Recuerdos y antirrecuerdos

Esta reflexión va a ser breve. Solo quiero compartir una curiosidad, de esas que te hacen ladear la sonrisa y decir: ¡ahhhh! Por trabajo y por afición me gusta leer noticias de ciencia, estar al día de los últimos descubrimientos y de las conclusiones a las que llegan los investigadores.

Hace nada que neurocientíficos de Oxford, dedicados a estudiar los procesos y mecanismos que usa el cerebro para crear los recuerdos, han descubierto algo sorprendente: existen los antirrecuerdos.

Para que un recuerdo se fije en nuestro «disco duro», las neuronas tejen una microrred única, un patrón neurona específico que se corresponde con un recuerdo concreto. Hasta ahora se conocía ese mecanismo, pero lo que no se sabía es que, al mismo tiempo que teje la red del recuerdo, teje la red del antirrecuerdo, que es una red idéntica… pero opuesta. Una especie de contrario, reflejo o como se quiera llamar, que equilibra el proceso y evita que se produzca una sobrecarga eléctrica en la red neuronal, especialmente cuando aprendemos algo nuevo, que es cuando más conexiones y reconexiones se producen.

Así que tenemos recuerdos y antirrecuerdos, pero también la ciencia ha encontrado la antimateria de la materia, las moléculas también tienen sus imágenes especulares, los venenos sus antídotos y miles de cosas más que cuentan con su opuesto, con su otra mitad dentro de este mundo polarizado.

Me gusta encontrar cosas como esta, porque cuando se ven las cosas desde el punto de vista ecléctico, es bonito recordar las leyes del Kibalión, la de polaridad, la de dualidad, la de mentalidad, la de vibración… y ver que, aunque se hayan aparcado algunos conocimientos ancestrales en el lado de lo fantástico o de lo mítico, lo cierto es que no se puede pasar de largo cuando ciencia y tradición convergen.

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El valor de ser mujer

En el día en que se recuerda el papel de la mujer trabajadora, recordemos también que la filosofía no hace distinciones entre hombres y mujeres en cuanto a sus aptitudes para enfrentar la vida. Hay enormes ejemplos de ello en la historia. Algunos hombres que dejaron huella se atrevieron a defender la importancia de la mujer aunque su tiempo o su sociedad no lo hiciera.

Sin revanchismos ni discriminaciones, celebremos que somos humanos en un mismo barco, navegando por el misterioso mar de la vida, que necesita capitanes y timoneles, marineros y vigías para llevar a buen puerto nuestra nave. Tod@s somos necesarios. Tod@s podemos realizar un buen trabajo.

Ser mejores

A veces, en esos raptos de heroísmo de sofá que nos arrebatan de vez en cuando, pensamos que tendríamos que mejorar el mundo, y ¡zas!, en nuestra imaginación ya lo cambiamos: antes era rojo, y ahora es verde; o antes era azul y ahora es morado. Así, todo de golpe.

Pero la realidad es que no podemos pretender que un muro sea de piedra si está hecho con ladrillos.

Cada uno de nosotros es un ladrillo (sin ánimo de ofender) y deberíamos conseguir llegar a ser una buena piedra (por lo del muro, se entiende). Y si llegamos a aprender cómo se hace esa transformación, seremos capaces de enseñar a otros cómo hacerlo.  Sin dinamitar los ladrillos, ni las piedras, ni nada, que lo dejan todo hecho un asco.

Reflexionemos y actuemos sin alejarnos de los principios éticos que reconocemos como valores, y lo demás irá llegando.

El mundo empezará a mejorar transformando el primer ladrillo.

Un milagro entre la basura

Viven en un vertedero. Sí, sí. Entre la basura. Qué lejano para nosotros, los que nos quejamos del ruido del vecino en un sexto piso, ¿verdad?

Pues ellos son niños y niñas. También hay abuelos y abuelas. Y papás y mámás. Y viven entre la basura, no por afición, sino porque para subsistir tienen que rebuscar entre lo que otros tiran para poder vivir. Sucede en Paraguay (también pasa en muchos lugares del mundo). Es el vertedero donde se depositan los desechos de la ciudad de Asunción. Un lugar, por cierto, con altísimo índice de contaminantes.

Pues asómbrate.

Los niños y adolescentes forman parte de una orquesta que interpreta obras como, por ejemplo, la 5.ª Sinfonía de Beethoven, sin ir más lejos. Bueno, por si no lo sabes, actualmente hacen giras de conciertos en algunas capitales europeas.

Un violín cuesta más que lo que vale su casa. Entonces, ¿cómo lo han hecho?

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El dinero no lo es todo

A veces se nos olvida ordenar las prioridades que tenemos en la vida. Nos dejamos avasallar sin ningún cuidado por esos espejismos que nos ofrecen la fama y la fortuna como meta principal. Se encargan de mantenernos al tanto de quiénes son los agraciados que aparecen como más ricos en la lista Forbes (nunca he sabido si nos lo dicen para que les admiremos o para que les tengamos compasión). Y no descuidan la ocasión de comunicarnos (anuncios, películas, canciones) que siempre es mejor ganar un poco más con un poco menos de esfuerzo.

¿Se nos ha ido la olla? No sé, pero creo que nos vendría bien una brújula.

Hay una buena noticia: podemos volver al centro en cuanto lo decidamos, al camino importante, al de las cosas profundas y las miradas interiores. Sí, suena “plasta” pero todos sabemos que está ahí dentro, en cuanto nos ponemos a escuchar.

Podemos rescatar algunas cosas valiosas: básicamente, las que contribuyen a mejorar un poco el mundo o, por lo menos, no colaboran para que siga cuesta abajo.

Hay un motivo importante. Cuando nos vayamos al otro barrio, no podremos llevarnos las vasijas de oro y plata.

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Ante todo, optimismo

En cierta ocasión leí que un optimista es un pesimista mal informado. A lo largo del tiempo he pensado mucho en esa frase. ¿Realmente, de tener toda la información en nuestras manos, no tendríamos expectativas de que las cosas saliesen bien? ¿De verdad es malo esperar que pase lo mejor? Supongo que no siempre es conveniente pensar así, y sería más saludable ser más realista en cuanto a lo que podemos o no esperar de las cosas y de las personas. Quizá así sufriríamos menos.

Dicen también que se puede aprender algo de las cosas más insospechadas. Así es. Yo aprendí algo muy importante acerca del optimismo observando a mi perrita.

Como a casi todos los perros, le encanta pasear por el parque y jugar. Le encanta especialmente ir a buscar una pelota, un palo, una piedra o cualquier otra cosa que le tires. Sin embargo, no siempre que vamos al parque hay tiempo para jugar con ella. Entonces nos provoca. Juega a recoger todas las ramitas que encuentra para ponerlas a nuestros pies, como diciendo: “venga, ¡juguemos!”.

Los días en que las prisas no permiten quedarse a jugar, llegamos a la salida del parque sin que haya dejado ni un momento de intentarlo. Entonces ella resopla y camina para casa moviendo la colita.

Ella no sabe si hay tiempo o no, lo ignora por completo. Quizá sea cierto que es una pesimista mal informada. Sin embargo, los animales son, como nosotros, seres de costumbres, y aun cuando pasan varios días sin poder jugar con los palos y las piedras, ella lo sigue intentando.

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