en sus últimos años recitaba largos pasajes de autores latinos y alemanes.

Cuando un amigo se va

Permitidme que hoy no vaya contracorriente, que más bien sea ella la que me arrastre al menos por unos metros.

Cuando un amigo se va… ¡qué vacío tan grande queda en nuestro interior! ¡Cuántas conversaciones rotas! ¡Una extraña sensación de soledad le encoge a uno el corazón! Entonces la tristeza echa mano de su único recurso, el recuerdo, el rememorar las conversaciones infinitas, los esfuerzos y aventuras que pasamos juntos, las miradas cómplices que nadie entendía, las bromas a medias, los consejos sobre mil temas, los cabreos que siempre surgieron de malos entendidos, el perdón de cualquier rencilla con un poco de buena voluntad y el abrazo de hermano.

Lo peor es cuando ese amigo se va y no porque ponga cientos de kilómetros por medio, ni porque pase a mejor vida, sino cuando algo dentro de él cambia, se rompe y ya no hay dios que lo reconozca. Lo malo es cuando hablas con él y descubres que ya no es el mismo, su mente y su corazón ya no tienen los sueños que una vez tuvieron, sus palabras tienen intenciones que no alcanzas a entender, y el que una vez fue casi tu alter ego, tu amigo del alma, hoy es un conocido más, envuelto en historias que ya no son nuestras historias.

Y, sin embargo, seguirá teniendo mi amistad, tendrá mi ayuda si la necesita, esperaré paciente su regreso. ¿Qué otra cosa se puede hacer? No me tardes amigo, no me tardes.

La ayuda a Indonesia

Varias personas muy allegadas están ahora en Indonesia en labores humanitarias. Un grupo extraordinario de gente que lleva mucho tiempo preparándose para estar en el lugar de una catástrofe, ser útiles y con capacidad de ayudar a los demás. Que son capaces de dejar la comodidad de este primer mundo que vive en la opulencia y la comodidad.

De la crónica que estamos publicando, me llamó la atención el último email que nos mandaron:

…pudimos apreciar rostros que guardaban el miedo en su expresión, dolor causado por la devastación, y tantas sensaciones de impotencia por una población que no cometió delito alguno y que está sufriendo la condena del abandono por parte de los gobiernos, del hambre, pues nadie les proporciona formación y ayuda para sobrevivir, y de la desesperanza, pues nadie les ofrece principios sólidos y duraderos por los que vivir y por los que luchar.

Esta última frase es la que me dio que pensar. ¡Cuántas veces pensamos que la ayuda humanitaria es tan solo proporcionar alimentos, reconstruir edificios, o incluso salvar vidas! En numerosas ocasiones los aprendices de filósofos hemos dicho que el hombre es algo más que un cuerpo físico, que de todas formas lo perderemos al final de nuestra vida. Pero sin embargo, nuestra alma inmortal es la que a menudo ignoramos y dejamos morir de inanición.

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Paseando por ti

Intentamos saber cuáles son las respuestas adecuadas a las preguntas-pistas sobre qué es la vida. Si eres capaz de escuchar el enorme sonido de la Naturaleza, podrás escucharte a ti mismo…

¿Te parece que demos un paseo por tu interior? Es otro modo de acercarse a la ansiada verdad que busca el filósofo. Cada uno de nosotros tiene las respuestas a sus propias preguntas; sólo tiene que conocer el idioma del silencio… dejarse hablar.

Vamos a comprobar que estamos ahí dentro:

Dime algo sobre el bien y el mal, lo que quieras, lo primero que te salga… ¿No sale nada? Bueno, entonces calla tu pensamiento y ponte a sentir lo que es el bien. Puedes, cállalo y ponte no a pensar, sino a sentir qué es el bien… Si en unos segundos estás sonriendo serenamente, lo has conseguido, algo dentro de ti sabe qué es el bien, sin ejemplos, sin palabras, sabe que le gusta el bien, te ha hecho sonreír, ¿no?.

Ahora, siente lo que es el mal… Si lo consigues sentirás incluso algo de miedo, un pelín, de desagrado, puede que se te cierren un poquito los ojos en señal de precaución.

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La vida no vivida

Las más de las veces nos movemos por la vida con un miedo terrible a equivocarnos, como si nuestra dignidad (y con ello la autoestima) se pudiera ir al garete por un desliz. Y bien está tratar de hacer las cosas lo mejor posible, poner sinceridad en lo que hacemos y que todo funcione sin problemas. Al error que me refiero y que tanto miedo nos da, es el que puede surgir (o no) cuando hacemos algo imprevisto, cuando nos dejamos llevar por el corazón, por una esperanza, por un sueño, por una intuición que nos impulsa a lanzarnos al ruedo de vivir.

En ocasiones convertimos nuestra vida en pura rutina por faltarnos ese soplo, ese empujoncito que venza el miedo a… ¿A qué? ¿Al ridículo, al qué dirán? Y mientras esto nos sucede, en mayor o menor medida, la vida pasa y nos quejamos amargamente de nuestra suerte, o nos conformamos con ver otras vidas en las películas, o lo que es peor, a opinar sobre la vida de los demás.

No nos damos cuenta de la riqueza que podemos encontrar tras esos posibles errores que finalmente suelen convertirse en aciertos, porque lo acertado siempre es vivir, buscar, crecer, realizar la inquietud que por dentro nos quema. Y no es que yo lo diga, esto es una vieja enseñanza que Jung convirtió casi en ciencia: «Se puede morir de la vida no vivida».

Remando al viento

«He llegado a la aterradora conclusión de que yo soy el elemento decisivo. Es mi enfoque personal el que crea el clima. Es mi humor diario el que determina el estado del tiempo. Tengo un gran poder para hacer que mi vida sea triste o alegre…».

Este texto de Goethe me ha recordado que existe la grava y que sé lo que provoca en mi piel rasgada por ella.

¿Quién no se ha sentido alguna vez remando al viento o, más bien, guiado por su antojo, con la sensación de que nuestra barca unas veces avanza, pero otras se aquieta y otras tantas permite que el mar y el aire jueguen con ella, obviando el esfuerzo perenne de nuestros humanos brazos internos? Es entonces cuando recuerdas tu piel rasgada por la grava, manchada en rojo y negro. Aun así, comprendes que continúas flotando, respirando, que debes seguir luchando.

Son momentos, son verdades que hablan de media luz, de soslayos, de zozobras, de sombras, de me toca, de es la vida, de ahora entiendo…, tan reales y tan nuestras como los más sublimes brillos.
Recordar es mi ungüento más fiable para semejantes instantes o eternidades.
Recordar, cachorro, que lo sigues siendo, por puro, por limpio, cuanto más adentro.
Recordar, gran parra, que existe la poda, para no temerla si insiste en su intento… en abril vencerán tus brotes de nuevo.
Recordar que un día no supiste andar, ni hablar, ni correr… el próximo paso: limpiar las heridas de sangre y de grava; aprender a ser».

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El hombre ante la inmensidad

Yo también estuve en la playa este domingo pasado, pero lo que vi no fue la vida cotidiana del ir y venir de la gente o los castillos de arena que se desvanecen (o más bien eso fue en lo que no me fijé). Lo que sí vi o me pareció ver fue al hombre ante la inmensidad. Para ser más exactos, vi a los niños frente a la inmensidad del mar. No fueron uno ni dos sino varios, tenían entre cuatro y seis años, y si como dicen algunos psicólogos lo que ha de ser del hombre ya lo podemos ver en el carácter del niño que fue, el título de mi blog de hoy no es del todo incierto.

Uno de ellos, el primero que llamó mi atención, se acercó a la orilla de la playa dando saltitos de contento, con las manos hacia arriba y emitiendo un canto alegre e indescifrable. De pronto se arrodilló (siempre a salvo del agua), extendió sus bracitos como queriendo abrazar el mar y cerró los ojos con una enigmática sonrisa dibujada en su carita. Debo confesar que me conmovió tanta devoción innata, algo de lo que yo suelo adolecer para bien o para mal.

Otro niño se acercó corriendo alejándose de sus padres y sin más preámbulos se arrojó al agua y se puso a jugar con las pequeñas olas que rompían en la orilla. Cuando alguna era demasiado grande y le salpicaba a la cara, salía corriendo del agua hacia sus padres, que le arropaban con una toalla. Así estuvo un buen rato hasta que su madre lo cogió en brazos y ambos se adentraron en el mar.

Había un niño muy gracioso que corría hacia la orilla con el mismo ímpetu que el anterior y con los brazos extendidos, pero cuando llegaba hasta la espuma donde moría la ola corría en sentido paralelo y luego se alejaba del peligro. Así estuvo haciendo círculos varias veces, cogiendo carrerilla y valor cada vez que corría hacia las olas y volviendo a girar antes de mojarse. Recuerdo que pensé: «al final se meterá», y posiblemente lo hizo, pero yo ya dejé de prestar atención cuando vi que su padre quería cogerlo para meterse en el mar con él mientras este huía aterrado. Entonces pensé: «no creo que sea bueno forzarle, cada cosa lleva su tiempo».

En fin, vi en esos niños tres maneras de vivir esa inmensidad del mar que no les dejaba indiferentes. Quizá eso sea lo importante en el fondo, no quedarnos indiferentes ante la inmensidad de lo que no podemos abarcar o comprender.

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A Indonesia

Esto de la «filosofía cotidiana» tiene mucho que ver con el sentido práctico de la vida, con la generosidad, con la buena voluntad y también con la acción. Esa acción que leíamos en el inicio del Bhagavad Gita, que siempre es preferible a la inacción, a pesar de las dudas que le asaltan a Arjuna. Porque es preferible hacer algo, aun a riesgo de equivocarse, que no hacer nada.

Hablábamos también de generosidad, y un filósofo es siempre generoso, porque como leíamos en el mito de la caverna de Platón, dentro del libro de La República, el verdadero filósofo es el que una vez que conoce que existe luz más allá de la caverna, vuelve de nuevo a la oscuridad de la caverna por generosidad, por amor a sus semejantes, que no conocen que pueden liberarse de las cadenas y de las sombras.

Podemos seguir ofreciendo ejemplos prácticos de lo que es un filósofo en la vida cotidiana, pues la filosofía práctica no es solo leer, memorizar libros de filosofía, sino poner las enseñanzas en la práctica.

Hoy están llegando algunos de estos filósofos a Indonesia en ayuda humanitaria, con la coordinación del Grupo GEA de Ecología Activa. Los que no hemos podido ir, hemos contribuido con alguna cantidad de dinero para ayudar a que la vida continúe en este lejano país.

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¿Quién es Dios?

Era muy pequeño, tan pequeño que te hacía recordar qué es la ternura. Miraba continuamente a su alrededor a pesar de que no pasaba absolutamente nadie, ni nada. Intentaba sostenerse sobre sí mismo, mientras se desplazaba por aquellas escaleras de madera que le servían más de obstáculo que de apoyo.

No pude evitar ofrecerle lo más parecido a un cobijo que llevaba encima, mi bolso.

Aquella cría de gorrión llegó a casa con más miedo que plumas, y cargando de entusiasmo a todos los que luchábamos por él.

Durante los pocos días que duró su vida, escuché muchos comentarios que decían: ¿qué sentido tiene cuidarle?, sus días están contados. Siempre me venía a la cabeza la misma respuesta, que pocas veces hice voz: ¿por qué no dejas de comer «humano preguntón»?, tus días también están contados.

Cuando la vida es finita, es siempre corta. ¿Hace eso que deje de ser bella? ¿Qué hace que vivir unos días más merezca la pena? Seguramente, la manera en que se vivan. Si son llenos de verdades, de caricias del alma, de sintonía en la mirada, de comprensión de lo esencial… habrán merecido la pena. ¡Quién fuese capaz de vivir cada semana como si fuese la última! Aunque en realidad, solo nos lo impide olvidar que cada semana es un pedazo de vida.

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