La cuestión es que, a veces, no comprendo a las personas. Las considero injustas, me llegan a caer mal o noto que no empatizan del todo conmigo. Afortunadamente, esto solo ocurre con un porcentaje escaso de aquellas que conozco y, sin embargo, son las que más me duelen. Ya sé que no puede uno llevarse bien con todo el mundo, pero…
He pasado horas enteras analizando las conductas sociales desde dentro y fuera de los grupos (y las mías propias en estos contextos), como si fuesen una madeja anudada que sabes se puede desentramar. Si uno llega a conocer y comprender las relaciones humanas, conseguirá hacer estupendos jerseys con ellas, confortables, entrañables.
Mis mayores dudas eran, por ejemplo, ¿por qué alguien que te es empático de repente deja de serlo? ¿Es posible que vuelva a serlo? ¿Cómo puedes aproximarte a personas que parecen muy importantes o muy solas?
Todos los comportamientos tienen un motivo. Ese es el quid del tema: llegar a descubrir la verdadera razón de los momentos indeseados entre las personas, ya que, normalmente, ocurre algo más de lo que se menciona (no demasiado rebuscado, solo un poco más interno, que cuesta tanto localizar como contar). Pero, ya es algo saber que siempre hay un porqué. Eso nos da la posibilidad de solucionarlo o eliminar esa causa, en caso de que lo deseemos.
Aproximadamente, todos reaccionamos de modo muy similar ante los estímulos que afectan a las relaciones personales. Los dos factores fundamentales que las desarrollan son: creer que estás tratando con una “buena persona” (alguien que no te hará daño, potencialmente al menos) y notar que importas a aquel con quien te relacionas. No mantendrías una amistad con alguien a quien importas pero es un mal bicho, ni con un santo al que no le importas un carajo.











