Ante todo, optimismo

En cierta ocasión leí que un optimista es un pesimista mal informado. A lo largo del tiempo he pensado mucho en esa frase. ¿Realmente, de tener toda la información en nuestras manos, no tendríamos expectativas de que las cosas saliesen bien? ¿De verdad es malo esperar que pase lo mejor? Supongo que no siempre es conveniente pensar así, y sería más saludable ser más realista en cuanto a lo que podemos o no esperar de las cosas y de las personas. Quizá así sufriríamos menos.

Dicen también que se puede aprender algo de las cosas más insospechadas. Así es. Yo aprendí algo muy importante acerca del optimismo observando a mi perrita.

Como a casi todos los perros, le encanta pasear por el parque y jugar. Le encanta especialmente ir a buscar una pelota, un palo, una piedra o cualquier otra cosa que le tires. Sin embargo, no siempre que vamos al parque hay tiempo para jugar con ella. Entonces nos provoca. Juega a recoger todas las ramitas que encuentra para ponerlas a nuestros pies, como diciendo: “venga, ¡juguemos!”.

Los días en que las prisas no permiten quedarse a jugar, llegamos a la salida del parque sin que haya dejado ni un momento de intentarlo. Entonces ella resopla y camina para casa moviendo la colita.

Ella no sabe si hay tiempo o no, lo ignora por completo. Quizá sea cierto que es una pesimista mal informada. Sin embargo, los animales son, como nosotros, seres de costumbres, y aun cuando pasan varios días sin poder jugar con los palos y las piedras, ella lo sigue intentando.

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Ya lo dijo Séneca: sin prisa pero sin pausa

Tal vez no lo dijo de la misma manera, pero esa era la idea.

La ansiedad del tiempo (que se emparenta mucho con la impaciencia) es una enfermedad más propia de nosotros, los actuales, que de ellos, los antiguos. ¿Por qué tenemos siempre tanta prisa?

Alguien dijo que la prisa consiste en tener el cuerpo en un sitio y la mente en otro. Y nosotros, que practicamos cotidianamente eso de tener la mente en otro sitio, solemos experimentar sus consecuencias. Sabemos muy bien a qué sabe el desasosiego que va con la vida moderna, el estrés, la hiperactividad, el “quiero y no llego” que se repite una y otra vez, aunque a veces no entendamos qué tiene eso que ver con el tipo de vida que llevamos.

Si echamos un vistazo alrededor, es un sinvivir. A todas horas y en todas partes nos bombardea un cúmulo de estímulos, de mensajes, de propuestas para tomar decisiones, pequeñas y grandes (compre esto, venda lo otro, hazte un seguro, lleva a los niños a clase, come, haz deporte…). Y todo, rápidamente. Hasta la lentitud la queremos de inmediato. Así que llegamos al final del día con un ritmo acelerado en el que no hemos encontrado un espacio para reflexionar. ¿Y para qué queremos reflexionar? Pues para preguntarnos qué es lo realmente importante.

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Queremos saber

No deja de sorprenderme el enorme esfuerzo que está haciendo la ciencia en desentrañar las claves del comportamiento humano, para poder predecirlo.

La neurociencia investiga tenazmente los mecanismos del aprendizaje y nuestras redes neuronales. Los psicólogos estudian las reacciones grupales e individuales, y elaboran complejos perfiles para identificar los distintos comportamientos humanos.

Si eres del tipo “conservador”, tienes más posibilidades de ser fiel a tu producto de toda la vida que el tipo “aventurero”, que estará más predispuesto a dejarse seducir por la publicidad de un nuevo detergente. Tristemente, uno de los objetivos finales de la búsqueda de ese conocimiento es predecir comportamientos de compra o los movimientos sociales.

Quieren saber cómo reaccionamos ante los colores, ante los sabores, ante las palabras y los sonidos. Quieren saber qué zonas de nuestro cerebro se iluminan cuando sentimos dolor o cuando sentimos amor. Quieren saber por qué elegimos unos productos en lugar de otros, por qué contratamos la hipoteca con un banco y no con otro. También quieren saber qué películas van a tener éxito antes de que aparezcan, antes de invertir millones en producirlas, quieren saber si les reportarán aún más millones en la taquilla.

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El mundo feliz está cerca

Pongámonos en situación.

El nacimiento del primer bebé-probeta ocurrió en 1978. Antes de esto, hablar de fecundación in vitro o transferencia de embriones era cosa de ciencia ficción (ni siquiera se habían inventado estas denominaciones tan chulas). Y decir que una oveja podría ser clonada ya era hablar de otro planeta.

Dolly, la primera representante de la clase borreguil que fue concebida en un laboratorio y vivió para contarlo (más o menos), demostró que la ciencia ficción era solo una ciencia a la que le faltaba un poco de tiempo para estar entre nosotros. Hoy charlamos sobre organismos genéticamente modificados con la misma naturalidad con la que nuestros abuelos comentaban lo duro que había sido el invierno.

Ahora viene la historia de terror. Continue reading →

El hombre superior

Hay nueve cosas en las que piensa el hombre superior: al ver, piensa en la luz; al oír, en la claridad del sonido; piensa en que su cara tenga una actitud benigna, que su actitud sea cortés, que sus palabras sean leales, que su servicio sea respetuoso, que si tiene dudas debe preguntar, que la furia podría ponerle en dificultades y, además, piensa en la justicia cada vez que se encuentra ante una posibilidad de beneficio (Libro XVI, X).

 

El hombre vulgar necesita embellecer sus errores (Libro XIX, VIII).

 

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Diagnóstico: cáncer

DIAGNOSTICO CANCER

Escrito por Elena Sabidó

Lo recuerdo como si fuese ayer: un día cualquiera que se convirtió en un día terrible. Una noticia inesperada y nada buena. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo me puede pasar a mí? ¿Qué he hecho para merecer esto? ¡Es injusto! ¡La vida es injusta! ¡No hay derecho!… Realmente, así se reciben las malas noticias, pero ¿es realmente así?

Cuando vas al médico por una molestia, lo último que esperas es que te digan la palabra maldita: cáncer. El mundo se para, el miedo se apodera de todo tu ser y no puedes contener las lágrimas. No lo crees, no puede ser, «a mí, no».

Los primeros momentos, los primeros días no hay consuelo posible y no ves ninguna luz. Nada da consuelo, nada te tranquiliza, nadie comprende lo que estás pasando, ninguna persona puede entender o ponerse en tu lugar. Todos son afortunados menos yo.

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