Misterioso silencio…

Un amigo, sabiendo que el tema me atrae, me pidió que dedicara un blog al silencio… y una vez más me aferro a la sonoridad de la propia palabra, que como diría Matilde Asensi (y otros autores) en su libro “El origen perdido”, el sonido de las palabras tiene su propia fuerza: sssshhhiiiiilennnnciooo. Y todo en nosotros se calma, se queda como en suspense, las emociones siguen ahí pero sin manifestarse, los pensamientos se diluyen como intuyendo que son incapaces de abarcar lo que el silencio trae. De pronto comprendemos algo que se nos escapaba y que, seguramente, dejaremos de entender cuando vuelva el “ruido”. No son razones, no es demagogia, no son sofismas; es la vieja posibilidad del hombre de la visión directa, de aquello que habla el zen, de ver y comprender de manera impersonal, sin intermediarios, sin el ruido distorsionarte de los deseos convertidos en emociones y pensamientos.

“Soy el silencio que hay entre dos notas…”

Rainer María Rilke. Libro de horas.

¿Utopía? Seguramente, pero ya sabéis lo que pienso de eso. Vivimos inmersos en el ruido, y no solo en el interior, sino, especialmente en España, en un mundo muy contaminado acústicamente. A veces he llegado a pensar que precisamente nos rodeamos de ruido para huir del silencio, buscamos el bullicio para llenarnos de algo, y nos incomoda estar solos. Como dijo alguien: la soledad consiste en no saber estar con uno mismo, ¿y cuántas veces, de pronto, no nos hemos sentido solos en mitad de la gente? Y es que nada puede sustituir al silencio, salvo el silencio… o la poesía.

Algo tendrá para que los pitagóricos lo incluyeran en su escuela de Crotona, haciendo pasar al novicio u “oyente” (akusikoi) dos años de silencio que, a veces, se prolongaba a cinco, en los cuales debían meditar las enseñanzas. Y aún más, para imprimir esta regla en el espíritu del nuevo “oyente”, se le mostraba una estatua de mujer envuelta en amplio velo, un dedo sobre sus labios: “La musa del silencio”.

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Conocerse o no conocerse, esa es la cuestión

Permitidme parafrasear a Shakespeare. No es que esté en desacuerdo, lo cual no sería extraño dado mi temática “filosofía contracorriente”, pero lo que sí se puede, y prueba de ello es que lo hago, es dar unos cuantos pasos hacia atrás, ir al antes, mucho antes de plantearse el “To be or not to be, that is the question”, pues, sinceramente, creo que hay un estado previo al “Ser”. Y si planteo tal cosa es porque en mi trato diario con mucha gente veo que puede ser de utilidad. Quizás me equivoque al hacerlo y convierta este blog, una vez más, en motivo de polémica, pero ya estoy acostumbrado.

Muchas veces oigo eso de “sé tú mismo, sé tú mismo” en cientos de anuncios con el único fin de que, precisamente, dejes de serlo y consumas el producto anunciado, estrategia de identificación creo que lo llaman. Bueno, el caso es que veo cómo se confunde, nos confundimos, a la hora de separar las cosas que vienen de nuestro pequeño yo, ego o yo personal, con el yo grande y verdadero que a uno le hace ser y no dejarse ser. El primero suele ser egoísta, orgulloso, atender a necesidades materiales, a buscar su bienestar y seguridad antes que nada, lo cual está genial, no lo critico. Lo que quisiera es mostrar la diferencia con el otro yo grande, fruto de nuestro esfuerzo consciente por entender el mundo que nos rodea y que se muestra generoso allí donde ve que hace falta.

Para llegar a ese “sé tú mismo” y, por lo tanto, “Ser” de verdad, primero hay que conocerse, distinguir en uno mismo lo que le viene de herencia genético-cultural y constituye su ego, de lo que se ha currado conscientemente y es su propia e intransferible conquista interior, su verdadero tesoro.

Por todo ello deduzco que sólo conociéndose uno mismo se puede llegar a “Ser”.

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El cristal

Venía de cumplir mi rito matutino, café y diario, y era aún muy temprano. Al pasar por la tienda de animales de la esquina, que todavía estaba cerrada, miré el escaparate distraídamente. Como os imagináis, había en él toda clase de cositas: correas, huesos de mentira. Pero hubo uno de los juguetes que me llamó poderosamente la atención. Era una serpiente de tela rellena, pintada en vivos colores, y enroscada; en el centro de la espiral que formaba, había un pequeño gato siamés. Un perfecto gato siamés durmiendo plácidamente, seguramente de peluche.

Me agaché para observar más cuidadosamente y, al cabo de unos minutos intrigado, concluí una respuesta. El siamés no era de peluche. A pesar de su fascinante inmovilidad de estatua no se me podía escapar su suavísima respiración, aunque ni uno solo de sus músculos se contraía ni se distendía. Ni siquiera en su cara se movía ni un solo pelo. Pero yo sabía que no era de peluche, que tenía vida y que dormía profundamente.

Cuando ya me empezaban a doler las rodillas de estar agachado (principio de “astrosi”), abrió los ojos. Yo sé que los gatos son vigilantes incluso durante el sueño, y que, a pesar del grueso cristal que nos separaba, debió de sentir mi constante mirada, que le hizo volver a la vigilia. Abrió los ojos y me miró fijamente. Era muy pequeño, quizá un mes, y gloriosamente hermoso, con la graciosa pureza del cachorrillo. Se levantó muy suave, muy despacio… salió de la serpiente enroscada y, salvando los escasos centímetros que nos separaban, vino a mí a darme “topadas”, su bella manera de dar y recibir caricias al mismo tiempo.

Pero estaba el cristal. Se frotó una y otra vez con el cristal y yo sentí sus caricias, y quizá él sintió también mi calor. Estuvimos así unos minutos aún, él con su cara y su cuerpo pegados al cristal, y yo con mi nariz igualmente pegada a la invisible barrera.

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Epicuro, un filósofo maldito

Muchos de los grandes filósofos de la historia son calificados como ateos (en esta sección ya hemos visto alguno) porque en ocasiones la filosofía, ejercicio primordial del hombre por buscar sentido al aquí y ahora, evita tratar de entes que se nos escapan de nuestro entendimiento. Así ocurrió también con Epicuro y con Confucio, a quien próximamente dedicaremos otro comentario.

Si los filósofos que evitan hablar de Dios son ateos, los que enseñan a evitar el miedo a la muerte o al futuro son “malditos”. En cuanto a los dioses, para Epicuro no pueden llegar hasta nosotros y por tanto ni los temores ni las plegarias tienen utilidad alguna. Su argumento acerca de la muerte es contundente: “no hay motivo para temer a la muerte, porque mientras vivimos no está presente y cuando está presente nosotros ya no estamos”. En cuanto al futuro y el destino, a la manera de como decían los estoicos, algunas cosas nos llegan por azar y otras por obra nuestra, y son estas últimas las que debemos atender; por lo tanto, ni debemos desesperarnos ni abandonarnos a la suerte.

A pesar de las críticas contra él vertidas, y de la mala fama posterior, Epicuro era un ser de conducta intachable, frugal en sus costumbres, y de carácter afable y paciente. Propuso una sabiduría de vida caracterizada por el optimismo y la admiración ante la existencia del mundo y del hombre.

Según los comentaristas actuales, la ética de Epicuro tiene un aspecto positivo, la búsqueda del placer, y otro negativo, la ataraxia o cesación de las inquietudes que traban el logro del placer. El dolor y el mal son fáciles de evitar, porque los sufrimientos no duran mucho tiempo; cuanto más agudos, menos tiempo permanecen. El placer y el bien son fáciles de conseguir, y donde hay placer no hay pesar ni sufrimiento.

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El arquero y la Luna

A veces utilizamos la palabra utopía con fines arrojadizos y maldicientes, para decir que algo es imposible o “utópico”, y tal persona está mal de la cabeza y que todo cuanto dice y piensa solo son “utopías”. Y digo yo: ¿qué sería del mundo sin las utopías?, pues por más que etimológicamente nos digan que la palabra viene del griego y designa lugares que no existen, y por más que el diccionario de la R.A.E . nos lo defina como: “Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”, lo cierto es que sin las utopías la humanidad no avanzaría ni en lo científico ni en lo social, y no tendríamos aviones que desafían a la gravedad, ni las mujeres tendrían derecho a votar en las democracias con la misma igualdad que el hombre, por ejemplo.

Sin embargo, la R.A.E. (Real Academia Española) tiene en su definición una esperanza, pues habla de algo que “parece irrealizable en el momento de su formulación”; no dice que sea inexistente ni imposible, por lo que estamos de enhorabuena todos aquellos que soñamos con un mundo mejor, un mundo de gente generosa más preocupada por el “ser” que por el “tener”, por el “crecer” que por el “aparentar” y con eso lo digo todo.

Si tú, lector, eres del club de los locos utópicos, no olvides nunca esta vieja fábula (quizá sea zen, no lo recuerdo bien) que cuenta cómo, hace ya mucho tiempo, un arquero se propuso cazar la luna con sus flechas. Para ello dedicó mucho tiempo a entrenarse duramente, probó cientos de arcos diferentes quedándose con los mejores, y día tras día lanzaba sus saetas contra el luminoso astro que, divertido, lo miraba desde lo alto. Pasaron los años y el cazador seguía sin conseguir su presa… y sin embargo, se convirtió en el mejor arquero del mundo.

Eire

Es un lugar entrañable, pintoresco, delicioso. Habría que inventar adjetivos para poder describirlo con precisión. Propio es otra de las palabras que le encajan, propio por los paisajes, por la gente, por la música, por su historia. Druidas, celtas y normandos te acompañan al caminar entre sus senderos. Los notas en lo denso del clima y en lo limpio del ambiente, un limpio cálido, y mojado, un limpio cercano, tan suyo que no cuesta hacerlo nuestro.

La edificación más misteriosa: Newgrange o Knowth, construcciones neolíticas circulares labradas, de poca altura y casi 20 metros de diámetro, herméticas a la entrada de luz, construidas con piedra, sin argamasa, con un único orificio en el centro del techo por el que solamente durante los primeros diecisiete minutos del solsticio de invierno cada año, pasa la luz e ilumina cierta pared. Misterioso, ¿verdad? Sí, es otro de los apelativos que te transmite esta tierra.

Los lugares más sugerentes: Killarny, Rock of Castle, Glendalough, Kilkeny, Cliffs of Moher, montañas, castillos, lagos, mansiones, senderos, acantilados, bosques, cementarios sagrados abiertos, sin muros que los contengan, sin más barreras que el campo ilimitadamente abierto y verde, exponen en lo alto de las colinas sus cruces celtas al viento, a los innumerables cuervos que habitan estas zonas y a las miradas de los inevitables admiradores de la cultura sentida.

Música para recomendar: The essential «celtic woman» collection, del tipo live music que a tan contagioso o melancólico ritmo suena cada noche en los pub del lugar; pero sin guinness.

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Consuelo espiritual

Iba yo en mi moto por el centro de la ciudad, concentrado en hacer mis cosas, me paro en un semáforo y veo, por la acera de la derecha, una venerable abuelita enjuta y elegantemente arreglada que hablaba sola y con gestos de dolor. Me pregunté qué le pasaría; la gente de alrededor no parecía percatarse, pero no le di mayor importancia. Entonces sentí como un pinchazo en el corazón y un pensamiento surgió en mi cabeza: ¿por qué no la ayudas? Y la respuesta no se hizo esperar: seguro que no es nada y se me hará tarde para hacer mis gestiones. Sin más, miré al frente durante unos momentos y luego giré la cabeza. La abuelita ahora caminaba en sentido contrario desandando lo andado y con la misma expresión de dolor en su rostro. No pude más y con un gesto rápido aparqué la moto en la acera. Me acerqué a ella con cuidado, la cogí del brazo con delicadeza y le pregunté: ¿le pasa algo, señora, puedo ayudarla, se ha perdido? A lo que me contestó con voz débil y temblorosa: es que en la iglesia creo que he colocado mal las cosas, las flores, no me acuerdo, creo que lo he hecho mal… Respiré hondo diciéndome por mis adentros: ¿será posible? ¡Lo que necesita es un poco de consuelo espiritual!

Miré a la venerable señora dejando escapar mi más tierna sonrisa y le dije que no se preocupara, que Dios es bueno y nos perdona todas las cosas que hacemos mal, si lo hacemos con buena voluntad, y que seguro que ella tiene muy buena voluntad. La abuelita me miró sonriendo y me obsequió con unas pocas palabras trémulas de agradecimiento.

Al subir a la moto me vino a la memoria esa entrañable novela de Unamuno (sí, tenía que ser él, sabéis que me gusta mucho su obra) “Don Manuel Bueno Mártir”. Yo como el personaje de la novela, no creo en un Dios barbudo subido a una nube y con un triángulo sobre su cabeza, pero sí puedo comprender y respetar que eso sea un consuelo para mucha gente.

You raise me up

Inauguro una nueva sección de nuestro blog, que sigue creciendo poco a poco. El título «Filosofía y Música» es demasiado genérico, pero mi intención es mostrar letras de canciones que me han llamado la atención por sus valores filosóficos. Quizá en alguna ocasión también ponga letra de música clásica, pero de momento me ceñiré a la música moderna, de la que hay gran variedad donde elegir.

Para empezar, traigo a un joven cantante norteamericano, Josh Groban poco conocido en España. La letra de la canción elegida es de Brendan Graham, otra cantante británica.

Algunas de las canciones que mostraré en esta selección tiene (como una gran mayoría) «temática amorosa». Y sin embargo, si sustituimos el objeto del amor terrestre por un amor celeste (como diría Platón) encontraremos bellas reflexiones filosóficas.

Y sin más, esta es la canción (eliminando repeticiones):

You raise me up

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Aire del norte

Como tantos hacemos, voy guardando frases que me llegan adonde solo la magia llega. Una de ellas habla sobre la felicidad y dice algo así como que ese preciado bien no se basa en una euforia constante, imposible por otra parte si la vida es vida, sino en sentir la serenidad de que se han tomado las decisiones adecuadas.

Ahí quedó la frase, en mi nevera, junto con fotos e imanes que evocan viajes y que gusta repasar de cuando en cuando. A veces, en paseos tras un logro que ha costado, tras un momento difícil con resultado satisfactorio, tras un paso hacia delante dado sin mirar atrás, me viene un aire del norte que me susurra esa frase, aquella frase. Y con ello, la verdad que encierra se hace un poco más consciente.

Y aunque esa brisilla y yo ya nos hemos hecho amigas y con ganas la acojo según la presiento, que se quede a mi lado no es un propósito sencillo. Los días pesan, las circunstancias lastran. Si no recordamos y dejando de creer en lo que podemos ser, no caminamos hacia ello, las piedras se hacen mayores que nosotros en el camino.

Mas a mi amiga ya le he encontrado una puerta. No una grande que dé al salón, sino un acceso lateral a los pasillos. Tal acceso consiste en andar con los ojos del alma bien abiertos, en ir más que haciendo las cosas, construyéndolas, más que recordándolas, pensándolas, más que porque sí, con intención, más que comiendo, saboreando. Hablo de poner la atención en lo que ocurre, pero no solo para vivirlo con consciencia, sino para comprender.

Esa puerta lateral o ventanuco, qué más da mientras dé acceso, es saber por qué pasan las cosas, por qué las personas son como son, por qué nuestro día es el que es, distinguir de entre lo que tenemos, lo que hemos elegido y con ello darnos cuenta de por qué estamos donde estamos; saber que aún soñamos y cómo conseguirlo y no dejar de dirigirnos hacia allí. Así, comprendiendo, nada es bueno ni es malo, simplemente es lógico el color de cada cosa. Veo por qué las plantas son verdes y no lucharé para que sean rojas; veo también que mi piel se torna según la cantidad de sol a que la exponga, y sabiendo, comprendiendo, camino más tranquila.

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