Voces

“El que sabe escuchar música sabe escuchar todas las voces”

Esta mañana, volviendo de sacar a Turca, me encontré en la puerta con mi vecino, el profesor de violín. Nos paramos un rato, y después de hablar un poco de todo, le saqué el tema de la música, que siempre me interesa, y del que no es fácil encontrar alguien con quien hablar.

Me habló de la orquesta de Granada, en la que estuvo, y de la viola, su instrumento. Me comentaba que en la orquesta, la viola era de los instrumentos un poco postergados, o ignorados por la gente en general, porque no lleva la voz cantante, ni estremece con la fuerza del bajo, ni es tan brillante como el piano o cualquier otro instrumento solista. Forma parte de la armonía que sostiene la voz que habla, de los tonos que dan los matices al tema que se expone. Le comenté que, estando yo en una coral, notaba que ocurría algo parecido con la voz de las contraltos, que en realidad equivale en la orquesta a las violas.

Y es cierto, pensé: cuando se escucha cantar a una coral, es difícil escuchar a las contraltos.

Cuando nos despedíamos, me dijo: «Bueno, el que escucha música sabe escuchar todas las voces».

Subí a casa y esa noche le di más vueltas al asunto.

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De la misma madera

La cuestión es que, a veces, no comprendo a las personas. Las considero injustas, me llegan a caer mal o noto que no empatizan del todo conmigo. Afortunadamente, esto solo ocurre con un porcentaje escaso de aquellas que conozco y, sin embargo, son las que más me duelen. Ya sé que no puede uno llevarse bien con todo el mundo, pero…

He pasado horas enteras analizando las conductas sociales desde dentro y fuera de los grupos (y las mías propias en estos contextos), como si fuesen una madeja anudada que sabes se puede desentramar. Si uno llega a conocer y comprender las relaciones humanas, conseguirá hacer estupendos jerseys con ellas, confortables, entrañables.

Mis mayores dudas eran, por ejemplo, ¿por qué alguien que te es empático de repente deja de serlo? ¿Es posible que vuelva a serlo? ¿Cómo puedes aproximarte a personas que parecen muy importantes o muy solas?

Todos los comportamientos tienen un motivo. Ese es el quid del tema: llegar a descubrir la verdadera razón de los momentos indeseados entre las personas, ya que, normalmente, ocurre algo más de lo que se menciona (no demasiado rebuscado, solo un poco más interno, que cuesta tanto localizar como contar). Pero, ya es algo saber que siempre hay un porqué. Eso nos da la posibilidad de solucionarlo o eliminar esa causa, en caso de que lo deseemos.

Aproximadamente, todos reaccionamos de modo muy similar ante los estímulos que afectan a las relaciones personales. Los dos factores fundamentales que las desarrollan son: creer que estás tratando con una “buena persona” (alguien que no te hará daño, potencialmente al menos) y notar que importas a aquel con quien te relacionas. No mantendrías una amistad con alguien a quien importas pero es un mal bicho, ni con un santo al que no le importas un carajo.

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Mi viejo amigo, Sarcasmo

Tengo un viejo amigo con el que, como con todos los viejos amigos, he pasado muchas horas juntos, muchas alegrías e infinitas decepciones, interminables conversaciones y monólogos. Pocas veces solemos estar de acuerdo, de ahí las broncas que hemos tenido y tendremos; él me dice lo equivocados que están todos, que soy a veces demasiado pusilánime y no me hago valer, y claro, por ahí él va y suelta, por mi boca, alguna de sus frases sarcásticas que dejan a todos helados, a todos menos a mí, que se me suben los colores. Entonces lo miro enfadado y le pregunto: ¿y qué has conseguido con eso? ¿Sentirte más listo que nadie? ¡Pues fíjate que ha sido al precio de humillarles inútilmente! Él se da cuenta de su egoísmo, no sin cierta resistencia (tiene su orgullo) y acaba por darme la razón.

Pero él es como es, y como dice la genial canción de Serrat “Cada loco con su tema”. Por ello me visita de vez en cuando y siempre logra meter baza, no puede evitarlo, aunque últimamente ha mejorado mucho sus modales y sus intervenciones suelen ser divertidas y moderadas. Y cuando preveo que se va a ir de la lengua por algo que le hace enfadar, le pido que antes me lo diga al oído; yo le escucho con paciencia, pues suele tener sus buenas razones. Entonces sopeso rápidamente el efecto que pueden causar sus palabras y la utilidad de las mismas antes de “traducirlas”, aunque puedo equivocarme, claro.

Esta interacción entre mi amigo Sarcasmo y yo ha dado muchas, divertidas, y muy buenas veladas de conversación sobre los más variados temas, lo cual me ha granjeado cierta fama de polémico. No digo que no, y seguramente el título de mi sección “filosofía contracorriente” es también fruto de esta rica interacción.

Gracias, amigo mío, tu agudeza espolea mi imaginación y descubre las incoherencias, pero ya sabes lo que siempre te digo… ¡No te pases!

Adelante

Hace ya cinco años, un banco español, el BBVA, encargó a Xabier San Martín, el compositor y teclista del grupo La Oreja de Van Gogh, una letra para una promoción publicitaria. La jovencísima Naiara Ruz fue elegida para cantarla, y lo que parecía que sería una simple distribución de discos entre las oficinas del banco se convirtió en un éxito musical y en un lema (Adelante) que aún acompaña la publicidad del BBVA.

Después de este éxito, Naiara terminó la licenciatura de Psicopedagogía y formó Ja Ta Ja, un grupo que fusiona flamenco con blues, música árabe, hip hop, danza del vientre. Muy interesante cantante.

Años más tarde, en 2006, la canción fu recuperada por los cantantes de Operación Triunfo y volvió a convertirse en un nuevo éxito de ventas.

Con todos estos datos previos, no vayáis a pensar que traigo aquí esta canción por su éxito comercial o publicitario, sino porque la letra nos da un mensaje optimista de superación, de avance, de aventura, que creo contiene un indudable valor filosófico.

Esta es la letra
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Luces

La serpiente siempre fue envidiosa de la luciérnaga

Estaba en el trabajo y tuve que subir a la segunda planta a coger algunas cosas. Pero era sábado, que solo va la mitad de la plantilla, y no había nadie en esa planta. Era temprano y aún no había claridad, así que encendí la luz, fui a mi mesa, cogí lo que necesitaba y vuelta al ascensor. Antes de irme apagué. El «dire» es como aquellas viejas de antes, que siempre iban detrás de ti apagándote la luz.

Apagué la luz, como digo, y me fui para el ascensor. A mitad de camino no veía absolutamente nada. Me paré y pensé: ¿Qué hago? ¿Me vuelvo, enciendo, doy la vuelta, llamo al ascensor, me vuelvo, apago y me vuelvo a volver? Pero siempre en estos casos me subyuga la pequeña prueba que se me presenta y no hice nada de eso. Me concentré, tratando de penetrar la oscuridad. No era posible. Estaba en una planta donde no entra casi luz externa, y además no había aún ninguna luz que pudiera entrar. Me planteé la distancia que podía haber hasta el ascensor. Tres metros, más o menos, pensé. Recurriré al tacto. También lo hacen los ciegos. Pero podría perfectamente haber algún obstáculo en el suelo que no hubiera visto al entrar. Puede ser. Estábamos en plena obra en el edificio, y a veces te encontrabas las cosas más peregrinas en medio del suelo. Bien, iré arrastrando los pies, lentamente.

Y así, deslizando los pies por la moqueta, las manos en postura de sonámbulo de los tebeos y los ojos desmesuradamente abiertos, llegué a la pared del ascensor. La fui palpando lentamente, buscando el botón. Debo tener cuidado –pensé–. De los dos botones que hay, uno de ellos está descarnado. Te puede dar un buen calambrazo. Hay que buscar el otro, el que funciona. Es fácil porque tiene el botón y resalta.

La idea era que el botón que funciona, además de llamar al ascensor, es de los que se iluminan, y al apretarlo tendría luz.

Al fin, ¡éxito total! Di con el botón, no toqué el otro, que da calambre, funcionó, es decir, se oyó un ruido lejano, señal de que la cabina había recibido la orden. El botón se iluminó.

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¿Para qué sirve?

Hace tiempo leí en un artículo de arte que la belleza de un cuadro no está tanto en la pintura como en la mirada del observador. Recuerdo que eso me impactó, porque estaba diciendo que da igual lo bella que sea una obra de arte; si el espectador no tiene dentro de sí algo de artista, de sensibilidad para lo bello, esa obra de arte no le servirá de nada, será lo mismo que mirar cualquier otro cuadro sin calidad artística, no se dará la experiencia de reverberación que permite vibrar en sintonía. Quizá por eso el arte moderno ha tomado otros caminos…

Pero algo parecido sucede con el saber, con la comprensión de las cosas. Ya Platón nos hablaba de la mayéutica, el arte de enseñar haciendo que el saber brote de uno mismo, pues en realidad se trataría de “recordar” y no tanto de aprender algo nuevo. También Nietzsche es muy claro cuando dice en su libro Ecce Homo: “En última instancia, nadie puede escuchar en las cosas, incluidos los libros, más de lo que ya sabe. Se carece de oídos para escuchar aquello a lo cual no se tiene acceso desde la vivencia”. Y añade que el problema grave sucede cuando no se oye nada, pues surge la ilusión de que en realidad no hay nada que oír.

De ahí la pregunta que da título a esta reflexión, para qué escribir nada si tan solo seremos entendidos por aquellos que ya lo sabían, para los que nuestra exposición no es nueva, entrando así en un círculo vicioso que se retroalimenta, que como mucho crea la sensación de seguridad, de estar en lo cierto entre los que sí nos entendemos. Para qué sirve entonces tanto esfuerzo.

Me consuelo al pensar que esto no es del todo cierto, que además de aquellos que ya saben y por eso comprenden (o creen saber y comprender), hay otro tipo de personas, los que sin saber necesitan comprender, y esa necesidad sincera se expresa de forma poco clara pero con mucha fuerza, tomando a veces la forma de la rebeldía, del inconformismo, de la búsqueda insaciable entre libros, amigos, experiencias, viajes, etc., etc. A los ojos de los que no sufren (o gozan) esta necesidad, parecerá que estos buscadores están “enfermos”, y entonces viene a mi memoria una frase de Jodorowsky que dice: ”El arte que no cura no es verdadero arte”.

Mar adentro

Hacía tiempo que no se veían. Ambos estaban distintos. La cara era la misma, con alguna marca más que señalaba el paso de los días, unos dulces, otros largos y, a pesar de todo, para crecer.

Ella guardaba una mirada soleada, bella como antes, sabia más que nunca, más bien madura. Él mostraba actividad por doquier, inquietud alegre, multitud de proyectos pendientes contaban su estado.

Todos los recuerdos traídos al ahora les iban calando con emocionante ternura. La sensación de haber sido uno, más que dos, llenaba aquella cálida terraza del paseo arbolado en la que hoy, el aroma lo daba el pasado.

En un golpe de luz venida de cualquier parte, él se dio cuenta de que todos los proyectos estaban realizados, todo lo pendiente conseguido. Bastaba con parar, con ser, uno solo otra vez. Ya no había ninguna sombra tras la que correr. Ella dejó de sentirse sola, de esperar.

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Pensamientos sobre la paz

En el Día Mundial por la Paz, pensamientos…

  • Los tratados basados en intereses socioeconómicos, si no tienen un respaldo de verdadera formación y cultura humanista de las sociedades en la fraternidad y unidad esencial de la humanidad, no funcionan; simplemente, posponen los conflictos, mientras crece el resentimiento y el odio. La paz no se impone, sino que nace de la calidad humana, alejada de los fundamentalismos. los egoísmos y los miedos.

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Somos la eÑe

Ya sé que algunos pensarán: “ya está Tachen hablando otra vez de baloncesto”, pero en realidad espero seguir refiriéndome a filosofía cotidiana. Cuando el equipo español ganó el Campeonato del Mundo de Baloncesto, aproveché para hablar del trabajo en equipo. En esta ocasión, con el buen resultado en el Campeonato Europeo, y a propósito del lema con el que se calificó a la selección española, hablaré sobre lo que nos une y lo que nos diferencia.

El éxito de la selección española ha estado basado de nuevo en la unión y sacrificio de las individualidades de los componentes de este equipo. Símbolo de ello (¡ay, la importancia de los símbolos en este mundo que parece tan materialista!, pero esto puede ser objeto de otro blog) es esa eÑe que ha aparecido en banderas y camisetas, en lemas (somos la eÑe o eñemanía) y acrónimos (ÑBA).

Hasta ahora habíamos pensado que la eÑe es lo que nos diferenciaba de los demás, al modo en que los griegos querían diferenciarse de los bárbaros por medio de su lengua, su escritura o su cultura. Sólo Alejandro tuvo el sueño de poder unir Oriente y Occidente, sueño que duró hasta su muerte. Los romanos, desde la época de Augusto, heredaron este sueño: lo importante no era dividir, sino integrar, hacer ciudadanos romanos a todos los conquistados, para así hacer más grande a Roma.

Pero la eÑe ha conseguido unir a jugadores y aficionados, de distintas partes de España, de distintos clubs, todos animando a un mismo equipo. Un mal heredado del excesivo afán analítico del racionalismo de la época actual es el interés por clasificar todo basándose en las diferencias. Y aunque puede ser un método útil para las cosas materiales, es nefasto para los hombres. En Europa sabemos algo de esto, porque en los últimos treinta años solo se buscan las diferencias para hacer un nuevo país, una nueva comunidad, algo distinto. Lengua, raza, religión, cultura, todo sirve para marcar que somos distintos y, por lo tanto, necesitamos separarnos de los demás.

Olvidamos que por encima de todas las diferencias, lo importante es lo que nos une. Dicho en palabras de Saint Exupéry: Continue reading →