Diógenes

Hace unos días nos reunimos en casa unos amigos, y, estando rodeados en la mesa como estábamos, de jamón serrano, queso de oveja manchega, espléndidos boquerones en vinagre con su necesaria cebolleta fresca, buen vino de León y demás exquisiteces de nuestra bendita tierra, comenté que, considerándonos filósofos, pensaba en qué diría mi querido y admirado Diógenes de semejante reunión.

Alguien dijo:

–Bueno, sí, Diógenes solo comería lo que le diesen, y dormía en un viejo barril, desnudo de todo lo superfluo, pero también es cierto que se confesaba pajillero.

Algo de humano tendría que tener. Os cuento esta anécdota porque me ha sucedido a veces que tras enviar alguno de mis escritos, en los que hablaba, pongamos por caso, de Mozart, de los romanos, o de alguna persona en particular, viva o muerta, famosa o no, alguien me ha contestado que estoy muy equivocado. Que Mozart era en su vida corriente un imbécil infantiloide, que los romanos eran unos borricos con dos patas, o que tal persona no era como yo la describía, que yo estaba muy equivocado y que en realidad era un sinvergüenza.

Y siempre he contestado lo mismo a estas objeciones. Que me importa un pepino si lo que pienso y siento de ellos se acomoda a la realidad o no. Que lo que me vale son los valores que extraigo de ellos, lo que me aportan tal como los pienso (o los sueño)

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¿Por qué lo hacemos?

En congruencia con el festejo del blog número 100 y quedando pendiente hablar de la mujer a cuento de Hipatia, para otro día, quisiera recordar, en nombre de todos los que hacemos este blog, por qué comenzamos, por qué nos motiva tanto. Siempre es bueno tener presente lo que nos mueve, repeinarlo y relucirlo, precisamente para que la libertad se dé, para que las grandes inquietudes no se conviertan al paso del tiempo en un porque sí. Desde luego ese no es nuestro caso, no dejan de surgir nuevas ideas y ganas de muchas posibilidades que en ocasiones dejamos «en espera» por cuestiones de tiempo o de logística.

A los blogueros acropolitanos nos gusta lo que hacemos y, sobre todo, nos gusta hacerlo así, exactamente de este modo. Cabe la posibilidad de que los de la escuela más pura se crean que lo nuestro no es filosofía, que hacemos poco hincapié en los filósofos que durante toda la vida han dejado su huella, que no parecemos doctos. Pero lo cierto es que lo hacemos aposta.

Ya otros se han ocupado de escribir libros, de ser magnánimes con sus frases. Nuestro propósito es otro perfectamente compatible con los «grandes» filósofos de los que todos bebemos. Nuestro propósito es hacer llegar la filosofía, precisamente, a quien no conoce esas teorías, a quien se asusta de ellas no por lo que dicen, si no por lo elocuentes, por su «brillantina». Y, por otra parte, compartir la práctica de la filosofía bien vivida, más que hablada, más que resabida con todos aquellos que conocen y admiten todas sus dimensiones como ser humano.

Estamos convencidos de que todo hombre es un filósofo aunque no muchos sean conscientes de ello. Nuestro sueño es que la filosofía salga a la calle y llene los bares, los atascos, los partidos de fútbol, los hogares, porque, realmente, ¿qué no es filosofía?

Pretendemos, deseamos, soñamos hacer de la filosofía algo cotidiano y para ello la traducimos de los «grandes» a los «muchos» y la inducimos de nuestro día a día para ellos.

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Hipatia de Alejandría

Muy pocas son las mujeres de la Antigüedad que han pasado a la historia de la filosofía. Y buena parte de ellas han sido más conocidas gracias a su parentesco con algún personaje famoso, seguramente porque la Historia también ha sido escrita por hombres. Aparecen en los libros Aspasia, esposa de Pericles, Teano, esposa de Pitágoras, o Hipatia, hija de Teón de Alejandría. Caso aparte es el de Diotima de Mantinea, maestra de Sócrates, y que seguramente merece otro blog aparte. Porque hoy se lo dedicamos a Hipatia, filósofa y mártir romana. Por si alguno aún no lo sabía, también hubo «mártires romanos» que no fueron cristianos, sino víctimas de ellos…

Hipatia nació en Alejandría, en el año 370 de nuestra era y murió en esa misma ciudad en el 415. Su padre, Teón, era también filósofo y matemático, trabajando en la celebérrima Biblioteca de Alejandría.

Hipatia aprendió de su padre, destacando en los campos de las matemáticas, geometría, astronomía, lógica, filosofía y mecánica. De hecho, era la encargada de explicar las doctrinas de Platón, Aristóteles, etc., en la Biblioteca de Alejandría, por lo que sus compañeros la llamaban «la filósofa». Escribió al menos 44 libros e inventó aparatos como el idómetro, el destilador de agua y el planisferio. Ganó tal renombre que al Museo asistían estudiantes de Europa, Asia y África a escuchar sus enseñanzas sobre «la Aritmética de Diofanto» y su casa se convirtió en un gran centro intelectual.

Sin embargo, en un momento de auge y crecimiento del cristianismo, ella no quiso abandonar la filosofía neoplatónica y por envidias, incomprensión e intolerancia fue martirizada y asesinada cruelmente por monjes seguidores de San (?) Cirilo de Jerusalén.

Con la muerte de Hipatia se terminó también la enseñanza del pensamiento de Platón, no solo en Alejandría, sino en el resto del Imperio romano.

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100 blogs y 812 comentarios

Pues sí, hemos llegado a la barrera de los 100 blogs y no pocos comentarios. No soy muy amigo de celebraciones tipo “aniversario”, lo confieso, y quizás por eso (la vida tiene esas cosas) me ha tocado a mí escribir unas palabras sobre la trayectoria del blog hasta ahora.

Los lectores solo podéis ver la parte que se muestra del blog, pero esto se parece a un teatro con sus bastidores, sus camerinos, sus personajes… y como suele pasarle a los actores al preparar una obra, siempre algo se nos pega, en algo cambiamos y crecemos con cada función. Os puedo asegurar que los tres que empezamos esta andadura (Tachen, Altea y yo mismo) hemos sufrido de cierta alquimia, hemos tenido nuestras diferencias que, a su vez, han inspirado varias reflexiones interesantes; también ha habido pequeñas luchas por definir una línea, por abrir la puerta de este guiñol de palabras a otros candidatos, de los que finalmente quedó Abraxas, después de, él también, hacer cambios en su forma de escribir para adaptarse a la idea de este blog. Finalmente, con la incorporación de las frases de Quijote (que aún no sé quién es) hemos completado un pequeño equipo que, creo, está funcionando bien.

El diario de un filósofo cotidiano pretendía (y pretende aún) mostrar el día a día de un *acropolitano (*socios de Nueva Acrópolis). Como habréis podido comprobar no somos sabios (todavía, todo se andará), ni seguimos ideas filosóficas concretas con las que nos puedan encasillar; eso sí, tratamos de ser filósofos y para ello estudiamos el maravilloso legado que nos han dejado otros filósofos de otras épocas, sin perder de vista, claro, a los que tenemos ahora, que no son pocos y a veces se camuflan de científicos. Pero no estudiamos la filosofía para engrosar nuestros conocimientos, ni para deslumbrar a nadie, ni para sentar cátedra de nada, si no para saber… y sabiendo… cambiar. ¿Hacia dónde? Pues en la dirección de nuestras propias inquietudes y en la medida de nuestra necesidad interior, no hay más. Eso es en esencia lo que entendemos por ser filósofo, y son esas vivencias las que alimentan este blog.

Si merecemos pitos, aplausos, simpatías y complicidades filosóficas o todo lo contrario, es algo que vosotros, los lectores, solo podéis decidir.

Gracias a todos por leernos, y gracias también a los que, venciendo su timidez, nos dejan sus comentarios.

Los amigos

Cuando escribo en esta sección, lo hago pensando en mis hijos, a los que querría transmitirles de lo que yo sé sobre un tema concreto, de lo que tan trabajosamente he ido aprendiendo. A esos chiquillos listos pero jóvenes les diría:

No busquéis a los amigos, ellos aparecerán solos. En una especie de enamoramiento paulatino vas conociendo a alguien con quien te gusta pasar el tiempo, con quien te entiendes hasta por gestos y disfrutas hasta de la dialéctica. Pocas veces te sentirás tan abrigado como con un amigo al que tu corazón acaba llamando hermano.

Los amigos son esos extraños seres que capotean cuando menos te lo esperas ante un jefe o una madre, que provocan por despiste voluntario un encuentro con esa chica que te gusta, que encuentran el disco que andabas buscando, son esos pseudoduendes con capacidad para adivinar lo que piensas y adelantarse a ello, se saben toda tu vida y te la recuerdan de vez en cuando, tanto para mondarte de aquellos ratos irrepetibles como para que no olvides todo lo que vales.

Todo esto es algo que puede ir siendo modificado por las circunstancias, cambios de domicilio, de cole, de trabajo, novios o todo a la vez. Son las pruebas que a toda relación pone la vida. Pásalas, pitufo, merece la pena no tener mala memoria, no ser perezoso, seguir sabiendo qué le pasa a tu gente, porque así lo sientes realmente y también, porque como los primeros amigos hay pocos. Los que provienen de la inocencia y de las grandes experiencias, los que te conocen desde siempre, no desde que usas corbata, los que te han visto sobrio y ebrio, alto y bajito, suspender y ganar el partido, esos, te quieren por quien eres, jamás por lo que eres o les puedes aportar. Los grandes amigos no aparecen solo en la juventud o la infancia, pero sí es necesario para calificarlos como tales que hayan pasado contigo todo lo que dice la frase anterior, impertérritos, tranquilos, cerca.

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Starry night

Reconozco que antes no me gustaban los cuadros de Vincent van Gogh. Además, esa «fama repentina» debido a los desorbitados precios de algunos de sus cuadros en las subastas de arte me retraía aún más. Pero poco a poco he ido conociendo su pintura y apreciándola. Y apreciándole a él también como extraordinario artista.

La canción de esta vez es de los años 80: de Don McLean, al que todos recordamos por «American Pie» (quizá hablemos de esta canción otro día). Volví a recordar esta canción, no en la versión de Josh Groban, del que hablaba en otra ocasión, sino de Vonda Shepard, la célebre cantante de la serie Ally McBeal.

En Internet he encontrado una presentación en Powerpoint con esta canción y varios cuadros de Van Gogh y varias versiones en YouTube. También hay una animación en flash, que desgraciadamente no sincroniza subtítulos y música. La podéis ver en el blog de Luis Beltrán.

En fin, vamos a la canción y su letra en inglés:

Starry night

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Los ciclos que nos reciclan

Como dice la física cuántica, si estudiamos una partícula de luz en un momento concreto y en un espacio de coordenadas fijas, obtendremos un conocimiento parcial, pues estamos descartando la naturaleza de la luz como onda que se expresa simultáneamente en varias direcciones. Aplicado al hombre, se podría decir que no podemos saber quién somos, de manera amplia, si nos observamos un momento determinado de nuestra existencia, descartando nuestra propia expresión como onda, es decir, en los múltiples aspectos de las posibilidades que hay en nosotros, y a su vez, estas, visualizadas con la perspectiva del tiempo, dejando una puerta abierta a los ciclos que todo lo rigen, que son como los latidos de la existencia miremos donde miremos, el sístole y el diástole, el día y la noche, la primavera y el otoño.

Esta reflexión viene a cuento, y a “consolar”, la manera en que sufrimos los ciclos en nuestra propia piel. Es algo que conozco desde hace tiempo, es algo que casi todos sabemos, y sin embargo, caemos en ello una y otra vez. El aprendizaje, el tomar conciencia de las cosas, el crecer de verdad como persona en el sorprendente camino que nos lleva a ser, pasa por los vaivenes de los ciclos. Se parece al acto de comer: elijes los ingredientes, los cocinas a tu gusto, lo comes con alegría… y de pronto la sangre desaparece de la cabeza para irse al estómago; así es el proceso de digerir, de separar lo que nos alimenta de aquello que nos intoxica.

De la misma forma vamos por la vida, eligiendo experiencias o “comiendo” aquellas que la vida nos ofrece, seguros de nosotros mismos mientras la sangre aún riegue nuestro pobre cerebro, mientras nuestros esquemas estén básicamente intactos desde la última digestión que ya olvidamos, ufanos de que nuestra cosmovisión de la existencia debería impartirse en todas la universidades del mundo, ignorantes de cómo nos ven los demás en ese momento de euforia y seguridad. Pero parece que todo se confabula para que aceptemos vivir en la incertidumbre, pues una vez más de pronto nos sucede algo, leemos un libro, se nos tuerce una vivencia, hacemos un viaje, nos dan una paliza… cualquier cosa puede ser, y entonces se nos bajan los humos, se nos rompen los esquemas y toda nuestra energía se centra en resolver lo que ha pasado, nos convertimos en misántropos durante un tiempo, hasta que nos construimos un nuevo esquema, más complejo, más certero, el definitivo… y vuelta a empezar.

Qué maravillosa aventura es vivir.

Lo cotidiano

La intención de este blog es hablar de filosofía desde la cotidianidad. Encontrar en ese cada día un modo muy chulo de mirar la vida, con alegría, con manejo, dándole tranquilas vueltas a algo que nos importa mucho: todo lo que existe, todo lo que somos.

La sección «Buscando a Sofía» ha pretendido acercar esta materia a la gente más ajena a ella, paso a paso, poco a poco, con explicaciones básicas y sencillas primero, y después con narraciones cortas que mostraban la importancia de cada ser para sí mismo, que intentaban que cada uno se mirase y conociera un poco más.

Ahora, y recordando que en lo cotidiano es donde vivimos, toca, ¿por qué no?, pasar por las cosas que realmente dan forma a nuestro día (el fondo ya lo ponemos cada uno de nosotros). Son aquello que nos importa, que nos llena el tiempo, la cabeza y las emociones, somos nosotros al fin y al cabo. Me refiero a nuestro trabajo, familia, hijos, amigos, pareja, el preciado ocio…, de todo ello tratarán los próximos blog de Buscando a Sofía pero, prometido, desde dentro y desde el suelo, más propios que ajenos.

Veo que este es un mensaje más informativo que profundo; bueno, ha de haber de todo, pero es un mensaje que sueña con regalar momentos-bufanda. Esa sensación de acurrucarte en el orejero con una llamada tan cercana que olvidas el paso del tiempo, o de escuchar llover desde el portátil o la cazuela, mientras piensas: “esto pide una galleta de chocolate”, de tener a un pitufo de dos años (humano, felino, canino…) durmiendo sobre ti mientras termina la peli del viernes por la noche; eso es un momento bufanda, el que te transmite esa misma sensación que la susodicha mientras paseas en invierno.

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