
Ayer llegaba tarde al teatro y me cogí un taxi. Nada más entrar le dije al conductor: «corra, por favor, que llego tade al Nuevo Apolo». Me respondió algo muy gracioso: «no se lo va usted a creer, pero hace justo dos horas Ana Duato me ha dicho lo mismo… corra, que llego tarde al Nuevo Apolo. Vaya casualidad, ahí justo donde usted va sentada, no me había pasado nunca».
Llegué a la carrera al teatro y resultó que la función había sido cambiada de hora, así que me dio tiempo a tomar unas cañas en una terraza cercana. Tras un rato buscando mesa, se levantaron dos rubias dejando una libre. Cuando les pregunté: «¿os vais?», me quedé perpleja comprobando que una de ellas era Ana Duato. No solo compartimos taxi ese día, sino que después usaríamos la misma mesa (que en Madrid es casi tan difícil como coger el mismo taxi) y el mismo teatro (miedo me da preguntar en qué asiento estaba…). No pude evitar hablar un poco con ella sobre lo ocurrido, fue bastante amable y sonriente.
Bueno, todo esto no da para más que un montón de casualidades, aunque no sé si Jung tendría algo que decir al respecto. Cuando menos, me quedaré con el dicho japonés según el cual tener tres casualidades con la misma persona en un día es un signo evidente de buena suerte para ambos.
Sin embargo, aquí no hay globos de color, ¿verdad? No, esos fueron en la función. Hacía tiempo que nadie me hacía sentir tan infantil, y eso es justo lo segundo que aprendí ayer (aparte de quedarme esperando una explicación a tanta casualidad con la actriz), aprendí lo sencillo que es desempolvarnos un poco el alma y el prana a la vez. Lo elevamos con belleza, pero lo acercamos con inocencia.