Mundo visible y mundo invisible

En nuestros días se están impregnando los seres humanos de la idea de que toda la vida gira en torno a lo que resulta visible. Lo que no es visible no existe.

Evidentemente esta idea, difundida interesadamente por aquellos a los que beneficia, está carente del más elemental sentido común.

A nadie se le ocurriría negar la existencia de la amistad, por ejemplo, cuando es notorio que su esencia es invisible e intangible.

Y como la amistad, el cariño, el amor, el juego, la envidia, la mentira, la honradez, la educación, la salud, la fuerza, la alegría, la tristeza, la música, la armonía, el equilibrio y todas las demás cosas que se os pueden ocurrir.

“Una imagen vale más que mil palabras” es el lema. Si no se ve, no me hables de ello. Enséñamelo y lo entenderé.

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Sobre discípulos y maestros, profesores y alumnos

Como todos los años por estas fechas de septiembre, miles de niños comienzan el curso escolar, y otros tantos profesores afrontan la avalancha de niños, y de nuevo veremos jóvenes que no se toman en serio sus estudios, chavales que no conocen el respeto debido a sus profesores, y profesionales de la enseñanza que hacen lo que pueden, no sin cierto desespero, ante la situación de las cosas. Y sin entrar en el tema de la educación, pues no soy quién, sí quiero traer a la memoria de todos, por afinar criterios, el viejo significado de lo que es un maestro, y por extensión del discípulo, conceptos que han sido muy utilizados y, quizá por ello, han perdido gran carga de su sentido al confundirse con palabras como “gurú” y “adepto”.

En este sentido el diccionario de la RAE no nos es de mucha ayuda, pues no alcanza a expresar las sutiles diferencias entre unos y otros. Veamos: hasta donde yo entiendo, un profesor enseña una ciencia, un conocimiento que es intelectual, que se memoriza y se comprende. Pero un maestro puede enseñar todo esto y además la vivencia de la enseñanza, o al menos guiarnos para poder vivirla; por eso hoy en día esta expresión se utiliza sobre todo en las artes, y especialmente en la música, pues se trata de un conocimiento que requiere por nuestra parte vivirlo, sentir la música e interpretarla, de forma que hacemos nuestro ese saber. Por su parte, un “gurú”, tal y como se entiende normalmente, es alguien que enseña una doctrina, algo en lo que creer, un camino supuestamente espiritual con todo su abanico de normas morales.

Así pues, encontramos que un profesor tiene alumnos que aprenden una enseñanza intelectual, un maestro tiene discípulos que viven y hacen suya las enseñanzas, y un gurú tiene adeptos llenos de fe por su doctrina.

De las tres posibilidades prefiero la del maestro, pues el profesor, al enseñar algo de manera intelectual, se suele alejar del interés de sus alumnos tan llenos de vida. Y un gurú no es admisible en ningún sistema serio de enseñanza ¿Acaso son poseedores de la verdad, alguien lo es?

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Raíces

Escuché decir que un árbol es el símbolo más perfecto de muchos seres del universo, entre ellos del hombre.

El árbol tiene raíces enterradas, en otro mundo, el interior, que no vemos. De ahí toma su alimento de la tierra, disuelto en agua del cielo. Su tronco se eleva hacia lo alto, y se abre en infinitas ramas que albergan infinitas hojas verdes, con las que se nutre directamente del Sol, porque sabe transformar la energía del astro rey en vida para sí mismo.

De una estrella del cielo a su alma, terrena y celeste.

Llegado el momento propicio, abre sus flores, sus hermosas flores, a las que son atraídos pequeños insectos que buscan su néctar, su puro néctar, para transformarlo en miel y otros alimentos. Y ello hace que sean fecundas, que esas flores, en el sacrificio de su belleza, den vida a los frutos, portadores de semillas de muchos otros árboles, los que, una vez en contacto con la tierra y si encuentran su lugar fecundo, perpetuarán su existencia, y la extenderán por toda la tierra.

Su copa es nido de pájaros, lugar de vida y albergue de músicos cantores, su sombra es benéfica, sus frutos son alimento para otros seres de la naturaleza, sus flores son fuente de ambrosía y de belleza.

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Orgullo y humildad

No estoy seguro de poder explicar de forma clara y concisa mi afición por las dualidades; es como una intuición, o un reto que me lleva a querer resolverlas. En esta ocasión podría haber puesto como título “humildad y autoestima”, en el sentido de que pueden ir de la mano, que son sumables y no contradictorios cuando se profundiza un poco en lo que expresan. Pero como no soy ajeno a la necesidad de los títulos llamativos, con gancho, y demás tretas periodísticas, he optado por presentar el tema como un enfrentamiento de dualidades, el orgullo contra la humildad, la prepotencia contra la falta de autoestima. Resolvamos el conflicto, intentémoslo al menos.

Veamos: si el orgullo es un exceso de autoestima, digámoslo así, tampoco creo que sea recomendable ir más allá de la humildad, pues un exceso de ella nos puede conducir a ser sumiso e indeciso, lo cual es un fuerte obstáculo para muchos logros personales por la falta de fe en uno mismo.

Y una vez más invocamos las sabias palabras del Buda: “el camino del medio, el camino del medio”. Siempre se impone la enseñanza del camino del medio como el idóneo, el que nos permite transitar la vida de la manera más plena posible, danzando en el difícil equilibrio de las dualidades, en “el filo de la navaja”.

Autoestima sí, orgullo prepotente no, humildad sí, ser timorato y sumiso no, claro que no.

Autoestima para atreverse a ser quien somos; humildad para no creer ser más de lo que nos corresponde. Autoestima y cierto orgullo para defender con pasión lo que creemos defendible y justo. Humildad para profundizar en todo lo que sabemos y abrir nuestra mente y corazón a nuevas enseñanzas y posibilidades.

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A capilla

Este final de verano trae una brisa, como casi todos, una fresca que se levanta a la mañana y al final del día. Es el aviso tenue y gradual de que el tiempo de descanso está acabando, que pronto habremos de estar preparados para el siguiente frío. Primero el otoño, agradable cobijo que nos proporciona la naturaleza, excusa perfecta para sentirnos a resguardo bajo el jersey. Luego el invierno, frío intenso, lluvia y poca calle; interior.

Y con estos pasos lógicos del tiempo iremos también nosotros, si ya somos algo sabios en los mensajes de todo lo vivo.

En este tiempo agradable, límite entre dos, cada año repaso el anterior, recapitulo, proyecto, me preparo. Es el momento de hacer memoria, de echar la vista atrás y recordar qué hicimos y por qué. Es más aún el momento de dibujar según lo aprendido hacia dónde queremos ir ahora, qué haremos de nosotros hasta la próxima brisa.

No es solsticio pero es comienzo. ¿Estoy donde quiero? ¿Qué he metido en mi mar? ¿Qué en la próxima mochila? Incluso lo escribo para ver más claro el mapa de la vida recorrida.

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Gente sin complejos

Vivo en una pequeña ciudad costera española, con unas estupendas playas. De todas ellas, la más pequeña está cercana al centro de la ciudad y a ella va solo la gente que vive en el casco antiguo: pocos son los veraneantes que en ella se bañan. Cuando me trasladé aquí no quería ir a ella, a pesar de la pasión que todos mis amigos tenían por esta playa. Pero con el tiempo, me he dado cuenta de que esta es la playa en la que uno se siente más filósofo.

Cuando uno va a una playa “normal», parece que en todo momento hay un interés por aparentar ser lo que uno no es. En esta playa no hay problema: siempre encontrarás alguien mucho más gordo o mucho más delgado que tú, mucho más alto o mucho más bajo que tú, mucho más blanco o mucho más moreno que tú, con un traje de baño que le sienta peor o con una peculiaridad física más llamativa que la que a ti te puede acomplejar. En definitiva, gente feliz y sin complejos que van a la playa a pasar un buen rato sin necesidad de aparentar que son jóvenes con un bronceado perfecto, tipo de actor de cine y “cuerpo danone”. No, la gente “normal” no es así: no somos físicamente perfectos, porque ni siquiera los grandes modelos lo son, ahora que sabemos que muchos de esos cuerpos son fruto de muchas horas de retoque fotográfico o digital.

En esta playa vas a bañarte (si el Levante no trae muy fría su agua), a pasear entre fina arena, rocas de marisqueo o barcas de pescadores, a tomarte desde una bebida fresquita hasta una auténtica berza en su olla con todos sus avíos, o a jugar con la puesta del sol al bingo. Y todo ello sin que te preocupe que este año los kilitos del invierno se quedaron una vez más en la cintura o que todavía no has cogido un buen color.

No recuerdo dónde leí que la sociedad se ha vuelto adolescente (o infantil) y ahora son más envidiados los cuerpos con mejor apariencia (por eso la pasión por la comida “light”, por los bioalimentos, por los gimnasios, por la musculación), en lugar de buscar un mejor contenido, una mejor alma o una más profunda sabiduría, fruto de la experiencia y que antaño residía en los más mayores (antes eran llamados “ancianos” y no había ninguna connotación peyorativa).

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Utopías

Hace ya tiempo que cada año pasaba un par de semanas de septiembre en el Palmar de Vejer, una playa hermosa y entonces aún virgen en la costa de Cádiz. Me alojaba en una pequeña casa de las cuatro que un hombre de campo había construido aprovechando unas antiguas vaquerizas, para alquilar en verano.

La primera vez que fuimos nos explicó el asunto de la basura, que era así de simple: dos bolsas de plástico, una para los restos de comida y otro para todo lo demás. Los restos de comida se vaciaban por la noche en el bidón del cochino, que al amanecer se le llevaba a su cochinera. Lo demás, la basura de quemar, se vaciaba en el hoyo que José tenía dispuesto en un lugar apartado y que, cuando estaba lleno, quemaba.

Así pues, los restos de comida se transformaban en carne de cerdo, con lo que había carne para la familia todo el año, conservada en su propia manteca, y la basura de quemar se transformaba de vez en cuando en humo y cenizas. Cuando el hoyo estaba lleno, se hacía otro al lado y ya está. Ecología le llaman ahora a esto. Pero entonces no había camión de basura, ni plantas de reciclaje ni nada de eso. Era muy simple.

Hace unos días escuché en la radio que este último año se habían generado en España nada menos que mil ochocientos millones de toneladas de basura. Y pensé, acordándome de José y sus cochinos: de esa cantidad, aun siendo comida para cochino, solo la cuarta parte, es decir, más de cuatrocientos millones de toneladas, ¿cuántos cochinos se podrían criar? Evidentemente, un ejército. Millones de jamones, toneladas de lomo en manteca.

Luego, me acordé cuando a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando ya estaban inventados y en funcionamiento las máquinas de vapor y los envases para alimentos, las latas eran entonces las que, con sus conservantes, podían mantener la comida en buenas condiciones durantes varios años, se llegó a pensar y a decir por mucha gente que los problemas del mundo ya tenían solución.

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¿Vacío?

En ocasiones, observo durante un buen rato, de modo instigador y ojo microscópico, un pedazo de la tierra. Por ejemplo, un árbol, un río, una sola gota de agua en cualquiera de sus estados físicos, el fuego, las estrellas, ya sea en su reposo o en su movimiento, es decir, siempre en movimiento. Suelo intuir que en ellos están todas las respuestas, absolutamente todas. Y que los que buscamos «saber vivir» solo tenemos que comportarnos de un modo similar al que lo hace la naturaleza (con todo lo que tras de ella reverdea en tono de cosmos).

Supongo que algunas de las «verdades» que encuentro están más cerca de la realidad y otras más de la imaginación. Sin embargo, absolutamente todas transmiten un mensaje, al menos de trasfondo simbólico.

La simple composición de un átomo nos sirve de pista que, traspasada al modo de vivir, resulta sabia por lo cabal, lógica, sensata y beneficiosa.

No pretendo comenzar una discusión científica, ni mucho menos. Me basta con recordar que la mayoría de la materia no es tal, sino espacio vacío, estado natural por excelencia.

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