
Cuántas veces nos habrán repetido siendo niños: “No se dicen mentiras”.
Pues, hala, llegamos a adultos y lo de decir mentirijillas se nos queda pequeño.
Acabamos de inventar las macromentiras, o sea, las mentiras a nivel planetario, que incluyen todas las variedades de este producto: calumnias, patrañas, medias verdades y bulos. Con ellas, hemos generado la posverdad, que significa que el discurso emocional y los prejuicios se imponen a los hechos objetivos en los estados de ánimo de la opinión pública.
Nos quedamos tan campantes siendo aplastados por la avalancha de falsedades que nos echan encima.
No se trata de inofensivas mentiras que no nos afectan. Al contrario, nos incumben y mucho, pues determinan la marcha de la sociedad en que vivimos y, por tanto, nos incluyen en la corriente que arrastra nuestro mundo en una determinada dirección.

















