Mañana lo haré

¡Qué contento estabas la semana pasada!

Tu nuevo trabajo –aunque digo «nuevo», ya llevabas dos años allí– te había ocupado hasta entonces mucho tiempo. Yo te lo había echado en cara a menudo, pero no es que me hubieras hecho mucho caso.

Recuerdo cómo, desde que éramos unos niños, fuimos uña y carne. Los adultos se asombraban de que sintonizáramos tanto y desconociéramos las disputas propias de la infancia. Sí, se puede decir que fuimos amigos desde la cuna.

Cuando superamos la edad de compartir juegos, empezamos a compartir sueños. Qué idealistas éramos los dos. Cuántas metas por conquistar, cuántos enigmas por descubrir, cuántas obras por realizar.

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Descubrimiento

– Enhorabuena, profesor. Descubrir esos tratados cuidadosamente protegidos en un baúl en estratos tan antiguos constituye el mayor hallazgo arqueológico del siglo. ¿Fue su intuición lo que le llevó a señalar este lugar para comenzar la excavación? –preguntó el periodista.

–No. Los había puesto yo allí –contestó el viajero del tiempo.

Qué es Nueva Acrópolis

El otro día me encontré con uno de mis vecinos, que es joven y despierto, y que por lo visto había oído comentar algo en casa sobre Nueva Acrópolis y, sabiendo que me muevo en este ambiente desde hace algunos años, me preguntó directamente: “¿Qué es Nueva Acrópolis?”.

Ante esta pregunta a bocajarro (con la que por cierto, me topo con cierta frecuencia) pensé que, mejor que contestarle con una definición y una enumeración de principios, podía explicárselo como cuando él me responde a mí si le pregunto por algo que él hace y yo desconozco (es que vivo en un sitio donde los vecinos son como los de antes, que se relacionan y hablan).

Así que, sin más, se desarrolló un diálogo tal que así:

–¿A ti te parece que hay cosas que se podrían mejorar en el mundo?

–Sí.

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Sexista y de género

Esto no va de machismo y feminismo. Va de lenguaje.

Cuando oigo hablar a algunos personajes públicos, noto cuánto interés ponen en que diferenciemos minuciosamente los géneros de los sustantivos que utilizamos (aunque no sepamos muy bien qué es un sustantivo ni qué es el género en gramática).

Han conseguido que nos veamos obligados a puntualizar continuamente que los maestros y las maestras enseñan, los jueces y las juezas juzgan y los jugadores y las jugadoras juegan. Y si no lo decimos así, podemos llegar incluso a ser considerados «sexistas».

La verdad es que queda muy «reivindicativo» y «progresista» señalar la diferencia entre las «oes» y las «aes»; cuantas más veces, mejor.

Pero, digo yo… ¿no sería mejor concentrar el esfuerzo en los problemas prácticos de desigualdad y no arañar tanto la superficie desviando nuestra atención hacia el «hablar igualitariamente»? Confieso que a mí me agota el oír que «los ciudadanos y ciudadanas tenemos el derecho a estar titulados y tituladas como abogados y abogadas» y cosas así. Con lo resumidos que somos a la hora de tuitear y de washapear…

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¿Qué es lo importante?

Lo importante es mirar hacia adelante sabiendo que el camino solo aparecerá ante nuestros ojos si comenzamos a caminar.

Lo importante es reconocer que hay otros que también caminan, y preferir ayudarnos mutuamente a hacernos daño mientras dura el tramo que compartimos.

Lo importante es pararnos un momento en medio del camino y recordar los horizontes que buscábamos, corrigiendo nuestro rumbo si comprobamos que no vamos bien.

Lo importante es sembrar en cada paso del camino una esperanza, un acto generoso, un pensamiento amable con quienes están más cerca y con la naturaleza que nos cobija.

Lo importante es aquello que nos hace sentir que no hemos derrochado excesivamente el tiempo que tuvimos.

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Al final de la vida

Mi amiga es una luchadora, se ha buscado la vida de muchas maneras desde siempre, y ahora que le ha visto las orejas al lobo con la crisis, mucho más. Pero además reflexiona sobre lo que vive, busca el sentido de las cosas y aprende continuamente de sus experiencias. El resultado es que da gusto charlar con ella: es culta, alegre y sabia.

Me contaba el último capítulo de su historia: dos años trabajando en una residencia de ancianos, por las noches y más, a razón de una media de catorce horas, con un día de descanso, los lunes. Cuarenta ancianos a su cuidado, todas y cada una de las noches. Y todo con un contrato como limpiadora y por muchas menos horas, con lo cual, ahora que la han despedido, se queda con un paro casi simbólico, tras percibir un sueldo para el cual no hay calificativo, teniendo en cuenta lo mucho que da una persona madura, bien formada, con experiencia de la vida. Pero así están las cosas: «esto es lo que hay y si no te parece bien, ahí está la puerta» y «este mes os pagaré menos pero tendréis más trabajo», sin más explicaciones, y cosas así, por lo demás nada nuevo. Ya se ha corrido la voz de que está disponible y le llegan ofertas de personas mayores necesitadas de cuidados, de atención, de cariño, de ese plus que ella sabe ofrecer y dar a manos llenas.

Pero ya digo que mi amiga tiene habilidad para encontrar las mejores lecciones de la vida, y ha aprendido muchas en contacto con «sus niños», como ella dice. La primera de esas lecciones es que, cuando la vida se acaba, la gente empieza a hacerse preguntas sobre si tiene sentido vivir, y no son capaces de encontrar una respuesta satisfactoria, especialmente cuando al final lo que hay es soledad, sensación de abandono, o la impresión de que tanto trabajar para qué si al final no tengo nada. «Es como si nadie les hubiera enseñado a vivir y ahora se dan cuenta, cuando es tarde», reflexiona.

Ella ha visto cómo hijos, sobrinos y nietos se aprovechan de esos familiares ancianos, a quienes solo van a visitar para pedirles dinero, con total desfachatez. Llegan, piden y se van, sin la menor muestra de cariño, sin siquiera dar las gracias. Cómo los llevan a la residencia cuando les estorban, y cuando los necesitan para sacar provecho de su pensión, se los llevan a casa, sin preguntarles si eso es lo que quieren.

Ayer mismo había en el periódico una noticia sobre el aumento de los casos de malos tratos a ancianos, como síntoma del auge del egoísmo y la falta de humanidad. ¿Qué nos está pasando? Habría que recordar lo que decían los antiguos egipcios, tan sabios: «trata bien a tus mayores, pues cuando tú lo seas querrás que te traten bien a ti».

Ser o tener

«Govinda, el gran Maestro, leía las Escrituras sentado en la roca cuando Raghunath, su discípulo, orgulloso de sus riquezas, llegó hasta él y le dijo inclinándose: “Te traigo un pobre regalo indigno de ser aceptado por ti”. Y lució ante su maestro un par de brazaletes de oro y piedras preciosas.

Cogió el Maestro uno de ellos y lo hizo girar en su dedo, y las piedras lanzaban flechas de luz. De pronto se le escapó del dedo el brazalete y cayó, saltando por la roca al agua.

Raghunath dio un grito y se arrojó al río. El Maestro volvió sus ojos al libro. El agua aprisionó y ocultó su robo y siguió su curso.

Cuando Raghunath volvió, cansado y chorreando hasta su Maestro, el día se estaba ya apagando. Anhelante, le dijo: “Si me dices dónde cayó el brazalete, quizás pueda encontrarlo todavía”.

El Maestro cogió el otro brazalete y, tirándolo al agua, le respondió: “¡Allí!”».

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Vivir o sobrevivir, esa es la cuestión

En realidad, la cuestión es vivir y sobrevivir.

O, en su orden natural, primero sobrevivir y, luego, vivir.

Es obvio que necesitamos tener cubiertas las necesidades básicas para que nos planteemos cuestiones más profundas, aunque no menos importantes. Acongojados por las cuestiones cotidianas, nos falta a veces la perspectiva que nos permita encontrar el equilibrio interior. Y, sin embargo, ¿no es eso lo que pretendemos tener conquistado cuando lleguemos al final del camino?

El no tener preocupaciones materiales, sin embargo, no garantiza tener una vida interior satisfactoria. Hace falta descubrir por qué vivimos, para qué estamos en el mundo que nos ha tocado, cuáles son las acciones que nos ennoblecen y cuáles las que nos alejan de nuestra condición humana.

Importa lo material: el alimento, el albergue, el arroz.

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Consumir violencia

El otro día viajaba yo en el tren, y como cuando viajas siempre hay una pantalla donde puedes ver una peli para pasar el rato, me puse a ver la que tenían programada. Se parecía mucho a la que vi el mes pasado en el bus, aunque no tenía nada que ver. Era una película de violencia. Bueno, ahora las llaman “de acción”.

Era muy realista en lo que se refiere al tipo de armas empleado, cantidad de sangre en proporción a los golpes, nivel de estruendo según la cantidad de bombas, variedad de maneras de causar daño a otro, etc.

Lo de los valores éticos del protagonista dejaba un poco que desear para mi gusto. Yo estoy de acuerdo con Platón en que no hay información aséptica cuando se recibe sin poner la conciencia: o te hace bien, o te hace mal; y eso es un problema con algún tipo de cine. Que por cierto se parece mucho a la puesta en escena de algunos videojuegos que descubro mirando por encima del hombro de algunos chavales cuando juegan cerca de mí.

“Consumimos” violencia a tutiplén sin venir a cuento en los productos televisivos y jolibudienses en los que un “bueno” con pinta de sucio, con una metralleta en una mano y un móvil en la otra se carga a 5 “malos”.

¿De qué nos sirve?

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Lo importante

A pesar de que todo lo que nos acontece cobra para nosotros una tremenda importancia, cuando damos un momento al «stop» de nuestras prisas, vemos que hace apenas un rato que hemos llegado a la vida, y posiblemente dentro de un ratito nos hayamos ido.

El escenario sigue en pie, con pequeños cambios de decoración, y otros actores llegarán a cubrir los puestos vacantes.

El rítmico latir de la naturaleza volverá a arropar con su frío y su calor a los nuevos caminantes. La belleza y la armonía volverán a inspirar a los nuevos buscadores.

Y otra vez resonará la misma pregunta: ¿qué es lo que verdaderamente importa?

Ellos encontrarán su respuesta.

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