Los idealistas han impulsado muchas de las grandes transformaciones de la humanidad. Allí donde alguien imaginó una sociedad más justa, una mayor libertad, la abolición de una injusticia o una forma más digna de convivencia, hubo primero un ideal que todavía no existía en la realidad.
Los llamados realistas, por el contrario, suelen inclinarse por soluciones que consideran más prácticas y posibles. Nos recuerdan algo necesario: no basta con desear el bien; hay que conocer las circunstancias, prever las consecuencias y comprender las fuerzas que actúan en la sociedad.
El problema comienza cuando el realismo deja de significar comprender la realidad y pasa a significar aceptarla tal como es. Y se vuelve todavía más peligroso cuando, en nombre de la eficacia, la seguridad o el interés del Estado, se considera que los principios éticos pueden dejarse de lado. Surgen entonces algunas preguntas fundamentales: ¿es posible que la política sea verdaderamente ética o, tarde o temprano, la ética acaba cediendo ante los intereses políticos? ¿Puede un político mantenerse fiel a sus principios y, al mismo tiempo, sobrevivir en la lucha por el poder?
El realismo político
El realismo político parte de una constatación difícil de negar: la política se desarrolla en un mundo de intereses contrapuestos, conflictos, ambiciones, amenazas e incertidumbres. Desde esta perspectiva, el gobernante debe ser prudente, astuto y capaz de tomar decisiones difíciles. La seguridad, la estabilidad y la supervivencia del Estado pueden obligarlo, en determinadas circunstancias, a elegir entre alternativas imperfectas.
Pensadores como Maquiavelo, Hobbes o Carl Schmitt, aunque muy diferentes entre sí, analizaron esa dimensión conflictiva del poder político. Maquiavelo, especialmente, separó el análisis de la política de la moral tradicional y mostró que quien gobierna debe conocer el mundo tal como es y no únicamente como desearíamos que fuese. La famosa expresión «el fin justifica los medios» resume popularmente una determinada interpretación de su pensamiento, aunque no aparece formulada literalmente de ese modo en El príncipe.
El peligro aparece cuando esta visión termina justificando cualquier acción por sus resultados. Si el éxito político se convierte en el único criterio, ¿qué impediría mentir, manipular, traicionar acuerdos o cometer injusticias siempre que resulte conveniente? Aquí aparece una cuestión esencial: los medios no son indiferentes al fin que pretendemos alcanzar.
Podríamos expresarlo mediante una imagen sencilla: el árbol está contenido en la semilla, del mismo modo que el fin comienza a estar contenido en los medios que utilizamos para alcanzarlo. Es difícil construir una sociedad justa mediante la injusticia, una sociedad libre mediante la opresión o una sociedad basada en la verdad mediante la mentira sistemática. Los medios van modelando el resultado.
El idealismo político
Frente a esta concepción encontramos una tradición que sostiene que la política debe estar subordinada a principios éticos. Platón, Aristóteles y, muchos siglos después, Kant representan diferentes formas de esta aspiración.
Para Aristóteles, ética y política están profundamente relacionadas. La finalidad de la comunidad política no consiste únicamente en sobrevivir, sino en crear las condiciones que permitan a los seres humanos vivir bien y desarrollar sus virtudes. Kant defenderá la existencia de principios morales que no deberían depender simplemente de la conveniencia del momento: la dignidad humana no puede convertirse únicamente en un instrumento al servicio de otros intereses.
En La República, Platón presenta una de las imágenes más influyentes del gobernante ideal: el filósofo-rey. El verdadero gobernante debería conocer, en la medida de lo posible, qué son el Bien y la Justicia y tratar de trasladarlos a la vida política. El filósofo-rey busca la verdad y no se conforma con las opiniones; considera la justicia un principio fundamental; intenta no dejarse arrastrar por las pasiones colectivas; ama la sabiduría más que el poder y gobierna pensando en el bien de todos y no en su propio beneficio.
Hay una idea especialmente interesante en Platón: precisamente quien desea desesperadamente el poder puede no ser la persona más adecuada para ejercerlo. Cuando alguien desea intensamente el poder existe el riesgo de que no lo conciba como un medio para servir, sino como una forma de satisfacer alguna necesidad personal: ambición, reconocimiento, prestigio, riqueza, influencia o incluso el deseo de imponer a los demás su propia voluntad.
Quien necesita el poder para sentirse realizado tendrá también mayores dificultades para renunciar a él. Y cuando conservar el poder se convierte en un objetivo, aparece una peligrosa inversión: ya no se utiliza el poder para alcanzar el bien común, sino que se utiliza el bien común —o su apariencia— para conservar el poder.
Platón propone algo paradójico: el mejor gobernante sería aquel que no encuentra su felicidad en gobernar, porque posee bienes interiores que considera superiores al poder. Precisamente por eso puede ejercerlo con mayor libertad y abandonarlo cuando su responsabilidad haya terminado. El poder debería ser, por tanto, una responsabilidad antes que un privilegio; una carga asumida por deber antes que un premio perseguido por ambición.
El peligro de convertir el interés propio en justicia
Una de las manifestaciones del realismo político aparece cuando el interés nacional se convierte en el criterio predominante de actuación. Es comprensible que un gobernante tenga una responsabilidad especial hacia los ciudadanos a los que representa. Pero esto plantea una cuestión más profunda: ¿puede considerarse verdaderamente justa una política que reclama para los propios ciudadanos aquello que está dispuesta a negar a los demás?
La justicia, si realmente queremos llamarla justicia, debería aspirar a algún grado de universalidad. De otro modo corremos el riesgo de llamar «justo» simplemente a aquello que nos beneficia.
El realismo político también ha concedido históricamente una enorme importancia a la apariencia. Un gobernante puede considerar necesario parecer virtuoso, honesto, generoso o justo porque esa imagen genera confianza y mantiene la adhesión de la población. Pero aquí encontramos otra diferencia fundamental entre ética y propaganda: una cosa es parecer justo y otra muy diferente serlo.
Si bien, como decía Baltasar Gracián, «valer y saberlo mostrar es valer dos veces», primero hay que valer. No hay nada reprochable en saber mostrar una virtud que realmente se posee; el problema comienza cuando la apariencia pretende sustituir a la virtud. Cuando la imagen sustituye a la realidad, la política puede transformarse en una representación cuyo objetivo ya no es servir al ciudadano, sino conseguir su aprobación.
¿Seguridad o libertad?
El dilema continúa plenamente vigente. ¿Debemos sacrificar derechos para conseguir mayor seguridad? ¿Hasta dónde puede llegar un Estado para proteger a sus ciudadanos? Los problemas relacionados con la inmigración, las fronteras, el terrorismo, la delincuencia o los conflictos internacionales vuelven a plantear continuamente estas cuestiones.
Pero quizá la pregunta esté mal formulada cuando nos obliga a escoger necesariamente entre ética o seguridad. Una sociedad necesita ambas. Defender principios éticos no significa ignorar los problemas reales, del mismo modo que afrontar con firmeza los problemas no debería significar abandonar nuestros principios. El desafío consiste precisamente en encontrar soluciones que integren ambas dimensiones.
Max Weber: convicción y responsabilidad
Max Weber planteó una distinción especialmente útil. Habló de la ética de la convicción, que actúa de acuerdo con unos principios considerados moralmente correctos, y de la ética de la responsabilidad, que obliga a considerar también las consecuencias previsibles de nuestras decisiones.
Esta distinción permite superar parcialmente el enfrentamiento entre idealistas y realistas. Una política exclusivamente basada en ideales puede caer en la ingenuidad si desconoce la realidad y las consecuencias de sus actos; pero una política basada únicamente en las consecuencias puede terminar justificando prácticamente cualquier cosa. Tal vez el verdadero gobernante necesite ambas: principios que le indiquen hacia dónde debe dirigirse y responsabilidad para comprender cómo llegar hasta allí.
El ideal necesita conocer la realidad
Quizá, entonces, no debamos elegir entre ser idealistas o realistas. Necesitamos ideales suficientemente elevados para indicarnos el rumbo y realismo suficiente para encontrar el camino. Un ideal sin conocimiento de la realidad puede convertirse en una hermosa intención incapaz de transformar el mundo; pero un realismo sin ideales acaba convirtiéndose fácilmente en conformismo, oportunismo o simple lucha por el poder.
Podríamos compararlo con la navegación. El ideal es la estrella que indica la dirección. El realismo es el conocimiento del mar, de los vientos, de las corrientes y de las posibilidades reales de nuestra embarcación. Sin conocer el mar podemos naufragar; pero sin una estrella que nos oriente podemos navegar durante años sin saber hacia dónde vamos.
También podríamos expresarlo con otra imagen: necesitamos aprender a volar sin dejar de tener los pies en la tierra. Volar significa elevar la mirada, imaginar lo que todavía no existe, aspirar a un mundo más justo y mantener vivos nuestros ideales. Tener los pies en la tierra significa conocer la realidad, comprender sus dificultades y actuar sobre ella con inteligencia y sentido práctico. Los ideales nos dan alas; la realidad nos enseña dónde y cómo aterrizar. No deberíamos renunciar a ninguno de los dos.

