El mito y el logos: más allá de una evolución lineal

Cuando era joven, leí La República de Platón y me encontré con una frase que me sorprendió enormemente: «Sócrates, ¿qué mentiras nos vas a contar hoy?». ¿Cómo era posible? ¿¡Sócrates contando mentiras!?

Intrigado, consulté otra traducción y allí encontré una versión muy diferente: «Sócrates, ¿qué mitos nos vas a contar hoy?». Entonces comprendí que la confusión estaba en la traducción, que no había respetado plenamente el sentido del pasaje. La palabra griega mythos puede traducirse de distintas maneras —relato, cuento, mito e incluso, en determinados contextos, mentira—, pero reducirla simplemente a «mentira» desvirtúa profundamente su significado.

Este tipo de errores nos lleva, a mi modo de entender, a conceptos equivocados, como el de que el mito precede al logos.

La idea de que el pensamiento racional (logos) nace del mito (mythos), como un hijo que sucede a su padre, simplifica una tensión que siempre fue mucho más compleja y bidireccional. El logos no suplantó al mito; más bien convivieron, se nutrieron mutuamente y operaron como dos lenguajes distintos para explicar la misma realidad.

Sin embargo, no paro de escuchar que, hasta la llegada del raciocinio griego, la humanidad en pañales utilizaba el mito como forma de comprensión del mundo.

El mito viene a exponer realidades que están más allá de la capacidad de raciocinio; trabaja en el campo de la intuición. Los neoplatónicos decían del mito que «estas cosas nunca sucedieron y, sin embargo, son».

El mito no tiene que ser verdadero como acontecimiento histórico para ser verdadero en su significado. No necesita haber ocurrido literalmente para expresar una verdad que permanece, porque el mito no habla solamente de lo que sucedió una vez, sino de aquello que puede suceder siempre en el alma y en la vida humana.

Si el logos fuera una superación definitiva del mito, este último habría desaparecido. En su lugar, figuras como Platón recurrían constantemente a los mitos —como el de la caverna o el mito de Er— cuando la argumentación lógica llegaba a su límite. El mito actúa como una frontera pedagógica y metafísica para la filosofía.

Más que representar dos etapas sucesivas de la evolución del pensamiento —primero el mito y después el logos—, mito y logos son dos formas complementarias de comprender la realidad que pueden actuar simultáneamente en el ser humano.

El logos busca comprender la realidad mediante conceptos claros, relaciones lógicas y leyes generales. Trata de analizar, ordenar y explicar los fenómenos de manera objetiva.

El mito, en cambio, busca descubrir el significado profundo de lo que vivimos. Nos ayuda a relacionar nuestras experiencias con un sentido más amplio, despertando la imaginación, la identificación y el sentimiento de pertenencia a un orden mayor.

El logos nos ayuda a comprender cómo son las cosas; el mito nos ayuda a comprender qué significan para nosotros. No son necesariamente opuestos, sino dos caminos diferentes y complementarios para acercarnos a la realidad.

Ninguno es padre del otro; son herramientas cognitivas paralelas que la cultura articuló para comprender la experiencia humana.

 

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