
La libertad comienza en la mente y en el corazón. La libertad que se ciñe a dar rienda suelta a los propios impulsos e instintos, vuelve sobre sí misma a recoger su cosecha de dolor y esclavitud.
Quizá fuera en el colegio cuando escuché por vez primera la historia del carbón y el diamante. Pero a lo largo de mi vida nunca dejó de fascinarme su misterio.
“El carbón y el diamante tienen idéntica composición, a saber, átomos de carbono, solo que el diamante está cristalizado y el carbón no lo está”.
Y yo escuchaba con la boca abierta, atónito, embelesado, representándome ambas cosas en mi imaginación. Un carbón negro, amorfo, sucio, que te tizna al tocarlo, que arde lentamente sin llama… Y su ceniza blanca, polvo blanco surgido de lo negro por el amor del fuego.
Aún hoy, en las barbacoas de verano, me quedo absorto contemplando los trozos de carbón, cómo acaban mis manos después de tocarlos, cómo arden sin llama pasando del negro al rojo de las ascuas, y del rojo al blanco de su ceniza. Y siempre pienso: «podrían ser diamantes sólo si estuvieran cristalizados…». La barbacoa sería una fortuna.
La avaricia es algo que descubrí desde joven. Entiendo que denota en la persona una falta de seguridad que busca subsanar acaparando bienes. Recuerdo, siendo niño, que el sobrino del cura y yo nos hicimos “socios” durante los meses de verano. Montamos lo que en Valencia se llama una “paraeta”; para ello y sin licencia de apertura ni impuesto de actividades económicas, juntamos una buena cantidad de tebeos y juguetes usados, y en la misma plaza de la iglesia expusimos sobre una vieja manta nuestra valiosa mercancía. Pasaron los días y, cuando reclamé mi parte en los beneficios, pues él llevaba las cuentas, me miró como si no entendiera nada, como si yo no existiera. De nada sirvieron mis amenazas ni mis quejas a su tío el cura. Me llevé una gran decepción; desde entonces no soporto la avaricia y creo, incluso, que aún me dura el trauma, pues miro con sospecha a ese terrible y maravilloso señor “don Dinero”.
Sin embargo, debo reconocer que la avaricia, a veces, provoca situaciones graciosas, como es el caso de la «histeria de los tulipanes» de Holanda en 1635. El precio de esos bulbos alcanzó tal valor en bolsa que se llegó a intercambiar una fábrica entera a cambio de un solo bulbo. El caso es que los inversores llenaron sus cajas fuertes de bulbos con la esperanza de hacer negocio especulando, cosa que no pudieron hacer al normalizarse su valor, con lo cual, arrojaron toda su inversión en los campos de Holanda, convirtiendo al tulipán en todo un símbolo del país.
Creo que nuestro estilo de vida occidental está tocado con esa, nada mágica, varita de la avaricia, que la visión del mundo como algo material y mecanicista (a lo que no niego su parte de razón) ha provocado que nuestros más altos anhelos (no contemplados en estos esquemas) se expresen por alguna parte, y la puerta elegida ha sido la seguridad material que otorga acumular bienes, y claro, todo lo que ello conlleva de progreso industrial, especulación del suelo y la vivienda, explotación de la naturaleza, etc.
Ya siendo niño me di cuenta de que esta visión pragmática del mundo, que asumimos como natural y por lo tanto no nos damos ni cuenta de que la ejercemos, es incompleta; así de sencillo: es insuficiente.
Supongo que uno debería comenzar por plantearse qué es ser libre. Según Fernando Sabater, es precisamente esta la capacidad que nos distingue de los animales y no el lenguaje o el pensamiento.
Los humanos no actuamos por instinto, o no deberíamos hacerlo, puesto que ello sería no utilizar la mayor herramienta que se ha puesto a nuestro alcance.
Ser libre es poder elegir cada cosa de nuestra vida, imponderables aparte, aunque sí que podemos escoger qué hacemos con esos imponderables.
Lo que ocurre es que para ejecutar esa libertad necesitamos otras prerrogativas a cumplir. Por ejemplo y en primer lugar, sería necesario ser conscientes de que podemos elegir, en todos los momentos, en todos los ámbitos.
Por otra parte, es necesario tener valor para elegir, pues si aunque pongan a nuestro alcance bañarnos en el mar, montar en avión o ser cirujanos, no nos atrevemos, podremos aplicar en mucha menor medida esa libertad.
Y en tercer lugar, y seguro que no en último, es necesario responsabilizarse de lo que supone cada elección, estar dispuesto a asumirlo, que no es lo mismo que ser valiente. Uno puede tener narices pero poca cabeza, o mucha cabeza y ni una gota de valor.
Siempre me preocupó la cuestión del tiempo y, ya que ha salido a colación, vamos a darle un matiz más. Cuando se propone este tema, veo que todos los hombres son sensibles a él.
A todos les inquieta, sobre todo cuando pesan en la balanza de sus valores los diferentes aspectos del tiempo. Hay unos que dicen que el pasado no les importa, que solo el presente; otros, que el futuro es lo más decisivo, y en él solo hay que pensar y poner todas nuestras energías. Otros dicen que el pasado tiene mucha fuerza y que nos condiciona el presente y el futuro.
Yo a todos comento que gozo de una excelente mala memoria, con lo que todas las películas las vivo por primera vez, y todos los paisajes, y todas las músicas. Solo he encontrado en mi vida a alguien que confesaba que le ocurría lo mismo y lo valoraba (como lo valoro yo). Era Nietzsche, quien decía que agradecía a la vida su falta de memoria, pues así cualquier conocimiento tenía siempre la frescura de la primera vez. Pero voy a implicarme un poco más.
El pasado no es fijo, compuesto como está de tejidos psicológicos productos de vivencias anteriores. Si cambian los significados de aquellas experiencias, algo ocurre que modifica sustancialmente (o radicalmente) nuestro pasado. Nada más movedizo que el pasado. El pasado lo cambia la comprensión.
Y el futuro es aún más cambiante. No porque esté sometido a las leyes del azar o al imperio de las circunstancias, sino porque lo tejemos con los hilos de nuestros intereses presentes, con nuestros significados actuales, con nuestras prioridades del día. Lo que hoy es sumamente importante, mañana puede no valer nada. Debemos prepararnos para ello, y no aferrarnos a nuestro ser actual. Nuestro trabajo está en ampliar los horizontes y aceptar los nuevos aires que nos traiga nuestro ser, sean frescos o tórridos, suaves o recios, incluso en elegir los que más nos gustan.
Alguien tenía que hacerlo. De entre los que escribimos en el blog, alguno tenía que dirigir el foco de sus reflexiones hacia el tiempo, esa dimensión que parece ser elástica por más que los relojes maquinales y sus inventores se empeñen en otra cosa. Ya lo expuso Einstein y demostró que para un viajero del espacio las horas no corren igual que para el sedentario terrícola, y he ahí la cuestión: ¿por qué el tiempo es relativo? ¿Qué relación hay entre espacio y tiempo? ¿Por qué a veces las horas se resisten a pasar, otras van demasiado deprisa y otras se eterniza ese instante? ¿Existe en realidad el tiempo o es una apreciación subjetiva? Que me perdonen los racionalistas y los científicos si digo alguna barbaridad, pero es que mi reflexión no pretende ser ni lo uno ni lo otro.
Una de mis películas favoritas es la protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell, “Atrapado en el tiempo”, aunque también es conocida como “El día de la marmota”, por contar la historia de un reportero de televisión que va a cubrir la noticia de una fiesta en que la marmota del pueblo despierta, lo cual hace una aguda referencia al estado de sarcasmo en que se haya el protagonista. Murray se levanta todos los días a la misma hora y en la misma fecha para hacer el mismo reportaje durante años… hasta que algo cambia en él, transmuta su actitud sarcástica y egoísta en generosidad, y consigue recuperar su futuro…
Dicen viejas enseñanzas que el tiempo es “la eternidad extendida en el espacio”, que antes de la existencia todo se resumía en… ¿un punto? Pero que al moverse generó un espacio y con lo que se tarda en recorrer tal espacio nació el tiempo. También dicen esas enseñanzas que todo es cíclico y que retornaremos a ese punto inicial, al igual que la respiración de Brahma en su inspirar y expirar. Si todo ello es cierto, nos están diciendo que, de alguna manera, el espacio y el tiempo son una ilusión por la que transitamos, que cuanto más nos movemos y enredamos en el espacio de la existencia, y en una dirección equivocada, más atrapados estamos en las horas, y más lejos de recuperar nuestro futuro, ese “instante eterno”.
Un viejo amigo y yo, ambos compañeros en este blog, nos propusimos ser capaces de expresar lo que para nosotros significan, respectivamente, el silencio y las palabras. Lo pensamos así, debido a que a él le encanta lo primero y a mí lo segundo, sin que eso signifique que no sepamos apreciar o disfrutar el otro lado de esta dualidad. Ambos valoramos sobremanera tanto la vida interior como la literatura y ambas hemos compartido rato tras rato.
Pues bien, heme aquí defendiendo a mis amigas las palabras, esas de que tanto uso doy en papel, en onda, en pensamientos, en ideas…
Las palabras son, o así las siento, un recipiente. En realidad, son la herramienta que nos permite expresar y a veces perdurar, transmitir. Lo veo así, porque noto que la misma palabra dicha por distintas personas no dice lo mismo. Incluso esa misma palabra dicha por la misma persona en momentos distintos, con intenciones distintas, no dice lo mismo, y es así desde un «tonto» a un «bonita», ambos capaces de transmitir tanto cariño como desprecio.
Y, por otro lado, veo que alguien que no habla tu idioma y a quien no entiendes por tanto, es capaz con las palabras de hacerte llegar una idea. Ha volcado sobre ti el contenido de ese recipiente.
A días, uno siente que debe retirarse. No dejar de luchar, no rendirse, no es eso.
Retirarse de dejar en el suelo la espada y quitarse la armadura. Vestir únicamente el traje de monje que llevamos siempre debajo o quizás dentro, nuestra más profunda piel… y andar hacia un horizonte lo más árido posible.
La aridez es requerida para que ni la belleza de las plantas ni el canto de los pájaros nos despisten de nuestro objetivo, y no porque no sepamos apreciar todo ello.
La aridez nos es compañera, la mejor, pues no nos pide, no nos llama, no nos critica ni reclama. Nos acepta, es, está, acompaña.
Y desde ahí, desde la nada más posible que encontremos, que sea oscura, que sea limpia, que sea nuestra. Desde ahí, a días, debemos replegarnos hacia dentro y encontrar la soledad más grande del mundo, el silencio más grande del mundo y con ellos, rebuscarnos a nosotros mismos. Y ese re- es a propósito, pues sabemos quién somos y dónde estamos.
Alimento para el alma, es como yo lo llamo y, a días, mi alma pide quietud, pide descanso, pide soledad que no lo es, silencio que habla.
El «Consejo Europeo de Organizaciones Escépticas» está celebrando hoy en Alicante su simpósium anual, organizado por el «Círculo Escéptico». Entre mis compañeros de Nueva Acrópolis siempre he defendido lo saludable que es tener un cierto punto de escepticismo respecto a la inflada sucesión de «misterios sin resolver» de los que muchos esoteristas gustan hablar, y de lo saludable que es mantener un criterio científico. Esto lo digo, claro, debido a mi formación universitaria en el campo de la ciencia, porque desgraciadamente no es fácil encontrar trabajo en la ciencia, sino en la tecnología…
Pero los neoescépticos caen a mi juicio en el error de aquellos que intentan combatir. No lo digo solamente yo. Lo dice Eduard Punset, cuando menciona la crítica exacerbada contra la homeopatía:
Las ventajas del conocimiento científico con relación al conocimiento revelado, al conocimiento genético –en gran parte irrelevante en los entornos modernos–, o al propio conocimiento adquirido –en su mayor parte infundado–, dieron cauce en el pasado a un cierto fundamentalismo científico comparable en sus estragos al fundamentalismo religioso.
Cara a cara con la vida, la mente y el universo, página 69
Sí, señores neoescépticos, ateos, críticos, «cienticifistas», «librepensadores», se comportan ustedes de la misma manera intolerante que los antiguos defensores de los dogmas a ultranza y de los modernos embaucadores.