
Caballo blanco y radiante
que galopas contra el viento
cortando las blancas nubes
con tu trote de lucero;
Caballo blanco y radiante
que galopas contra el viento
cortando las blancas nubes
con tu trote de lucero;
En este mundo, en el que hay una amenaza constante de guerra, tengamos nosotros una amenaza más fuerte: la amenaza de la paz.
Amenacemos con la paz, amenacemos con la fraternidad, amenacemos con la comprensión que va más allá de todas las banderas, de todos los colores, de todos los horizontes, de todos los ríos, de todas las montañas.
Esa es nuestra amenaza, ese es nuestro derrotero.
“Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. No se sabe con certeza quién dijo esta frase, aunque se suele atribuir a Mark Twain, pero sea de quien sea, expresa muy bien el problema que hay a la hora de sacar un pedazo de realidad a través de la estadística. La cuestión es muy sencilla de entender, y voy a poner unos cuantos ejemplos típicos de problemas en los que podemos caer cuando interpretamos datos estadísticos.
–Mi amigo se ha comido dos pollos y yo ninguno. Según la estadística, los dos hemos cenado razonablemente bien, pero en realidad, ninguno cenamos bien, el comió demasiado y yo demasiado poco…
–Según los datos estadísticos de la DGT, el alcohol es la causa del 30% de los accidentes mortales en la carretera. Por lo tanto, el 70% han sido causados por personas sobrias… luego, estadísticamente hablando, es mucho más peligroso conducir sobrio.
Podemos encontrar este tipo de ejemplos en la web; estos que he mencionado los he sacado de la página “La aldea irreductible”, pero hay muchos y sobre todo tipo de estadísticas. Y podríamos continuar con este tipo, con el número de coches por habitante, tasa de natalidad, etc. Muchos atribuyen estos problemas a las propias estadísticas, pero, en realidad, no son problemas de los datos estadísticos, sino del mal uso que hacemos de la lógica.
La vida no siempre es fácil pero, hay momentos, personas, viajes, películas o, incluso, libros, que pueden darnos algo, no tangible, pero tremendamente útil con lo que enfrentar las dificultades. De entre los libros, quiero hablar ahora de uno: Despereaux, de Kate DiCamillo, editado bajo el sello de Noguer en 2003. Sería más sencillo acudir a la película, una cinta de animación que seguro que les encanta a los niños. A veces no es mala opción. En este caso se perderían muchas cosas por el camino: la belleza de las palabras y las imágenes que son capaces de dibujar ellas solas. No me refiero a la imagen de los personajes, sino a la de su alma. Son palabras que dibujan el valor, la amistad… pero también el dolor, el miedo y la envidia que pueden llevar a envolver a las personas en una oscuridad interior difícil de romper, pero que puede hacerse, y disolver esa oscuridad sólida y dura con algo similar a la redención. Hay algo más que solo puede darte el libro: la posibilidad de leérselo a tus hijos, capítulo a capítulo, cada noche, y hacer real esa magia de las letras que atrapa los corazones de los niños y les hace sentir héroes, igual que Despereaux.
Para hacer las presentaciones como es debido hay que explicar que Despereaux es un pequeño ratón, muy pequeño y orejudo que, como Don Quijote, sueña con ser un caballero andante después de enamorarse de los libros y de la bella luz que emana de la Princesa Guisante. La vida no le ha tratado bien, sabe qué es ser despreciado, sabe qué es que no le quieran a uno, y ser perseguido y humillado, mutilado, pero también ha descubierto el amor, y por ese amor, el valor. A pesar de ser un tan insignificante ratoncillo, por ese amor se enfrenta valientemente a aterradoras situaciones.
Aunque es un cuento infantil, sin lugar a dudas muchos adultos se quedarán prendados de él, porque no es un libro de fantasía al uso, edulcorado sin razón. A lo largo de la historia de Despereaux hay muchas más historias. Las otras historias, las de los otros personajes que le acompañan, que se cruzan en su camino y que tienen tras de sí sus propias historias, que les han llevado a ser como son, y a hacer las cosas que hacen. En la narración hay momentos duros, situaciones dramáticas que hacen ver y sentir las cosas oscuras que se esconden en los corazones de las personas, pero están tratadas de tal manera que no hieren. No dañan. Enseñan.
Aunque está clasificado como un libro para niños, es una de esas pequeñas joyas capaces de aportar valores muy profundos se tenga la edad que se tenga. No es de los más conocidos, pero una vez que lo leas será de los que tengas en tu corazón, en el lugar reservado a los tesoros.
Es casi un tópico repetir que a pesar de que los variados medios técnicos que tenemos a nuestra disposición nos facilitan considerablemente las cosas, vivimos la vida con una aceleración y un ritmo desaforado que no siempre podemos soportar con equilibrio.
Recuerdo que la primera vez que oí la palabra “nini” me pareció graciosa. “Nini» me sonaba a panecillo con crema; ya me imaginaba yo pidiendo en una cafetería algo así como: un café y un par de ninis. Pero cuando me contaron lo que significaba la palabra nini (jóvenes que ni estudian ni trabajan ni dan un palo al agua), ya no me hacía tanta gracia. Y después de recibir el siguiente correo de un conocido: “Soy padre de un nini. Ya tiene 32 años, a los 25 años le dejé de pagar la escuela, el tabaco y el móvil porque no aprobaba casi nada y todavía le faltaban 23 asignaturas para graduarse en Sociología. Empezó a buscar trabajo pero le pedían experiencia; a los 28 años desistió y dejó de buscar trabajo, y creo que incluso la vida. Y a veces, aunque parezca duro decirlo, me pregunto: ¿hasta qué edad tengo que mantener a mi hijo?”, me entraron ganas de llorar.
La ciudad de San Francisco era una pequeña aldea cuando en 1848 comenzó la fiebre del oro. A California llegaron miles de personas de todas partes del mundo, familias enteras vendieron sus casas, sus negocios, lo abandonaron todo, se compraron una carreta, la cargaron con mantas, herramientas, agua, un poco de comida y a la abuela, y se pusieron en marcha en busca de oro. Desde entonces el disparo con el que dio comenzó la fiebre del oro no ha dejado de oírse. Algunas veces por el oro, otras por el petróleo, por la industria del automóvil en Detroit o el más reciente, otra vez en California, en el Silicon Valley, en busca de software que nos haga millonarios. Pero sea por lo que sea, cada vez que suena el disparo, el milagro se vuelve a repetir y miles, millones de personas acuden puntuales a la cita.
¡El túnel de la vida! Cuántos enigmas se esconden en su interior. Y, sin embargo, basta con caminar a través de él con atención para que la luz que se adentra desde la entrada alumbre lo suficiente como para guiar nuestros pasos en el incierto comienzo de la andadura.
Reconozco que me gusta ver películas que me hagan pensar. Ya sea por la profundidad de sus diálogos como por el uso de ciertas paradojas sobre el tiempo o de inspiración científica. La mayoría de mis amigos prefieren ir al cine para olvidarse de los problemas cotidianos y «no tener que pensar». Por eso les gustan las películas de acción, trepidantes en las que desde el comienzo de la película se suceden escenas rápidas, persecuciones y acción, mucha acción. Sin embargo, a mí me gusta el efecto catártico propio de la tragedia griega, en el que te sientes identificado con alguno de los personajes, donde se plantean dilemas morales y con unas escenas largas y cuidada fotografía, piensas sobre la condición humana y sales del cine a veces fortalecido en tus convicciones y en otras ocasiones con enormes dudas sobre el sentido de nuestra existencia.
Por eso me sorprendieron las declaraciones de J.J. Abrams, a quien recuerdo por tanto que nos hizo pensar durante siete años con la serie de TV «Lost» («Perdidos»), diciendo que quería combinar algo de los dos estilos en la nueva película que acaba de dirigir, «Star Trek: En la oscuridad» . Aquí podéis leer la entrevista completa, de la que voy a extractar algunos puntos que me llamaron la atención.
El director J.J. Abrams reconoce que cuando era muy joven le gustaba más la acción de las películas del tipo «La guerra de las galaxias», frente a la serie de Strar Trek: «Tenía amigos que eran grandes fans de Star Trek, quizás yo era demasiado pequeño para entenderlo o demasiado impaciente, pero sentía que era más sofisticado y filosófico, debatiendo sobre problemas morales y cosas teóricamente interesantes«.
«Una de las mejores cosas de este universo es que habla de cómo la humanidad trabaja codo con codo. No importa la nacionalidad, el sexo, la religión, o la cultura de donde procedas —o la especie—, la idea de que la humanidad está unida es maravillosa, es una de mis cosas favoritas de Star Trek, y un gran ejemplo a seguir para nuestro mundo«.