El trabajo es una de esas palabras que adquiere un significado diferente según sea su «apellido». Así como la amistad, las circunstancias o la lluvia pueden transmitir lo mismo a cualquier ser humano, el trabajo toma connotaciones muy diferentes, que van desde la esclavitud al ocio, según donde coloquemos nuestro índice sobre el globo. Y aun en la superficie que tapa nuestra yema habrá desigualdades indignantes.
En realidad, el trabajo en sí mismo es un concepto relativamente moderno que implica que nuestros esfuerzos por sobrevivir tienen un horario concreto. Si cada uno de nosotros siguiera cazando o sembrando en grupo, no existiría el concepto de trabajo, sino el de subsistencia, algo que aún se da en algunas partes del mundo y posiblemente no deberíamos olvidar como punto de origen, como sentido. Los ratos que pasamos en casa cuidando de los nuestros y laboreando sin tregua son los que más se acercan a este sentido lógico y original de lo que hoy llamamos trabajo.
Al fin y al cabo cada uno de nuestros días tenemos que comer y necesitamos un trozo de yeso sobre la cabeza. Seamos inteligentes y soliviantemos nuestras necesidades cuanto antes, y dediquémonos tranquilos el resto de nuestro tiempo a lo que nos parezca más importante. Que la apatía, el idealismo excesivo, la falta de visión no nos hagan, al tiempo, esclavos de nuestras circunstancias, incapaces de tomar decisiones por haber olvidado una parte de nosotros: que somos de carne y hueso.
También es evidente que tenemos preferencias claras, tipos de actividades que disfrutamos más. Para unos es la educación, para otros la investigación, el periodismo, la cocina, el cuidado de los demás…
Empleemos el tiempo suficiente buscando nuestras inclinaciones más satisfactorias y desde ahí tomemos decisiones que, incluso en esto, nos acerquen a nosotros mismos, siempre que nos sea posible.







