Pues… yo sigo con lo mío, que es empezar desde la A para acabar quién sabe si en la Z, de zozobra, en la D, de duda o en la V, de Verdad, en el camino de la búsqueda de la filosofía.
Eran aquellos tiempos de cole, de pizarras de tiza, de cabelleras cortadas a tazón, de don Cirilo y don Juan (porque ay de aquel que tuteara a un maestro), en aquellos tiempos todo olía a sudor de recreo y tigretón, al menos pasadas las 11:30.
De todas las muchísimas enseñanzas recibidas en mis catorce años de cole, recuerdo con especial profundidad tres momentos.
El primero, a los cuatro años leyendo a mi madre la cartilla a toda prisa nada más llegar del cole, mientras ella terminaba de limpiar el salón. ¿Cuántas veces habrá que limpiar un salón?, pensaba yo. Tardé mucho en darme cuenta que es una tarea infructuosa, como recoger hojas del suelo en un bosque. Pero era evidente que a mi madre le satisfacía sobremanera.
El segundo momento, como luego el tercero, está marcado por una frase. Andaba yo por sexto de E.G.B. cuando el profesor de biología hablaba de la reproducción del ser humano con palabras tan técnicas que ni con un tema como este conseguía la atención de chaval alguno. Hasta que pronunció las siguientes palabras: «el hombre introduce el pene en la vagina de la mujer». Mis ojos se abrieron como planetas recién nacidos y compuestos por helio de lo que debían arder. Me acababan de desvelar el secreto mayor guardado, por fin sabía a que se refería mi madre cuando hablaba de «eso»…