«La conciencia es la luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal» (Confucio).

El tercer planeta estaba habitado por un buscador de Google. Fue una visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.
—¿Qué haces ahí? —preguntó al buscador que estaba sentado en silencio ante unas pantallas de Google vacías y otras tantas llenas de resultados.
—¡Busco! —respondió el buscador con tono lúgubre.
—¿Por qué buscas? —volvió a preguntar el principito.
—Para averiguar.

El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos, pues apenas cabían en él un teléfono móvil y el hombre que lo manejaba. El principito no lograba explicarse para qué servirían allí, en el cielo, en un planeta sin wifi y sin población, un móvil y un hombre. Sin embargo, se dijo a sí mismo:
«Este hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos, tiene sentido. Cuando enciende su móvil, es igual que si estableciera comunicación con algún ser querido. Es una ocupación muy bonita y por ser bonita es verdaderamente útil».
Cuando llegó al planeta saludó respetuosamente al hombre:
—¡Buenos días! ¿Por qué acabas de poner a cargar tu móvil?
—Es la consigna —respondió el adicto al móvil—. ¡Buenos días!

Ha llegado a mi correo una convocatoria para una manifestación en contra de la caza. Lo he leído, un bonito escrito, y estaba de acuerdo con todo lo que decía.
Siempre me ha disgustado la caza, a pesar de tener algún familiar cercano cazador. Me pasa como con las corridas de toros, que siempre me produjeron repulsa hasta que, a los veintitrés años, me llevaron a una. ¡Quedé horrorizada! Miré a mi alrededor y tuve la sensación de estar en el circo romano, rodeada de una multitud sedienta de sangre. El sentimiento anterior de repulsa se convirtió en pena y desolación.
Volviendo a la caza: decidí mandar el enlace que había recibido a unos amigos cazadores; pensé que podía hacerles pensar, que no es poco.
Al rato me mandaron otro correo explicando con todo detalle la riqueza que produce la caza y tristemente, la cantidad de puestos de trabajo que se perderían si se aboliera, con todo lo que ello conlleva.
Me quedé pensativa. Dudo que ellos leyeran todo mi mensaje, pero yo sí que leí el suyo. ¡Que pena que las cosas no sean totalmente blancas o negras! Muchas veces están mezcladas.