Cincuenta años de desarrollo personal: la elección de construir

Cuando miro hacia atrás y contemplo más de cincuenta años dedicados al desarrollo personal, no puedo sino sentir una profunda gratitud. Durante este tiempo he tenido el privilegio de encontrar en las enseñanzas de Nueva Acrópolis una magnífica escuela de vida. Muchas de sus ideas, ejercicios y métodos me proporcionaron herramientas valiosísimas para comprenderme mejor, corregir defectos y fortalecer aquello que había de mejor en mí.

Sin embargo, con el paso de los años también he aprendido una lección importante: las enseñanzas, por sí solas, no transforman a nadie. Son herramientas y, como toda herramienta, su eficacia depende de la voluntad y del uso que cada persona decida hacer de ellas.

Con el paso de los años he comprendido que el verdadero motor del desarrollo personal no son los conocimientos que adquirimos, sino las decisiones que tomamos cada día. Todos recibimos oportunidades para crecer: una enseñanza, un buen ejemplo, una dificultad, una crítica o incluso un fracaso. Pero cada uno es libre de decidir qué hace con ellas. Podemos convertirlas en peldaños para elevar nuestro carácter o en excusas para permanecer donde estamos.

La vida nos ofrece constantemente posibilidades de mejorar, pero nadie puede recorrer ese camino por nosotros. Ningún maestro, ningún libro ni ninguna escuela filosófica puede sustituir la decisión íntima de cambiar. Esa responsabilidad pertenece exclusivamente a cada ser humano.

A veces contemplar cómo algunas personas desperdician las oportunidades que han recibido puede producir desaliento. Sin embargo, cuando uno reflexiona serenamente comprende que también esa es una enseñanza. Nos recuerda que el desarrollo personal nunca depende únicamente de las circunstancias externas, sino de la actitud interior con la que las afrontamos.

Por eso he aprendido que la mejor respuesta no consiste en juzgar ni en alimentar el resentimiento. Cada persona se encuentra en un momento distinto de su camino evolutivo y responde según el grado de conciencia que ha alcanzado. Lo importante es no permitir que la crítica, el pesimismo o la indiferencia de otros nos aparten de nuestro propio propósito.

Siempre existirán quienes dediquen sus esfuerzos a construir y quienes, consciente o inconscientemente, terminen destruyendo. La verdadera cuestión no es quiénes son ellos, sino quién queremos ser nosotros. Esa elección se renueva cada día, en cada pensamiento, en cada palabra y en cada acción.

Esta realidad no solo se manifiesta en el ámbito filosófico o del desarrollo personal. La encontramos en la política, en la familia, en las relaciones humanas, en el trabajo y en cualquier proyecto de servicio a los demás. Frente a quienes critican por sistema o buscan desacreditar todo esfuerzo ajeno, la respuesta más elevada no es el odio, sino comprender que muchas veces esas actitudes reflejan ignorancia, frustración o egoísmo. Nuestra tarea consiste en seguir construyendo.

Hace unos días tuve la oportunidad de recibir a varios miembros de GEA, el equipo internacional de ayuda humanitaria vinculado a Nueva Acrópolis, que regresaban de colaborar en las labores de rescate tras el último terremoto. Habían trabajado durante días removiendo escombros para sacar con vida a personas que permanecían sepultadas.

Mientras los escuchaba, comprendí que todo esfuerzo por mejorar el carácter tiene un sentido mucho más profundo de lo que a veces imaginamos. La disciplina, la fortaleza, la solidaridad y el espíritu de servicio no son conceptos abstractos: un día pueden convertirse en las cualidades que permitan salvar una vida.

En ese momento entendí que las enseñanzas filosóficas adquieren su verdadero valor cuando se transforman en acción. El trabajo sobre uno mismo no persigue únicamente alcanzar una mayor serenidad o una mejor comprensión de la vida; su finalidad más elevada es convertirnos en personas capaces de ser útiles cuando el mundo nos necesita.

Saber que, aunque sea de una forma muy modesta, he podido formar parte de una organización que hace posible ese tipo de acciones me anima a seguir trabajando sobre mí mismo. Porque el auténtico desarrollo personal no consiste en sentirse mejor que los demás, sino en llegar a ser más útil para ellos.

Después de medio siglo de camino, sigo convencido de la misma idea con la que empecé: las enseñanzas pueden iluminar el sendero, pero solo la voluntad decide recorrerlo. La libertad más importante que poseemos es elegir nuestra actitud ante la vida, decidir si cultivamos nuestras mejores cualidades o alimentamos nuestros peores defectos. Esa elección, repetida una y otra vez a lo largo de los años, acaba construyendo nuestro carácter y, con él, nuestro destino.

Mientras tenga fuerzas, procuraré seguir avanzando. No porque crea haber llegado a ninguna meta, sino porque el camino del perfeccionamiento nunca termina. Y si ese esfuerzo consigue que mi vida sirva, aunque solo sea un poco, para aliviar el sufrimiento, despertar esperanza o ayudar a construir un mundo mejor, entonces habrá merecido la pena recorrer estos cincuenta años de búsqueda.

Juan Carlos Rodero.

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